Incendio Provocado

Julio 11, 2007 at 2:39 pm (Sueños)

Incendio Provocado

 

 Tomás se lo había montado bien, no podía negarlo. A la diestra de Arturo Galindo, el mayor constructor de la zona sur, se había convertido en parte indispensable para sus negocios. O eso le gustaba pensar a él.

Ese día, por ejemplo, le había encomendado a él que llevase en persona el comienzo de la operación urbanística más importante de los últimos treinta años. Los beneficios se contarían por decenas de millones. Para él, muchos ceros en su cuenta corriente que le llegarían como siempre, bajo el epígrafe de asesoramiento inmobiliario.

Menuda forma de llamar a lo que estaba haciendo.

El Cerro de los Ángeles era el terreno más goloso de toda la comarca. Centenares de hectáreas sin urbanizar a escasos kilómetros de algunas de las ciudades más importantes de la zona. Eso sin contar, las impresionantes vistas y la calidad del terreno.

Sin embargo, había un problema, el Ayuntamiento de Getafe, ciudad al que pertenecía no quería abrir su explotación, y los religiosos que detentaban su usufructo tampoco parecían muy predispuestos a ello.

Por ese motivo, Arturo y un par de constructores amigos suyos habían decidido tomar cartas en el asunto y forzar un poco la balanza a su favor. Eso incluía un pavoroso incendio, muchos fuegos artificiales y dejar el terreno como el culito de un niño. Es decir, pelado. Si de paso, la evacuación obligaba a abandonar el monasterio y éste resultaba destruido, pues mucho mejor.

Por experiencia, Tomás sabía que los ayuntamientos, siempre terminaban cediendo ante la lógica aplastante de un buen incendio que terminase con toda la riqueza de la zona. Una vez destruido todo, y aprovechados los troncos calcinados, la única forma de recuperar la riqueza de un lugar así era esperar cincuenta años a que los árboles creciesen de nuevo o urbanizar.

La proximidad de las elecciones garantizaba esta segunda opción.

Tomás arrojó el bidón de gasolina vacío al suelo. Seguramente los bomberos descubrirían que había sido provocado, pero para cuando ellos llegasen aquí el fuego ya haría borrado todas las huellas de su presencia, y las especulaciones de los ecologistas no tenían ninguna posibilidad de relegar en la parrilla televisiva al último romance del torero de moda.

Era gracioso cómo había llegado hasta aquí el. Gracioso porque si se lo contase a alguien no le creería. Toda su fortuna, su chalet en la sierra, sus inversiones en Ibiza y en la Costa del Sol y sus cuentas en Suiza, pálido reflejo del de su jefe, pero un buen pellizco al cabo. Todo. Se lo debía a una mujer, Ela. No es que fuese su amante, desde luego que no. Nada tan vulgar, y desde luego, mucho más exótico.

Ela era su vidente. Desde los veinte años él la visitaba en el ruinoso edificio en el que vivía. Ella le había aconsejado que aceptase la oferta para trabajar como guardaespaldas en una discoteca propiedad de Arturo Galindo, y así, paso a paso y con su ayuda, había ascendido en la jerarquía de la “empresa”.

Ahora tenía un sueldo legal, una nómina que le ayudaba a justificar su nivel de vida, y a tapar sus otros muchos ingresos menos legales.

Ela le había aconsejado qué hacer en cada disyuntiva de su vida, cuando le ofrecieron irse a trabajar a la Costa como enlace con los rusos, cuando la hija de Arturo intentó seducirle. Había sido duro rechazarla y decírselo a su padre, pero peor hubiese sido estropear la boda que él le tenía reservada a su adorable hijita de ojos azules. Peor par a Tomás, desde luego.

A raíz de esta muestra de lealtad, Arturo le puso como segundo al mando de sus negocios menos legales, y  tampoco preguntó mucho cuando Sebastian, un inglesito pomposo que hasta ese momento había sido su primero, sufrió un accidente que le costó la vida al caerse de unas obras. Tomás había ido días antes, intentando persuadir a los obreros de que no hiciesen huelga, y cuando Sebastian fue a rematar la faena, bueno, digamos que los accidentes laborales están a la orden del día.

Ela le había dicho que hiciese todas esas cosas, y hasta ahora nunca se había equivocado. Tomás sabía que ahora tampoco. Había sido la vidente quien le había indicado a Tomás la necesidad de que propusiese a su jefe ese negocio. Le había dicho que Arturo valoraría su iniciativa, y quien sabía si no le haría socio suyo si las cosas salían bien.

Tomás lo planeó todo durante semanas, cómo hacerlo, cómo asegurarse los contratos, los títulos de propiedad, etc. Había comprado las pólizas de seguro de la zona, con el fin de presionar a los monjes en su venta.

Cuando todo estuvo atado, le presentó a Arturo la operación completamente organizada. Los ojos de su jefe brillaban, y el corazón de Tomás supo que Ela había acertado.

Después de hablarlo con sus socios en una cacería de negocios, Arturo aceptó la propuesta, y le encargó que se ocupase personalmente de todo.

Y en ello estaba. A punto de encender el mechero que llevaría directamente a la fortuna. La fama, decía él, para los mindundis. A él sólo le importaba el dinero.

Un gélido viento se levantó de improviso, trayendo sus pensamientos de vuelta al Cerro de los Ángeles.

Le había costado poco llegar hasta allí. A pesar de ser una zona boscosa, estaba cerca del camino que rodeaba el cerro, y la maleza se mantenía bajo control por las podas periódicas que hacía el Ayuntamiento.

Sin embargo, el estar en ese sitio precisamente le ponía nervioso. Cerca, pudo ver los restos de los túmulos celtas que estaban en la parte de atrás del bosque, el sitio más inaccesible, y donde no podría llegar ningún camión de bomberos a tiempo de evitar que las llamas se propagasen.

Las leyendas, por otro lado, eran muchas, y hablaban de que el lugar estaba encantado. Tantos años viendo cómo las facultades de Ela le guiaban le habían convertido casi en supersticioso a la fuerza.

Se apresuró a tirar el encendedor justo donde había vertido la gasolina, pero extrañamente, y quizás por efecto del viento, la llama vaciló sobre las hojas mojadas de combustible antes de apagarse.

- Maldición – susurró Tomás con un gruñido, más que con una palabra.

Un poco agitado, se agachó para recogerlo y prender el fuego con el que terminaría su tarea.

Un frío helado le detuvo. Con un crujido de tierra rompiéndose y ramas secas una espectral mano había salido de la tierra y le había aferrado el antebrazo. Un frío gélido le envolvió desde los pies hasta la nuca, y fue entonces cuando se dio cuenta de la alfombra de niebla que descendía desde la parte alta del Cerro hacia él.

De un tirón se desenganchó de la presa, pero la mano huesuda no se detuvo, y continuó abriéndose camino hacia el exterior hasta que la bruma cubrió el campo, ocultando la visión que debía surgir de él. Los sonidos, sin embargo, estaban presentes, y Tomás pudo notar que no sólo procedían del lugar donde la mano le había sorprendido, sino que todo alrededor suyo parecía lleno del rasgar de la tierra, el agitar del viento contra las hojas de los pinos y el sonido de la noche que se hacía más presente a cada segundo.

Tomás se giró sobre si mismo, intentando escapar, pero se golpeó la cabeza contra una rama que, juraría, segundos antes no estaba ahí. A punto estuvo de caer al suelo, tal vez el miedo a lo que le esperaba entre la niebla le agudizó los reflejos y lo evitó, no así que se le cayese el arma que llevaba al cinto.

Era pleno verano, y Tomás miraba al cielo, pero a pesar de que segundos antes una inmensa luna dorada surgía por el sudeste y que las estrellas refulgían en el cielo, ahora ningún astro parecía estar presente para guiarle en su huida desesperada.

Se detuvo un segundo a recuperar la calma cuando se dio cuenta de que unas sombras surgían de la niebla. Al principio no reconoció las formas, pero después comprendió que se trataba de cadáveres humanos, con los huesos luciendo bajo el resplandor de la niebla, que extrañamente sí parecía reflejar la luz de la luna que sus ojos no encontraban.

Docenas de figuras esqueléticas se alzaban desde el manto de bruma, con sus cuencas vacías mirando en su dirección, y sus dientes, en muchos casos podridos, expresando una burla y una rabia que se dejaba notar incluso en la semioscuridad.

Tomás no se paró a pensar. Salió corriendo, desesperado, sorteando las torpes figuras. Tardó unos minutos en darse cuenta que el Cerro de los Ángeles no era tan grande como para tardar tanto en salir de allí. Perdido entre la niebla y los árboles, debía haber estado andando en círculo. En todo momento podía escuchar el chasquido de los huesos acercándose, por lo que no se detuvo.

Su única esperanza, pensó, era subir colina arriba, y llegar al monasterio que estaba en la cima. No debía ser muy difícil alcanzar los cipreses que marcaban el fin del bosque y dejarían paso al cemento del patio en el que había estado la tarde antes terminando de repasar su plan de acción.

Se aprestó a correr colina arriba cuando chocó contra algo. Al principio creyó que se trataba de otro árbol, y cayó al suelo maldiciendo su suerte. Los tintineos metálicos le sacaron al instante de su error. Alzando la vista mientras se incorporaba, pudo ver a la criatura más espantosa que jamás había observado. Era un esqueleto de unos dos metros de altura, embutido en una armadura de cuero podrido con aretes de bronce que tintineaban todavía por el impacto del golpe.

Sus ojos negros, con las cuencas oculares vacías, parecían sin embrago, clavados en él, en su misma negra alma.

La cosa extendió una mano, y aferró a Tomas del cuello, atrayéndole hacia si. De cerca, era aún más aterrador. Una barba lacia y cana, y unos tendones podridos eran los únicos rasgos de piel o pelo que había en su calavera. Sus dientes, irregulares y sucios de tierra parecían rechinar de odio y un gruñido gutural salía de su cavidad torácica, reverberando en la niebla.

Ante la llamada de su compañero, las demás figuras fueron arrastrándose lentamente hacia el lugar en el que estaban.

Con andar vacilante, docenas de esqueletos les rodearon.

El que le sostenía a él, miró hacia el suelo, y el resto de los esqueletos siseó de aprobación. Tomás apenas podía girar el cuello, pero pudo ver cómo la niebla del suelo adquiría un tinte rojizo, como si estuviese cubierta de un fuego invisible.

 

***

 

En la distancia, una enjuta figura femenina observaba la escena, fuera del perímetro del bosque. Había visto a Tomás caer, dar vueltas sobre si mismo, en unos pocos metros de suelo, y al final, caer presa del esqueleto del guerrero celta.

Ahora, éste levantaba a Tomás en vilo, a dos palmos del suelo, y con un brusco giro, le sepultó en la niebla del suelo.

Un bramido aterrador recorrió las copas de los árboles, como si el viento estuviese gimiendo, y los esqueletos sisearon una última vez antes de desmoronarse y quedar sepultados de nuevo en sus tumbas milenarias.

Los espíritus de los reyezuelos de la Edad del Bronce que murieron en las laderas del Cerro requerían un sacrificio cada década. Un alma malvada, un alma podrida que llevar al infierno, y con el que pagar su estancia el él. Si no entregasen al dueño del averno un alma cada diez años, dice una de las leyendas sobre el cerro, éste les expulsaría hacia más abajo, allí donde ni los demonios se atreven a ir.

Ela se giró silenciosa, una vez terminada la tarea de los esqueletos, y mientras la niebla se disipaba, pensaba en Tomás.

- No debiste añadir a la oferta del cerro el solar donde se levanta mi casa, Tomás. No debiste hacerme eso – y ella misma, se perdió en la noche para siempre.

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Locura

Julio 11, 2007 at 2:39 pm (Sueños)

Locura

 

El pequeño saltamontes corrió detrás de la abeja, creyendo poder alcanzarla. Saltó y saltó, mientras la base del monte iba quedando cada vez más atrás. Ignorante de su destino en la cumbre, la juguetona criatura de color verde siguió saltando y saltando hasta que de repente, la maleza y el follaje dieron paso a una gris llanura de piedra.

El pequeño saltamontes no había estado nunca en aquella parte del cerro, tampoco tenía mucha vida, un par de semanas nada más desde que salió del huevo. Ya había aprendido a evitar a los pájaros y a los demás insectos. Sin embargo, aquella planicie sin vida y sin color repleta de esos terroríficos seres inmensos de dos patas le asustó. Se dispuso a volver camino abajo, olvidada ya la abeja a la que perseguía.

No se percató de la sombra que surgía tras él hasta que fue demasiado tarde. Ocho peludas patas cayeron sobre él, y dos quelíceros batientes terminaron con sus dos semanas de vida en un abrir y cerrar de los ocho ojos que le había observado.

La araña volvió a su escondite bajo el escalón de cemento. Allí, se reunió con sus invitadas.

- Desde luego, Cloe, – dijo Amneris la araña de jardín de franjas amarillas y negras – menudo hueco te has hecho aquí. La comida casi te cae sola a las mandíbulas.

A su derecha, la delgada Tecla rió con su peculiar estridencia.

- Sí, creo que algún día deberías bajar a mis dominios en la base. Allí no hay tanta comida, pero tampoco se está mal. El Viejo Roble me cuenta unas historias preciosaza sobre este lugar.

- Yo tampoco ando mal de historias, amigas – añadió precipitadamente Anneris, que odiaba dejar de ser el centro de atención. – El fantasma de mi torre me cuenta todo lo que le dice la Biblioteca. Dice que en las noches de viento, escucha la voz de ella susurrándole las historias que guardan los libros que cobija entre sus páginas.

- Y tú, Cloe, ¿cómo te entretienes aquí al borde del mirador?

Cloe suspiró, hoy no le apetecía tener visita, pero sus dos amigas habían hecho un largo viaje para verla, y no podía defraudarlas.

- Yo miro, – dijo

- ¿Miras?

- Sí, presto atención a lo que pasa. Desde aquí se puede ver todo lo importante que pasa en el Cerro. Veo cómo por las noches sin luna la Biblioteca abre sus ventanas y captura las historias que trae el viento.

- Dicen que esas historias luego son soñadas por la gente de la ciudad y escriben libros con ellas, y cuentos, que la biblioteca se los susurra en sueños. Y luego esos libros viene aquí y Ella les recibe como si fuesen sus hijos.

- Sí, eso dicen, – continuó Cloe ante la mirada estupefacta de sus dos compañeras. – También veo cómo los árboles se mecen en el viento, y veo a tu Viejo Roble reunir a sus fantasmas para cantar canciones.

>> También me dedico a mirar el cielo. ¿Queréis que os cuente un secreto? Ayer estuvieron aquí Luna y Sol y se sentaron muy cerca de este sitio.

- A mí me da miedo el cielo, – dijo Tecla. – Prefiero ver sólo el verde de las hojas cuando miro hacia arriba. Si me fijo en el cielo, me mareo.

- Yo en cambio, no puedo vivir sin el viento que corre en mi hogar, allí arriba – señaló con dos de sus ocho patas la torre de la iglesia en la que vivía. Sin embargo, sí que envidio tu posición, Cloe. Aquí, cerca de la Biblioteca se pueden ver muchas cosas.

- Incluso esos asquerosos humanos parecen tratarla con el respeto que se merecen.

- La aman – señaló Cloe – pero no lo saben. Igual que a nosotras puede hacernos sentir especiales, a ellos les hace volver a creer en lo que llaman “magia”.

- ¿Magia? – preguntó Tecla.

- Sí, “magia”. Es algo que según ellos les permite escapar de la tiranía de la Naturaleza.

- Que horror – dijo Amneris – ¿para que querría nadie escapar de nuestras leyes?

- No lo sé, pero parece que los humanos valoran mucho esa magia, y los sueños. Pero por lo que dice la Biblioteca, cada vez menos, así que ella es uno de los pocos guardianes que quedan de es “magia” y debe velar por ella.

- Sigo sin entender porqué es tan importante esa “magia”.

Cloe sonrió mientras fijaba su atención en la abeja que parecía desandar el camino que la había llevado al patio que había en el otro extremo de la explanada. Sus patas estaban impregnadas de un polen negro brillante, y el cielo comenzó a nublarse.

Minutos después sus dos amigas se habían marchado y Cloe volvía bajo la baldosa que le servía de hogar y cobijo frente a las lluvias. Las palabras de su amiga resonaban en su cabeza. “Sigo sin entender porqué es tan importante esa magia”.

- Porque sin ella, querida amiga, nosotras nunca podríamos hablar.

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La Daga de Astarod

Julio 11, 2007 at 2:38 pm (Sueños)

La Daga de Astarod

El guía había pasado de largo ya por varias de las vitrinas de cristal explicando al grupo que le seguía la historia y leyenda de cada uno de los objetos que contenían.

El Brazalete de la Torrecilla, decía uno de los carteles frente a una vitrina cuadrada que se encontraba vacía. “Brazalete de oro de la edad de Bronce, una de las primeras joyas encontradas en España”.

- Fue robado hace unos meses de esta misma sala sin que nadie se explique cómo pudo pasar – añadió distraídamente el guía mientras pasaba a la siguiente sala.

La verdad es que la visita guiada al pequeño museo del convento del Cerro no estaba resultando tan aburrida como Teresa esperaba. Desde que habían entrado en el pequeño conjunto de siete salas anexo al convento, y abierto al público, Teresa no había dejado de preguntarse como una congregación como las Carmelitas del Cerro de los Ángeles habían logrado reunir tal cantidad de objetos valiosos.

El grupo se detuvo de nuevo frente a un cartel que decía: La Daga de Astarod. Teresa se fijó entonces en un hombre que no había entrado con ellos, pero que se había unido posteriormente al grupo. Era gordo, con el pelo grasiento, y sus ojos no dejaban de observar a su alrededor como si buscasen desesperadamente algo. Decidió no acercarse mucho al él e ignorarle.

- La Daga de Astarod – volvía a la carga el guía con su voz monótona – nadie sabe cuál es su origen. Las pruebas que se han hecho con Carbono catorce datan su edad en varios miles de años, por lo que debe de ser uno de los objetos más antiguos que existen. Se dice incluso que llegó aquí desde la primitiva Babilonia, pues por los caracteres grabados en su mango debió ser una daga ritual. En sus tiempos – los ojos del guía paladearon el momento – debió usarse en el sacrificio que los sacerdotes babilónicos ofrecían a sus dioses paganos y milenarios.

Algunas mujeres pegaron sus caras al cristal, mientras los niños intentaban ver por los huecos el siniestro instrumento que tantas vidas, suponían dejando volar su imaginación sedienta de falsas sensaciones, había arrebatado y enviado a los infiernos.

- El caso es que nadie sabe cómo fue, pero el primer registro de ella ligado al cerro de los Ángeles data del año mil de nuestra era. Su historia siempre ha estado ligada a asesinatos y hechos macabros a lo largo de todos los tiempos.

>> Muchas son las historias que podríamos contar de ella.

Las notas de la voz del hombre parecían embriagarla, sumirla en un leve sopor al que sin duda ayudaba el destello de luz que la Daga reflejaba y del que Teresa no podía apartar la mirada.

***

Año doscientos D.C.

El Patricio Arcum Galus era el hombre más feliz de la comarca. Acababa de terminar su hogar, en lo alto del cerro desde el que se podía ver toda la región, y la Biblioteca que estaba restaurando ya comenzaba a recibir visitas de pensadores y hombres ilustres.

La Villa Nova Roma pronto sería la envidia de todos los habitantes de la comarca.

Además, Arcum estaba esperando esa misma noche el nacimiento de su primer hijo. La vidente de runas de la aldea le había asegurado que sería un varón, y que el parto saldría bien. Adoraba a su mujer, y el hecho de perderla le volvería loco.

Arcum entró en la sala que usaba como despensa, y observó todos los regalos que amigos y familiares le habían enviado como presente por su próxima paternidad. Un carro de oro del tamaño de un pequeño cerdo, ropas para el bebe de las sedas más delicadas. Su madre incluso le había enviado un par de esclavas para que cuidasen del niño y ayudasen a la madre.

Estaba realmente satisfecho, pronto, podría acudir a Roma para recibir su nombramiento, un nombramiento que le llevaría directamente al Senado, y que supondría alcanzar sus metas personales más deseadas.

Estaba a punto de salir, cuando reparó en un regalo que había llegado a última hora. Una elaborada daga dorada que había enviado, de ahí su sorpresa, su máximo rival en política.

Éste, haciendo gala de una deportividad olímpica, le había felicitado por el nacimiento de su hijo y deseado lo mejor. La daga reposaba ahora en un rincón, pero algo en ella atrajo su atención.

Segundos después, Arcum empuñaba el arma ceremonial. Un sonido le sobresaltó. Estaba solo en la habitación, y sin embargo había escuchado, juraría, un susurro en sus oídos. Fue a depositar el alma en su sitio, pero un nuevo susurro le sobresaltó, esta vez más fuerte y amenazador. La puerta, de improvisó se cerró, dejándole aislado.

Los susurros continuaron durante minutos, seguidos después de gemidos y lamentos que le taladraban el cerebro. Unas voces ultraterrenas le amenazaban con arrebatar la vida de su mujer e hijo, y con llevárselos a los infiernos de Plutón para pagar por los pecados de él.

Desde fuera, una de las esclavas observaba a su señor, con la puerta abierta de par en par, girar sobre si mismo, nervioso y agitado, como si hablase con alguien. Las palabras dieron paso a gritos amenazadores, y durante varios minutos, los sirvientes se agolparon para ver a su señor gritar amenazando con una daga al aire.

Por último, el Patricio Arcum cayó de rodillas al suelo, llevándose las manos a la cabeza, y llorando. Después, se levantó, con el rostro desencajado y una expresión infernal en él. Salió por la puerta sin prestar atención a nada ni a nadie y se dirigió a los aposentos privados donde estaba dando a luz su mujer.

La mañana siguiente, los sirvientes les enterraban a ambos, mujer y marido en la parte de atrás de la villa.

El hombre, la había matado en un acceso de locura, y al recuperar la cordura, y darse cuenta de lo que había hecho, se quitó su propia vida.

La daga con la que se había cometido el crimen, fue vendida y enviada muy lejos de allí. No volvería hasta ochocientos años más tarde.

***

El guía seguía contando la historia. Las palabras resonaban en la cabeza de Teresa, rompiendo la hipnótica presencia de la daga a ratos. Sin embargo, cada vez escuchaba más y más lejos la voz.

***

Año 1075 d. C. – Aldea de Perales

El último de los regentes musulmanes que habían dominado la región centro de la península dormía sobre su cama. Su palacio, al norte de Toledo quedaba todavía a un día de viaje, y su expedición había parado a descansar e las tierras más al norte de su dominio.

La sombra del Cerro de las Letras, como los sabios de su pueblo llamaban al promontorio sobre el que habían edificado una Biblioteca y una mezquita, se proyectaba al atardecer sobre sus tiendas acampadas en las afueras de la aldea.

La Jata, o Camino Largo les llevaría pronto hacia el corazón de sus dominios, pero el encuentro del día anterior y la presencia del siniestro cerro le habían producido una intranquilidad extraña.

Abdouleiman, el Justo, acudió a la llamada de su rival, el rey cristiano Alfonso VI con sus mejores hombres y sus mejores galas. Tal era su porte y su maestría en el dominio de hombres y bestias, que durante las jornadas de caza que compartieron él y el rey cristiano este quedó impresionado por su voluntad.

Durante las últimas décadas su pueblo había sido abandonado por sus hermanos del norte de África, y la presión de los reyes del norte se hacía cada vez más intensa. Sin embargo, ahora había una esperanza para la paz, un resquicio para que las taifas conviviesen con las aldeas cristianas.

Ambos reyes se respetaban, y por añadidura, deseaban lo mejor para sus respectivos pueblos. Por ese motivo, sabedores de que la guerra entre ellos no arrearía más que sufrimiento había llegado al acuerdo de que fuese este lugar el que marcase la frontera entre ambos reinos.

El Cerro de las letras era considerado el centro de la península y dividía en dos partes iguales la misma. Abdouleiman retiraría a sus hombres al sur del cerro, entregando fértiles tierras a los colonos cristianos, y a cambio, Alfonso VI pagaría un rescate por ellas y dejaría de incitar expediciones contra territorio musulmán. Era un acuerdo por el que ganaban todos.

El Cerro de las Letras quedaría como centro del saber al que todas las religiones podrían acudir en paz para aprender y enseñar. Al ver la impresionante silueta del Cerro, dominando la meseta repleta de bosques, el califa reconoció la idoneidad del enclave como punto simbólico de lo que sería una larga época de paz y prosperidad.

Esa misma tarde Abdouleiman había recibido la visita de su hermana y el marido de ella. Ambos le habían pedido primero, y exigido después, que no respetase el trato, y que declarase la guerra a los infieles.

Hace unos años tal vez lo hubiese hecho, guiado por su desconocimiento de los preceptos del Corán y de las necesidades reales de su pueblo. Sus gentes no necesitaban más tierras o riquezas, sólo paz para poder prosperar.

Su cuñado llegó incluso a amenazarle, dejando entrever la daga dorada que penía de su cinturón. La daga había sido conseguida hacía mucho tiempo por una expedición pirata que saqueó las costas de Europa, donde se alzó una vez la orgullosa Roma. Tan adentro había llegado el poder musulman en su atrevimiento. Pero Abduleiman ya había escuchado bastante y les ordenó salir de su tienda y dejar el campamento.

Desde luego que conocía las ansias de poder de su cuñado, cómo esperaba que la guerra terminase con su vida para poder acceder al gobierno. Otro hombre tal vez hubiese intentado retarle, o socavar su posición de poder, pero era demasiado cobarde como para retar al Califa abiertamente.

Por suerte para todos, él era el califa y con la ayuda de Dios reinaría durante mucho más años, los suficientes como para asentar la paz y evitar que nadie la rompiese.

Un soplo de aire removió los velos que cubrían su lecho protegiéndole de los muchos mosquitos de la zona. Y una sombra se proyectó sobre él.

Aboulemian despertó un segundo, alerta por sus años de combates, pero no pudo evitar que el asesino conpletase su misión. Sólo pudo ver la siniestra daga dorada acercándose a su corazón.

Su último pensamiento se dirigió a sus esposas y a sus hijos, rogando a Dios que pudiesen huir a tiempo a las tierras de su familia en Argel.

***

Teresa se distrajo un segundo, lo justo para mirar por una de las ventanas u contemplar una extraña figura. Al otro borde del patio, justo en el límite del borde del monasterio, una figura extraña, fantasmal, y ataviada con ropajes de hace muchos siglos la observaba.

Un soplo de aire le llegó a la cara, y en el instante de un parpadeo, la figura había desaparecido de su vista.

***

1808 – Getafe

Sor Rocío recogía flores para el convento. El aroma del Cerro de los Ángeles se extendía ese día de primavera por todos los alrededores. Pero ella tenía otros motivos para estar radiante.

Hoy le iba a ver. Sabía en lo más profundo de sus entrañas que su condición de novicia le impedía encontrarse con un hombre, pero él había acudido a ella con palabras hermosas, que habían abierto su corazón como jamás había creído que nada excepto el amor a Cristo hubiese podido hacer. Su acento francés, su porte militar y su largo bigote la habían cautivado desde el primer momento en que le vio. A la cabeza de su regimiento, el mismo que meses antes había establecido su cuartel general en Getafe, altivo sobre su caballo, el Mariscal Sould había llegado.

Ella le había visto varias veces, era un hombre pío, religioso, que acudía a las iglesias del Cerro al no poder ir directamente a las del pueblo, debido a los levantamientos y la hostilidad cada vez más abierta hacia las tropas francesas.

Era en una de las misas que el sacerdote de la iglesia principal ofrecía en honor a mariscal donde le había conocido. A la salida, Patric Sould se había dirigido a las novicias alabando su entrega a Dios y su trabajo en favor de la paz que él también ansiaba.

Como gracia a la abadesa había solicitado que una novicia le enseñase el idioma castellano, a leerlo y a escribirlo. La había elegido a ella.

Su primer beso no tardó en llegar. Empapándola los labios Patric posó los suyos sobre los de ella y le confesó lo que sentía. Los meses siguientes habían sido como un sueño para ella. Resistiéndose al principio, totalmente entregada a continuación, Rocío había hecho caso omiso a las habladurías que llegaban al convento. Ella esperaba ansiosa la llegada del hombre de sus sueños cada semana, y se sentía muy abatida cuando no podía ir, y enviaba un mensajero disculpándose por tener que atender sus deberes como enviado del Emperador.

Tampoco escuchaba las palabras de su compañera de celda, cuando ésta, en las noches oscuras susurraba las atrocidades que según ella los franceses estaban cometiendo en el pueblo contra sus compatriotas. En su lugar, sus pensamientos vagaban hacia las dos lunas oscuras que eran los ojos del hombre. Hacia su carne cálida que tantas veces había acogido dentro de ella. Hacia el padre de su hijo que nacería dentro de unos meses.

Nada la importaba, excepto amarle y que él la viniese a ver, y que cuando terminasen de imponer la paz en el país la llevase muy lejos. A las tierras en las que su hijo y ella vivirían como el hijo y la esposa legítimos de él.

Un brillo en el suelo atrajo su atención. Sor Rocío reconoció el cuerpo decapitado de un capitán francés. En su cinto, brillaba la hoja de una daga.

El brillo era hermoso, hipnótico, y el canto de los pájaros se alejaba cada vez más, dejando hueco en su mete nada más para los susurro de voces lejanas que la impulsaban a recogerla.

Esa noche el Mariscal Sould acudió, como siempre, a escondidas, a los túmulos celtas semiderruidos que había detrás del bosque del Cerro. Allí, esperándole, Rocío contemplaba el cielo sin estrellas de la noche.

Cuando se acercó a ella Sould pudo ver su mirada perdida, como una babilla resbalaba de su boca hasta su barbilla. Ella lanzó una sonrisa enloquecida cuando le reconoció, y se abalanzó a sus brazos. En su mano, a pesar de la ausencia de luna, brillaba una siniestra daga de oro.

***

Teresa se fijó, al hilo de la narración, que la hoja de la daga estaba impoluta. Tanta sangre derramada, tantas cosas extrañas ocurridas a su alrededor, y su aspecto no podía ser más inocente.

***

1950 – Prisión del Cerro de los Ángeles.

Francisco levantó la piedra sobre su cabeza. Pesaba como el mismo diablo, pero la presencia del soldado de las brigadas nacionales no le dejaba un segundo de descanso.

Su compañero Jose levantó la piedra y la alzó hasta el siguiente, Alfonso, el cantante. Le llamaban así porque tocaba la guitarra, y lo hacía bien. Tanto, que los guardias le habían permitido conservarla para que en las noches les cantase a todos alguna canción de Andalucía.

A veces, los guardias se comportaban como seres humanos, pero nunca cuando el Halcón estaba cerca. El Halcón era el jefe del campo de prisioneros que estaba levantando la prisión del cerro de los Ángeles, y el monumento a Cristo que se vería desde todos los puntos de la meseta.

 

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Era un auténtico bastardo. Y todos, presos y guardias esperaban su muerte y la deseaban. Pero ninguno se atrevía a contradecir ninguna de sus órdenes. Hacerlo significaba, en el mejor de los casos la muerte, y en el peor, sufrir el destino de Juan Ibáñez, emparedado vivo entre los muros de la iglesia que estaba edificando.

Una piedra cayó a su lado, y el Pato de Burgos, se disculpó por su torpeza. El Pato, ya nadie le llamaba por su verdadero nombre, Arturo, era el hombre más bueno y más torpe del campamento. Todos le protegían, incluidos los guardias, cuando el Halcón no estaba cerca.

El guardia que le vio, al que todos llamaban Pepe le dijo en un claro acento andaluz. Mañana vuelvo a mi tierra, cacho cabrón, intenta no matar a nadie ni hacer que te maten hasta entonces. No quiero llevarme de ti el recuerdo de tu mortaja.

A su derecha Rafael sonrió antes de volver al trabajo. Como todos, Rafael, el Pato, Jose, Alfonso, Francisco había tenido la mala suerte en la guerra civil de encontrarse en el lado equivocado del levantamiento. Es decir, en el bando perdedor.

Pocos de los que le rodeaban se habían alistado sólo por compartir el ideal de la república, o de las tropas nacionales. En su bando, los que lo habían hecho, estaban ya muertos y enterrados en el cementerio que se podía ver al oeste de allí. Se habían hecho matar al negarse a trabajar y al intentar seguir luchando por sus ideales incluso en prisión.

Pero ellos cuatro hoy estaban contentos, esa noche se iban a largar. Él, Jose, Alfonso y el Pato habían hablado con un guardia nacional que les iba a dejar salir para que se escabullesen y volviesen a sus tierras. A cambio debían hacer algo por él, aquí nadie daba nada por nada.

El Halcón había violado hacía años a la hermana del guardia, y él quería venganza. Esa noche, antes de largarse, debían hacer una visita al barracón donde dormía el Halcón. Los guardias alargarían el cambio de guardia más de lo normal para dejarles paso. Después, el correr sería su única preocupación.

Les habían proporcionado una daga antigua, encontrada entre las excavaciones de las obras, al limpiar el muro de escombros de la antigua iglesia. El Pato la guardaba, nadie miraría en sus pantalones.

El día transcurrió muy lentamente para todos, pero al final, la noche cayó sobre ellos y los barracones quedaron en silencio.

Francisco se dirigió hacia la puerta, que encontró abierta tal y como habían acordado. Los cuatro se escabulleron en silencio entre las sombras, directamente hacia el solitario barracón de El Halcón. El Pato abrió la puerta y entró en su interior acompañado de Alfonso, él y Jose se quedarían fuera vigilando.

Los gritos apagados no duraron mucho.

Arriba, las nubes cubrían la luna menguante, y un extraño frío le hizo estremecerse de un escalofrío. Intentó calentarse pensando en su casa, en la que estaría en pocas semanas.

A su espalda, la puerta se abrió de par en par, por el umbral asomó el pato, cubierto de sangre. Parecía seriamente conmocionado, y venía solo.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó Jose. – ¿Dónde está Alfonso?

El Pato no respondió, en su lugar, una sonrisa sádica ocupó su inocente rostro, y se abalanzó sobre ellos.

Arriba, las nubes cubrían la luna por completo, y el cerro de los Ángeles permanecía oscuro y silencioso, con la excepción de los gritos enloquecidos que rompían la noche.

***

Teresa despertó del sopor en el que había entrado mientras escuchaba las historias del guía. El resto de la gente abandonaba ya la sala, terminada la visita. Sin embargo, un susurro en su mente la retenía allí. Algo la impulsaba a alargar la mano, abrir la vitrina y recoger la daga. Sentía la imperiosa necesidad de tomarla, de usarla, de poseerla.

Un ruido la alertó. A pocos metros de ella, el hombre gordo la contemplaba ávido y sinuoso. Apretaba las manos contra su cuerpo, como si fuese a abalanzarse sobre ella en cualquier momento.

Asustada, Teresa dejó a tras la urna y salió por la puerta para reunirse con el grupo y alejarse del hombre que, frustrado, salía por la otra puerta, en pos sin duda, de otro grupo al que unirse.

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Muerte

Julio 11, 2007 at 2:38 pm (Sueños)

Muerte

 

La Biblioteca estaba silenciosa y la ausencia de luna y estrellas ayudaba a darle un aspecto todavía más oscuro. Tampoco contribuía a la tranquilidad de Gonzalo la repentina tormenta que se había desatado una hora antes.

Gonzalo era el vigilante nocturno de la Biblioteca, para él era un buen trabajo. No se quejaba ni mucho menos. Un buen sueldo por un trabajo tranquilo, casa hasta la jubilación en un lugar tranquilo pero cercano a la ciudad. Nada parecido a su anterior curro como vigilante jurado en unos grandes almacenes. Nada de pagas extras, doce horas seguidas de pie persiguiendo alarmas y niños bromistas.

Había conseguido el trabajo a través de un tío suyo al que no veía muy a menudo. Era un hombre excéntrico que apenas se acercaba a las reuniones familiares. En la familia le llamaban “el Cuervo”, porque sólo se presentaba indefectiblemente en los funerales. En el último, el de su tía Petunia, hermana de “el Cuervo”, habían estado sentados juntos durante la misa.

A la salida, el cuervo le comentó si le interesaba presentarse a unas oposiciones en uno de los sitios donde trabajaba. Nada seguro, pero tienes posibilidades, le había dicho.

Se presentó y aquí estaba. Durante estos tres años no había visto mucho a su tío. El solía aparecer de vez en cuando, en compañía del prior del monasterio o de algún ayudante del Obispo de Getafe. Apenas le dirigía un par de palabras antes de enfrascarse en los libros que le traían por ahí.

La Biblioteca tenía muchos libros. Muchos, muchos de verdad. Tal vez fuese la Biblioteca más grande de España, diablos, para él debía ser la más grande del mundo.

Cada planta, cada rincón y cada pasillo estaban plagados de estanterías repletas hasta arriba de volúmenes arcaicos y de aspecto antiguo. Una vez escuchó a su tío el Cuervo decir que no sabía cómo pero que aquí siempre encontraba el libro que buscaba. Más al fondo, en la entreplanta a la que se accedía por una crujiente escalera de caracol, más pasillos oscuros estaban vedados a los estudiantes y lectores ordinarios.

Por lo que él sabía, había otras dos plantas cerradas en las que ni él podía entrar, y nadie bajaba a los sótanos. Nadie se salía de las salas establecidas, era como si todos supiesen cuál era su papel y todos obedeciesen las normas de la Biblioteca. Diablos, por las noches casi podía uno pensar que la Biblioteca era quien establecía el ritmo de la vida en su interior.

Cuando el tiempo alrededor estaba agitado, y las contraventanas de madera golpeaban las ventanas, la gente miraba a los lados levantando levemente la cabeza de los libros, temerosos de los ruidos que la estructura de la Biblioteca hacía. Cuando la luna del invierno brillaba pálida sobre ella, y el frío del exterior calaba la piedra como un río, ni la calefacción parecía capaz de caldear el ambiente, y los lectores debían ojear las páginas entre tiritones y vahos.

- ¿Qué diablos es eso? – se dijo un poco nervioso.

Hacía cinco minutos un pequeño ruido le había alertado cuando se encontraba apunto de cerrar las puertas. En esa época del año cerraban bastante más tarde, de hecho, algunas noches, ni siquiera cerraban para que los estudiantes de la Universidad pudiesen aprovechar los últimos repasos.

Ahora estaba en la segunda planta y una sombra había captado su atención, mientras pensaba todas estas cosas. Echando mano de su porra, Gonzalo abrió la puerta de cristal que daba paso a la sala desde la escalera, y se internó entre las estanterías situadas en hileras en el centro y en las paredes de la estancia.

Un silbido nervioso le salió de dentro, tarareando una de sus canciones favoritas, como si el sonido fuese a ahuyentar a cualquier posible ladrón que se hubiese colado. Gonzalo esperaba sinceramente desde lo más profundo de su alma que se tratase de algún joven rezagado con ganas de vivir una pequeña aventura. Lo que vio le quitó inmediatamente esa idea de la cabeza. En ese momento hubiese preferido a un ladrón.

En uno de los pasillos, cerca de la sección de poesía del Siglo de Oro, una especie de sombra ocupaba todo el ancho entre dos estanterías. No es que la sombra en si tuviese nada de amenazador, era sólo su forma de estar ahí, parada, como si tuviese consciencia propia. Tampoco le asustaba que cada vez la sombra fuese tomando más cuerpo, como una cerveza que va transformando la espuma en líquido. Ni los pies que se habían formado a ras de suelo, y que poco a poco iban conformando hacia arriba una figura oscura difícil de identificar.

No, lo que verdaderamente le había acojonado desde un principio era la guadaña que había surgido de la nada desde el interior de la sombra, cuando esta fue iluminada fugazmente por un relámpago que se coló por una ventana.

Los segundos siguientes habían alternado entre la confusión estúpida y el terror paralizante, pero desde luego, Gonzalo ahora mismo no recordaba nada de esos instantes, y sólo era consciente de la esquelética forma vestida con un sayo negro y una guadaña que le miraba con unas cuencas vacías y una expresión entre asombrada y divertida.

Desde luego, esa era el nombre que Gonzalo le daría a la expresión de una calavera con la mandíbula entre abierta y los tonos amarillentos del hueso danzando con la escasa luz de la sala.

- ¿Me ves? – le preguntó la Muerte hablando desde lo más profundo de su cavernoso cuerpo.

- Yo diría que sí, lo siento – se disculpó él.

- Ummmm – pareció meditar un segundo la Muerte – eso hace esta visita un poco más extraña de lo que pretendía que fuese, y desde luego creo que es un problema.

La mente de Gonzalo no paraba de calibrar las palabras que oía a toda velocidad.

- No, que va ¿por qué? – intentó parecer tranquilo. – Yo bebo mucho, eso dice mi madre, cuando me junto con mis amigos a ver el partido soy un absoluto cavernícola. Como los de la prehistoria, con el pelo por todo el cuerpo, y todo el tiempo gruñendo y gritando.

- Los conozco, me llevé unos cuantos en mis tiempos mozos – Gonzalo no lo dudaba – pero tú no te pareces a ninguno de ellos. No tienes su apariencia, ni sus músculos, ni su órgano reproductor. Como mucho, tienes los ojos de Ugart, uno de tus antepasados.

- Era una frase hecha, ¿ves como soy tonto? Ahora mismo debo estar borracho y no me doy cuenta de nada. Creo que me voy a ir a la cama. No merece la pena llevarme.

- ¿Crees que estoy aquí para llevarte?

La expresión de la mandíbula volvió a retomar un poco de compostura, como si dominase de nuevo la situación, y casi podía decirse que una sonrisa asomaba por entre esos huesos apolillados.

- Y no estoy apolillada.

- Diablos, esta cosa me lee el pensamiento – se dijo Gonzalo.

- Tampoco soy una cosa. Los humanos tenéis una facilidad abrumadora para confundir los términos. En todo caso soy una no-cosa. Lo contrario de una cosa.

Gonzalo no sabía que decir.

- Se suponía que era un chiste – dijo la Muerte. – ¿No ha tenido gracia?

- Ahhh – vaciló un poco antes de dar la respuesta – sí, por supuesto, es que estoy un poco sorprendido.

- Vaya, parece que el chiste no era gracioso.

- ¡Uy!, otra vez se me ha olvidado.

- ¿Que te puedo leer la mente? Harías bien en no olvidarlo. No me gusta repetir las cosas ni que me mientan. ¿Sabes? No lo consigo.

- ¿Qué la gente no te mienta?

- No, eso es imposible, los humanos sois así. Me refería a lo de los chistes. No le cojo el trancazo.

- El tranquillo – la corrigió Gonzalo.

- ¿Ves? Tampoco a las frases coloquiales ni a los refranes. Se supone que la Muerte debe de ser solemne, debe hablar por lo menos con un dialecto dos siglos atrasado. ¿Sabes lo difícil que es hacerse entender hablando en suahili antiguo a un suahili que trabaja en una fábrica de zapatillas deportivas?

- No

- Por eso se me ocurrió lo de los chistes. Ya sabes, empezar con buen pie. Algo para romper el hielo.

- Ahhh , – Gonzalo no podía dar crédito a lo que le estaba pasando.

- Te está pasando – le dijo la Muerte.

- ¿Qué?

- Esto, te está pasando ¿no estabas pensando que esto no te podía pasar? Pues está sucediendo.

- Ya

- Oye, Gonzalo – sabía su nombre.

- Claro que sé tu nombre, y deja ya de pensar en voz baja, es muy molesto y de mala educación, siento que quieres ocultarme algo.

- Perdona- se disculpó – es una costumbre.

- ¿A ti se te dan bien los chistes? – le preguntó.

- No nunca fui muy bueno con eso. Excepto con mis amigos, entonces sí.

- ¿Por qué? ¿Por qué con tus amigos sí?

- Pues porque con ellos hay confianza, estás seguro, te puedes abrir a la gente, así es más fácil.

- Eso es un problema. Yo no puedo hacerme amiga de la gente que está viva, para que cuando mueran les pueda contar el chiste. La mayoría de la gente no puede ni verme. Oye ¿y tú por qué me ves? Es más, ¿por qué me ves con mi verdadera forma y no como el resto de la gente?

- No lo sé, ¿cómo debería verte? ¿No se supone que la Muerte es así?

- Sí, hace mucho tiempo tomé la decisión de que si iba a estar en cada aspecto de vuestras vidas, por lo menos deberíais saber cómo soy para cuando nos conozcamos. Me metí en la mente de unos escritores y me encargué de hacer que me describiesen como era. Me salió bien el truco ¿verdad?

La conversación estaba tomando un cariz un poco extraño, más extraño si cabía. Gonzalo asintió, la verdad es que había sido todo un éxito de marketing. Películas, libros, estatuas.

- Sin embargo, a la hora de la verdad la mayoría se empeñan en verme de formas muy variadas. Como un niño sonriente, como una mujer jovencita, uno una vez se imaginó que era un perro grande y negro. ¿Sabes lo humillante que es que te cambien esta forma por la de un perro?

- Me lo imagino – y se lo imaginaba, de verdad.

- En fin, volviendo a lo nuestro. No sé porqué me ves, debe de ser porque eres el primer vivo que me ve dentro de la Biblioteca. ¿Sabes que esta biblioteca es muy especial? ¿Quieres ser mi amigo? Tengo mucho que contar. Sé que a los humanos os gusta eso en los amigos.

- Yo haré lo que quiera.

- Oh, pero no me llames de usted, si vamos a ser amigos deberías llamarme de tú. Esa frase se la escuché a un cardenal en Roma, se la decía a todos los niños. Era una mala bestia, menos mal que me lo pude llevar pronto. Nunca subestimes lo que un padre furioso puede hacer con un cilicio y un candelabro.

>> ¿Ves? Ya hemos empezado, ya te estoy contando cosas entretenidas.

- La verdad es que sí. Pero estoy un poco incómodo. Compréndalo…perdón, compréndelo. Eres la Muerte. Te llevas a los vivos, y yo estoy vivo. Además, estoy cansado.

- Tienes razón, esto es extraño hasta para mí. No estoy acostumbrada a hablar con nadie. Normalmente la gente apenas balbucea que no puede ser que esto les esté pasando a ellos, cómo si no supiesen desde pequeños cual iba a ser su fin.

- Podríamos sentarnos – sugirió Gonzalo. – En una de las mesas, así al menos descansaré los pies. Y podremos charlar más tranquilos.

- Muy bien. Y perdona si no soy muy entretenida, pero no tengo mucha práctica. La gente se cierra mucho cuando me ven.

Sin decir nada más se sentaron, la Muerte cogió un buen montón de libros que tenía apilados en el suelo a sus pies.

- ¿Por qué estás aquí? – le preguntó esta vez Gonzalo a Ella.

- Vengo a leer. Una vez al año, normalmente por estas fechas. Me gusta leer, sobre todos los libros que hay aquí. Son mágicos. Todos y cada uno de ellos.

- ¿Y qué pasa con tu trabajo mientras estás aquí? ¿Puedes, ya sabes, estar en muchos sitios a la vez?

- Oh, sí, por supuesto. Y generalmente lo hago. Por desgracia la gente y las cosas se mueren con demasiada frecuencia. Pero cuando bajo a leer no. Este momento es para mí.

- ¿Eso quiere decir que nadie está muriendo en este momento?

- Así es. Hice un trato con el Destino. Una noche al año nadie moriría, y yo podría dedicarme a lo que yo quisiese. Estos últimos años me he dedicado a leer. Es increíble todo lo que uno vive con los libros. Es inagotable.

- ¿Y por qué no haces eso siempre? – se atrevió a preguntar. 

- ¿Por qué no me dedico a leer y así la gente no moriría? Sería espantoso, Gonzalo.

>> El daño que la gente se causa y que sufre no depende de mí. Cada uno escoge su vida, y el tapiz del Destino se hilvana sin mi intervención. Yo sólo me llevo las almas y se las llevo a quienes se las entregaron sus dueños en vida.

- O sea, que no puedes hacer nada por nosotros.

- No, claro que no. Pero tú imagínate el caos que supondría dejar de venir a por las almas. El sufrimiento que tendría que soportar cada ser vivo durante toda su eternidad. Es muy duro estrellarse con un coche y recibir serios daños internos y no poder morir. Te aseguro que muchos de ellos me reciben con los brazos abiertos. No estáis preparados para recibir ese don, todavía.

- Perdona, espero no haberte ofendido. Es que a veces uno ve todas esas cosas en las noticias y piensa en todas las personas que sufren y mueren.

- No te preocupes, Gonzalo. Eso mismo me preguntó Dante cuando me conoció.

- ¿Conociste a Dante Aggliery?

- Por supuesto, está muerto. ¿Le has leído? Yo le ayudé a inspirarse en una par de capítulos de su divina Comedia. Sin que él lo supiese. ¿O cómo pudo acertar tanto en cómo es el Purgatorio?

- Claro, tú conoces el Purgatorio – ató cabos Gonzalo.

- Sí, es lo más lejos que puedo llegar. Más allá sólo puedo ir muy de cuando en cuando, cuando algún dios o alguien que vive en sus territorios muere y por suerte eso no pasa muy a menudo.

- ¿A quien más conoces? – siguió preguntando.

- A mucha gente – la Muerte pareció animarse. – Mira esta pila de libros, – señaló hacia los libros que había dejado encima de la mesa. – Todos ellos, sus escritores, son gente interesantísima, para lo bueno y para lo malo.

>> De hecho, cuando les conocí me sorprendieron tanto que tomé la decisión de leer sus obras y no dejar que cayesen en el olvido. Tardaré mucho, son muchos libros, y muchas personas para una sola noche al año, pero es maravilloso lo que vuestras mentes pueden hacer.

- Yo no leo mucho. Apenas el periódico y algún libro. Me gusta más la música. La rumba y el flamenco.

- No sabes lo que te pierdes. La música está muy bien, pero si hay algo que te pueda hacer vivir una vida fuera de la tuya es esto. Su mano huesuda volvió a posarse sobre la pila. Créeme, sé de lo que hablo. Hasta yo me siento viva cuando ojeo estás páginas.

- Tendré que venir más a menudo – se prometió a si mismo Gonzalo.

- Deberías. Mira este libro, por ejemplo, “Sandokan”. Habla de piratas, amor, historias de valor y hazañas. Alegría y batallas. Yo he conocido a muchos piratas, algunos incluso se parecían a Sandokan y a Yáñez de Gomera, pero te puedo asegurar que estos personajes son mágicos. Tanto, que sólo se encuentran en las páginas de los libros. En la vida real ya no queda gente así.

La tormenta en el exterior le distrajo un segundo. Era menos violenta, y el viento parecía haberse calmado.

- Antes dijiste que la Biblioteca era mágica. ¿Te referías a esto? A veces, por la noche, cuando paseo por el patio central del Cerro de los Ángeles, siento como si alguien me estuviese observando. Cuando me doy la vuelta sólo están ahí la Biblioteca y los edificios del monasterio y el convento. Es casi como si estuviesen vivos – Gonzalo no sabía cómo explicar la sensación que había sentido durante los tres años que había vivido allí.

- No “casi”, Gonzalo. Están vivos. No en el sentido estricto de la palabra, pero sí en un sentido más amplio. Ya te he dicho que esta biblioteca es muy especial. Este edificio, antes de ser biblioteca, fue parte del monasterio, y luego cárcel. Y los libros que han ido llegando, casi por propia voluntad, sólo contribuyen a engrandecer el hálito de magia que se respira en toda la zona.

- A veces lo huelo, lo escucho en el aire. Como si los edificios se hablasen, como su los árboles susurrasen, y como si los sueños de quienes dormimos aquí tomasen vida. Antes de venir aquí nunca soñaba. O no me acordaba.

- ¿Y ahora? – La Muerte cruzó sus manos y apoyó la mandíbula sobre ellas, atenta a cada palabra de Gonzalo.

- Ahora sueño con cosas que nunca he visto. Una vez soñé con un rey que volvía, diablos, juraría que estaba soñando con el Señor de los Anillos.

- También conocí a Tolkien, una persona fascinante. Antes de llegar al Purgatorio ya había escrito un cuento en el que se narraba el final de sus personajes, al otro lado del Océano. Es un libro que sólo puede leerse cuando se da el salto al otro lado. Nadie de aquí lo entendería como el autor quería que fuese entendido.

- Otra vez soñé con un dios que despertaba, y venía a devorar nuestras vidas, y otra con una torre tan alta que la Luna bajó a ver a su dueño, e hicieron el amor toda la noche. Era raro, pero me gustó. Aunque no sabía que fuese capaz de soñar esas cosas.

- El la magia del lugar, Gonzalo. Despierta lo oculto, atrae lo desconocido, reordena la realidad agitándola para sacar un todo glorioso. Por eso elegí este lugar para bajar. La mitad de estos libros son especiales – con un gesto pareció abarcar toda la sala, – y la otra mitad están “despertando” contagiados por el ambiente.

- A mi tío le gusta mucho esta Biblioteca.

- El Cuervo, sí. Le conozco. Está fascinado por mí, me estudia, intenta mirar hacia los caminos que piso, y hacia donde os llevo. Dile que no tenga prisa en conocerme, que tarde o temprano lo hará. La gente que es tocada por el Cerro de los Ángeles nunca vuelve a ser igual. Todos ellos ven cambiadas sus vidas para siempre.

- ¿Yo también? ¿Yo también me veré contagiado por ese espíritu mágico y extraño que parece impregnar este lugar?

- Lo dices como si fuese algo malo, Gonzalo.

- No, es sólo que valoro mucho mi libertad, no me gusta que nadie me dirija, por eso nunca aguanto más de un año con la misma mujer. Y menos aún un lugar cuyo propósito desconozco.

Una campanada sonó fuera. El reloj de la iglesia daba la una de la madrugada.

- Te voy a pedir un favor, Gonzalo. Me ha gustado mucho esta conversación, pero tienes que irte. No creo que sea bueno para ti mezclarte mucho conmigo, y yo tengo que hacer cosas, leer. No me malinterpretes, ha sido divertido, pero te aseguro que tendremos mucho tiempo para hablar y para charlar en el futuro.

- Cuando muera.

- Cuando mueras, sí – asintió la Muerte.

- ¿Cómo es de largo el camino después de morir?

- Eso depende de la persona, Gonzalo. Hay gente que tarda más en decidir donde debe ir su alma, otra que lo sabe incluso antes de morir. Algunos se pasan una eternidad gimoteando, y otros pocos son una verdadera fuente de experiencias incluso después de muertos.

- Espero ser de estos últimos. ¿Qué me ibas a decir?

- Que tienes que irte, pero que antes te voy a explicar dos cosas para que partas tranquilo. Una la Biblioteca, el Cerro, no tienen ningún deseo de coartar tu libertad. Más bien al contrario, la aumentan, te hacen ver cosas mágicas, sentir cosas que nadie más siente, te hacen más sabio, y al mismo tiempo tu magia se impregna en ti, cada segundo, haciéndote especial.

- Creo que lo entiendo, lo siento en mi interior. ¿Y la segunda cosa?

- Me gustaría que cuidases de este lugar, de mis libros, de mis amigos de aquí. Este sitio, como te he dicho, es muy especial, pero también muy frágil.  Ha estado al borde de la destrucción innumerables veces en su historia. Y no estoy segura de que siempre pueda resurgir de sus cenizas. Nada me dolería más que tener que llevarme también este lugar al otro lado.

- Lo haré. Aprenderé de él, lo cuidaré e intentaré que su magia perdure.

- Muy bien.

Muerte se levantó alisando sus ropajes. Fuera, la tormenta parecía haber cesado.

- Creo que ya es hora de que te marches. Gracias por todo, Gonzalo. Y espero verte dentro de mucho, mucho tiempo.

- Y yo. Ah, una cosa, Muerte. – Le pidió mientras los dos se dirigían hacia la puerta-

- ¿Sí?

- Para cuando nos veamos, apréndete un buen chiste, por favor.

La Muerte sonrió esta vez francamente, mientras abría la puerta de cristal y Gonzalo la traspasaba.

Mientras ésta se cerraba a sus espaldas, el vigilante se volvió y pudo ver cómo la Muerte volvía a la mesa donde habían estado charlando y su imagen se dispersaba hasta tomar la consistencia de una sombra y ocupar el espacio de un susurro.

Todo quedó en silencio.

 

Epílogo

 

Cerca de allí, un grupo de chicos recorre la explanada el cerro en busca de diversión. Abajo, en el bosque, sus coches atruenan la noche lanzando al aire su música.

- Vamos, – dice uno de ellos – tenemos que llegar arriba a la colina antes de que esos curas nos vean.

- ¿Qué vamos a hacer?, – pregunta una de las chicas entre risas.

El que parecía el líder de la pandilla le responde enseñándole algo. – Vamos a colgar las bufandas de graduación del brazo de la estatua.

Las risas eran generalizadas, y aumentaron cuando el chico escaló la estatua, aferrándose a los escalones de piedra primero, y después a los pliegues de la túnica.

Sin embargo, los efectos del alcohol le jugaron una mala pasada. Un resbalón, y el chico cayó a plomo desde más de cinco metros de altura. El crujido fue horrible. Arias de las chicas que les acompañaban se llevaron las manos a la cara, intentando demasiado tarde no ver la escena.

Sus amigos, corrieron a su lado, pero todos sabían que se había partido el cuello.

Cual no fue su sorpresa cuando su compañero se levantó, tan perplejo como ellos.

- Deberías estar muerto – Jose Luís – dijo uno de ellos.

Los chavales se miraron, asustados. De un golpe se les había pasado la borrachera. Sin decir nada, Jose Luís se levantó del lugar donde había caído, y corrió colina abajo.

Cerca de allí, la Muerte seguía leyendo.

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Broma Pesada

Julio 11, 2007 at 2:37 pm (Sueños)

Broma Pesada

 

- Al diablo con la estúpida apuesta – pensó Ricardo. – No era la primera vez que quedaba como un completo idiota ante su pandilla y seguramente tampoco sería la última.

Era 28 de Diciembre por la noche, y lo que empezó como una broma se le había escapado de las manos y se había convertido en una situación ridícula de la que no sabía cómo salir.

Carolina, la tía más buena de la clase se había enrollado con su mejor amigo la noche antes. Un poco jodido porque no había sido él el elegido le había preguntado porqué no. Ahora tenía que reconocer que no estaba preparado para su respuesta.

- Eres demasiado predecible. Me gustan los hombres valientes, con un par – le había dicho.

- No sabes lo valiente que puedo llegar a ser –repuso él un tanto infantilmente, herido en su amor propio. – Puedo hacer mucho más de David, lo que yo quiera.

- Demuéstralo – le dijo ella – demuéstramelo y tal vez lo pasemos muy bien los tres juntos.

Jamás debió aceptar. Un poco celoso, y muy picado, les aseguró que pasaría toda la noche de los Inocentes en el Cerro de los Ángeles.

Ellos le había retado y él había aceptado, pero al frío de la noche no le parecía ya tan buena idea. De hecho, juraría que en cualquier momento se iba a poner a nevar o llover, o granizar, o lo que diablos hiciese en una noche oscura como esa en un lugar tan lúgubre como ese.

Desde luego, el gracioso que se le ocurrió edificar un monasterio en medio de una colina rodeada de bosques desde la que se veían las luces de todas las ciudades circundantes no tenía a menor intención de vivir allí. La vista era impresionante, pero Ricardo se preguntaba con qué ánimo vivirían allí las monjas y los sacerdotes que formaban las dos órdenes que allí convivían en estricta separación.

El lugar era siniestro, tanto como los que aparecían en esas pelis de miedo que tanto le gustaba enseñar a David a las niñitas con las que quería liarse. El miedo de los demás siempre ha hecho que uno se sienta más fuerte. Apenas había luces, excepto las amarillas de unas cuantas farolas que apenas bastaban para mantener alejada la oscuridad.

Los edificios que formaban el monasterio eran espeluznantes. De día, la estatua de Cristo se veía desde cualquier sitio de Getafe y los pueblos de los alrededores, el centro de España.

Pero de noche era verdaderamente aterrador observar esa mole de piedra, oscura y silenciosa, observar todo lo que pasaba en la explanada de cemento y en los jardines que coronaban los bosques.

La espesa niebla que se levantaba una noche si y otra también tampoco ayudaba mucho a tranquilizar los ánimos. Aunque normalmente, cosa extraña, se quedaba en los bosques y no llegaba a ascender hasta los edificios, su frío se sentía incluso en la distancia.

A su izquierda, la mole inmutable de la Biblioteca, y a sus espaldas y a su derecha lo edificios que componían el complejo religioso, algunos de ellos colgando de la ladera como si se tratase de algo que desafiaba las leyes de la realidad.

Había escuchado historias raras. De hecho, en todos los alrededores, raro era el que no había escuchado alguna de las innumerables leyendas que jalonaban la historia del Cerro.

Desde que era un antiguo asentamiento templario, hasta que los monjes rezaban misas negras cada noche para intentar traer el fin de los días del señor. 

Ricardo sacudió la cabeza, alejando con una sonrisa estas tonterías de sus pensamientos. Desde luego, no impresionaría a carolina de esta forma.

Eran las dos de la madrugada, y Ricardo se preguntaba si sus amigos sabrían que se había marchado a casa antes de tiempo o podría irse a la cama a dormir impunemente. En estas estaba, cuando una luz lejana atrajo su atención.

En el suelo de cemento cubierto de tierra traída por el viento, el rectángulo alargado  luminoso de una puerta abriéndose guió su mirada hacia uno de los laterales del monasterio.

Allí, recortado contra el umbral, la figura de un monje ataviado de los pies hasta la cabeza con un pesado hábito marrón cerró tras de si, dejando de nuevo el lugar tan en penumbra como segundos antes.

Intrigado, Ricardo se acercó pegado a la pared de la iglesia, intentando no ser descubierto. Si iba a pasar la noche allí por lo menos intentaría divertirse un poco.

El hombre se encaminó hacia la parte de atrás de la iglesia, rodeando el monasterio y adentrándose en el bosque de pinos y robles, perdiéndose casi en la niebla.

Sin embargo, Ricardo fue lo bastante rápido como para seguirle y no perderle la pista.

El monje descendió en silencio ladera abajo, en dirección, pudo deducir Ricardo, al pequeño cementerio privado donde se enterraba a los religiosos fallecidos.

Por su bamboleo al andar, Ricardo pudo ver que el hombre era cojo, y que iba cargado con un saco. En otras circunstancias, la aventura hasta le hubiese parecido divertida, pero cuatro horas de soledad en ese lugar, recordando viejas historias de terror le había puesto los pelos de punta.

El comportamiento misterioso de un monje solitario ya no le resultaba tan gracioso. En tres ocasiones estuvo a punto de darse la vuelta e ir a por el coche, pero el recuerdo de Carolina y su promesa le mantuvieron firme en su propósito.

Pasaría la noche allí, y de paso, intentaría no morirse de miedo o aburrimiento. Las mujeres tienen el extraño poder de hacer que los hombres hagan locuras y estupideces por igual.

Tan sumido estaba en sus pensamientos que casi se cocha contra la verja de hierro oxidado que guardaba la entrada al cementerio. Éste no era muy grande, unas pocas docenas de tumbas, lápidas con poco más que un nombre tallado en ellas. Alguna cruz más ornamentada en la mayoría de ellos.

Lo que sí había eran estatuas, la mayoría de la Virgen de los Ángeles. Todas ellas en actitud piadosa, con expresiones verdaderamente serias, como si de sus rezos dependiesen las almas de los que allí moraban tras la muerte. Ricardo no pudo evitar tener la sensación de que así era.

Un ruido de piedra raspando contra piedra le indicó donde debía estar el monje, y encaminó sus pasos hacia la zona tras el mausoleo donde reposaba el primer Obispo de Getafe.

El monje había encendido un fanal de luz, y lo había depositado en la cabecera de la tumba sobre la que ahora estaba inclinado. Con la ayuda de unos arreos y palos, había retirado la tapa de mármol, y ahora estaba destapando el ataúd de madera que había en su interior.

La madera no estaba muy ajada, de hecho, conservaba todavía parte del barniz que en su día le dio el aspecto solemne que ahora tenía.

El personaje de extraño comportamiento tiró al suelo la palanca y levantó la tapa, que cayó a un lado de forma pesada. El golpe se extendió en la niebla, corriendo entre las lápidas y perdiéndose entre los cipreses y los demás árboles.

- Shhhhhh, silencio, niña – dijo la voz del monje cojo. – Te he traído tu comida. Toma, come.

Un ligero quejido llegó hasta la posición que ocupaba Ricardo, semioculto entre dos tumbas. Intrigado, alzó la cabeza por encima de ellas, y pudo ver una escena que le sobrecogió. Trepando desde el interior del nicho, una niña, de unos doce o trece años de edad, salía del ataúd ayudándose como podía de unos flacos brazos.

Llevaba un vestido azulado, sucio, y su cabellera negra le caía salvaje sobre el rostro, hasta el punto que desde donde estaba, Ricardo no pudo ver su rostro, que imaginaba demacrado.

Asustado  sorprendido, se echó al suelo apoyando su espalda contra uno de los nichos. Su respiración estaba agitada, y cada vez se ponía más nervioso escuchando los sonidos que la niebla le traía, el masticar de la chica, ansiosa.

Pasaron los minutos que le parecieron horas, hasta que al final, volvió a escucha la voz del cojo.

- Ya hemos terminado por hoy, vuelve a tu lugar pequeña mía, antes de que el abad te vea y nos denuncie ante el Santo Oficio.

La chica gruñó como intentando rebelarse.

- ¡Vuelve te he dicho! No me hagas castigarte.

No se volvió a escuchar ninguna palabra, ningún sonido, emitidos por el hombre o la niña. Sólo el golpe del ataúd al cerrarse y el raspar de la lápida volviendo a su sitio. Después, el monje se marchó, pasando muy cerca de donde estaba Ricardo, sin verle.

El primer impulso fue correr, correr como si el monje fuese el mismo diablo, y así lo hizo. Pero después, a punto de cerrar la verja de hierro a sus espaldas, Ricardo lo pensó mejor.

-Si la chica se quedaba sin aire…- volvió sobre sus pasos y se acercó lentamente a la lápida en la que estaba encerrada la chica prisionera. Desde luego, tendría toda una historia que contar a Carolina.

Echó un nervioso vistazo hacia la niebla, esperando ver surgir una figura bamboleante en cualquier momento, pero parecía que nadie le había seguido.

El mármol, extrañamente pesaba menos de lo que parecía, y pudo retirarlo él solo sin ayuda.

Nada más echar la lápida completamente a un lado, pudo escuchar cómo la chica raspaba frenéticamente la tapa interior del ataúd, intentando salir, y tal vez alertada por su llegada. A un lado, la palanca de hierro que momentos antes había utilizado el hombre cojo, y que ahora le serviría a él. También había un saco vacío rodeado de restos de comida.

Ricardo aferró la palanca con fuerza, apoyándola entre la tapa y el ataúd, y empujó hacia abajo con todas sus fuerzas. La tapa saltó hacia arriba cayendo hacia un lado.

Jadeando por el esfuerzo, Ricardo se asomó al interior, allí, la chica estaba tendida en silencio, como asustada, con su pelo cubriendo su cara.

- Vamos, tenemos que irnos, – le dijo tendiéndole la mano, mientras miraba tras él de nuevo, vigilando la posible llegada del monje.

>> Vamos – repitió, inclinándose más sobre el ataúd – puede venir en cualquier momento.

Un siseo seguido de un alarido infernal le sorprendió. La chica se levantó hacia él a toda velocidad, y Ricardo pudo ver sus brazos azulados terminados en unas uñas parecidas a garras aferrando su brazo y su cuerpo, y tirando de él hacia el abajo.

El pelo de la chica se hizo a un lado, y en un último segundo, antes de que todo se volviese rojo y negro, vio cómo los ojos completamente negros de la niña le contemplaban mientras una boca ansiosa se lanzaba hacia su rostro.

 

***

 

Eran las tres de la madrugada, y Carolina y el resto del grupo subían por la ladera riendo y bromeando. Iban a buscar a Ricardo para contarle que todo había sido una broma. La noche antes, Carolina le había contado a David que le gustaba Ricardo, y habían ideado esta broma para ponerle celoso, antes de que ella le pidiese salir.

Le buscaron por todos sitios toda la noche, su coche estaba abajo, aparcado en uno de los caminos laterales, pero no encontraron ni rastro de su amigo.

Tal vez si hubiesen buscado abajo, en el cementerio, en una de las lápidas, hubiesen visto la misma escena que se encontró el monje cojo cuando acudió la noche siguiente allí. Entre los restos de carne cruda que le había llevado la noche anterior, su ahijada, víctima de una extraña enfermedad, aferraba con fuerza los restos moribundos de un chico, mientras le roía el rostro y lamía lo que quedaba de cartílago y músculo en él.

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Canción del Brezo

Julio 11, 2007 at 2:37 pm (Sueños)

Canción del Brezo

 

El color fucsia se extendía por todo el brezal, mezclándose con el verde de sus hojas, y salpicando la ladera norte del cerro de un intenso color rojizo que contrastaba con el verde y el ocre propios de finales del otoño.

Un aroma suave, aterciopelado se elevaba del brezo, como una nube invisible cuya presencia podía notarse desde el momento en que te sumergías en ella. La nube, arrastrad por los vientos del norte, se elevó y atravesó el pinar que separaba el brezal del Cerro de los Ángeles.

Arriba, en el cielo nocturno, las nubes  reflejaban las luces de la ciudad de Getafe, dando al cielo el aspecto de una cúpula cristalina, de un invernadero gigante. El frío era patente y las pocas personas que estaba en ese momento en el exterior del Cerro de los Ángeles podían notarlo cortándoles la piel y la respiración.

La nube invisible, se encaramó a lo alto del cerro, llenando toda ella con su aroma casi imperceptible, y filtrándose al interior de cada edificio: de los claustros, las bibliotecas, las celdas de los hermanos y hermanas…

Nadie pareció notar el sutil cambio en el ambiente. El frío sobrecogedor seguía imperando, y tanto los religiosos como los civiles se apresuraban a guardar sus aperos y herramientas, a terminar lo que estuviesen haciendo para encaminarse a sus casas o a los comedores comunales donde rezarían sus raciones antes de irse a dormir.

Sin embargo, algo había cambiado.

Esa misma noche, en la cena, la inquietud se hizo patente en todos los presentes. Las oraciones eran interrumpidas por susurros y comentarios, seguidos de siseos ordenando silencio, que eran respondidos a rato por más cuchicheos y palabras dichas en voz baja.

El viento en el exterior parecía querer entrar dentro, y golpeaba las ventanas como una advertencia. Fuera, las plantas más delicadas del claustro habían sido cubiertas con un plástico, en prevención de una helada que seguramente iba a acompañar a la nevada de mañana. La primera nevada de este año.

Tras varios pequeños incidentes sin importancia, el prior ordenó que los hermanos se retirasen a sus celdas, y meditasen sobre su comportamiento durante la cena, y la falta de respeto hacia sus hermanos.

Sin embargo, algunos de los hermanos tenían sus propios planes. Cuando el campanario anunció las doce de la noche, varios de ellos se vistieron sin decir nada, mientras sus compañeros dormían, y salieron de la habitación. Al principio fue una puerta solitaria que se abría, después otra, y otra. Algunos salieron sin más, marchándose escaleras abajo enfundados en sus hábitos y corriendo todo lo que sus sandalias les permitían, mientras que otros se esperaban asombrados, hablando con sus hermanos que habían sentido el mismo impulso.

Nadie sabía lo que pasaba, pero sí que una necesidad irresistible, una inquietud sobrenatural, como una comezón, les recorría el cuerpo. Haciendo inevitable la necesidad de salir esa noche, nadie sabía donde.

Como polillas atraídas por el fuego, unos de forma solitaria, y otros en grupos, salieron de los claustros y del monasterio encaminándose hacia varios puntos del conjunto monumental que componía el Cerro de los Ángeles. Sin saber cual era su destino, sin saber su objetivo, sólo que la pequeña comezón crecía por momentos, como una llamada insistente que se repetía en la fría noche

Arturo era uno de los monjes que había elegido el camino solitario, y encaminaba sus pasos a la Biblioteca. Allí, colgando de su cilicio de cuerda, recogió las llaves de la puerta y la abrió lo más sigilosamente que pudo. En la oscuridad, cerró a sus espaldas, y subió los crujientes peldaños de madera hasta el primer piso.

Sobrecogido, asomó su cabeza al interior del primer piso. Allí, como cada año por estas fechas, antes de la primera nevada, estaba ella. Su cuerpo sentado en la parte interior de una ventana y vestido con el hábito de la congregación hermana que ocupaba el cerro, era iluminado tenuemente por las luces que provenían de fuera.

Ambos se miraron, y como si no se hubiese visto en mucho tiempo, ambos recordaron, comprendieron. Arturo se acercó a Adela, con la pasión sobrecogiendo sus entrañas, como si por un momento, por esa noche una lucidez sin parangón les hubiese abierto los ojos.

De debajo del hábito sacó un manojo de folios amarillos y arrugados, escritos a mano. Ahora, tras un año de escribir de forma compulsiva, sin saber el motivo de ese impulso literario, Arturo comprendía. Habían sido muchas noches en vela, descartando poemas y poesías que según unos criterios insondables y desconocidos para él, no alcanzaba la perfección que buscaba. Muchas noches mesándose el cabello, escribiendo versos de amor, de amor a la vida, a una mujer de ojos negros, una mujer que no recordaba.

Esos mismos ojos negros le miraron, y el rostro pálido de Adela le saludó con una sonrisa llena de significado.

Sin decir nada, Arturo se arrodilló y comenzó a leerle los poemas que inconscientemente había escrito para ella

 

***

 

En otro punto del complejo religioso un grupo de hombres y mujeres se abrazaban como si hiciese mucho tiempo que no se veían. En la capilla de la iglesia mayor, hombres y mujeres, dispersos aquí y allá, charlaban sobre el último año, sobre las veces que se habían visto, sin reconocerse, paseando por los pasillos, o por el patio central.

Al fondo, perdida y desorientada, una mujer joven, una recién llegada al convento intentaba comprender lo que estaba pasando, mientras que su cuerpo la incitaba a caminar en busca de algo. Así lo hizo, subió las escaleras de piedra, y por una ventana vio la imponente y sobrecogedora mole me negra de la biblioteca. En una de sus ventanas, la Hermana Adela parecía esperar algo, mientras miraba las nubes blanquecinas que anunciaban nieve para mañana.

Siguió subiendo hasta los corredores superiores que flanqueaban la iglesia, reservados para las personalidades más importantes que acudían a las misas que en ella se celebraban. Allí, al fondo, sentado en un bando de madera, asustado le vio. Y en seguida supo que allí estaba su destino.

Caminó en silencio, mientras la desazón crecía con cada paso, apremiándola a llegar a su lado. Por el camino,  echó un vistazo a la escena que se desarrollaba en la planta baja de la capilla, entre los bancos apenas iluminados por las velas, cerca del altar donde el tríptico dorado parecía velarlo todo en silencio. Allí, varias parejas se encaminaban a lugares secretos, ocultos a la vista de todos, para charlar y recordar.

Era la misma escena que contemplaban los ojos azules del hombre que, sin saber porqué, la sobrecogía como nada excepto el amor de Dios lo había hecho en su vida.

Se sentó a su lado sin decir anda, pues las palabras no le salían del pecho.

- Hola, soy Fernando – dijo él, y su voz joven le sonó como un coro de ángeles que le hablase directamente a ella.

- Yo soy Luisa – le respondió – y soy nueva aquí – añadió como intentando justificarse.

- Yo también – sonrió él – y Luisa no pudo evitar fijarse en su boca, en su bonita sonrisa y perfecta dentadura.

Avergonzada apartó la mirada de su boca y sus ojos azules.

- No sé qué hago aquí – continuó él – sólo sé que tenía que venir. No podía dormir, y sentía como si algo me impulsase a vestirme y a llegar aquí. Aunque en ese momento no supiese que seguía aquí.

Su rostro joven, sin apenas barba, aparecía aluminado brevemente, a ratos, mientras Francisco mecía su cuerpo adelante y atrás como lo haría un niño asustado.

Luisa le cogió la mano apretándosela con fuerza, instando transmitirle el consuelo que tantas otras veces había transmitido a quienes la rodeaban, por vocación y por deber.

- Yo también he venido aquí sin saber porqué  - le dijo mientras la mano izquierda de él cubría la que ella había puesto sobre la izquierda.

Luisa no sabía porqué pero ese acto de comprensión y cariño, proveniente de un desconocido, hizo que un escalofrío recorriese su cuerpo. Él la miró a los ojos, y ella no pudo evitar sentirse la mujer más afortunada de mundo en ese omento.

La expresión de él era similar, y antes de que ninguno pudiese decir nada, se arrojaron ambos en los brazos del otro y se besaron con una pasión y un cariño infinitos.

Los besos dieron paso a jadeos impacientes, y éstos a caricias anhelantes. Poco a poco, hombre y mujer fueron dejando sus miedos a un lado, mientras olían su piel y sus besos. Un olor que siempre les recordaría aquella noche, un dulce olor a brezo, a nieve y a amor.

Poco a poco, mientras el resto de la congregación dormía, los gemidos acallados llenaron las estancias y los pasillos, hasta que todo estuvo en silencio, y la pasión dio paso en todo el lugar a la calma después de la tormenta.

 

***

 

En la biblioteca, Arturo abrazaba el cuerpo desnudo de Adela, ambos cubiertos por los hábitos de ambos, mientras contemplaban la Luna que un claro en las nubes parecía haber dejado pasar para ese momento especial.

- Espero que mañana sea distinto – dijo ella – distinto a las otras veces.

- No lo será  respondió Arturo. Sabes que ningún año ha sido así.

- Tienes razón, – cedió ella ante la apabullante verdad que ambos sabían cierta. – Pero me gustaría que por una vez, los dos recordásemos lo que ha pasado, cómo nos amamos, cómo nos queremos.

- Y lo haremos, el año que viene, como siempre, antes de la primera nevada, cuando florezca el brezo.

- Una vez al año es poco para nosotros. Hoy, cuando me dirigía aquí, pensaba en cómo sería la vida si nos marchásemos juntos esta misma noche, sin que la maldición que nos separa trescientos sesenta y cuatro noches cada año se interponga entre nosotros.

- No podemos saber lo que pasaría, Adela. – Arturo levantó la cabeza de ella con un suave gesto y miró sus ojos negros – podría suceder que no recordásemos nada, y lejos de aquí, del claustro, sin el brezo para recordarnos cada año este amor, nos separásemos para siempre.

- No podría vivir sin ti.

- Lo sé, Adela, ni yo sin ti. Prefiero tenerte como compañera cerca, a mi lado aunque sin reconocernos apenas, antes que no tenerte nunca. Tendremos que conformarnos con una noche al año. A mí me basta, es más de lo que he tenido nunca.

- Lo haremos, como cada año, pero el corazón duele sólo de pensar lo mucho que perdemos. ¿Estás seguro que es el brezo?

- No, seguro no, tal vez sea la primera nevada, o la Biblioteca ¿no notas a veces, cuando estás leyendo en ella como si nos observase y cuidase?

- Ahora mismo parece estar haciéndolo – comentó ella mientras observaba el techo de madera que les envolvía protector.

- Bueno, si es así, tengo su pago aquí mismo.

Arturo rebuscó entre los bolsillos de sus ropas caídas y sacó un manuscrito cuidadosamente encuadernado.

- Todos los poemas que te he escrito en estos años. El único ejemplar que existe, la única prueba de nuestro amor. 

Diciendo esto, Arturo se levantó y su cuerpo desnudo fue durante un momento iluminado por la luz de la luna. Luego dejó el libro en el estante del bibliotecario, él se encargaría de incorporarlo a la biblioteca, como una donación anónima.

- El corazón me duele, amor mío, – dijo ella – con la llegada del alba. Pero prometo que vendré aquí todo el año y leeré ese libro, y me sobrecogeré con tus palabras, aunque no sepa que van dirigidas a mí.

- Y yo te veré pasear por esos claustros y te saludaré como siempre, pero en mi corazón esperaré impaciente la siguiente floración del brezo antes de la primera nevada.

- Vámonos, – terminó ella con pena en el rostro – parece que empieza a nevar.

 

***

 

Al día siguiente, Fernando salió como siempre a hacer sus funciones diarias y se cruzó con una joven a la que no había visto nunca. Ambos se miraron en silencio, y ella le sonrió pasando de largo.

- Se llama Luisa y es nueva, – le dijo su compañero de celda.

- Es guapa – respondió él – quien sabe si en otra vida…

- No pienses en ello, o tendrás que confesarte – le recriminó su nuevo compañero.

Fernando agachó la cabeza y siguió limpiando el patio central de la nieve que había caído esa mañana. Mientras, en el cielo, las nubes parecían amenazar de nuevo con una tormenta de nieve.

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Las matronas de las brumas

Julio 11, 2007 at 2:36 pm (Sueños)

Las matronas de las brumas

 

 

Sara era curiosa por naturaleza. Curiosa como podía serlo un gato cuyo aciago destino era tan inevitable como podía serlo para un perro menear el rabo ante su amo.

Así la había descrito su madre adoptiva el día que la dejó en el convento. Desde la muerte de su madre durante el parto, Sara no había tenido una infancia fácil.

Sin ningún tipo de posibilidad de encontrar marido debido a su peculiar aspecto físico, Sara siempre había estado sola, y había disfrutado de la experiencia de encontrar un camino que ella creía vedado para otras mujeres de su edad. El servicio a Dios.

Desde muy jovencita, conocedora de que su calvicie, las extrañas manchas de nacimiento que tenía en su rostro y en su cuerpo, la hacían menos apetecible para los chicos que las largas melenas y las pieles bronceadas de sus compañeras, Sara se había volcado en el misticismo y en contemplar la belleza de este mundo.

Los primeros pasos iniciales, la llevaron a admirar la hermosura de la creación, de sus criaturas, y de ahí a reconocer la tremenda belleza intrínseca en cada uno de sus habitantes sólo hubo un paso.

La conclusión lógica, era que, por supuesto, la creación de tal belleza debía ser obra de un ser perfecto, y si dicho ser existía, debería tener alguna razón para haberle dado su aspecto.

Hacía dos años que había tomado los hábitos, y sólo tres meses que había pedido el traslado al convento del Cerro de los Ángeles.

La efigie de Nuestra Señora de los Ángeles se elevaba ante ella en la capilla, hermosa, ataviada con su túnica negra con ribetes plateados, y cargada de cuentas de cristal. Tras su cabeza, el barroco halo dorado le proporcionaba una majestad que no desmerecía su rostro sereno.

Sara terminó sus últimas plegarias, y se incorporó. Cada tarde, desde que llegó, acudía en sus horas libres a rezar aquí. A rezar por el alma de la Humanidad, por el bienestar de los hombres, que ahora atravesaban tiempos difíciles. Para ella, el servir era su pasión, el amar a Dios su total deseo, y su entrega iba más allá de lo que se exigía en el convento de las Carmelitas al que ahora pertenecía.

El convento había sido fundado había un siglo por una hermana que hacía poco había ido nombrada beata por el  mismísimo Papa. Sara estaba orgullosa de pertenecer a este convento en particular.

Las campanas sonaron, llamando a las hermanas a la cena. Por el camino,  se encontró con varios monjes que la saludaron sin mirarla,  con una inclinación de cabeza. Por costumbre, los miembros de las dos órdenes hermanas que compartían ese paisaje de hermosura sin igual nunca cruzaban palabra. El respeto a la intimidad y los objetivos de sosiego y paz de cada uno de ellos era respetado sin excepción, y sólo en casos excepcionales se permitía una visita de uno de sus miembros a la otra orden.

Una segunda campana sonó en el aire, seca, ronca. Y al escucharla, los pocos hermanos y hermanas que quedaban en la loma del Cerro apresuraron sus pasos nerviosos. Ella también lo hizo, como otras tantas veces. El sonido de esa pequeña campana, que tan nerviosos les había puesto, presagiaba la llegada de algo que los habitantes del Cerro temían más que al mismísimo Diablo, si eso era posible. La niebla.

Las advertencias sobre la niebla habían comenzado a los pocos días de llegar ella. La niebla era tan presente en la loma del cerro como los árboles y la perenne biblioteca. Era parte de la esencia de aquel lugar. Presente en cada estación del año, las brumas subían reptando desde la cara norte, desde el cercano arroyo Culebro, y envolvían el lugar sumiéndolo en el pasado.

Esas noches, encerrada en el Convento, Sara escuchaba los terribles aullidos que la niebla traía, los gritos que les despertaban del reposo. Gritos pertenecientes a fantasmas, suponía, pues nunca ningún cuerpo era encontrado en los alrededores a la mañana siguiente.

Alguna gente había desaparecido, visitantes que no hacían caso de las advertencias que las hermanas y hermanos les hacían para que volviesen pronto a sus casas, abandonando la noche de aquel lugar.

Otras, la niebla traía al convento el repique de la campana mecida por el viento, un viento que no despejaba la niebla, pero que sí traía un frío que helaba los huesos, al tiempo que extrañas voces parecían escucharse en sus ráfagas dispersas.

Sara sabía que algún día la curiosidad la iba a matar, y por lo que podía intuir, esa noche podía ser la ocasión sobre la que la había prevenido su madre. Porque esa noche había dejado su jergón y se había perdido por los pasillos de piedra que de día había recorrido innumerables veces.

Saliendo por una puerta lateral, Sara no pudo sino admirar el sobrecogedor espectáculo del Cerro de los Ángeles en una noche de niebla.

Los edificios no eran más que sombras. Sombras que se alzaban aquí y allí alrededor de la explanada desierta, recorría por el frío de la noche, y tomada por las omnipresentes brumas que ocultaban el cielo, el suelo y que se metían dentro de sus pulmones helándolos.

Sara apretó sus hábitos en un acto reflejo, intentando darse calor, pero sobretodo, una ligera sensación de seguridad que el primer aullido tuvo la deplorable consecuencia de quitarle.

En la lejanía, bosque abajo, un chasquido de mandíbulas amplificado por la niebla, parecía masticar algo. El crujir de huesos cesó un segundo, para ser seguido de un largo aullido de victoria. Segundos después, el aullido se hico más intenso, más cercano, y Sara supo que lo que fuera que lo produjese la había olido.

Se dio la vuelta y corrió. Sus hábitos se le pegaban en la húmeda y fría piel, haciéndola trastabillar cada pocos pasos, pero siguió corriendo.

El pelo se le erizó, y su respiración se hacía más entrecortada a medida que los nervios y el miedo iban apoderándose de ella. Los aullidos se oían cada vez más cera, casi al borde de la explanada, y a ella todavía le quedaba más de la mitad del camino.

Un rugido la hizo girarse instintivamente. Lo que fuese que la persiguiese la estaba mirando desde los límites del bosque. Decidiendo si debía internarse en la explanada o dejar escapar a su presa, porque Sara no tenía la más mínima duda de que ese era su papel en esa noche de niebla.

Aguzando la vista pudo ver una enorme mole que se movía inquieta entre los árboles, de un lado a otro. Pero Sara pudo sentir que en ningún momento su perseguidor le quitaba el ojo de encima, y casi podía escuchar su respiración animal surgiendo de su garganta.

El aire olía a podrido, y con un gruñido la cosa pareció decidirse. Una garra, pues no podía llamarse de otra forma, se aferró al último árbol de la hilera que rodeaba el Cerro. Su visión fue atroz, y Sara pudo imaginarse la mano del diablo en la creación de esa cosa.

Se santiguó, y aceptó lo que el Señor le tuviese deparado.

Pero el asalto no llegó a ocurrir. La mano se retiró, y Sara casi podía sentir el miedo que emanaba de la piel de la criatura.

No se paró a pensar porqué la cosa había retrocedido, volviendo al bosque, sino que se giró y echó a correr hacia el convento. Su carrera no duró más de dos pasos. Una figura la  sobresaltó.

Estaba tras ella, y casi se choca contra la mujer cuando se giró. Sorprendida de su presencia, sintió el impulso de advertirla, pero al  mirarla, Sara enmudeció.

Era alta, casi metro ochenta, vestía una túnica gris, y sus pies pálidos descansaban desnudos sobre el suelo de cemento y rocas.

Sus ojos no poseían pupila, eran totalmente grises, del mismo color que poseía la luna que brillaba a través de la niebla, y carecía de pelo.

Su expresión era siniestra, aterradora. La miraba como si Sara fuese un pez que un gato se va a comer. Tal vez no hubiese sido tan espantoso si las venas negras que la recorrían el rostro y la cabeza calva no hubiesen enmarcado la infernal sonrisa que le dedicaba.

Sara salió corriendo de nuevo, y pasó al lado de la mujer sin saber muy bien donde dirigirse. Ésta no hizo ningún ademán de detenerla. Se quedó allí, de pie, mientras Sara corría mirando atrás de forma obsesiva, sin poder quitarse esos ojos grises y esa sonrisa burlona de la cabeza.

Poco a poco, la mujer fue desapareciendo en la Niebla, y Sara  pudo llegar a la puerta del convento y refugiarse tras sus muros.

A sus espaldas, la puerta de madera se cerró, y la niebla dio paso a la oscuridad casi total. Todo el convento estaba en silencio, nadie se había extrañado ni se había levantado, así que podría volver a su celda y dormir como si nada hubiese pasado. Luego, pediría el traslado.

Estaba a punto de marcharse cuando una extraña idea se le pasó por la cabeza ¿seguiría ahí la mujer? ¿La habría seguido? Desde luego, pensó, no pasa nada porque eche un vistazo desde una ventana. No si permanezco dentro del convento.

Acercándose con cuidado a la ventana, descorrió las cortinas, y acercó la cara al cristal. La luz de las farolas, amortiguada por la niebla, se colaba por las dos flores talladas en las contraventanas de madera que protegían la ventana desde fuera. Sara pegó un ojo a uno de los agujeros en forma de flor de lis, intentando escudriñar el patio.

Un súbito movimiento la sobresaltó. Un ojo gris sin pupila apareció a pocos centímetros de ella, al otro lado del cristal, y Sara cayó asustada hacia atrás.

Cayó de culo, e intentó gatear de espaldas lo más lejos que pudo de la ventana. Un viento súbito se levantó fuera, y las dos contraventanas se abrieron, golpeando la pared con fuerza. La ventana también se abrió hacia dentro, y las cortinas volaron movidas por el viento.

Sara miró hacia la ventana, y vio dos figuras pálidas de cabeza rapada. Una era un poco más alta que la otra, pero la piel de ambas parecía surcada por las venas de color negro que parecían llevar sangre putrefacta hacia la cabeza.

Las dos sonrieron, a un metro escaso de la ventana, y sus dientes afilados, como una sierra infernal, chirriaron en lo que debía ser una risa demoníaca, mientras la lengua roja llena de cortes y heridas chasqueaba dentro de la enorme boca.

Sara sintió que llegaban las tinieblas, y que comenzaba a perder el conocimiento. Lo último que pudo sentir fue el sonido del viento, similar a una palabra, y que casi parecía una lejana advertencia.

- ammmmatriiiiiassssssssss….

 

***

 

Sara despertó en su celda. Tenía la boca seca, pastosa.

A su lado, la madre superiora la miraba con cara de preocupación.

- Hermana Sara – dijo cuando vio que recuperaba el conocimiento – ¿qué tal te encuentras? Te encontramos caída en la sala de entrada. Llevas durmiendo varias horas, y estábamos muy preocupadas por ti. Estás extremadamente pálida.

- Estoy cansada, – respondió, sin poder fijar sus pensamientos en nada que no fuese la espantosa experiencia de la otra noche. Otra persona habría pensado que se trataba de un sueño, pero ella sabía que era muy real.

- ¿Qué te pasó?

- No lo recuerdo, – intentó decir, pero las palabras apenas le salían de la boca.

- Descansa, – asintió la Madre Superiora comprendiendo que no podía hablar de ello. – Ten cuidado de ahora en adelante, y nunca salgas cuando haya niebla. Encontramos una de las ventanas abiertas. Y dos padres del monasterio han desaparecido. Han encontrado el cuerpo de uno de ellos mutilado en un pequeño barranco. De otro no se sabe nada.

Sara asintió, mientras las imágenes de las dos mujeres le venían  la cabeza.

Cuando se cerró la puerta de su celda, y se quedó a solas, Sara se levantó y se dirigió al lavabo para beber algo de agua.

La luz parpadeó unos segundos, antes de permanecer encendida. Sara se acercó al lavabo, pero el espejo la detuvo. Allí, frente a ella, estaba su imagen, pero no era ella.

No sabía cómo explicárselo, pero aunque el reflejo era el mismo que había visto cada día de su vida, esa no era ella. Las manchas se habían vuelto más oscuras, recorriendo su rostro. Sara se desnudó, y pudo ver cómo en el resto de su cuerpo, las marcas de nacimiento estaban haciéndose cada vez más pequeñas y oscuras. La imagen de las dos mujeres surcadas de escarificaciones negruzcas, como venas le produjo un escalofrío.

Y Sara supo que jamás saldría de ese lugar.

 

***

 

El dolor la quemaba desde dentro. La cabeza le iba a explotar, y Sara se frotaba la piel pálida recubierta de venas negras con una áspera esponja. Cada vez que llegaba el fuego frío, como ella lo llamaba, pues no sabía qué otro nombre darle, Sara se metía en la bañera intentando que el agua refrescase sus pensamientos, y que el jabón consiguiese lo imposible, e hiciese desaparecer las marcas.

Cada día estaba más asustada, y mientras su cabeza tronaba con pensamientos oscuros, ella intentaba rezar, pero las oraciones no salían como antes. Desde pequeña, su amor a dios se refugiaba en un borbotón de plegarias, que ahora parecía incapaz de recordar cuando uno de los episodios le asaltaba.

Cada noche, cambiaba un poco, y cada mañana, Sara despertaba más desesperada, y más sabedora de que debía escapar del terrible destino que le había sido deparado.

Llegó a pensar en el suicidio, pero la idea de la condenación eterna se lo quitó de la cabeza.

Sólo restaba esperar, y luchar con todas sus fuerzas.

Una risa demente restalló en su cabeza cuando pensó esto, y fuera, la campana anunció de nuevo que esa noche las brumas recubrirían el Cerro de los Ángeles.

 

***

 

Los días pasaron, y el terror que se había apoderado de ella dejó paso a la resignación y a un miedo sereno.

Varias noches más había habido niebla, y Sara no había salido del convento, como le había advertido la Madre Superiora. Lo que sí había hecho era subir a la planta de arriba, y desde la seguridad que le proporcionaba su posición elevada, había mirado fuera.

En todas las ocasiones, había visto a las mujeres sin pelo en pie frente a convento. Siempre parecían saber donde estaba, desde donde miraría, y se congregaban bajo la ventana mirándola. Y siempre acudía a su mente la misma palabra: amatrias.

¿Quiénes eran? ¿Por qué cada vez que las veía, todo su ser experimentaba un terror inhumano, y su vientre parecía querer volverse del revés?

¿Por qué cada noche de niebla había más y más de estas mujeres, si podía llamarlas así? La última vez había contado doce, todas de aspecto similarmente aterrador, con sus ojos grises mirado en su dirección, y sus rostros mostrando diversas expresiones, desde la burla hasta una sonrisa satisfecha.

Curiosamente, cada día que pasaba, las miradas de burla iban desapareciendo dejando paso a más expresiones de satisfacción.

Ese mismo día se había llevado otra sorpresa, pues ya nada parecía poder causarle pavor después de lo que estaba viviendo.

Una de sus hermanas de congregación le había advertido de que las lentes de colores estaban prohibidas. No hay sitio aquí para la vanidad. Corrió hacia su dormitorio y se miró al espejo.

Sara no sabría decir si lo que más le asombró de sus ojos  es que hubiesen cambiado de color, a un tono grisáceo, o el pensamiento que le pasó por la cabeza. Ante la inquisitiva pregunta de su compañera, en su mente se formó una respuesta despectiva que no llegó a brotar de sus labios.

Era algo insólito, como si algo estuviese cambiando dentro de ella. Al principio lo había descubierto como algo aterrador. Sintiendo que no estaba sola dentro de la casa que era su cuerpo.

Ahora, a medida que cada vez quedaba menos de su antiguo yo, la parte aterrada de su mente iba dejando paso a una curiosidad comparable a la de una niña que estaba descubriendo un nuevo mundo sin límites en su interior.

Lo peor de ocultar había sido la piel, pero los hábitos ayudaban bastante, irónicamente. Más fácil de ocultar, pero más aterrador, eran los dientes.

Uno a uno, los dientes se le habían ido cayendo, entre borbotones de sangre, y unos puntiagudos y más afilados habían comenzado a sustituirlos, perforando las encías e hiriendo la lengua, que nunca parecía estar lejos de las afiladas sierras óseas.

Sara había elegido el voto de silencio, en un intento de ocultarlo, pero de vez en cuando un hilo de sangre caía por su blanca mejilla, manchando el cuello blanco del hábito.

No podía continuar así, no quería. Sentía la necesidad de descubrir porqué le estaba sucediendo eso, qué le habían hecho, y qué querían las amatrias, como había deducido que se llamaban sus perseguidoras.

Esa noche casi recibió con alivio la campana de la niebla, y después de la cena, esperó a que todo el convento estuviese dormido antes de salir al patio central.

Allí estaban, como sabía que ocurriría. Tres de las mujeres parecían estar esperándola. Sin decir nada, cuando la vieron llegar, se volvieron sobre sus pasos y caminaron en dirección al bosque. Sara las siguió. Entre la niebla, apenas podía ver las figuras altas y calvas que la guiaban. También entre las brumas, puedo ver como desde otros puntos de la noche, salidas del bosque y de entre los edificios, otras comos ellas encaminaban sus pasos hacia el mismo lugar.

Traspasaron la hilera de cipreses, y al llegar entre los pinos, una a una, se fueron colando por una abertura que había entre tres rocas naturales, ocultas por la maleza.

Sara fue la última en descender, y tras ella, la niebla pareció volverse más intensa fuera.

Dentro de la pequeña caverna había una puerta, no parecía tallada por ninguna mano humana, pero sin duda tampoco era natural.

Sara se introdujo en ella, y a pesar de la oscuridad, se sorprendió al comprobar que podía ver claramente lo que le rodeaba.

La angosta pendiente descendía delante de ella, y unos escalones también labrados en la roca la condujeron a bajo, muy abajo.

A ambos lados del pasadizo numerosas grutas y pasajes se abrían. De algunos provenían gritos, de otros extraños olores, y otros, emanaban una oscuridad tan brutal que ni sus ojos podían traspasarla.

Pero sin saber cómo, Sara supo cuál era el camino a seguir. Descendió durante un largo rato, tanto que le pareció una vida, y cuando su corazón ya empezaba a acelerarse por la inquietud y la impaciencia, se abrió ante ella una enorme caverna natural.

Pudo ver que era alta, unos diez metros de altura, y que no había más salida que la que ella había dejado atrás.

En su pared más lejana, un altar de piedra y arenisca se apoyaba en la pared, y sobre él, medio desmayado, un hombre, el monje que había desaparecido hacía unas semanas del monasterio.

A su alrededor, contemplándola, docenas de amatrias, pudo contar veinticinco, la miraban. Sus ojos grises, inquisitivos e impacientes, le lanzaban una mirada imperativa.

Sara caminó hacia ellas, hasta el centro de la gruta, e intentó hablar, pero de su garganta sólo surgió un sonido gutural. Resignada, se adelantó hasta el altar. Allí, en pie junto al hombre, había una mujer de edad avanzada.

Su piel era pálida, y presentaba las mismas marcas que las demás, pero numerosas arrugas hacían caer su piel como pellejos sobre sus pliegues y sus ojos mostraban un brillo apagado, cansado, aunque no habían perdido un ápice de decisión.

La mujer la miró a los ojos, y asintió. Avanzó en silencio, con un cuchillo de piedra en la mano, y en un solemne movimiento, cortó las venas de su muñeca.

La sangre negra manó en cuajarones, manchando el chuchillo. Después dio un paso hacia Sara, y se lo entregó, antes de caer al suelo.

Sara miró el cuchillo, ahora en su mano, y sintió el impulso de lo que tenía que hacer.

Sus ojos sin pupila se fijaron en los enloquecidos gestos del hombre, y caminó hacia él sin quitarle su mirada de encima. El hombre la vio venir, y aulló de terror. Sus gritos resonaron en la caverna, y subieron por la escalerilla trasportados hasta el Cerro por la niebla.

En dos rápidos cortes, Sara cumplió el rito iniciativo que la convertiría definitivamente en amatria. Un sentimiento de gozo y de plenitud como no había sentido nunca la embargó cuando se giró, y levantó su trofeo.

Tras ella, la sangre del monje se derramaba sobre el altar manchando la túnica gris de la amatria muerta, el mismo icor rojizo que ahora resbalaba por su brazo, mezclado con el semen que rezumaba de los genitales que acababa de arrancar.

Un siseo espeluznante estremeció las rocas del Cerro, cuando las demás mujeres corearon la llegada de una nueva compañera, y Sara sintió una integración y una entrega compartida que ningún hombre podría imaginar jamás.

Pero aún quedaba una cosa por hacer.

 

***

 

La noche era fría, y la niebla había hecho que Ana volviese pronto al hotel. La pequeña pensión a los pies de la impresionante figura del cerro estaba casi vacía, así que después de cenar subió a su habitación y se quedó dormida.

Esa noche tuvo un sueño terrible. Soñaba que la puerta se habría, y que una mujer sin ojos y sin pelo, vestida con un hábito gris entraba en la habitación.

Sin  decir nada, la mujer le ordenó que se entregase a ella, y Ana sintió como si esa mujer fuese en realidad un hombre, y la poseyese toda la noche. Sus gritos nocturnos tuvieron que ser escuchados en todo el hotel, tal fue la intensidad placentera del sueño.

Después la mujer se marchó dejándola totalmente agotada, y cubierta de sangre y fluidos.

Al despertar, Ana sintió un escalofrío, como si alguien caminase sobre su tumba.

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Retratos del alma

Julio 11, 2007 at 2:36 pm (Sueños)

Retratos del alma

 

Martín abrió los ojos, como todas las mañanas. Cansado, dirigió su mirada hacia las letras luminosas del despertador de su mesilla. Las seis de la mañana, como siempre. Desde que recuerda, Martín no había utilizado despertador, pero jamás se había dormido. Poseía un reloj interno, aunque últimamente no dormía muy bien.

Inmediatamente se levantó, desperezándose. Fuera la mañana era fría, el rocío se terminaba de asentar en las plantas y la tierra esperaba la llegada del sol de la Primavera para caldearse.

Se preparó un café solo, y encendió la radio. Una persona asesinada en extrañas circunstancias, habían encontrado el cadáver desangrado en los alrededores de la Universidad, dos accidentes de coche mortales, noticias de la guerra. El mundo estaba como siempre.

Media hora después salió a la calle, recogiendo su fiel cámara de fotos y el equipo que necesitaba para realizar su trabajo.

Media hora exacta después llegaba al Cerro de los Ángeles. Pronto tomaría los primeros planos con los que abriría el reportaje de la boda, y después podría hacer las pruebas de luz.

Martín sabía que con una cámara digital podría retocar las fotos y ahorrarse todos esos trámites, pero él era reacio a cambiar su fiel Nikkon, con todo lo que habían compartido juntos.

La Iglesia ya estaba abierta, y decidió entrar para realizar el ritual que siempre llevaba a cabo antes de un trabajo.

Se arrodilló delante de la Virgen, y se santiguó.

- Por piedad, Madre, que esta vez no suceda, – murmuró, y se dispuso a hacer su trabajo.

***

La salita de revelado estaba oscura. Ninguna luz natural podía entrar en ella mientras Martín estuviese dentro.

El trabajo de los últimos días podría velarse por un simple descuido que permitiese el paso de la luz del sol. Y Martín siempre había sido muy concienzudo en su trabajo. Sobre todo desde que había descubierto el Secreto.

Había sido un día como otro cualquiera, después de un duro día revelando las fotos de una boda, Martín se sentó a descansar. Mientras escuchaba las noticias, oyó algo que le hizo estremecerse.

Un accidente de tráfico, uno más que engrosaba las listas de fallecidos en carretera. La noticia era que la pareja fallecida estaba recién casada, y era la misma que esa misma mañana había sido el blanco de su objetivo.

Martín corrió hacia su sala de revelado. La noticia había traído a su mente algo que hasta ese momento consideraba inexplicable. Durante las cinco o seis últimas semanas, todas las sesiones fotográficas presentaban un mismo hecho que no lograba entender.

En cada revelado de cada ceremonia, de alguna forma, entre las fotos de la boda, los bautizos y las comuniones, aparecía una fotografía que nada tenía que ver, y que él no recordaba haber tomado.

En ocasiones eran fotografías de los novios en situaciones que no habían sucedido ese día. Una vez apareció el cuerpo del novio cubierto de insectos, otra el niño de la comunión dentro del ataúd.

Al principio había creído que era un error de la cámara, o del carrete que ya estaba usado, pero tras rigurosas comprobaciones descartó ambas posibilidades.

Las fotos extrañas seguían llegando, y poco a poco Martín fue intrigándose más y más cada vez, hasta el punto de que llegaron a obsesionarle.

Al ver la noticia del accidente recordó algo, como si un disparador se hubiese ejecutado en su mente, y cuando legó al cuarto oscuro, allí estaba. La foto extraña de ese día eran los amasijos de un coche, con el metal retorcido, y los cristales rotos por el suelo.

Martín dio un paso atrás, conmocionado por esa revelación. De alguna forma, por algún motivo desconocido, su cámara captaba el futuro de las personas a las que fotografiaba.

Los primeros días no podía creerlo. Tras el momento de lucidez posterior al descubrimiento, su mente racional se empeñó e refutar la evidencia. Martín no durmió esa noche ni l siguiente. Al final, obsesionado, tomó una decisión.

Llamó a un periodista amigo suyo, Jun Olmedo, que le dio las señas de un detective privado. Semanas después, la conclusión era clara.

De los cinco casos investigados, cuatro habían confirmado la evidencia. El quinto, el más reciente, fue descartado por su mente a la espera de que en un futuro cercano le llegasen las noticias de su cumplimiento.

De los cuatro que se habían cumplido tal y como habían aparecido en las fotos, los dos primeros no tenían mucho de especial.

En el caso de una pareja de jóvenes, la fotografía les había mostrado con un niño en brazos. Fue la primera que salió. Martín no había tomado esa foto, estaba seguro. Pero no descartaba que alguien lo hubiese hecho cuando él se hubiese tomado un descanso y hubiese cogido su cámara. El niño era exactamente igual a su madre. Ella se casó embarazada, y ahora era la madre de un niño idéntico al de la fotografía.

En otra instantánea, el novio aparecía ahorcado. Cuando la vio, Martín casi se muere del susto. En la realidad, había cogido a su mujer en la cama con su padre, y se había suicidado tres días después de la boda.

Los otros dos casos eran más extraños. En uno, la foto extraña que había revelado Martín reflejaba a la mujer rodeada de gárgolas, seres demoníacos. El detective descubrió que en la luna de miel, una de las gárgolas de la catedral de NotreDame se había desprendido y la había matado.

El último caso, el más aterrador, mostraba a la novia bailando sola en un salón gris. La fotografía había salido en blanco y negro, a pesar de que la película era en color. La figura de la novia danzaba ensangrentada, mientras el salón vacío contemplaba su mudo baile.

Ese mismo día, un incendio en los salones del banquete terminó con la vida de docenas de los invitados a la boda. De las dos familias cercanas sólo la novia sobrevivió.

***

Un escalofrío recorrió su espalda. Allí estaba de nuevo. Habían pasado varios meses, y semana tras semana, las fotos extrañas seguían legando. Siempre que podía, Martín confirmaba si sus predicciones eran verídicas.

En un par de ocasiones, las más claras, había intentado advertir a los contrayentes, o a los padres de los niños, pero sus crípticas advertencias no habían conseguid cambiar el sino, en algunas de las ocasiones funesto, de la gente que quería ayudar.

Otras veces, las instantáneas no eran tan estremecedoras, como aquella vez que se le mostró a un bebé recién nacido de adulto, obteniendo una medalla olímpica. O cuando una joven pareja apareció en el patio de su chalet, rodeada de nietos.

Las más preocupantes sin embargo eran las que revelaban un destino fatal. Los hechos en ellas expuestos solían acaecer en cuestión de días y él no podía evitarlos.

Martín se giró, y colocó esta nueva foto en la pizarra de corcho que había comprado para ello. Docenas, tal vez casi medio centenar de fotografías estaba cogidas en ella con chinchetas. Cuarenta y ocho, se reconoció a si mismo. Las llevaba contadas, aunque intentaba negarse que estaba obsesionado con el tema.

Martín estaba nervioso, era de noche y hacía días que no revelaba nada, así que había dejado descansar la cámara. Sin embargo, su estado era debido a la decisión que había tomado.

Tomó su cámara y se dirigió a su dormitorio. Allí, al lado del sinfonier, un espejo de cuerpo entero reflejó su imagen. La luz era tenue, lo suficiente como para no perjudicar la iluminación que necesitaba. A pesar de las circunstancias, no podía evitar sus tics profesionales.

Martín alzó la cámara y disparó al espejo, cinco, seis veces. No creía necesitar más.

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Sin decir nada, se dirigió con premura al cuarto de revelado y abrió la tapa del carrete.

Después, comenzó su tarea. A medida que transcurrían los minutos, una sensación de inquietud se fue apoderando de él. La impaciencia llegó incluso a hacerle cometer un error que casi le costó el velado de las imágenes.

Las primeras de ellas comenzaron, poco a poco a mostrar el retrato de la realidad que había quedado plasmado en ellas. Cuatro, cinco, todas ellas le mostraban a él, cámara en mano, reflejado en el espejo.

Sólo quedaba una, Martín suspiró. Esa debía ser.

El papel blanco comenzó a oscurecerse. Poco a poco, lo que parecía una tabla rasa empezó a mostrar el posible futuro del fotógrafo. Atento al más mínimo detalle que pudiese revelarse sobre el papel, Martín no quitaba ojo de la fotografía.

La imagen continuó oscureciéndose, y al final, el color negro dominó toda la superficie.

Sorprendido Martín dio un paso atrás, en su sorpresa, chocó contra la puerta, que se entreabrió dejando pasar la luz natural. A la luz del sol, tampoco pudo ver ningún detalle, ni figura ni forma. Sólo el omnipresente color negro.

Varias ideas pasaron fugazmente por su cabeza. Tal vez el don no funcionaba con su poseedor, tal vez había perdido éste por intentar romper las reglas. Sea como sea, no había funcionado.

Una ráfaga de viento llegó desde fuera cerrando una puerta de un portazo. Un extraño gemido que acompañaba al viento, resonó en el pequeño cuarto.

Martín se encaminó hacia la puerta, y aferrando el picaporte tiró de ella. Estaba atascada.

Los nervios le asaltaron, pues el gemido del viento seguía resonando en el cuarto cerrado. Un sonido seco le hizo que el corazón le diese un vuelo. Alguien había golpeado la puerta, como llamando, desde fuera.

Eso era imposible, esa noche estaba solo en casa, y nadie más tenía llaves del piso.

Dos, tres golpes más, resonaron a medida que los gemidos crecían. Casi parecía como si Martín pudiese escuchar una voz perdida entre ellos. Intentó aguzar el oído, para desentrañar lo que parecían querer decirle, pero sonaba demasiado extraño. Una nueva llamada a la puerta, y después silencio.

Transcurrieron varios segundos sin que el viento, los gemidos o los golpes en la puerta volviesen a romper la aterradora quietud. Y Martín se animó a intentar salir. Con la respiración entrecortada, alargó la mano hacia el pomo. En la otra, las pinzas de metal para mover las fotos. Lo único peligroso que tenía allí con lo que defenderse.

Y se fue la luz.

Todo quedó a oscuras, hasta el punto que ni siquiera por debajo de la rendija de la puerta se podía vislumbrar algo de claridad.

Martín intentó tranquilizarse, pero en todo momento tenía presente la fotografía que se había sacado.

Sin embargo, lo que más le asustaba, era que, allí, entre sus inspiraciones y sus propios jadeos de terror, parecía haber otra respiración.

 

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Rocío de Verano

Julio 11, 2007 at 2:36 pm (Sueños)

Rocío de Verano

 

El aire olía a verano. En el cielo la luna creciente era apenas un hilo de plata enmarcado entre las estrellas, y ni una sola nube empañaba la noche sobre la ciudad de Getafe.

Una vez al año, a mediados de Junio, la población de esta ciudad y las adyacentes, se embarcaba en un pequeño peregrinar hacia las lomas del Cerro de los Ángeles. Una procesión de carros, caballos y rocieros tomaban las avenidas principales de la ciudad cortando el tráfico con sus trajes andaluces y de faralaes.

Miles de personas acampaban todo un fin de semana en las laderas boscosas del cerro de los Ángeles, con sus casetas repletas de luces, sevillanas y flamenco sonando por todo el bosque y miles de curiosos paseando por allí y aprovechando para tomar una manzanilla, un vinito o “pescaito frito”.

Sin embargo, este año había sido especial, no sólo porque el pueblo gitano de la zona había decidido celebrar su Rocío Gitano al mismo tiempo en la parte de atrás de Cerro, allí donde no llegaban las casetas de los rocieros, sino porque era el primer Rocío de Carmen.

Carmen era guapa, morena, de pelo negro y cuerpo delgado. Sus padres eran de un pueblo de Jaen, Arjona, pero ella había nacido en Getafe. Nunca se había interesado mucho por el Rocío, pero sus compañeras de trabajo le habían insistido que ese año les visitase en la caseta que tenían. Según ellas era una de las más bonitas, y desde luego, cuando llegó, tuvo que darles la razón.

Las luces colgaban de los árboles y los carromatos puestos en semicírculo, iluminando toda la zona que daba al paseo principal por donde se accedía a las casetas y a las barras donde se podía cenar en una terraza o beber tranquilamente al son de la Primera, Segunda y hasta la Cuarta.

Tras el tablao improvisado, entre los árboles, los caballos estaban atados a un poste, y pastaban tranquilamente iluminados levemente por la luz de las hogueras. Diversos farolillos estaban colocados aquí y allí en zonas aisladas, y, ocultos entre las sombras, los jóvenes y no tan jóvenes se entregaban a un abandono como no se daba el resto del año.

Entre el romero y el brezo las parejas se arrullaban, mientras sus amigos y compañeros cantaban y bailaban, esperando su turno para entregarse a los rituales típicos de esa noche. Casi parecía que el ambiente era mágico, y la sombra de la Biblioteca se proyectaba contra el cielo, mientras la luna brillaba sobre ella.

- ¿Estás con alguien? – le preguntó una voz que surgía de los matorrales.

Un ligero movimiento entre los brezales la alertó. Mientras curioseaba, Carmen se había alejado demasiado de las casetas, y la luz y la música estaban muy lejos, brillando y sonando apagadas. Ahora, sólo algún farolillo ocasional marcaba el camino de vuelta.

De los arbustos, salió el hombre que le había hablado, y Carmen se tranquilizó un poco al ver que no tenía un aspecto demasiado amenazador.

Era un hombre alto, con traje, de pelo negro y ojos del mismo color. Su mirada era, por decirlo de alguna forma, oscura, y su expresión fue lo que más intrigó a Carmen. Ella era una mujer guapa, se lo habían dicho una docena de veces a lo largo de la noche. Sin embargo, no parecía prestarle la menor atención.

Más bien era como si ella fuese sólo uno de lo árboles que rodeaban todo el cerro, un obstáculo nada más. Llevaba una bolsa de viaje al hombro, del mismo color oscuro que su traje, pero a pesar de que parecía muy pesada el hombre no se quejó cuando la arrojó a la parte trasera de una furgoneta que estaba oculta por una lona de camuflaje.

Todo era muy extraño.

Un hombre saliendo de la maleza, sin ser visto en medio de una fiesta multitudinaria, y aparentando tener demasiad prisa para fijarse en ella a pesar del sensual aroma que se respiraba por todo el lugar.

- No deberías andar por aquí sola – continuó mientras abría la puerta del coche.

- No me pasará nada, esto está lleno de gente – respondió ella.

El desconocido se detuvo antes de subir al asiento delantero del coche. Sonriendo se volvió hacia ella, y pudo ver que sus ojos brillaban con las luces lejanas y una sonrisa cansada daba algo de alegría a su rostro sobrio y sereno.

- ¿Estás segura, Carmen? – le preguntó, – antes de que me preguntes cómo sé tu nombre… bueno, me he fijado en tu pulsera – añadió señalando la esclava de oro que le habían regalado sus padres el día de su primera comunión, hacía ya quince años.

Ahora le tocaba a ella sonreír, no sabía porqué pero aquel hombretón le caía simpático. Tal vez fuese porque estaba muy lejos de ser como los demás hombres que conocía, arrogantes hasta la inseguridad, fanfarrones…simples.

La mirada de aquel hombre le transmitía serenidad, confianza, calma. Sin embargo, sus movimientos y gestos daban a entender algo muy distinto, una fuerza contenida, como la tormenta que sucede a la calma.

- Hay muchas cosas extrañas en este lugar, algunas de ellas peligrosas. Más de la que ninguno de ellos – dijo mientras señalaba con su mentón hacia el ruido de la fiesta.

- ¿Animales salvajes?

Otra vez esa sonrisa suya, condescendiente.

- ¿Te atreves a subir conmigo dando un vuelta hasta el monasterio? – señaló el hombre hacia la cima. Sólo una docena de luces dispersas marcaban el camino de ascensión hacia la cima.

No sabía porqué, pero Carmen se fiaba del hombre, sabía que no le haría ningún daño, es más, que sólo a su lado estaba completamente segura.

- Sí, – contestó, – pero nunca acompaño a extraños a ningún sitio oscuro y alejado de la civilización.

- Me llamo Marcos, ven, acompáñame.

Y tras decir esto, se encaminó hacia la oscuridad, siguiendo la senda hacia el monasterio. 

 

***

 

Dos horas después estaban sentados en el mirador, charlando y contemplando las luces de las ciudades circundantes.

- Eres menos reservado de lo que aparentabas.

- La soledad a veces es muy pesada. Por mi trabajo no tengo muchas oportunidades de hablar con nadie. Se agradece tener a alguien con quien compartir algún momento.

- ¿En qué trabajas Marcos?

- Soy cazador.

- ¿Todavía hay alguien que vive de eso?

Marcos pareció dudar durante un segundo, y después lanzó un profundo suspiro, como si hubiese decidido algo sobre la marcha

- No cazo animales, Carmen. O por lo menos no en el sentido que crees tú. Soy un cazador de misterios. Sé que no te lo creerás, pero en el mundo existen lugares mágicos, cosas extrañas que conviven con nosotros. Yo me dedico a cazarlos, a veces en el sentido literal de la palabra, otras simplemente siguiéndoles y viendo si son peligrosos para la Humanidad.

- ¿A que te refieres? – preguntó entre abrumada e incrédula Carmen. – ¿A vampiros y cosas así?

- Vampiros, demonios, fantasmas y cosas más extrañas bajo este cielo. Algunas maravillosas, otras peligrosas, pero todas ellas ocultas a los ojos del hombre.

- No puede ser, Marcos, creo que me estás tomando el pelo.

- Ojalá, Carmen, ojalá fuese así, pero no lo es. Si tú supieses las cosas que he tenido que hacer, lo que he visto en los más de trescientos años que llevo en esto.

- ¿Trescientos años?

- Sí, soy miembro de una orden. Cuando nos iniciamos en ella bebemos del Santo Grial, y esto nos vuelve inmortales hasta que uno de esos seres nos da muerte.

- ¿Sólo puedes morir si una de esas criaturas te mata?

- Así es, por eso nos entrenamos, para cazarlos y evitar que nos cacen. Es una guerra eterna, una partida de ajedrez perpetua en la que los peones caemos uno tras otro.

Carmen se quedó en silencio, un brillo extraño cruzó sus ojos.

- En ese caso, Marcos, creo que debes saber…¡que mi bando ganará la partida!

Los ojos de Carmen enrojecieron, y su boca se abrió mostrando una hilera de dientes afilados. Sus manos se abalanzaron hacia Marcos a una velocidad inhumana, al tiempo que emitía un siseo aterrador.

Una fracción de segundo después su expresión cambió. Una mirada de asombro asomó en su rostro a medida que bajaba la mirada hacia su pecho.

Allí, la mano de Marcos sostenía firme una estaca clavada directamente en su corazón.

- Lo siento Carmen, sé que no todos vosotros sois malvados, pero también sé que ahora mismo sólo hay dos vampiros en Getafe, y al otro acabo de conocerle. Él no es el responsable de la ola de crímenes que azotan esta región.

La expresión de dolor de ella se fue desvaneciendo a medida que la edad reclamaba el polvo de sus huesos, y el viento nocturno barría las cenizas.

 

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Milton

Julio 11, 2007 at 2:35 pm (Sueños)

Milton

 

El sol se ponía justo en ese momento dejando tras de si un reguero de destellos anaranjados entre las escasas nubes que el viento había traído desde el norte.

La temperatura era suave en la cima del Cerro de los Ángeles, y Ángel sentía la brisa que removía levemente las copas de los árboles del parque en el que se encontraba. El banco no era muy cómodo, pero sí lo suficiente como para dejar que la tarde fuese pasando mientras contemplaba cómo las hormigas iban limpiando el suelo de cáscaras de pipas.

Un leve olor le trajo de nuevo a la realidad desde sus pensamientos. Las flores de la primavera ya habían comenzado la floración, y el aroma dulzón le asaltaba las fosas nasales llevando sus recuerdos muy atrás en el tiempo, cuando era joven y perseguía a las chicas en las calles de su ciudad.

Todo parecía tan lejano.

- Lo está, hace ya mucho tiempo – le sobresaltó una voz.

A su derecha, situado entre él y el sol de poniente, un hombre de mediana estatura y tez y pelo morenos se había acercado sin hacer ruido.

A pesar de que no podía verle bien, Ángel pudo reconocerle.

- Hola Milton, hace mucho tiempo.

- ¿De qué, Ángel? ¿Sabes?, siempre me pareció irónico tu nombre.

- Que no nos vemos – dijo el recién llegado, con su voz indefinida, que en todos esos años Ángel no había podido describir – ¿cuánto ha pasado desde nuestra última conversación?

- Mucho. Me refería a que hace ya mucho que nos conocimos – cambió de tema el hombre llamado Milton.

- Sí, tenías otro aspecto, ya hace mucho – aseveró Ángel

- Cosas del trabajo, ya sabes, uno debe causar buena impresión

- Me la causaste.

- No más que tú a mí, me engañaste bien, ¡a mí!, el maestro de los timos y las estafas.

- Empezaste tú, – le recriminó Ángel con un poco de ironía en el timbre de su voz.

- No sabía donde me metía – respondió Milton con tristeza en la suya. – Sabes que te quiero. Desde aquel día. Hace ya tanto tiempo.

 

***

 

1887 Illescas (Toledo)

 

Ángel miraba el techo de su habitación en la posada.

La cal blanca se había caído en algunos lugares dejando desconchones grises aquí y allí, y dándole a la habitación un aspecto mucho más antiguo de lo que realmente era.

A esa impresión tampoco ayudaban los muebles de madera antiguos. Bueno, antiguos no, viejos. Madera de cedro, oscura y carcomida.

Pero Ángel no estaba con ánimo para fijarse en la decoración. Había vuelto a su hogar después de participar n una expedición en Filipinas sólo para encontrarse con que su mejor amigo le había traicionado robándole a su prometida.

Ella había caído en la palabrería con la que tantas veces Ángel le había visto seducir a las muchachas del pueblo. Aunque seguramente había ayudado que Miguel era un de los terratenientes más ricos de la zona.

El destino o el mismo infierno habían querido que su llegada al pueblo coincidiese con los esponsales que les unirían para siempre, hasta que la muerte les separase, y que rompieron su corazón hasta que esta misma le liberase.

Llevaba ya tres días sin comer y apenas bebiendo lo justo para no desmayarse, intentado decidir si acelerar el encuentro liberador con la Muerte o reunía el valor necesario para intentarlo otra vez.

- Una batalla perdida más – se dijo a si mismo en una mezcla de autocompasión y resignación.  

Ángel estaba cansado muy dentro de su alma. Tenía sólo veinticuatro años, pero con esa dad y sabía lo que era la guerra, el desamor, la traición y la muerte de amigos y familiares. Tras tanto tiempo de luchar y de pelear, había llegado a un límite en el que pocas de las cosas en las que alguna vez había creído seguían en pie. Pocas cosas – se decía a si mismo – resisten el paso del tiempo, y mucho menos los sentimientos humanos.

La contraventana de madera golpeó de nuevo contra el cerco como llevaba haciendo de forma monótona las últimas cinco horas.

Fuera la luna llena iluminaba con su luz blanca su cuerpo desnudo, mostrando las cicatrices que se había traído de recuerdo de Filipinas.

- Hay cicatrices que ni la luz mágica de la luna puede dejar al descubierto – se sorprendió diciendo en voz alta. Y al hacerlo, una desesperación le ahogó el pecho como un puño de acero que le oprimía su alma como si fuese algo que se pudiese tocar.

- Sí, es cierto – le dijo una voz indefinida que no pudo situar entre hombre y mujer. – provenía del sillón situado en el rincón, cerca de la puerta. En la oscuridad, allí donde la luna no llegaba a iluminar las oscuras sombras, una persona estaba sentada.

Sin decir nada más, el desconocido se incorporó y avanzó dos pasos hasta situarse en la zona en la que los rallos de luna caían a plomo sobre el suelo.

Al hacerlo, Ángel pudo ver que se trataba de una mujer de impresionantes ojos verdes. No era muy alta, ni espectacular, pero tenía buen cuerpo aunque estaba demasiado delgada para lo que los gustos de la época solicitaban.

- ¿Quién eres? – consiguió preguntar Ángel, sacado por unos instantes de su autocompasión y hastío.

- Tú puedes llamarme Milton – le respondió la mujer mientras los destellos de la luna hacía brillar sus ojos verdes.

- ¿Qué haces aquí?

- Creo que está claro ¿no? Estás a punto de suicidarte, un alma noble como tú. – Sus palabras casi sonaban como a burla. – Eso no está bien, Ángel. Sabes que así nunca irás al Cielo ¿no? Pero claro, ahora mismo eso no te importa mucho. Por eso estoy aquí.

- ¿Qué quieres?

- Por el amor de Él, ¿es que nunca vais a hacer una sola pregunta original? Vale, te lo explicaré como si no me hubieses llamado tú.

La mujer se retiró de la luz de la luna, y las sombras la siguieron hasta la cabecera de la cama, donde se sentó girando su torso, y mostrando que a pesar de su delgadez, no carecía de curvas ni de sensualidad.

Ángel, tumbado en la cama como una marioneta sin hilos, apenas podía incorporarse. Era como si su cuerpo, curtido en mil batallas y musculoso, no se atreviese a obedecerle en presencia de la mujer.

- Yo, el diablo. Tú, desesperado. Yo comprar tu alma a cambio de tu deseo, de lo que más deseas.

Los ojos de ella se clavaron directamente en lo más recóndito de su alma. Ángel se dio cuenta de que ella, o él, o lo que fuese, no le miraba a los ojos, sino que llegaba a tocar las fibras de su ser, haciendo temblar las pocas convicciones que todavía le quedaban. No sabía cómo, pero sabía que lo que Milton decía era cierto.

- Y si me preguntas por qué yo, voy a tener que irme por donde he venido, porque no serías tan especial como me han dicho.

- No necesito anda de ti.

- Vuelvo decirte que yo no he venido porque haya querido, tengo demasiadas almas ya. ¡Por amor de Él! La Iglesia ha prohibido tantas cosas que si alguien llega al puñetero Cielo se va a encontrar tremendamente solo. Yo sólo estoy aquí porque me necesitabas. Escucha, yo hago mi papel, nada más. Un trabajo. Sí. Nada más. Yo le ofrezco a la gente los hombres la posibilidad de elegir. A mí me da lo mismo lo que elijan. Sólo ofrezco libertad. Por eso existo. Sí.

- Acepto – las palabras salieron de su pecho casi sin que Ángel supiese que había aceptado. Pero con una condición.

- ¡OH, vamos!, ahora empiezas con eso. Crees poder ganarme en mi propio juego, y bla, bla, bla. – ella parecía realmente divertida, y se inclinó ligeramente hacia él, dejando entre ver el nacimiento de sus senos morenos como la piel del resto de su cuerpo. – Déjame adivinar. Quiero la inmortalidad, o mejor, la quiero a ella, si haces que se enamore de nuevo de mí te daré mi alma a cambio cuando muera y mis nietos ya no puedan echar de menos mis historias y mis batallitas.

- Bueno, en realidad no tenía eso en mente, – contestó Ángel mientras su interlocutora pareció por primera vez algo sorprendida e interesada. En realidad no quiero recuperarla, si es feliz mejor para ella, sólo quiero olvidar este dolor. Pero lo de la inmortalidad suena muy bien.

- ¿Y crees que podrías soportar la vida durante todo el tiempo que existe cuando en veinticuatro años ya estás derrotado?

- Sí, porque no estoy derrotado, sólo cansado – no sabía porqué pero se sentía un poco herido en su amor propio. Casi como si tratar de su alma y de su vida en estos términos banales le hubiese molestado.

- No puedo darte eso directamente, ¿Cuándo recuperaré mi inversión? Le dijo la mujer esta vez acercando su rostro al suyo, casi hasta el punto de que Ángel podía oler su aliento, el cuál, extrañamente olía a flores de primavera, a rocío y a tierra mojada.

- Cuando pierda la fe en la amistad y en el amor – le respondió él instantáneamente.

 

Milton, el Diablo, sonrió.

 

- Acepto. Pero me lo estás poniendo en bandeja. Sabes que no eres como los demás. Cuando amas, y aunque ahora te parezca que no, volverás a hacerlo tarde o temprano. Cuando amas, lo hacer como un huracán. El resto de los mortales sólo lo hace como una pequeña lluvia que viene y se va. Alguno incluso llega a conocer el placer de una buena tormenta como Dios (perdón) manda. Con sus rallos, sus truenos y mucho agua cayendo y borrándolo todo. El pasado, el presente y la visión del futuro. Pero tú, y unos pocos más, os convertís en la misma lluvia, en mismo aire, la misma furia de la Naturaleza hecha carne. Nadie puede sobrevivir a eso, ni tu pareja ni tú. Al final os quemaréis, y en tu caso será literalmente.

  - Correré ese riesgo. No tengo nada que perder. – Ángel había conseguido incorporarse y su cuerpo proyectaba una sombra sobre ella.

  - Muy bien, trato hecho. – dijo mientras se levantaba de la cama y se dirigía hacia la puerta, que se había abierto sin que nadie la tocase. – Pero te equivocas, sí que tienes mucho que perder.

 

***

 

Milton le había visitado innumerables veces. Cada vez que un fracaso le destrozaba el alma, un amigo le traicionaba o alguien le hería muy, muy adentro, él estaba ahí. Dispuesto a cosechar su premio y a pasar página.

- Pero siempre he recibido la misma contestación – dijo Milton trayéndole de nuevo al presente.

- Todavía no – sonrió Ángel.

Casi se había convertido en un ritual. Una decepción, una herida profunda en el alma, una más, la llegada de Milton cada vez con una forma distinta, como si buscase que Ángel nunca se acostumbrase a su presencia, la pregunta y la misma respuesta de siempre.

- ¿De donde sacas las fuerzas? Te he visto dolido docenas, casi un centenar de veces. Y siempre pareces esperar la próxima vez.

Ángel sonrió. – De ellos. Verás, tú mismo lo dijiste. Cuando amo, o cuando quiero, lo hago al con todas mis fuerzas. A cambio, obtengo sentimientos que no podría explicar. No puedo decírtelo con palabras, Milton. En la amistad, en el amor, en la vida, cada cosa que hago conlleva una pasión que sé que al final se verá traicionada. Unas veces fallaré yo, otras lo harán ellos,  otras será el destino. Pero lo bueno de esto, es que siempre, siempre, recibes más de lo que das.

- Ángel, tarde o temprano caerás. Te implicarás más de lo que debes, y perderás tu alma.

- Siempre me implico al máximo, ahí está el secreto que ni tú, gran mentiroso, supiste desentrañar hasta que ya fue tarde. Por eso siempre que conozco a alguien sé que esa persona puede ser importante. Si no lo es, siempre habrá más gente maravillosa que conocer. Más cosas que ve.

Milton sonreía, y se levantó. El sol ya se ponía casi por el horizonte, y el ángel caído encaminó sus pasos hacia el oeste, donde se ocultaba la luz.

- No me culpes si sigo intentándolo.

- No lo hago, pero sabes que nunca podrás robarme el alma, Milton.

- ¿No? ¿Y eso por qué? – su sonrisa se ensanchó de lado a lado de sus hermosas facciones. Casi como si el mismo diablo fuese la criatura más perfecta de la creación, y lo supiese, y le diese igual, sus ojos dejaron asomar algo de lo que parecía alegría entre la tristeza que durante los últimos tiempos parecía haberse apoderado de ellos.

- Porque no hace falta que te venda o me robes mi alma. Yo te la di, amigo. Y porque tú nunca traicionarías al único amigo que tienes en toda la creación. De esta forma, tienes mi alma, pero yo nunca la perderé.

Milton saludó y se marchó, pero mientras lo hacía, y Ángel le observaba alejarse entre los árboles, su risa sonora y franca se extendió entre la maleza, perdiéndose en el aire, y llegando al mismo Infierno.

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