Biblioteca de los Sueños

julio 11, 2007 at 2:46 pm (Sueños)

Biblioteca de los Sueños

En una ciudad, a orillas de un río que surge enfangado desde los campos imperecederos, hay una biblioteca cuya estructura de madera se pierde en las nieblas de la montaña sobre la que se asienta.

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A pesar de estar relativamente cerca de la ciudad y la Universidad, envuelve la biblioteca un aire de mito y misterio que es engrandecido por su pasado como convento, cárcel y bunker durante la guerra.

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La decisión de los monjes y la abadesa de transformar uno de los edificios de la antigua estructura en una biblioteca, con el fin de conseguir dinero para restaurar la enorme estatua del Cristo del Cerro de Los Ángeles, fue muy bien recibida por la comunidad.

La antigua estructura de la fortaleza comparte un puesto destacado en la cima del cerro, junto a una antigua Iglesia, un convento, un monasterio, un pequeño museo y una iglesia escavada en la roca, cuyo principal punto de interés es la enorme estatua de Jesucristo que domina toda la comarca desde una atalaya privilegiada.

A los pies del Cerro de los Ángeles, como se llama al montículo sobre el que se asienta, se celebran cada año las fiestas del Rocío, así como la procesión de la Virgen de los Ángeles. Eso, unido a las continuas brumas que suben por sus boscosas laderas cada noche, y su inmensa y fría mole negra que se erige solitaria en la noche de la meseta, han convertido a la llamada Biblioteca de los Sueños en un centro de estudio envuelto en mito y misterio.

Los oscuros bosques, que guardan por la noche la sombría forma del Cerro de los Ángeles, contribuyen a engrandecer la leyenda mágica de este lugar. Leyenda, que ha ido pasando de generación en generación con el paso de los siglos. Creciendo con cada acontecimiento que tenía lugar entre sus muros, aumentando con cada personaje que ha habitado o paseado por sus jardines y pasillos.

Historias de amores desafortunados, de presos políticos, asesinos y leyendas se pierden entre sus salas y escaleras de madera.

Estas son las historias de la Biblioteca de los Sueños, en el Cerro de los Ángeles.

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Cerro de Magia

julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Cerro de Magia

Nieblas eternas que cubren un cerro

Perdido entre ríos y bosques siniestros

Guardan calladas un mudo secreto.

Campanas que suenan en noches cerradas

Redoblan contando historias pasadas

De sueños narrados, de héroes y magia.

¿Qué guardan sus muros eternos,

qué ocultan sus bosques de pinos y brezos?

La historia no escrita repleta de cuentos.

 

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Prólogo

julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Prólogo

 

Arturo investigaba en la extraña biblioteca. La gente del lugar le había guiado durante su investigación periodística a este lugar.

Estaba realizando una investigación seria sobre un conjunto de hechos extraños que habían tenido lugar en el Cerro de los Ángeles en el último siglo. Cosas inexplicables.

Le había llamado la atención sobre el mismo una carta que le llegó de un amigo de la infancia. Esa nota le había puesto sobre aviso, y había convencido a su editor para hacer un reportaje sobre la zona.

El Cerro era un conjunto monumental erigido en lo alto de una colina que dominaba toda la meseta y rodeados de bosques y brumas. La tradición decía que era el centro geográfico de España, y su historia había sido interesante e intensa. Había albergado una prisión, una biblioteca musulmana, varios templos, una aldea romana y muchos edificios que ahora eran pasto del olvido.

Su estructura actual se componía de dos grandes conjuntos de edificios, algunos de ellos al borde del acantilado este, la parte más escarpada. Cada conjunto albergaba una orden religiosa. Uno, un convento carmelita, el otro, un monasterio franciscano. Extrañamente la iglesia principal era mantenida por un Jesuita y sus ayudantes y sobre ella se erigía una estatua de Cristo que se podía ver desde toda la comarca.

En realidad todo el cerro dominaba la región, y desde las calles de las principales ciudades y pueblos que lo rodeaban su silueta se podía ver tanto de día, como las noches de luna con sus luces iluminando los campanarios y las habitaciones de los religiosos.

Otros edificios menores compartían el lugar con las dos órdenes y la iglesia nueva. Una iglesia más antigua, con un esbelto campanario que repicaba los días festivos, una biblioteca, un pequeño cementerio para los religiosos. En definitiva, un cúmulo de estructuras de mayor o menor antigüedad que le daban un aspecto pintoresco, ecléctico.

El cerro era fuente de leyendas, de rumores, de fiestas. Era el epicentro de numerosos festejos que se celebraban en la localidad vecina de Getafe durante todo el año, y sus procesiones nocturnas eran famosas en el lugar.

Ahora, Arturo estaba en la biblioteca del Cerro, donde se suponía que se guardaba una relación de todos los hechos acaecidos, e incluso, copia de las investigaciones que la policía había archivado.

Sin embargo, en sus investigaciones, siempre se topaba con la misma barrera. A pesar de que la información al alcance del público era variada y rica, los textos siempre hacían referencia a otros, en apariencia mucho más prometedores.

Por alguna circunstancia esos textos estaban guardados bajo llave en una sala a la que sólo podían acceder los miembros de las dos órdenes religiosas que habitaban y mantenían el Cerro.

Era verdaderamente frustrante, se dijo.

En su mente comenzaba a trazarse un plan, que en los próximos meses daría sus frutos. Dejó el libro que estaba ojeando en la mesa y salió corriendo. Tenía que hacer un par de llamadas.

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Cuando la noche acecha

julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Cuando la noche acecha

Las polvorientas habitaciones de madera estaban silenciosas en esa Noche de Difuntos. La luz de la luna llena se filtraba por los ventanales, dibujando en el suelo de tablones las nubes que en ocasiones cubrían el círculo luminoso sobre el bosque.

Las rejas de hierro que en tiempos frustraron tantos sueños de libertad no impedían que el viento del norte estremeciese las contraventanas de madera, golpeando ocasionalmente los cercos de roble que las cobijaban.

Entre los alineados estantes, que durante el día eran revisados por estudiantes, profesores y curiosos lectores, en busca de la sabiduría que guardaban entre las páginas de sus libros, las sombras parecían moverse de un lado a otro. Buscaban, sin duda, los renglones de conocimiento que se derramaban cada vez que alguien ojeaba descuidadamente, aquí y allí, las páginas. Tal vez para seguir subsistiendo como sueños, tal vez para volver a ponerlas en su sitio, amablemente, en espera de que el lector idóneo tocase las tapas del libro, y volviese a producirse de nuevo la magia que sólo conocen aquellos que sienten que un libro ha sido escrito para ellos.

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Sin embargo, en uno de los pasillos anexos, en los que se apilaban los libros menos consultados, allí donde la luz de la luna llena no llegaba, o no se atrevía a llegar, un susurro nos llama a nosotros, intrusos que ha traído el viento para conocer estas historias. Es un lamento lejano, como el de un perro abandonado por sus amos en casa, que los llama lastimeramente, mientras su aullido se apaga en la distancia a medida que pierde fuerza. Más sorprendente es descubrir, al acercarnos a comprobar su fuente, que los lamentos provienen de uno de los estantes. A pesar de que nos encontramos a poca distancia, casi ni pegando la oreja al libro escuchamos lo que dice.

Ojeemos por un momento la cubierta, de cuero negro, no muy antigua, pero sí bastante estropeada, de textura rugosa. El título de letras doradas, “Drácula”, seguro trae al recuerdo del viajero de los sueños los olores de una época de pesadillas mezcladas con evocaciones de sensualidad, terror y misterio.

Durante años, el título ha viajado de aquí para allá, de casa en casa, por los bancos de los parques, bajo la sombra de los árboles, en las camas iluminadas por luces apagadas de lámparas de noche, buscando, siempre buscando.

¿Qué anhela el espíritu que habita en el libro? Proveniente tal vez de alguno de los cuerpos que yacieron aquí en épocas de prisión y tormento, o tal vez del alma no nata de alguno de los hijos bastardos de una curia que los arrojaba a las alcantarillas como secretos que no debían ver la luz.

Tal vez el deseo de venganza sea lo que mueve el alma que habita entre las ajadas páginas, o tal vez la incomprensión de la vida y lo que esta significa. Como en tantas ocasiones, tal vez sea locura, llevada al extremo de la incomprensión humana, y empeorada por la reclusión de un espíritu atormentado entre las palabras que tanto miedo y terror han traído a este mundo desde que se escribió este libro.

Tal vez podría ser el hambre de llenar un vacío, tal vez la compulsión de satisfacer un oscuro deseo de sangre.

Sea cual sea el motivo, sólo con tocar el libro podemos sentir la soledad de su residente, quien lleva tiempo tras su infructuosa labor. Centenares de personas recogieron sus páginas con el fin de disfrutar con ellas, y a cada contacto, la mente que habita el libro sondeaba las de aquellos que se estremecían a cada párrafo que leían.

Tras las primeras tentativas, el anhelo dio paso al ansia, a medida que más y más candidatos eran rechazado por sabe dios que impías reglas. Cada vez más, el libro sentía que su misión, su objeto de existir estaba más lejos, más distante a cada paso que se acercaba a él.

A principio, cada día, el espíritu de sangre saludaba la llegada el nuevo sol, con la esperanza antinatural de que ese día llegase a él el anfitrión elegido, aquel que al leer sus páginas se conmoviese de tal forma ante la melodía sangrienta que trascendía el mero uso de las palabras. Aquel que abriese su mente, y su alma, a la oscuridad que él necesitaba derramar sobre el mundo.

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Poco a poco, a medida que las tentativas eran frustradas y el flujo de viajeros de los sueños disminuía, y su anfitrión de negras tapas era relegado a los más recónditos rincones de la librería, la ansiedad se transformó en impaciencia, la impaciencia en desesperación, y cuando el libro descubrió que su destino estaba lejos de cumplirse, la desesperación en sabia resignación, y en eterna paciencia.

Tal vez algún día próximo, tal vez en una era lejana, el mundo entero sabría de nuevo lo que era el terror, un terror que empezó lejos, en una isla al norte, con un médico que pasó por casualidad una noche en este monasterio, cuando su ansia se hospedaba en otro libro. Así empezó el siglo veinte, y ahora, el ansia que aguardaba bajo las tapas negras, esperaba paciente la llegada de una nueva era de liberación, pues sabía, que como los libros, el mal es eterno.

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Rosa Negra

julio 11, 2007 at 2:44 pm (Sueños)

Rosa Negra

El ruido rítmico de las tijeras de podar rompía la paz de la tarde primaveral. Aquí y allí las ramas más débiles de los arbustos caían bajo la diestra mano de su cuidador, con el fin de dejar espacio para que otras más jóvenes y fuertes surgiesen en su lugar y ocupasen el sitio que les correspondía por herencia. Era el ritmo de la vida. Cada estación se sucedía, y los hombres, lo más que podían hacer eran pequeños arreglos en el gran esquema de las cosas que había dispuesto el Señor.

Fraimundo se detuvo un momento en su labor diaria. Alzando la cabeza hacia el sol que se ponía sobre la Biblioteca en el lado Oeste del Monasterio, se secó el sudor de su frente con la manga del hábito gris.

El astro rey se ocultaba en ese momento, pero todavía quedaba tarde por delante, antes de que la noche cayese sobre el Cerro de los Ángeles y llamasen a la cena de la congregación. Fraimundo no sentía especial atracción por la comida, por lo que no caer en el pecado de la gula no le suponía ningún esfuerzo extra.

El descanso duró poco, el tiempo suficiente para contemplar las anaranjadas nubes del horizonte iluminadas por las últimas líneas del sol, y para sentir un poco el viento primaveral sobre el rostro.

Con ánimos refrescados, Fraimundo retomó su labor, sin embargo, no pudo continuar donde lo había dejado. Allí, bajo la luz dorada de la tarde que caía, una hermosa rosa de color negro se erguía, hermosa y altiva entre los matorrales.

Su lánguido y estilizado tallo surgía directamente de la tierra que días antes Fraimundo había abonado con sus propias manos, y su belleza hizo que inmediatamente se arrodillase dejando las tijeras en el suelo a su lado, para contemplarla más de cerca. A su alrededor, el resto de los seres vivos parecían gravitar en torno suyo, enmarcándola como un cortejo vegetal que estaba adorando a su nueva reina.

Sus pétalos eran increíblemente hermosos, de un negro azabache como él no había visto nunca. La luz que la iluminaba los hacía brillar, oscuros, confiriendo al capullo que se acababa de abrir un aspecto único como si toda la flor hubiese estado tallada en mármol negro u obsidiana.

Tal era la sobrenatural hermosura de la rosa negra que Fraimundo perdió la noción del tiempo especulando cual era su origen, admirando la sobrenatural magnificencia de algo tan sencillo y a la vez imposible. Tuvieron que ser las campanas que llamaban a la cena las que consiguieran sacarle de sus pensamientos y arrebatarle del lado de la flor.

Su primer impulso fue cortar la rosa para llevársela en ofrenda a la Virgen del Cerro, pero se arrepintió enseguida. Una belleza única como esa no debía segarla la mano de ningún hombre, si Dios la había puesto ahí.

Durante la cena reinaba el optimismo y el buen humor. Al parecer, el nuevo Obispo iba a hacer una visita próximamente al monasterio, y para celebrarlo, se sirvió algo de vino y bollo recién hecho en lugar del pan y el agua que acostumbraban a acompañar las cenas.

Desde un púlpito, uno de sus hermanos rezaba en voz alta las oraciones nocturnas, imbuyendo el comedor del espíritu sagrado que tal ocasión necesitaba.

Esa misma noche, después de la cena y los rezos, regresó a su habitación. En la soledad de la celda, los dos novicios acostados en sus catres se habían hecho amigos. Fernando era mucho más alegre que él, y le contaba cosas de las mujeres que había conocido antes de entrar en el seminario, y de hacer los votos. De su familia y sus estudios. Fraimundo sólo podía hablarle de las tardes contemplando los bosques de su pueblo, de su trabajo en la huerta de su padre, de cómo el Ayuntamiento les expropió las tierras para construir una urbanización y de cómo su padre, viudo desde hacía seis años murió de pena y dejadez.

Cuando le contó a su compañero y amigo lo que había visto la tarde anterior, Fernando pareció mostrarse un poco inquieto. Sin decir nada se dio la vuelta en el catre y se durmió, lo cual le extrañó mucho, dado el carácter afable de Fernando.

En la oscuridad de la celda, y el silencio del convento, Fraimundo podía sentir como se apoderaba de los solitarios pasillos una desazón, una inquietud que los recorría como un viento gélido y descorazonador.

Esa noche Fraimundo soñó con la rosa negra, fue un sueño intranquilo, en el que él se encontraba al borde de un precipicio. A sus pies, un río de oscuridad ocultaba todo a su vista, el fondo del barranco, las paredes de la montaña, incluso el mismo aire. El aroma de la madera quemada atrajo su mirada a sus espaldas, donde la ladera de la montaña, cubierta de árboles ya calcinados, ardía acercando el fuego abrasador cada vez más a donde estaba. El cielo, sin embargo, aparecía azul y sereno, y Fraimundo alargaba los brazos en una desesperada plegaria. Sin embargo, sus pies estaban enredados en un matorral de rosas negras que arañaban sus piernas y le impedían moverse.

Intentó gritar, pero sólo el crepitar del fuego se escuchó, el crepitar del fuego, y un susurro proveniente de la nada oscura que le llamaba a su interior.

***

La mañana siguiente se levantó fresca, y Fraimundo se levantó antes que su compañero.

Salió al patio después de asearse y rezar y dio un paseo por los jardines. La brisa era fresca, sin embargo, en lugar de despertar la vitalidad en los habitantes del monasterio, se dio cuenta de que un mal humor general se había apoderado de todos.

En contraste con la noche anterior, el pesimismo campaba por el lugar, y varios monjes apenas si le dirigieron la palabra.

Más sorprendido se quedó cuando fue a ver la rosa negra, y se dio cuenta de quealrededor de la flor, todas las plantas se habían marchitado. De hecho, parecía que llevaban semanas pudriéndose y secándose, cuando él mismo las había regado la tarde anterior.

Extrañado e inquieto, acudió al refectorio donde se sentó al lado de Fernando. El malestar era evidente, pero no podía achacarse a nada concreto. Cuando le preguntaba a alguien, no sabía explicarle la causa del mismo. Sin embargo estaba ahí. Una sensación de desasosiego, de desesperanza.

Para su sorpresa, cuando se fue a servir la leche a su hermano, un fuerte olor agrio inundó sus fosas nasales. Toda la leche se había cuajado, y los grumos caían en el vaso, rebosándolo.

Un rumor le hizo levantar la cabeza, y cuando miró a su alrededor se dio cuenta de que todas las jarras de leche se habían estropeado al mismo tiempo.

Los más viejos entre ellos hacían la señal de la cruz, otros rezaban aferrados al rosario de sus cruces, y el resto se contemplaban atónitos sin llegar a entender lo que había podido ocurrir.

***

Minutos después, Fraimundo paseaba por el patio de nuevo, y no pudo evitar el dirigirse a su superior para contarle lo que había pasado con las plantas.

Éste, sereno, le tranquilizó, y le dijo que no se preocupase. Recordaba, sin embargo, que una vez alguien le comentó que en el convento hermano de las Carmelitas, que compartía el Cerro con ellos en el otro extremo, alguien había hablado de una rosa negra.

Siguiendo sus recomendaciones, se dirigió a la madre superiora, quien le concedió unos minutos.

Fraimundo apenas podía verla, oculta como estaba por la rejilla de madera que les impedía verse, pero su voz se notaba mayor, serena y firme.

Ambos hablaron de lo que había pasado, y lo que él había presenciado en el jardín. Hablaron también del corte de la leche, y del malestar general, y ella le confirmó que también en el convento había pasado lo mismo.

Justo cuando se iba a ir, la madre superiora le detuvo. Era como si hubiese tomado una decisión que llevase un rato meditando. Las sombras se proyectaban en todas direcciones, y la silla de madera oscura, así como la sobriedad del cuarto le daban un aspecto tétrico.

La Hermana Carmelita le contó una historia que había ocurrido allí mismo. Hacía veinticinco años, una monja de la orden se había suicidado. Sus hermanas la encontraron colgando de una de las ventanas del convento que ocupaba el ala nordeste del cerro, sobre el acantilado. A los pies de su cama, una rosa negra recién cortada encima de la nota de suicidio.

“Termino bajo el manto de la noche con la pesadilla en que mi vida se ha convertido, pues sólo así salvaré mi alma y la de los míos. Dios me perdone”

Para nadie en el convento tenía el más mínimo sentido, pues el suicidio era, a ojos de todos, motivo de condenación eterna y la Hermana Saura lo sabía.

***

A la mañana siguiente Fraimundo pidió que le relevasen de sus servicios diarios no indispensables, pues quería acudir a la Biblioteca para averiguar cuanto pudiese del accidente de la Hermana Saura y de la rosa Negra.

La Biblioteca era hermosa, había sido restaurada hacía diez años, y ahora, abierta al público, sustres plantas principales, construidas en piedra y madera bullían de vida.

Menos transitada estaba la entreplanta reservada a los docentes de la universidad e investigadores. Él, como miembro del monasterio, tenía acceso a cualquier punto de la biblioteca.

La entreplanta que albergaba las tres salas dedicadas a los libros más raros e importantes era similar a las de las otras plantas. Suelo, techo y paredes cubiertas de madera, con ventanas sencillas cubiertas de rejas, herencia del pasado carcelario del edificio. La luz era, sin embargo, menos fuerte, y el ambiente más silencioso. Como si llamase a la meditación.

A Fraimundo le gustaba esta parte de la biblioteca. Desde luego, mucho más que las otras dos plantas que conformaban el edificio de cinco plantas. Arriba, en la buhardilla, se ocultaban los libros de ocultismo, los libros dedicados al diablo y a las ciencias ocultas, a los espíritus y leyendas. Por expreso deseo del Obispo de Getafe, recientemente fallecido, en esa planta habían sido confinados para que nadie pudiese acceder a ellos. En el sótano en cambio, un sitio repleto de pasillos, galerías y salas minúsculas que fueron las cámaras de tortura y aislamiento de la antigua cárcel, se almacenaban, apilados unos encima de otros, los libros olvidados, los que nadie leía ya. Esa parte de la Biblioteca, no sabía por qué, también le daba escalofríos.

Tal vez fuesen los susurros de los libros, que en el silencio casi podría decirse que se escuchaban. Pidiendo auxilio, solicitando desesperados unas manos diestras que volviesen a pasar sus páginas olvidadas llenas de polvo, unos ojos inteligentes que reconociesen la belleza y el saber que ocultaban sus tapas.

Tres horas le llevó localizar alguna referencia a lo que había pasado la noche anterior. No encontró nada que hablase sobre la hermana Saura, pero sí que vio un libro de silvicultura que hablaba de varios tipos de rosas. De pasada, mencionaba una extraña variedad negra, pero al contemplar el dibujo vio que no se trataba de la que había florecido en el jardín del claustro. Estas rosas negras, de pétalos color negro apagado, salían de un rosal como las demás variedades de su especie, no directamente del suelo, en un único y altivo tallo.

No pudo encontrar más referencias a rosas negras ni al incidente de hacía veinticinco años, ni siquiera en los periódicos de la época. Cansado salió a tomar el aire y sin darse cuenta, encaminó sus pasos hacia el jardín del claustro.

Cuando llegó al lugar donde había contemplado la maravilla oscura, pudo darse cuenta de que nadie más había reparado en su presencia entre esas paredes, y que la rosa negra seguía allí, esperando.

Tomó entonces Fraimundo la decisión de cortarla. Debía reconocer que la historia de la hermana Saura el había dejado un poco intranquilo, y que ahora, cada vez que mirabala hermosa rosa, sentía una desazón interior como no había sentido nunca.

Delicadamente, con sus tijeras, cortó el tallo en diagonal, y lo envolvió en un paño húmedo. Se dirigió entonces a la Iglesia principal del Cerro de los Ángeles, situada bajo los pies de la enorme estatua Cristo que dominaba con su mirada toda la meseta sobre la que se elevaba el Cerro.

Pensaba ofrecerle la rosa a la Virgen de los Ángeles, pero cuando llegó a la iglesia, cuyos pasillos estaban iluminados por una miríada de velas y cirios, y abrió el paño para depositar su contenido a los pies del manto de la Virgen, pudo comprobar que la rosa yacía marchita, sus pétalos desgajados y grises, y de su tallo salía una sabia roja que le daba el aspecto de la sangre.

Saliendo desesperado, Fraimundo arrojó el paño manchado de rojo y cenizas a una papelera cercana del enorme patio central. El viento había arreciado, y un frío mortal se había asentado esa misma mañana en toda la zona, trayendo incuso una feroz nevada a pesar de encontrarse en pleno mes de abril. Los cielos grises pudieron contemplar la pequeña figura de un hombre con hábito gris corriendo de un extremo a otro de la plaza para refugiarse en las paredes del monasterio.

Al llegar de nuevo al claustro, cogió sus tijeras y se dispuso a sumergirse en su trabajo diario con el fin de olvidar tan siniestro y extraño acontecimiento. Si alguien hubiese podido ver su cara se hubiese asustado, pues allí, en el mismo sitio donde había dejado el tallo cortado hacía unos minutos, estaba de nuevo la rosa negra.

***

Fraimundo abrió los ojos al oír un ruido en su celda. Era tarde, las tres de la mañana, y al abrir los párpados pudo ver a Fernando en pie en el centro de la habitación mirándole con los ojos completamente abiertos.

Sin pronunciar palabra, levantó su mano, y en ella, firmemente aferrada por el tallo, estaba la rosa negra. De ella, goteando hasta el suelo, un reguero de gotas de sangre manchaba aquí y allí donde caía.

Fraimundo despertó empapado en un sudor frío que le calaba hasta la ropa. Los pasillos del monasterio estaban en silencio, recorridos nada más por el gélido viento frío.

***

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Tres veces más intentó cortarla Fraimundo, y tres veces más la rosa volvía a estar en su lugar cuando él volvía allí. Al principio, creyó que podía tratarse de una broma pesada de Fernando, o de los demás hermanos, pero la tierra no había sido removida, y las raíces de la flor estaban firmemente arraigadas. Tanto, que a Fraimundo le costaba arrancarlas cada vez que quería terminar con la fuente de su inquietud.

Cual no sería su horror, la primera vez que las extrajo, cuando vio que las raíces poseían una tonalidad roja, y que al ser arrancadas goteaban el mismo licor carmesí que ahora manchaba sus manos.

Las noches comenzaron a hacerse insoportables, no sólo para él. Toda la comunidad religiosa sentía el desasosiego cuyo origen sólo él presentía. Los pasillos se quedaban vacíos cada día, a pesar de que todavía había claridad en el exterior, y los hermanos se refugiaban en sus celdas y en la Biblia sin saber el motivo.

Esa noche, Fraimundo salió al claustro de nuevo, dispuesto a repetir lo que ya iba convirtiéndose en una siniestra costumbre. No se sorprendió de ver de nuevo la rosa negra en su lugar, ni de que ésta hubiese resistido el frío de la tarde, un frío casi podría decirse que sobre natural.

Ahora, las nubes grises tapaban casi por completo la luz de la luna llena, y sólo se podía ver, a través de ellas, el halo majestuoso del astro nocturno.

Sin decir nada, volvió a arrancar la rosa de raíz, envolviendo sus raíces y su tallo en un paño. Después rellenó el agujero con los productos químicos que traía, y roció de agua salada todo alrededor con la vana esperanza de que la mañana siguiente no le trajese de nuevo la siniestra presencia profética de la rosa negra.

Tras quemar el paño con la rosa negra salió hacia el patio dirigiendo su destino hacia la Biblioteca.

Fraimundo se había hecho amigo de un novicio que servía de asistente al director del monasterio. El único que tenía copia de la llave de la buhardilla de la Biblioteca. Éste le había hecho una copia de la llave, y ahora esperaba con todas sus fuerzas encontrar solución al enigma.

La Biblioteca estaba en silencio. Sólo el crujido de sus pasos sobre la envejecida madera delataba la presencia de alguien. Subió con el candil en la mano los tres pisos de las salas comunes, y llegó a la puerta de madera que cerraba el acceso a la parte oculta de la biblioteca.

Con cuidado, introdujo la llave en la cerradura de metal oxidado, mientras la amarillenta luz de a lámpara danzaba escaleras abajo, proyectando su sombra alargada sobre los peldaños de madera.

Abajo, todo estaba oscuro, y Fraimundo casi pudo jurar que sentía una presencia que lo miraba callada desde la oscuridad de debajo de la escalera, donde la luz del candil no llegaba.

Apresurándose, giró la llave, que para susto suyo se resistió un poco al principio por la falta de uso. Rápidamente, abrió la puerta y la cerró tras él, imaginándose sin duda que la presencia pretendía alcanzarle entes de que la cerrase.

Sin embargo, la hoja de la puerta se cerró sin problemas, y Fraimundo corrió el cerrojo para que nadie le molestase. Alzó el candil para ver donde se encontraba, y contempló las estanterías repletas de libros que el Obispo había ocultado o querido ocultar.

En el centro de la sala, un par de mesas dispuestas una frente a otra y cuatro o cinco sillas, esperaban llenas de polvo.

A su alrededor, las estanterías formaban un círculo que las envolvía, y Fraimundo podía imaginarse todos esos libros de ocultismo y brujería, que el Alcalde de Getafe había prohibido que fuesen destruidos como era la intención inicial del Obispo, observando y llamando a quienes en las sillas se encontraban.

Con un suspiro, Fraimundo puso coto a su imaginación, y se dedicó a la tarea que había venido a realizar. Ojeó el diario de archivos, donde se encontraba la bibliografía de todo lo que en esa sala se ocultaba.

La luz del candil no duraría toda la noche, y en esa sala no había luz eléctrica, así que se apresuró mientras el viento azotaba las contraventanas de madera y se filtraba por el tejado de tejo haciendo vacilar la luz de las llamas, y dándole a la habitación un aspecto helado, y nada acogedor.

El aliento de Fraimundo, condensado por el frío reinante, se alargaba sobre las tapas de los libros que hojeaba. Al fin, entre tratados sobre el diablo y los espíritus, Fraimundo encontró un texto medieval. Sus apergaminadas hojas crujieron al ser pasadas tras tantas décadas cerradas. El libro se llamaba, Historia negra de Getafe.

Al parecer, por lo que pudo leer Fraimundo del texto en latín, Xatafi, como se llamaba entonces la aldea que se convertiría en la ciudad de Getafe, era un asentamiento en el que musulmanes, judíos y cristianos convivían. El cerro era un centro de estudio, y textos en latín, griego, castellano antiguo, árabe y otros idiomas eran traducidos y enviados a Toledo, y otros lugares del mundo.

Sobre el antiguo asentamiento romano, encima de sus catacumbas, se edificaron monasterios, mequitas y otros edificios, que las guerras destruirían y renovarían con el paso del tiempo.

Uno de los libros que se habían escrito en esa época era éste, un compendio de leyendas medievales.

Entre ellas, una llamada La Maldición de la Rosa Negra hablaba de cómo allá por el 1405 todos habitantes de un convento habían sido asesinados por lo que se suponía que era una partida de guerra escapada de uno de los reinos de taifas.

La partida de guerra fue capturada semanas más tarde al sur, y aunque ellos lo negaron todo, fueron ajusticiados por sus crímenes.

A lo que nadie pudo dar explicación es a la forma en la que murieron todos los habitantes del convento, ningún signo de violencia en sus cuerpos, y a sus pies, una rosa negra en cada uno de los catres donde habían sido encontrados los cuerpos.

Al llegar al final de relato, Fraimundo reparó en una entrada escrita a mano en los bordes del libro. Al parecer era una advertencia para quien lo leyese.

“Volverá a ocurrir” y la firma, a pesar del tiempo, podía reconocerse como la de la Hermana Saura.

***

Las horas pasaron, y el candil iba perdiendo el combustible que le quedaba. El frío iba calando en sus huesos, hasta el punto de que Fraimundo ya comenzaba a sentir escalofríos. El sonido del viento golpeando las contraventanas tampoco ayudaba en lo más mínimo a serenar sus ánimos.

Otras referencias al diablo y a hechos sobrenaturales no le dieron ninguna pista del origen de la Rosa Negra ni de los hechos referentes a la Hermana Saura.

Sin embargo, sí encontró una entrada en un texto, escrita a mano por lo que parecía la letra de un hombre, que hacía hincapié en un cubículo oculto tras una estantería. Más picado por la curiosidad que por poder descubrir algo, Fraimundo corrió lo más silenciosamente que pudo la estantería cargada de libros y dejó al descubierto un mapa antiguo de Xatafi de aspecto medieval.

Tras él, un hueco en la pared ocultaba varios pergaminos y misivas de los monjes y hermanas del Cerro. Algunos libros compartían el oscuro espacio con ellos, ero la mayor sorpresa fue encontrar una carta de la hermana Saura enviada al prior de la orden.

En ella decía que había descubierto una extraña rosa negra que, leyendo algunos textos antiguos, parecía estar relacionada con asesinatos y hechos misteriosos durante varios períodos a lo largo de la historia del Cerro de los Ángeles.

Detrás de esta carta, unidas por un clip, había otra de respuesta del prior que decía que semejante muestra de temor sobrenatural y antirreligioso no debía repetirse, y la reprendía por dejarse llevar por miedos impuros.

Por último, también dentro del paquete, había una segunda carta de la Hermana Saura. El texto que en ella había escrito le puso los pelos de punta.

“He seguido investigando. A quien lea esto, espero que le sirva de justificación por lo que voy a hacer, aunque ahora mismo sólo espero poder librar a mis hermanas del fin que el destino les ha impuesto.

No he podido encontrar referencias al Diablo en ninguno de los textos que he consultado, sólo a poderes que van más allá de lo humano, lo divino o lo demoníaco. La oscuridad misma parece haber puesto un pie aquí, y cada cierto tiempo, reclama el precio del peaje que todos pagamos en la vida.

Creo que todos hemos perdido ya nuestra alma, y la única forma de que mis hermanas la recuperen es que yo entregue mi vida por ellas. La primera persona que la vio.

Maldigo con fuerza y con fe en el Señor la Rosa Negra, y sé que me espera sólo la negrura y el vacío peores que el Infierno. Pero me entrego gustosa a los poderes oscuros para rechazar el destino deparado a mis hermanas y los únicos seres cercanos.

El Señor nos guarde a todos, y a mí en mi viaje.”

Fraimundo guardó la carta en su sitio, y volvió a dejarlo todo en su lugar. Lo único que hizo fue escribir una pequeña reseña detrás de la carta de la Hermana Saura.

“Todo es verdad, lo sé, y tú también lo sabes si estás leyendo esto. Ahora voy a cumplir con mi destino. Espero que tengas valor para hacerlo tú también, pues el precio es el alma de todos tus seres queridos.

El Hermano Fraimundo de Ugena”

***

 

Esa misma mañana, Fernando acudió a su celda después de la misa de maitines, corriendo para darle la noticia aamigo de que la Rosa Negra había desaparecido. Al entrar abrió de un portazo la puerta y encontró el cuerpo de Fraimundo tendido en su catre. En su mano, un frasco de somníferos vacío.

A sus pies, contempló con horror una rosa negra, iluminada por un rayo de sol que entraba por la pequeña ventana de la habitación.

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El Viejo Árbol

julio 11, 2007 at 2:44 pm (Sueños)

El Viejo Árbol

Está pasando ahora mismo, en este mismo instante.

Sé que no me creerías, pero te puedo asegurar que lo noto en cada una de mis células. Pronto estará aquí. Pero eso es otra historia, para otro lugar y otro tiempo.

De momento, quiero que me conozcas, pues no he tenido la oportunidad de hablar con nadie que estuviese vivo desde hacía dos mil quinientos años por lo menos.

Se llamaban a sí mismo “romanos”, y llegaron como soléis llegar siempre los hombres. Como apisonadoras que no respetan ni siquiera a los suyos. Antes, cuando vuestra especie era ya antigua y sabia en los misterios del mundo. Antes de que ese dios que llamáis ciencia borrase el verdadero conocimiento de lo natural y de lo misterioso, cada diez años, justo coincidiendo con el solsticio de verano, llegaban mis amigos. De todas partes, del norte de esta tierra, el oeste, de tierras lejanas más allá de los mares. La Biblioteca me ha dicho que los llamáis druidas, pero ellos se referían a sí mismos como Siervos de Gaia, o por lo menos creo que esta es la traducción más ajustada a vuestro idioma.

Aquí se hacían grandes hogueras, y docenas de ellos, acompañados por sus fieles compañeros animales, y por los que iban recogiendo en su camino hacia aquí, contaban historias y cantaban en lenguas ya muertas a su diosa.

Todos la adoraban, como lo hago yo. Es algo más que la Tierra, o la Naturaleza, o Gaia. Nuestro dios es el todo natural, el orden del universo, y el caos primigenio. Yo adoro al Cosmos.

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Tal vez fueron sus canciones lo que me dieron vida, o tal vez ellos mismo me trajeron al mundo, como símbolo de las reuniones que cada diez años mantendrían bajo la sombra de mis hojas y el frescor de mi rocío. Tal vez fueron sus pociones, o la magia primigenia que también dominaban la que me dio consciencia. Sólo recuerdo que cuando yo era joven, tan joven que el regalo de la memoria me es negado, ellos ya estaban aquí.

Durante siglos, que para mí fueron un suspiro, y pasaron raudos a la luz de las maravillas que en este cerro podía contemplar, se contaron historias, historias de las que aprendí todo lo que sabía hasta entonces. Fue una época mágica, en la que las criaturas naturales de Europa parecían estar unidas en una Pax que sólo excluía a los seres humanos. Porque ellos querían.

Fue precisamente el alejamiento de ese orden lo que hizo que todo terminase. Poco a poco, con miedo creciente, mis amigos comenzaron a hablar de una peligrosa amenaza que había surgido al este. Con el paso del tiempo, la amenaza tomó nombre, “La Roma” y en cada reunión eran menos los amigos que venían, o de los que se tenía noticia.

Al final, hará casi dos mil años, cuando yo ya era un viejo árbol centenario, la amenaza terminó por llegar. Como una marea de hormigas el viento me trajo noticias de su llegada. Al principio se asentaron cerca, en el cauce del río, pero respetaron el cerro debido a la majestuosidad que su mole negra transpiraba.

En pocos años perdieron el miedo y se atrevieron a derruir la mayoría de los viejos edificios, construyendo los suyos. Excavando las catacumbas que ahora mismo están tocando mis raíces, en este mismo momento, casi abandonadas y secretas. Trayendo el agua hasta los edificios del cerro, y ahogando con su ingeniería la magia que cada árbol poseía.

Yo me salvé por suerte, pero muchos de mis hermanos cayeron bajo sus hachas. Fue el principio del fin, poco a poco, mis hermanos fueron muriendo. Unas veces para servir para cosas tan inútiles como alimentar el fuego, o daros cobijo de lo natural, del viento susurrante o para construir las máquinas de guerra con las que os matáis mutuamente.

Al cabo, tal vez por mi tamaño, o por que sentíais que era especial, sólo yo sobreviví a vuestra hambre devoradora. No dudo que con el tiempo yo también hubiese terminado por caer ante vuestra ansia, pero la muerte de “La Roma” y las guerras que manteníais entre vosotros de forma despiadada me liberaron, y al tiempo volví a estar rodeado de hermanos e hijos.

“La Roma se fue”, dejando sólo a uno de sus hijos como testimonio imperecedero de su presencia en este lugar, recorriendo cada noche las catacumbas y las ruinas de los edificios que construyeron “los romanos”.

Fueron tiempos raros, en los que la ciencia de la naturaleza y las ciencias de los hombres parecían convivir. Fue una época, hasta hacía cien o dos cientos años, en los que Gaia pareció coexistir con los dioses que fueron pasando por vuestra imaginería.

Después llegó aquí el cristianismo, apabullándolo todo, ahogando lo diferente. Como “La Roma”, el Cristianismo coexistió con el cerro manteniéndose a distancia, pues una vez más la magia que esta loma y su historia exudan, impone respeto y miedo a sus enemigos.

A lo largo de los siglos, las historias se han sucedido en sus laderas, en el interior de sus entrañas, en los edificios construidos por la mano del hombre. Poco a poco la magia volvió al Cerro. Y con ella, los temores de la Iglesia Cristiana resurgieron. Al final fue ese mismo miedo el que obligó a ésta, hará ya casi ochocientos años, a edificar uno de sus edificios de culto. Un monasterio dedicado a San Juan – qué apropiado.

Con su presencia en el Cerro todo volvió a ocurrir, como un ciclo. La magia volvió a ser ahogada por la fe ciega y asfixiante, y la lucha de creencias volvió a rugir silenciosa entre las criaturas que aquí habitan. Aunque yo sabía qué pasaría.

El paso del tiempo me dio la razón. Fueron muchos los que terminaron por olvidar el motivo por el que el monasterio había sido alzado aquí. Y poco a poco, sus habitantes, sus edificios y sus relaciones, fueron integrándose en el conjunto mágico que es el Cerro. Historias mágicas, secretas, que se repiten desde siempre, o que se unieron nuevas a la fábula mítica que es este lugar en el mundo.

Ahora la magia vuelve a rugir. Ha sido ahogada en otras dos ocasiones, primero por los reyes humanos que volvieron a talar los árboles, y a cambiar el uso de los edificios del cerro, después por la llegada masiva de vuestro nuevo dios “la Ciencia” que volvió a sacrificar a mis hijos y sobrinos, orgullosos robles, suplantándolos en gran parte por los pinos bastardos que ocupan ahora casi dos tercios del bosque. Pero mejor esa compañía que nada, y todos somos hijos del Cosmos.

El tiempo ha vuelto a traer sus ciclos, y la historia del despertar mágico se repite. Hasta la próxima vez que vuelva a ser ahogada, por vosotros o por otros. Un gran peligro os acecha, pues la magia está harta de ser aplastada, y está llegando, pero confío en que al final, todos podamos coexistir.

Pero de momento, disfrutar con las historias que os contamos los habitantes del Cerro de los Ángeles. La historia de lo que no veis. La historia secreta del mundo.

No os asustéis, la simple existencia del Cerro, de su magia y de la Biblioteca de los Sueños hacen el mundo mejor.

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Procesión de Fantasmas

julio 11, 2007 at 2:43 pm (Sueños)

Procesión de Fantasmas

 

 

- “Dejarían de existir las flores” – esa frase se le había quedado grabada en su mente. La había pronunciado, a modo de despedida y al mismo tiempo, como respuesta a su pregunta, una vieja adivina de la zona.

Juan Olmedo miró a su alrededor y contempló el paisaje que le rodeaba. Frente a él, al otro lado de la carretera, la tapia blanca del cuartel militar estaba casi tapada por cientos de personas que se agolpaban, igual que en su lado de la calzada, a la espera de ver el paso de la Virgen del Cerro.

Una vez al año, la gente del pueblo subía al Cerro de los Ángeles, pasaba el día en sus laderas, comiendo, bebiendo y entregándose a la cosa más parecida a una bacanal romana que Juan había visto.

Las rojas amapolas competían con vigor contra las espigas de trigo que surgían salvajes a ambos lados del camino que conducía desde el cerro hasta la población de Getafe. Era

Este camino el que la tradición decía que la Virgen debía recorrer para pasar tres semanas, ni un día más, bendiciendo a los habitantes de la ciudad.

Como todas las tradiciones de pueblos y ciudades, su origen se había perdido en el principio de los tiempos de la ciudad, y eso le había traído aquí. Juan era escritor, o quería serlo. Había dejado su puesto como jefe de documentación en un periódico para intentar escribir un libro, su libro.

Juan intentaba comprender, describir y ahondar en cada tradición importante de la geografía española. Las fiestas de sus pueblos tenían un origen, y él era experto en descubrirlo, en hurgar en las bibliotecas y la historia local como lo haría un cirujano en busca de un tumor que extirpar.

Su libro estaba terminado, casi. Le faltaba el toque final, algo que lo hiciese mágico, especial. Que lo convirtiese en algo más que un libro de geografía que contaba la historia de fiestas de todo el país.

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Esperaba encontrarlo aquí, en Getafe, y había leído a tiempo el artículo sobre las peculiares fiestas locales. A tiempo para venir, a tiempo antes de que se agotase el anticipo de su editor.

Las nubes amenazaban lluvia, y el sol no se había asomado en todo el día. “Es la tradición, siempre llueve el jueves que bajan a la Virgen” – le había dicho una señora de unos cincuenta y muchos años que esperaba a su lado el paso de la carroza de la Virgen. Carroza, curiosa forma de llamar al paso ceremonial de la Virgen.

Siempre en Jueves, – pensó. – Siempre la bajan en jueves. Siempre. Y siempre llueve. O eso dicen. Por lo menos parecía que la tradición se iba a cumplir ese año también.

Había estado investigando durante una semana en barias bibliotecas de Getafe y los alrededores, incluso en la curiosa Biblioteca del Cerro de los Ángeles. Ésta estaba justo al lado de la iglesia donde la Virgen pasaba la mayor parte del año y era un sitio, por lo menos, curioso. Por no decir extraño.

Un día, salía tarde de la Biblioteca, de madrugada, pues en esa época sus puertas permanecían abiertas todo el día y toda la noche, y los estudiantes se afanaban en retener los jirones de conocimiento entre los crujidos nocturnos de la estructura de madera.

Al salir al patio del monasterio, todo se quedó en silencio. Sólo el viento parecía hacer algo de ruido, y entre las cosas que contaba parecía haber palabras tejidas con el susurro de los árboles.

Al día siguiente, con el extraño recuerdo del cerro que parecía hablarle comió con un amigo suyo de la infancia, el ayudante de un constructor local que le recomendó que visitase a una vieja pitonisa.

Después de pagarle la vista, ella le echó las cartas, e quitó el mal de ojo y le aseguró que debía ir a la procesión de la Virgen, pues en ella vería el verdadero sentido de esa fiesta.

También le dijo que esa tradición se repetiría cada año durante los próximos siglos, pues así la ciudad prosperaría.

- ¿Y si la tradición no se cumple un año?

- Dejarían de existir las flores.

Al principio esta frase le dejó descolocado, sin comprender qué quería decir. De todos es sabida la fama de los videntes y adivinadores de hablar con acertijos, pero ahora, allí, en la procesión, comprendió a qué se refería.

Era primavera, y las amapolas cubrían todo el camino, entre los árboles y en las laderas, llenando de brillo y color todo el paisaje.

Las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer ya, y Juan anotó este hecho en su libreta para incluirlo en su crónica. Esto le daría un toque especial. Casi mágico, sonrió para sus adentros.

Un sonido lejano sonó. A pesar de la distancia, Juan pudo sentir como si una ola de electricidad estática recorriese ladera abajo toda la zona. Las campanas del cerro habían sonado y la gente comenzó a mirar en la dirección en la que vendría la Virgen

- Ya viene – dijo la mujer con una emoción en la voz que parecía haber sido despertada por el repicar de las campanas, mientras se aupaba sobre las puntas de sus pies para intentar ver un poco más lejos.

La emoción duró casi una hora. La Virgen salía al caer la tarde ese jueves, y llegaría al llegar la noche a la Iglesia de la Magdalena, la catedral de más de quinientos años de antigüedad, símbolo del obispado de Getafe.

El paso lento de los costaleros se sentía incluso a cientos de metros, los tambores acompasaban su ritmo al de la procesión, repiqueteando como lamentos lanzados al aire. Ninguna figura de autoridad acompañaba el paso, sólo aquellos que hubiesen sido elegidos como costaleros podían ir a su vera hasta la llegada al pueblo. La Virgen debía recorrer la primera etapa de su camino sola. Guiada por la Cruz que llevaba el monje más joven del monasterio.

La mujer, y la mayoría de las personas que estaba a su alrededor rompieron a llorar cuando la imagen llegó frente a ellos.

Era pequeña, pero a su paso despertaba una emoción y un sobrecogimiento contagiosos. Su atuendo era sencillo, estaba cubierta con una corona dorada, subida en un paso de procesión repleto de flores, pero lo que más llamó la atención de Juan fue el manto de terciopelo negro que lucía. Engastado en su negra y tersa tela, cientos de gemas de cristal que por la luz gris del cielo parecían apagadas y tristes.

La banda de música que la seguía pasó de largo, en pos de ella, y tras ella continuaron su camino los penitentes y los peticionarios. Docenas de personas que la seguían descalzas, en cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen.

- La bendición de la Virgen cae siempre sobre quien cumple sus promesas – le había dicho un cura al que entrevistó. Otra frase para su libro.

La procesión terminaba ya, y la gente iba sumándose a la larga hilera de personas que seguían la carroza a medida que ésta les iba dejando atrás. Jun metió su libreta en su bolsillo, y bajó a la alzada para unirse a la procesión. Sin embargo, una mano le detuvo.

Sobresaltado, se giró y lo que vio fue lo más extraño que se hubiese esperado contemplar en una procesión cristiana.

Un hombre alto, de rostro moreno y ojos negros, con bigote y una delgada perilla de aspecto arcaico le miraba mientras sujetaba su hombro. Lo que más le chocó fue su forma de vestir. Iba ataviado con ropas musulmanas antiguas. A ojo, él calculó que tendrían más de setecientos años. Eran muy lujosas, ricas, como si fuese un sultán, o algo parecido.

- ¿Qué quieres? – exclamó sorprendido mientras la gente que le rodeaba pasaba a su lado.

- Soy tu guía, – respondió el hombre con un acento extraño, antiguo y al tiempo lejano. – sólo quiero guiarte. No debes asustarte.

- No necesito guía, sé muy bien donde estoy y a donde quiero ir.

- No, no lo sabes, Juan. Crees saber lo que buscas de este sitio, de esta fiesta para tu libro, pero te equivocas. No miras donde deberías, o mejor dicho. No miras como deberías.

- He visto cientos de fiestas como ésta, sé lo que necesito. ¿Y cómo sabes que estoy escribiendo un libro? – hasta un segundo después no cayó en la cuenta de que le había llamado por su nombre.

>> ¿Cómo sabes cómo me llamo? – le preguntó extrañado.

- Las preguntas de una en una. Sé que estás escribiendo un libro porque sé muchas cosas y porque lo he leído. Sé cómo te llamas porque me lo ha dicho tu madre, Montse…

- Mi madre está muerta – le cortó Juan entre asustado y molesto porque alguien utilizase el nombre de su madre para dios sabe qué fines.

- También yo.

Esas palabras sonaron en su cabeza como un martillazo. Nada más pronunciarlas, todo a su alrededor pareció cambiar de tonalidad. Del color vivo de la primavera, a un apagado juego de grises. Era como si una televisión en color se hubiese estropeado, y todo hubiese vuelto al blanco y negro. Los sonidos se hicieron más lejanos, y el ruido de la gente a su lado sonaba apagado.

Juan miró sus manos, lo único de color a su acreedor seguía siendo él. Sobrecogido, alzó la mirada hacia su interlocutor, y lo que vio le aterró. Mientras el resto de la gente seguía pareciendo normal, a pesar de la ausencia de colorido, éste había perdido sustancia, y la figura que se presentaba ante él no podía describirse de otra forma que como un fantasma.

Todo él era translúcido, sus ropajes, grises y harapientos, contrastaban con la anterior imagen de esplendor.

- ¿Qué…qué está pasando aquí? – tartamudeó Juan.

- Nada, sólo estás viendo la procesión, la realidad, de dos formas, como la ven lo vivos y como la ven los muertos. No podías comprender el sentido de esta fiesta sin ver el mundo también como lo ven nuestros ojos.

- ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

- Soy el fantasma de quien fue un califa en estas tierras, y mi nombre verdadero no puedo decírtelo. Los nombres tienen poder. Pero puedes llamarme, “el Justo”.

- ¿Qué me está pasando?

- Haces muchas preguntas, Juan, ya me lo advirtió tu madre. No te pasa nada, sólo te he dado un pequeño toque, un empujón para que puedas ver el mundo que va más allá de la piel y los huesos. Es decir, nuestro mundo, el de los fantasmas.

- Querías ver el verdadero significado de estas fiestas, y un amigo me ha pedido que te lo enseñe. Ante de que me preguntes qué migo, te diré que también es un fantasma, habita en el cerro, y le caíste bien cuando dejaste un donativo en su pequeña iglesia. La mayoría de la gente se conforma con ir a la iglesia nueva, a ver a la Virgen, y no se molesta con llegar a la torre de campanario. Tú lo hiciste, y por eso mi amigo, me ha pedido que te enseñe esto.

- Un fantasma en la torre de la iglesia antigua del Cerro, ¡me estoy volviendo loco! – se lamentó en voz alta.

- Me temo que no, por desgracia para ti. Los locos ven el mundo como quieren, y ese es su mayor don y castigo. ¿Sabes? Hace mucho que no le veo, a mi amigo – puntualizó – yo no puedo entrar en el cerro, y él no puede salir. Pero tenemos formas de hablarnos, la Biblioteca nos ayuda.

- Muy bien, no sé que me pasa pero no me queda más remedio que seguirte.

- Nunca me sorprenderé lo suficiente con la gente que llega aquí. Vuestra capacidad de aceptar las cosas es increíble. Es como si el Cerro fuese un faro para toda la gente especial que hay en el mundo.

Al tiempo que decía eso, se volvía, señalando con su huesuda mano la enorme estatua de Cristo que dominaba el paisaje sobre la cima del cerro.

Juan casi podía ver el viento, como una marea gris que arrastraba la lluvia.

- ¿Siempre veis el mundo así? ¿En color gris? – Preguntó.

- Fíjate bien, Juan, no te quedes en lo superficial – le contestó mientras andaba por el borde del camino. – Intenta ver os dos mundos a la vez, los mundos de la luz y los de las sombras.

Juan intentó fijar su vista, intentando saber a qué se refería. Al cabo de unos segundos lo supo. La lluvia. La lluvia no era gris, ni transparente como la había visto hasta ahora. Las gotas de lluvia caían sobre el suelo y los árboles grises, manchando de rojo y negro allí donde se posaban.

- La lluvia es negra, y roja, como la sangre – tembló su voz.

- No siempre, sólo aquí, es el único toque de color que nuestros cansados ojos pueden ver. Por eso venimos aquí cada año. Por eso, y porque es nuestra única esperanza.

- ¿Nosotros?

- Sí, fíjate bien.

Juan volvió a mirar a su alrededor. Buscando. Y allí encontró. Entre la gente, entre los vivos, muchas veces ocupando el mismo sitio que ellos, docenas, cientos de espíritus caminaban en pos de la procesión de la Virgen. Como una procesión silenciosa.

No hacían ruido, y su aspecto variaba desde el traslúcido apenas visible, hasta un gris consistente de alguno de ellos.

Eran estos los únicos que se le quedaban mirando cuando pasaban a su lado, con caras que mezclaban cansancio y expectación. Indiferencia y un ligero brillo de esperanza.

Algunos de ellos vestían ropa harapienta, de un gris apagado, triste y viejo y sus rostros apenas traslucían excepto una triste y serena resignación.

Otros, vestían ropajes menos sobrios, más llamativos, de color gris oscuro, casi negro, y de diferentes épocas. Sus rostros altivos acompañaban su porte majestuoso. Algunos, se dio cuanta Juan, incluso venían en parejas.

Todos ellos, sin embargo, apenas eran visibles a la vista, a pesar de su estado, y él se preguntó si ellos le verían a él de la misma forma, como una sombra intrusa a la que apenas prestar atención.

- Dios mío, cuántos hay. Debe de haber cientos – no pudo evitar decir.

- Miles, seguramente. Y todos siguen a la Virgen con un objetivo.

- ¿Cuál? – preguntó.

- Por eso estás aquí, Juan. – le indicó con una mano que pasase delante de él, en dirección a la ciudad. – Ven, te lo enseñaré.

Caminaron tras la estela de la Virgen, sorteando a los vivos que se agolpaban unos contra otros. Los muertos se apartaban a su paso, la mayoría de las veces, cuando les veían o sentían. Al llegar a la altura de la carroza Juan pudo ver cómo sus dos formas de ver el mundo se mezclaban. La Carroza parecía apagada y gris, pero el manto de la Virgen lucía su negro aterciopelado, y Juan pudo ver cómo los fantasmas no dejaban de mirarlo.

- Pasará un año antes de que vuelvan a ver algo de color en su existencia – le explicó el Justo.

- ¿Pero por qué vienen aquí?

- Por la esperanza. Todos buscamos la salvación, Juan. Incluso los muertos. Cuando alguien muere, a veces, se queda aquí. Algunos no saben porqué, otros, lo averiguan tras muchos años de morar entre las sombras invisibles.

>> Sea como sea, todos queremos ir más allá. Algo nos impele a romper esa barrera que nos mantiene aquí. Pero no podemos. No habitualmente. Algunos lo logran cumpliendo su misión, pero otros, sin saber qué hicieron mal en vida, sólo tienen esta procesión.

- ¿La procesión? ¿Qué tiene que ver la procesión con ir al cielo o al infierno?

- No sabemos lo que hay más allá, Juan. – Meneó su cabeza el Justo, como si sopesase sus palabras. Nos lo imaginamos, pero no puedo decírtelo. No me preguntes.

- Muy bien, entonces ¿por qué estás aquí?

- Yo, porque no puedo evitarlo. Moro aquí. Los demás, porque uno de ellos podrá romper la barrera al caer la noche y pasar al otro lado. Es una gracia de la Virgen.

- Es increíble.

- Es más que eso, ven. Ya llegamos.

Rodearon la carroza, donde doce espíritus compartían sitio con los costaleros vivos. Alguno levantó la cabeza, y saludó silenciosamente a el Justo. La carroza se detuvo, y Juan y el Justo pudieron adelantarla.

Estos doce hombres y mujeres son los elegidos de este año. Espíritus que han realizado una contribución valiosa a las Tierras de la Luz. A tu mundo. Cuando mueres dejas de valorar muchas cosas por las que vivías antes de dar El Paso. La envidia, los odios, en la mayoría de los casos se quedan atrás. Se ve el verdadero sentido de los vivos, la importancia de la vida. Y por eso tratamos de ayudaros en lo que podemos. Por eso premiamos a quienes os ayudan.

- ¿Cómo? ¿Cómo nos ayudan y qué premio reciben?

- De muchas formas, susurran palabras de amor a los amantes tímidos, advierten de los peligros que acechan en un callejón oscuro y solitario. Leen libros y cuentos olvidados a los niños huérfanos.

>> El premio es llevar la carroza de la Virgen, como lo hacen los vivos. Y el motivo de que sea algo tan preciado lo tienes ahí delante.

***

“La llegada frente a la Base Aérea es todo un espectáculo – decían las guías de la ciudad – todas las autoridades locales, civiles, seculares y religiosas esperan la llegada de la Virgen con el alcalde a la cabeza. Allí, en la rotonda de entrada a la ciudad, le entrega las Llaves de la Ciudad, que recoge el joven guía jesuita que lleva la cruz antes de entrar en al ciudad, cuando el sol se oculta tras el horizonte”.

 

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Y allí estaban, todos parados mientras el Alcalde de Getafe entregaba al joven la llave dorada de la ciudad. Juan veía, no sabía explicar cómo, los dos mundos a la vez. El suyo, y el de los espíritus que le rodeaban agolpándose, apelotonándose para ver a sus doce elegidos dar un paso adelante frente a la carroza de la Virgen.

Uno a uno se fueron situando frente a la rotonda, que en el mundo de los espíritus no era tal, sino una roca enorme alzada en medio de un camino viejo de tierra. Los edificios que se veían enfrente de la ciudad también tenían un aspecto desolador. Casi derruidos, abandonados, superpuestos sobre los pisos donde los vivos se agolpaban para ver el paso de la Virgen.

Encima de la roca, un enorme huevo tallado en roca negra parecía emanar energía que no se podía ver, sólo sentir en cada por de la piel, en cada hueso, e cada fibra del alma.

- Ahora comienza la batalla – susurró el Justo a su oído.

Sus sentidos captaban la inquietud que se había levantado entre los fantasmas.

- ¿Qué ocurre ahora?

- ¿Ves a esos cuatro hombres vestidos con túnicas de monje negras? Son los Clavos de la Luna. No sabemos porqué, pero intentan impedir que los doce seleccionados lleguen al Huevo.

- ¿Y que es el Huevo?

- Es un símbolo. En realidad no existe, ni en tu mundo ni en el mío. Pero está ahí, no sabemos como. Los doce deben llegar a él, par pasar al otro lado, sea donde sea que lleve. Y todos están dispuestos a hacerlo, pero año tras año los Clavos intentan impedir que lleguemos. De los doce, sólo uno, o dos lo lograrán, pero para nosotros es suficiente esperanza.

- ¿Y quienes son los Clavos?

- Vienen de allí – respondió el Justo señalando a la Luna.

En lo alto, la Luna llena lucía rojiza, dorada por los últimos rayos del sol, y parecía contemplarles expectantes, como un ojo que todo lo ve, y que está juzgando lo que ocurre cada segundo.

- Son siervos de la Luna. Ella, no sabemos por qué, intenta impedir que los doce elegidos logren su salvación. Al principio los Clavos no aparecían, la primera vez que se hizo la procesión doce espíritus lograron tocar el Huevo, que apareció ese día de la nada. La fama del acontecimiento llegó a todos lados, pero al año siguiente apareció un Clavo de la Luna. Sólo ocho pudieron llegar al huevo. Tres años después había dos Clavos, y sólo cuatro de nosotros llegamos.

- Y ahora, sólo uno o dos llegan ¿no?

- Sí, y dice la leyenda que circula entre nosotros, que Getafe prosperará más cuantos más de nosotros logremos la liberación. Una motivación extra. Dejar a nuestros descendientes algo de buena suerte al tiempo que seguimos el camino.

Un rumor les distrajo de su conversación.

- Cinco, …hay cinco – decían a mayoría de las voces.

- Hacía siglos que no aparecía uno nuevo – susurraban otras.

Cinco figuras vestidas con sayos negros se adelantaron al alcalde, que en ese mismo momento daba las llaves al guía. Una desolación indescriptible se apoderó de los espíritus presentes cuando los cinco Clavos de la Luna se situaron entre los doce elegidos y la roca que sostenía el Huevo negro.

Eran altos, oscuros como si hubiesen sido paridos en una noche sin Luna, y así erguidos parecían imparables. Más altos y fuertes que los doce espíritus, cuyo aspecto famélico contrastaba con la robustez de sus rivales.

- ¿Qué pasaría si los clavos ganasen y ninguno de vosotros llegase al Huevo? – preguntó Juan temiendo la respuesta.

- Getafe sería destruida por el destino, la Flor del Sur perecería, todo se perdería. Crisis económicas, un desastre ecológico. Sólo podemos especular cómo sucedería.

Nada más decir esto, los doce rugieron un grito al unísono y se lanzaron a la carrera, por decirlo de alguna forma, hacia la roca.

Los Clavos no se movieron, sus siniestras figuras esperaron que sus insustanciales adversarios llegasen a su lado y entonces comenzaron a segarles como si fuesen trigo.

Uno de ellos, con un movimiento envió a dos espíritus al suelo, y antes de que se levantasen, se giró y agarró a un tercero proyectándolo hacia atrás varios metros.

La lucha continuó durante minutos sin que ni uno solo de los espíritus se pudiese acercar al Huevo. Los fantasmas, barridos por el suelo, lanzados por los aires como peleles, se levantaban cada vez con una expresión de decisión en sus rostros.

El resto de la comitiva fantasmal intentaba animarles, mostrando más emociones de las que podrían acumular el resto del año en su existencia entre las sombras.

Los Clavos parecían dominar la situación, pero uno de los fantasmas logró pasa entre dos de ellos que estaban distraídos vapuleando a otros elegidos.

Corrió hacia la roca a toda velocidad, con una figura negra en pos suyo. Los fantasmales espectadores se quedaron mudos, y Juan pudo notar que sin saber porqué, los vivos también guardaban silencio.

De un salto, el fantasma que se había escapado, el que parecía estar en mejor condición “física” de los doce, saltó sobre la roca y justo cuando la oscura mano del Clavo que le perseguía le aferró la pierna, rozó con las yemas de los dedos la superficie del Huevo. Una expresión de paz y alegría inundó su rostro y su figura desapareció.

Todos prorrumpieron en gritos, algunos, saltaron incluso, sobre piernas en muchos casos inexistentes u olvidadas.

Los Clavos volvieron a su faena intentando impedir que otros fantasmas llegasen a la roca antes de que el último rayo del sol se ocultase.

Cumplida su desesperada misión, los fantasmas cambiaron de estrategia. Diez de los que quedaban se lanzaron sobre los cuerpos negros, sujetándolos.

La comitiva espectral parecía ahora más alegre. Salvado el destino un año más. E incluso reía con la nueva táctica, viendo a los Clavos caer bajo la marea de ultratumba.

Una pequeña mujer, la onceava de la lista, pasó a toda prisa, cojeando, entre las apelotonadas figuras, y trepó como pudo sobre la roca. Una vez más, el fantasma desapareció, como absorbido por la roca negra.

El pelotón de fantasmas que aferraba a los Clavos emitió un rugido de esfuerzo, sin poder contener más las fuerzas de la Luna y salieron volando en todas direcciones cuando éstos se liberaron.

Rápidamente todos se volvieron a levantar, pero de improviso unos y otros se detuvieron. Se había terminado el tiempo.

Por el oeste, justo a la izquierda de las casas de la ciudad, el último rayo del sol se coló por un hueco salido de la nada entre las nubes grises.

Poco a poco, su luz se desvanecía, subiendo a medida que el Sol se escondía.

- Mirad – gritó alguien entre la multitud. Extrañamente no era un fantasma, sino un niño vivo que señalaba el Huevo.

Los vivos siguieron la dirección de su brazo, creyendo que señalaba a la Virgen. Pero los fantasmas sí que vieron lo que él veía. Detrás de la roca, una débil figura se encaramaba a la roca, trepado desesperado. En el último empujón, los clavos le habían lanzado hacia el Huevo. Y así, el tercer fantasma, llegó a su objetivo.

Al principio, nadie pudo reaccionar, pero poco a poco, comprendieron lo que había pasado.

- Tres, ¡tres! – gritaban los espíritus, algunos de ellos emocionados, con lágrimas de rojas cayendo por sus mejillas. Juan no pudo evitar que una lágrima asomase a su rostro al ver al tercer valiente lograr el anhelado premio.

El último rayo de sol culminó su último viaje, proyectando su menguante luz sobre la carroza de la Virgen. El manto repleto de gemas de cristal reflejó este tenue fulgor y lo convirtió en una miríada de luces.

Una lluvia de colores y luces roció a todos los fantasmas allí presentes. Algunos, recibían su toque arrodillados, dando gracias. Otros, más calmados, asentían solemnes porque la Flor del Sur se había salvado un año más de su destino.

Poco a poco, a medida que el espectáculo de luces dejaba paso a un tono gris sin color, todo volvió a la normalidad. Los nueve elegidos que no habían cumplido su meta eran recogidos y vitoreados, por el resto de sus congéneres. Animados en su desdicha, poco a poco se unieron a la tranquila alegría de los demás. El año que viene podrían tener más suerte, y tenían toda la eternidad por delante.

- Hoy has visto algo que no pasaba desde hacía siglos, Juan. Espero que ahora comprendas todo el significado de esta fiesta.

- Ha sido increíble – respondió todavía embriagado por la emoción. – Todavía estoy alucinando.

- Me alegro. Ahora la Virgen seguirá su camino, todavía queda claridad, y debe visitar la ciudad antes de que la luz se extinga por este día. Pero mañana volverá a brillar por estos valientes. Eso seguro.

>> Tenemos que despedirnos, – dijo el Justo.

- Sólo una pregunta. ¿Tú no participas?

- Lo hice una vez, y llegue a toar el Huevo, pero al parecer mi muerte a manos de un instrumento maldito me incapacita para viajar al otro lado de esta forma. No quiero arriesgarme y dejo mi sitio a otros más afortunados.

- ¿Tantos llevas aquí?

- Más de lo que recuerdo – le dijo entristecido. – Debo irme. Sólo una última cosa. Tu madre me dejó un recado para ti. No tengas miedo a la noche, no hay razón para tener pesadillas – sonrió el Justo.

- ¿Qué tal está mi madre? – se atrevió a preguntar a medida que el Justo se desvanecía en el aire.

Una voz traída por el viento le respondió, lejana: “Muy bien, ella lo logró el año pasado”.

***

Y así terminé mi libro. Lógicamente en mi primer libro sólo escribí sobre la fiesta que todos conocían y su simbología, el renacimiento de la ciudad y su prosperidad.

Pero no podía dejar que lo que el Justo me enseñó se perdiese. Él es uno de los hombres más nobles y valientes que he conocido, y espero que este cuento le haga justicia a él.

En tu mano está creer que es sólo eso, un cuento, o la verdad.

 

 

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Bajo la niebla y la Luna

julio 11, 2007 at 2:43 pm (Sueños)

Bajo la niebla y la Luna

  

Rafa acababa de llegar. Tres días en la sobria quietud del monasterio le habían convencido de que eso era lo que había buscado toda su vida.

Paz interior y exterior, entrega absoluta a un bien superior, lejanía de las preocupaciones mundanas, de la ambición y del egoísmo que anidaban en los corazones de los demás seres humanos.

Había ingresado en el seminario hacía ya cinco años, y hasta el momento no había creído que eso fuese lo suyo. Pero ahora, aquí, en este lugar místico, casi mágico, donde los cipreses daban paso a un bosque quieto y sereno, y donde el viento podía ser la única compañía de un hombre en todo el día si él así lo deseaba. Bueno, eso es lo que necesitaba.

            Alguien tocó a su puerta. Rafa dejó el libro que había cogido de la biblioteca, y abrió la puerta sin preguntar quien era. Allí no había nadie, y no le extrañó. Asomó la cabeza y vio al hermano Pedro llamando a la puerta de la siguiente celda. Les estaba avisando de que era la hora de los rezos de la tarde.

            Eso era lo que le gustaba de esta vida, su absoluta precisión, su lógica y sus estructurados hábitos.

            Fuera, por encima de los muros del monasterio, la tarde caía con hermosura. El sol se ponía por encima del tejado de la biblioteca.

            Las nubes, sin embargo, iban llegando poco a poco por el oeste, traídas por el mismo viento que ahora mecía los cipreses. Y un agradable frescor de principios del otoño le hizo abrigarse con los hábitos.

            Las oraciones de la tarde transcurrieron como las otras dos tardes anteriores. Sin embargo, antes de que los mojes se levantasen y fuesen a terminar sus quehaceres, el superior de la orden, que había acompañado los rezos en voz alta, les conminó a sentarse.

            - Por favor,  hermanos, una última cosa. Recordad que esta noche hay niebla. Y por lo tanto, no está permitido salir del recinto del monasterio. Que Dios os acompañe – se despidió, y todos los congregados se levantaron murmurando y discutiendo entre ellos.

            Rafa, extrañado, se dirigió a Fernando, un novicio que había llegado hacía unos meses.

            - ¿Qué pasa Fernando? ¿Por qué no podemos salir a pasear esta noche? – le preguntó.

            - Hay niebla, no sé muy bien porqué, pero las noches que hay niebla no está permitido salir. Dicen que pasan cosas raras, pero nadie parece saberlo a ciencia cierta. Al parecer las órdenes vienen directamente del Padre Superior.

            - Pero alguien tiene que saberlo, además, ¿qué puede pasar aquí en medio del recinto? No estamos perdidos en una montaña, sino rodeados de ciudades y pueblos.

            - Rafa, con el tiempo, aprenderás lo que yo comprendí de inmediato. Que este lugar es especial. Aquí no rigen las mismas reglas que el resto del mundo sigue a poca distancia de aquí.

            La noche transcurrió tranquila. Rafa miraba de vez en cuando por la ventanilla de la puerta de su celda, que daba directamente al patio interior, pero a parte de la inamovible niebla no pudo ver ni oír nada.

            Durante la siguiente semana todo fue normal. Los rezos, la rutina y los trabajos comunitarios. Poco a poco el incidente fue abandonando su memoria, y quedando relegado al olvido.

            Pero dos jueves después del primer aviso, volvió a ocurrir. El Padre Superior volvió a avisar de la presencia de niebla esa noche, y prohibió expresamente que nadie abandonase sus celdas, y recomendó rezar calmadamente.

            Tres avisos más durante el transcurso de un mes levantaron aún más suspicacias en Rafa Se había informado en la biblioteca sobre la orografía del Cerro de los Ángeles, y al parecer, la presencia de un río en las proximidades, el Arroyo Culebro, traía numerosas nieblas al cerro en todas las épocas del año.

            De lo que no hablaban era del extraño comportamiento de los monjes en esas noches de neblinas.

            Las noches transcurrían, alternando noches tranquilas, en las que podía pasear por el bosque, con períodos de reclusión que sólo acababan con la llegada del sol, y el levantamiento de la niebla.

            Fuese como fuese, Rafa iba a descubrir lo que ocurría esa misma noche. Por la tarde, el padre Francisco, superior de la orden, había advertido, como tantas otras veces, de la inminente presencia de la niebla nocturna.

            Por eso estaba aquí, ahora. La puerta de madera del monasterio se abrió, y Rafa la traspasó cerrando a su paso. El paisaje nocturno era muy distinto al que después de un mes recordaba de sus paseos nocturnos. El patio central, circundado por cipreses y edificios, apenas era visible y la oscuridad apenas era traspasada por la luminosidad de alguna amarillenta farola y la luz de la luna llena. La niebla quedaba iluminada por ellas, y eso le daba al paisaje un aspecto fantasmal y desolador.

            La ausencia total de viento, contrastaba con el frío que le calaba los huesos. Los ruidos lejanos de la carretera eran apagados por la distancia, mientras que los murmullos del bosque eran amplificados por la niebla, resonando en las paredes desde todos los ángulos.

            Rafa caminó tranquilamente, intentando mirar a su alrededor, pero sin conseguir penetrar el infranqueable muro de niebla. Sus pasos le encaminaron hacia los bosques que rodeaban el monasterio y el convento.

            La hierba estaba húmeda y resbaladiza. Rafa casi resbala, de no ser porque pudo agarrarse al tronco de un pino joven.

            Con un gruñido, se incorporó con esfuerzo. Rafa se dio cuenta de que no reconocía el paisaje. Se había desorientado y el terreno parecía subir y bajar, sin darle ninguna pista de hacia donde debía seguir.

            Un aullido lejano le sobresaltó. Nervioso, siguió caminando, sin dirección ninguna. El aullido se repitió, cada vez más cerca. De hecho, parecía que quien lo profería, se acercaba corriendo a toda velocidad hacia él.

            Rafa aceleró el paso, y remangándose los bajos del hábito echó a correr. En la desesperación, no se dio cuenta de que corría ladera arriba, hasta que vio la sombra de la Biblioteca asomándose como una mole oscura entre la niebla.

            Estaba apunto de llegar al patio central cuando un gruñido le sobresaltó. Rápidamente se giró, y pudo ver cómo una sombra pasaba a su lado a toda velocidad, justo por el sitio que ocupaba un instante antes. La sombra se perdió en la niebla, pero segundos después, lo que parecía un lobo volvió a aparecer caminado.

            El terror se apoderó de él cuando la figura que le miraba con ojos amarillentos se incorporó sobre dos patas, adoptando una postura casi humana.

            Aunque sonase a mala película de terror, Rafa creía que se trataba de un hombre lobo, con su hocico babeando de espuma, y un gruñido gutural creciendo a medida que se preparaba para saltar.

            La criatura se giró sin embargo, y Rafa pudo ver cómo una persona se interponía entre ambos. Esgrimía un crucifijo de plata, y su voz resonaba entre la niebla. Rafa pudo reconocer a su salvador como el padre Francisco.

            - Atrás, Fernando, – dijo dirigiéndose a la criatura.

            - Ésta, gimiendo de frustración, caminó unos pasos marcha atrás y a continuación se volvió para salir corriendo en Dios sabía qué dirección.

            El padre Francisco se volvió hacia él.

- Ya estás a salvo, hermano, pero debemos legar pronto al monasterio. Allí no nos hará nada.

            - ¿Qué era eso? – reunió el ánimo suficiente para preguntar.

            - Eso era Fernando. No podemos hacer nada por ella, excepto evitar que haga daño a nadie. Jamás abandona los límites de la niebla, no sabemos porqué, pero es la protegida del Obispo, y no podemos hacer nada.

            - ¿Y qué vamos a hacer? ¿Dejarle aquí conviviendo con ella hasta que ataque a alguno de nosotros?

            - Hermano Rafa, cuando lleves más tiempo aquí, te darás cuenta de que en este lugar, convivimos con cosas mucho más extrañas que ésta, y a veces, mucho más peligrosas. Fernando nunca ha hecho daño a nadie, creemos que sólo quiere jugar. Además, créeme que la niebla guarda cosas mucho más horribles que esta.

- ¿Qué cosas?

- Es mejor que no lo sepas..

A lo lejos, el aullido del hombre lobo pareció darle la razón.

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El Oscuro

julio 11, 2007 at 2:42 pm (Sueños)

El Oscuro

 

El niño miraba a su abuelo con admiración. De entre toda la gente que le rodeaba, quién iba a pensar que su abuelo fue un héroe de guerra.

  Los cipreses dejaban caer sus pequeñas piñas al suelo, y alguna ardilla se arriesgaba lo suficiente como para recoger una, antes de salir corriendo para perderse entre los pinos colina abajo.

- Verás. Mi celda estaba ahí, – señaló su abuelo el antiguo edificio del otro extremo de la colina. – donde ahora está el monasterio. Allí estábamos metidos todos los presos del bando republicano. Se nos trataba peor que a perros.

- ¿Tan mal? – preguntó el chico de unos quince años. Ese fin de semana su abuelo había venido del pueblo, y le había tocado a él estar esa tarde con él. Lo que había empezado como una tarde aburrida y sin ninguna esperanza de ser divertida, había desembocado en un conjunto de historias que, por lo menos, podría contar a sus amigos.

- Peor, – respondió el anciano -. Los presos comunes estaban en aquel sitio – señalaba el convento, situado más al este – nos trataban peor que a asesinos y ladrones. Sólo por tener ideas diferentes a las de ellos. 

>> Pero por lo menos no era peor que la Jaula – continuó. – Así llamábamos a ese lugar – por último, se giró y señaló el lugar que ahora ocupaba la actual biblioteca. – Sólo de verla se me ponen los pelos de punta.

- ¿Qué había ahí abuelo? ¿Por qué te da tanto miedo?

- La “Jaula” era el peor lugar de la antigua cárcel. Quien iba ahí se volvía loco, o no volvía a ser nunca el mismo.

- Tú nunca estuviste allí ¿no?

- Sí que estuve, Carlos. Pero tuve suerte, al poco de entrar ahí la cerraron, y tal vez eso salvó mi vida.

- Menuda suerte, abuelo – dijo Carlos, que ya se imaginaba la clase de cosas que pasarían dentro de la vieja estructura – pero ¿Por qué la cerraron?

- Déjame que te cuente una historia, Carlos. Te ayudará a saber porqué, y la clase de cosas que pasaban allí.

 

***

 

Era verano de 1960, el año en que cerraron la Jaula, y poco después la cárcel.

Yo había pasado un año muy malo, mis tres compañeros de celda habían muerto en pocos meses, dos enfermos y otro por una paliza de un guardia. A éste último le vengamos a base de bien. Cogimos al guardia a sola en una de sus rondas y le abrimos la cabeza. Todo el mundo sabía quienes habíamos sido, pero el alcaide no tenía ni idea, hasta que alguien dio el chivatazo.

No tenía ninguna prueba, así que, como no podía ajusticiarnos, nos mandó a la jaula.

El día que yo entré también entró él. Le llamábamos “el Oscuro” y su llegada fue espeluznante.

Fuera había una tormenta infernal. En pleno verano, el cielo estaba más negro que la noche de Navidad. Caía agua para llenar un lago, y parecía que sólo pasaba en el Cerro y los alrededores. Estaba mirando por la ventana, cuando vi llegar el furgón.

Venía escoltado por otros dos coches cargados de policías, y todos ellos rodearon la puerta con sus armas preparadas. Los portones se abrieron, y de entro bajaron dos guardias más. Uno de ellos llevaba en la mano la escopeta cargada, y el otro una pesada cadena que sostenía con fuerza.

Tiró de ella con fuerza, y un golpe pesado movió la furgoneta.

La lluvia era torrencial, y todos ellos llevaban puestos chubasqueros. El hombre que bajó encadenado del furgón no, por desgracia para mí. Porque le vi el rostro.

Era delgado, escuálido, con el pelo largo y oscuro. Su rostro era también delgado, tanto que parecía demacrado, pero tenía una expresión que parecía sonreír, burlándose de todos los que le miraban. Sus ojos, sin embargo, eran la cosa más seria que jamás había visto.

Miró hacia el cielo encapotado, y durante un segundo pude ver desde lejos el negro de sus pupilas. Te juro que me escondí asustado, sin saber porqué.

Pasaron unos segundos, y la puerta exterior de la Jaula se abrió. Corrí hacia los barrotes de mi celda, desde donde se veía la escalera por la que se subía a nuestras celdas. Allí le vi. De cerca, era mucho más aterrador. Un pequeño y extraño tatuaje le cubría la parte de detrás de la oreja derecha. Era mínimo, pero su dibujo se me quedó gravado en la mente. Como si fuese una marca africana.

No sé porqué, porque pronto no quedaría mucha gente viva para contarme lo que les había parecido, pero había algo en su forma de moverse, arrastrando los pies, pero al tiempo con desdén y desprecio. No sé como describirlo. Tal vez como si fuese en gato encerrado en una cárcel hecha por ratones. Sí, tal vez fuese algo así lo que sentimos todos con su llegada.

Lo malo de un gato, es que no distingue entre ratones amigos o enemigos. Eso lo descubrimos dos noches después.

Pero esa noche ya ocurrió algo extraño. El prisionero de la celda de al lado no dejó de insultarle y gritarle. A eso de las cinco de la mañana se calló. Creímos que ya se había cansado, y todos pudimos dormir en paz.

La mañana llegó antes de lo que queríamos. Cuando pasas tu vida en una celda, tu único consuelo es dormir para poder soñar. Por suerte, este lugar siempre ha dado muy buenos sueños.

Bueno, fuese como fuese, la luz del sol y las porras de los guardias nos despertaron para el recuento.

Al llegar a la celda del Oscuro, todo el pabellón enloqueció. El ocupante de la celda de al lado se había ahorcado con unas sábanas.  Los guardias debían de saber algo, porque inmediatamente se llevaron el cuerpo y nos ordenaron a todos volver a nuestros catres.

Desde mi celda, yo veía la del Oscuro. El muy cabrón estaba en pie, en el centro de la celda, mirándome fijamente. O eso creí al principio. Luego me di cuenta de que no me miraba a mí, sino al vacío entre ambos. Estaba tan absorto, que ni los gritos de los guardias y el resto de los presos consiguieron sacarle de su ensimismamiento.

Su largo pelo negro cayendo sobre sus ojos, tapando a medias su rostro, y a pesar de ello, recuerdo cada rasgo de aquella expresión infernal de indiferencia.

El día pasó entre rumores y temores desatados entre los presos. Nadie ocupó la celda en la que había ocurrido eso. El preso de la celda de al lado fue trasladado. Y te puedo asegurar que ninguno de los demás reclusos se dirigió al Oscuro en todo el día.

La noche cayó, avivando nuestros miedos. Te puedo asegurar que ninguno de nosotros pudo dormir esa noche. Yo no quitaba ojo de la celda de enfrente, intentando que el Oscuro, que en ese momento parecía dormir en su catre, no lo notase.

A media noche, cuando las luces se apagaron, y las sombras se hicieron las dueñas del edificio. Lo vi. Era como una pesadilla. Ocurrió al tiempo en dos celdas más allá de las del Oscuro, y la celda del bloque de arriba.

Tres hombres se levantaron de sus camas al tiempo, cogieron sus sábanas, y con mis propios ojos vi como se prendían fuego. Se envolvieron en sábanas y se quemaron vivos. En mi cabeza resuenan todavía sus alaridos.

Bueno. Cuando volví a mirar en la celda del Oscuro el volvía a estar en pie, callado y observando con la mirada perdida los barrotes de su celda. A pesar de la distancia, casi podía decir que sonreía.

Nadie dijo nada en toda la noche. No sabría decir si por un código de silencio o por miedo, pero tuvieron que ser los guardias de la mañana los que dieron la voz de alarma.

Ese día fue peor que el anterior. Fuera no dejaba de llover, como si el mismo diluvio de Dios hubiese venido a limpiar los pecados que todos habíamos cometido, y una plaga se hubiese colado entre todos nosotros.

Por la tarde, los guardias entraron en grupo en la celda del Oscuro y le propinaron una brutal paliza. Cuando se fueron, el Oscuro se puso en pie como si no hubiese pasado nada, y te juro que en su rostro seguía aquella expresión de burla.

Sea como sea, esa fue la última vez que le vi.

Todo el bloque fue trasladado fuera de la jaula, con los demás presos. No importaba lo locos o peligrosos que fuésemos. Nos sacaron de allí rápidamente.

Las luces se apagaron y sólo una docena de guardias quedó rodeando el edificio. Su único prisionero esperaba solitario la llegada de la siguiente noche. Yo fui el último en salir, y cuando miré hacia arriba el Oscuro seguía en pie en su celda mirando hacia la oscuridad y las penumbras.

Lo que pasó después no sabría cómo describirlo. Un ruido nos asaltó en nuestras nuevas celdas. No diré que estábamos durmiendo, porque ninguno de nosotros podía pegar ojo.

Pero sí que el revuelo del exterior nos sobresaltó. Intentamos mirar fuera por las ventanas enrejadas, pero sólo vimos la lluvia caer. Y el ruido de disparos.

La mañana siguiente aparecieron muertos docenas de guardias, todos los que habían entrado en la celda del Oscuro y algunos más que habían sido asesinados por ellos.

Había sido una noche de locura desatada, y nadie entendía qué había pasado.

Fuese como fuese, nadie volvió a ver al Oscuro. No sabemos si escapó, le dejaron libre, o le ejecutaron. Pero ojala nadie tenga jamás que ver aquella expresión de nuevo.

Al año siguiente cerraron la cárcel, intentaron taparlo, pero casi treinta guardias muertos, incluido el alcaide eran demasiados. La congregación a la que el Cerro había pertenecido el siglo anterior recompró las instalaciones. Fueron los únicos que se atrevieron a venir aquí cuando la historia se difundió.

Y ese fue el final de la cárcel del Cerro de los Ángeles.

Nadie sabe quien era aquel hombre, ni qué fue de él. Y te aseguro que ninguno de nosotros queremos saber qué pasó con el extraño que con su simple presencia introdujo el terror en nuestras vidas.

 

***

 

- Ostras abuelo – dijo Carlos. – Menuda historia. No me extraña que te de tanto miedo la Biblioteca.

- Bueno, no te creas, ahora que lo recuerdo, no fue tan malo. Fue casi divertido – respondió el anciano con una sonrisa en la cara.

- ¿Divertido?

- Sí, fue divertido ver a tantas personas asustadas de lo mismo, de lo desconocido, del terror que no consiguen situar.

- Me pone los pelos de punta.

- No me extraña Carlos, no me extraña. Ven, te contaré algo más de la historia del Cerro otro día. Vámonos a casa.

Ambos se encaminaron hacia la salida, un pequeño camino que descendía entre los bosques.

Carlos iba silencioso, pensando en la historia que le había contado su abuelo. No podía apartar de su mente la descripción del rostro del Oscuro que le había contado.

Tal vez hubiese estado mucho más intranquilo, si se hubiese fijado, que entre la mata de pelo canoso de su abuelo, detrás de la oreja derecha, asomaba un pequeño tatuaje tribal.

 

 

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Estirpe

julio 11, 2007 at 2:42 pm (Sueños)

Estirpe

 

Su mano descansaba sobre el libro que la tarde antes, cuando terminó sus tareas diarias, había cogido en la Biblioteca.

A Arturo le gustaba Calderón de la Barca, en especial, La Vida es Sueño. Por eso, un par de veces al año lo releía disfrutando de todas y cada una de las páginas, de sus letras, de las vida de su personaje principal, que él sentía muchas veces como la suya.

Entre sus páginas, uno de los motivos que le había llevado allí. Una carta , una nota más bien, escrita de puño y letra de un amigo del colegio. Un monje llamado Fraimundo que decía así:

 

“Querido Arturo:

Escribo esto la noche antes de mi muerte. Querido amigo, el mal acecha entre estos muros y para detenerle, yo debo poner fin a mi vida.

No puedo escribir más, siento que el fin está aquí, y la oscuridad con forma de flor me aguarda

Hasta nunca, pues hoy pierdo mi alma”.

 

Junto a esa nota que le trajo aquí, entre las páginas del libro, había aparecido una nota dirigida a él. Demasiadas cosas extrañas estaban ocurriendo allí. No sabía si ambas notas tenían relación pero su contenido era también evocador y misterioso.

Arturo no sabía cómo ni cuándo había llegado ahí, pero estaba manuscrita en griego antiguo, el mimo idioma que sirvió para escribir los poemas épicos de Homero.

Se suponía que nadie sabía que era un periodista de incógnito en el monasterio. Se suponía también, que nadie conocía su interés por los hechos misteriosos que de vez en cuando ocurrían en ese lugar. En los meses que llevaba infiltrado, Arturo había descubierto innumerables pistas que parecían llevarle a más y más misterios sin desentrañar.

Por eso se sorprendió cuando vio la nota dirigida a él, a su verdadero nombre, y no al que utilizaba como miembro infiltrado en la orden.

La tinta roja de la nota le despistó aún más, pues su origen le era desconocido, aunque tenía un ligero olor a especias e incienso que le hacían sospechar que quien le había dejado la nota, además de conocerle muy bien, provenía de un lejano país.

La trascripción de la nota decía algo como: “Siempre que el Devorador se levante, la Estirpe debe seguirle. En su mano está el proteger a los hombres y llevarlos por los caminos donde las sombras hambrientas no acechen”.

Para Arturo esto no significaba nada, pero el encabezamiento dirigido a él no dejaba duda que era algo más que un hallazgo casual.

Un sonido le despertó y, sobresaltado, Arturo se incorporó de su catre mientras se vestía tranquilamente. Al principio parecía ser alguien llamando a su puerta, ahora sin embargo era más como un siseo del viento que recorría los pasillos inferiores del monasterio.

A su lado, su compañero de celda seguía durmiendo, indiferente al ruido y a la agitación de él.

Rápidamente, se calzó con las sandalias y abrió la puerta. Antes de salir, miró para ver qué ocurría, y sólo el claustro vacío, y las estatuas y plantas del interior le devolvieron la mirada.

Armándose de valor, Arturo salió al pasillo oscuro, que a esas horas sólo estaba iluminado levemente por un par de luces de emergencia y la luz de la luna y las estrellas.

 Nada más poner el primer pie en el suelo del pasillo, sintió un vértigo que le hizo trastabillar, y de repente calló.

O eso le apreció. Calló durante mucho, mucho tiempo, tal vez una eternidad, si ésta se pudiese medir, pero al final Arturo se encontraba de pie bajo la luz de las estrellas, en un paisaje que, a pesar de ser completamente extraordinario no le resultaba del todo desconocido.

Frente a él, una gruta cuyas paredes estaban grabadas con todo tipo de signos de advertencia. Los símbolos, parecían advertir al viajero sobre lo que acechaba en su interior. Arturo parecía poder leerlas sin problemas, a pesar de que no reconocía la escritura en la que habían sido realizadas. Lo que sí reconocía era la tinta con la que habían sido hechas. La misma tinta roja que la noche antes le había sumido en un millón de dudas e intrigas.

Por algún extraño designio, Arturo sentía el impulso de entrar en la gruta, y así lo hizo. Las paredes y el suelo de piedra, con escalones que parecían naturales, descendían bastantes metros hacia el fondo de la tierra, y a medida que se adentraban más en las entrañas de la roca, una luz antinatural comenzó a facilitar su descenso.

Después de un largo camino, de lo que a Arturo le parecieron horas, o siglos, llegó a un paisaje que le arrebató el aliento. Ante él, una inmensa gruta ocultaba al resto del mundo la más increíble construcción que jamás hubiese soñado.

Como un colosal mausoleo en el que cabrían docenas de personas, su estructura de cristal se extendía más veinte metros hacia el fondo de la magna caverna.

A Arturo le recordaba, en cierta forma, a un antiguo zigurat babilónico, pero la energía que emanaban sus paredes de colores cambiantes le hacía sentir que el sarcófago era mucho más antiguo que esa civilización, más incluso que el mismo hombre.

Sus paredes eran completamente de cristal, y alternaban su color y su textura desde el azul oscuro refulgente hasta el negro brillante.

Las puertas se abrieron lentamente, deslizándose en silencio sobre la superficie cristalina del suelo. El interior, cuyas paredes eran del mismo extraño material, estaba apenas iluminado por la refulgencia que emanaba de la misma estructura.

Arturo sentía el frío que salía de su interior, como un suspiro exhalado desde el mismísimo gélido polo. Su velo se erizó en su cuello y su espalda, y un presentimiento le sobrevino como un augurio funesto.

Dentro estaba la muerte, y su destino era salirle al paso.

El silencio sólo era roto por los pasos de Arturo a medida que avanzaba por la siniestra galería que se iba estrechando a medida que penetraba más en su interior. Los grandes espacios repletos de columnas iban dando paso a pasillos oscuros que zigzagueaban aquí allí, encaminando sus pasos en la única dirección que parecía ser la correcta. Por dentro, el mausoleo era más grande de lo que parecía por fuera.

A medida que se iba acercando a las profundidades de la estructura, el frío se hizo más intenso, llegando hasta los huesos, y casi diría que a su misma alma. Tocando cada fibra de su ser, cada fragmento de su esencia. En cierta forma, era como si el frío tuviese vida, pensase, y estuviese buscando en su pasado algo, una pista de qué hacía él allí.

Siguió caminando, siguiendo el repiqueteo de sus pasos sobre el duro cristal, hasta que llegó a su destino. Sin dudarlo, Arturo reconoció que ese era el motivo de su presencia en ese lugar, que ahí era donde tenía que estar en ese momento.

Un inmenso sarcófago de piedra negra se situaba en el centro de la habitación. Rodeado de columnas de la misma piedra negra que contrastaban con el cristalino del resto de la estructura, el mortuorio sepulcro estaba abierto, con la tapa caída a un lado.

Sin embargo, Arturo no podía ver lo que había en su interior.

Sí pudo observa un par de figuras que se encontraban arrodilladas, una a cada lado de la roca de apariencia volcánica.

Una de ellas parecía un hombre, alto, fuerte pero al acercarse, cuando la luz iluminó levemente su rostro, Arturo pudo ver que su piel era del color y la textura de la piedra.

Al otro lado, una mujer rezaba arrodillada en un idioma arcaico. Al sentir su presencia, Arturo reconoció su rostro. Era el mismo que tantas noches le había atormentado en su juventud. La primera mujer que amó, la primera que le rompió el corazón, y aquella que tardó años en olvidar.

Su rostro estaba allí, recordándole el dolor y el sufrimiento. Era su hermoso y duro rostro, pero no era ella. Su pelo era extraño, parecía cubierto de sombras vivas que reptaban. Al igual que con su contrapartida masculina, al aproximarse pudo ver que entre las sombras deslizantes, habitaban serpientes en el lugar que debían ocupar sus cabellos.

Una sonrisa escapó del rostro femenino mientras clavaba sus ojos oscuros, negros y sin rastro alguno de blanco en ellos, la misma sonrisa que diez años antes le había dejado sin ninguna explicación cuando les encontró en la cama.

- Arturo, deberías saber que aquí no eres bienvenido – dijo mientras su voz retumbaba por la sala – deberías quedarte en tu retiro de cobardes. Esto no es tarea para ti.

- Eres el único que puede detenerle – raspó la voz del hombre de piel de piedra, cuyo rostro le resultaba extrañamente familiar – no puedes faltar a tu destino.

- Él no puede hacer nada, cuando despierte – aseveró ella – nadie podrá interponerse en su camino, ningún poder sobre la tierra lo evitará.

  Arturo no entendía nada, pero pudo superar el miedo para preguntar: – ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?

- Eres el último de la Estirpe, Arturo, – le explicó seriamente el hombre mientras se incorporaba. Sus dos metros de alto sorprendieron a Arturo, pero su rostro sereno ayudó a tranquilizarle. – A ti corresponde detener a esta bestia de los milenios al que llamamos el devorador. Es tu destino, pero también tu decisión.

- No podrá hacer anda – se burló ella de ambos, mientras una siniestra forma inexplicable se erguía del ataúd. – Como siempre en su vida, lo único que hará será correr de un lado a otro, mientras las cosas importantes pasan en su misma casa.

Lo único que Arturo pudo ver a medida que la oscuridad se alzaba, fueron un par de ojos completamente negros.

Después, se despertó.

Pasó toda la noche meditando sobre lo que había soñado. Había sido sin duda un sueño, pero en lo más profundo de su ser, sabía que era algo más, y que la verdad la encontraría lejos de este lugar. Tal vez incluso dentro de si mismo.

En su mente resonaban incesantemente unas palabras – “no podrá hacer nada”.

Esa mañana se levantó antes de que les despertasen, e hizo su macuto. En silencio, sin despedirse de su compañero dormido, Arturo cerró la puerta y se preparó para partir a un largo viaje en busca de la verdad y de su destino.

A sus espaldas, una figura se incorporó silenciosamente. El rostro era el de su compañero de celda, pero los ojos eran completamente negros, y una sonrisa conocida se dibujaba en su rostro.

- Ahora se ha ido, lejos de su casa. Ahora puede despertar el Devorador.

Y una siniestra risa sonó en los pasillos de todo el monasterio, y los monjes se revolvieron en sus lechos inquietos, casi, atemorizados.

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