El fantasma del campanario
El fantasma del campanario
Julia corría escaleras arriba. Su perseguidor la debía haber estado acechando desde hace tiempo, siguiéndola desde que llegó a los pies del cerro esa misma tarde. El bastardo debía haberla elegido entre todas las mujeres presentes.
O tal vez no, tal vez sólo había estado esperando, como un predador a aquella víctima que pareciese más indefensa, o que se separase del grupo. Por desgracia, eso había hecho ella al caer la tarde. Su insaciable curiosidad, alentada por el maravilloso complejo arquitectónico formado por los claustros del monasterio y las iglesias que se erguían, casi desconocidas, para el turista corriente, la habían incitado a salirse de grupo de excursionistas.
El monólogo del guía era insoportable, casi tanto como él. Un tipo bajo con gafas, que no dejaba de mirarla a ella y al resto de las integrantes de la excursión. Su voz nasal la exasperaba tanto que se apartó un rato para dejar que los vientos que azotaban la cumbre la refrescasen y le devolviesen la energía, mientras la tarde caía con sorprendente rapidez.
El cielo se oscureció, y nadie pareció darse cuenta de su ausencia. Los monjes se recogían para la cena, y mientras sus compañeros, a los que había conocido el día antes, bajaban hacia el autocar que les llevaría, sanos y salvos, pensó con ironía, hacia el hotel cercano, ella decidió que no se conformaría con ver esa maravilla pasada por el tamiz censor del insoportable guía.
Silenciosamente, más por temor reverente que por verdadera necesidad, Julia recorrió el patio de armas del complejo, dejando a su derecha la Biblioteca y la iglesia sobre la cual se asentaba la enorme estatua de Cristo.
Frente a ella el monasterio estaba en silencio, acogiendo en su seno la serenidad de la noche, y el viento del otoño parecía susurrar canciones perdidas a sus muros. Anduvo de aquí para allá, asomándose a los miradores desde los cuales se podía ver toda la meseta en más de treinta kilómetros a la redonda, el río, las ciudades que rodeaban ese remanso de paz e historia, el bosque cercano a los pies de la ladera.
Su destino se alzó frente a ella como una mole negra erguida sobre la piedra. La iglesia secundaria del Cerro. Allí, en las iglesias perdidas e ignoradas, solían encontrarse los tesoros artísticos más sorprendentes y curiosos. Si la gente supiese lo que tiene bajo sus pies, o en la ermita de al lado, o en la vieja casa abandonada…
Fue entonces, mientras pensaba en esto, cuando le vio. Sus manos sudorosas se mesaban el pelo grasiento. Tenía el aspecto de no haberse afeitado, ni lavado, ni cambiado de ropa, en días. Pero lo peor era su rostro Totalmente deformado por su expresión de lujuria, por su sonrisa ávida, por sus ojos desorbitados que no le quitaban ojo a medida que sus piernas acortaban el camino que les separaba a ambos.
A Julia no le hizo falta preguntarse cuáles eran sus intenciones, su expresión lo gritaba claramente al viento, que parecía haberse embravecido. Corrió al interior de la iglesia. A su espalda la puerta golpeó ferozmente contra la pared cuando su perseguidor la abrió sin contemplaciones.
Un leve giro de cabeza le permitió ver el destello que la luz de las velas lanzaba sobre el cuchillo. En su desesperación, Julia no reparó en ninguna de las maravillosas obras de arte que jalonaban las paredes y columnas de la iglesia. Su angustia, cada vez más agarrada a su pecho, sólo se permitía el lujo de mirar a su alrededor para buscar una posible salida.
Los gritos de socorro reverberaban en el inmenso espacio vacío, y su aliento congestionado emanaba de su pecho en halos de vapor que parecían excitar más al hombre, si es que esa cosa babeante que la seguía podía llamarse así. Nadie atendía a sus desesperadas súplicas, pues todos los religiosos del templo debían estar cenando a esas horas.
En ese momento Julia corría escaleras arriba, única salida que había encontrado cuando descartó la idea de esconderse en uno de los confesionarios. El campanario no tendría salida, pero al menos podría tocar las campanas y pedir ayuda, ahora que había perdido el bolso con el teléfono móvil en su desesperada huida.
Los pasos de su perseguidor sonaron sobre la piedra, estaba cerca, muy cerca de ella. Tanto, que su sombra se proyectó sobre la pared de roca que ascendía hacia ella escalera abajo. Julia aceleró su paso todo lo que pudo, en algún rincón de su mente se preguntaba si aquella persecución, el olor a miedo y el terror en sus ojos excitarían más a su perseguidor, pero su mente consciente no tenía ni tiempo ni ánimos para responder a una pregunta de la que sin duda descubriría pronto la respuesta.
Llegó a lo alto del campanario, y el aire fresco sustituyó al viciado ambiente de la escalera. Las estrellas se abrieron ante ella, y el maravilloso paisaje del Cerro de los Ángeles la hubiese dejado extasiada en otras circunstancias.
Con un grito de desesperación se abalanzó sobre la pesada campana, de la que pendía una cuerda que descendía hacia la planta baja de la iglesia por el hueco abierto en el suelo.
Jaló la cuerda y tiró con todas sus fuerzas, sin embargo, ningún sonido surgió del metal.
- La caparon hace años, – una voz sibilina y jadeante la hizo volverse. Su perseguidor había llegado. El cuchillo brillaba en una de sus manos, la otra, desabrochaba torpemente el cinturón de sus pantalones de pana. – Al parecer – continuó mientras se afanaba trabajosamente en su labor, – tenía la mala costumbre de sonar a horas intempestivas. Despertando a todo el mundo en varios kilómetros a la redonda. El viento decía, pero tú misma has podido comprobar lo que pesa la campana.
Una brutal sonrisa se ensanchó en su grasiento rostro cuando por fin consiguió liberar sus pantalones. Sus dientes amarillos mostraban una torpe lengua que relamía sus labios y su barba dispersa, a medida que se acercaba a donde se encontraba Julia.
Una ráfaga de viento distrajo su atención un instante, y una sombra pareció cernirse de improviso sobre él. Asustado, el hombre dio un traspié, y la expresión de lujuria en su cara dio paso a una de incredulidad primero, y terror después.
El hombre que la había acosado se precipitó por el hueco de la cuerda del campanario, llenando en su caída todo el claustro de la iglesia de un grito agónico y desgarrado que reverberaba en las paredes huecas.
A pesar de la horrible muerte que acababa de presenciar, Julia apenas pudo hacer o decir nada durante unos instantes. La sombra que se había precipitado sobre su perseguidor, oculta a la vista de Julia por la enorme campana, pareció moverse despacio, sin hacer ningún ruido, y por un instante ella temió que hubiese cambiado un destino malo por otro peor.
Cuando la luz amarillenta de las escasas farolas que iluminaban el patio de armas alcanzó la oscura figura de su salvador, los temores de Julia se vieron extrañamente superados.
La imagen de un hombre mayor, de unos cincuenta años y rostro demacrado se plantó frente a ella. A través suyo, la luz de las farolas de abajo reflejaba en la gran campana una forma gaseosa de aspecto fantasmagórico.

La imagen rielante del hombre andó, o mejor dicho, flotó sobre el suelo en su dirección. A través suyo, Julia podía ver la pared del campanario tras él, las estrellas del cielo enmarcadas por la piedra del mismo, y las luces de la ciudad de Getafe a lo lejos.
- ¿Quién demonios eres? – cuando estaba nerviosa le salía una fea faceta que utilizaba uno o dos tacos e insultos en cada frase que pronunciaba. Era algo que su madre había intentado quitarle, una manía muy molesta, decía, pero a ella le gustaba. Le ayudaba a sentirse fuerte en momentos de debilidad.
- El fantasma del campanario, creía que era evidente. Oye, no serás ciega ¿no?- respondió una voz que parecía venir de todos los lugares y de ninguno al tiempo. El rostro del anciano cambió su expresión y alargó una mano hacia ella, como incitándola a levantase. Ella sin embargo, y desaparecido ya el efecto de la adrenalina en su sangre, prefirió quedarse donde estaba.
No es que fuese una desagradecida, pero tenía la asentada costumbre de no fiarse de cosas que no debían existir, entre las que incluía a los fantasmas de campanario. Su reciente encuentro con su aspirante a violador, que ahora debía estar intentando explicarle al diablo lo que iba a hacer con el cuchillo, no había contribuido a calmar su desconfianza hacia ese tipo de cosas sobrenaturales.
- ¿Qué me vas a hacer? Te aseguro que sé donde encontrar un exorcista.
- Señorita – volvió a responder la voz que salía del campanario, – antes de amenazar asegúrese de que va a hacerlo bien. Eso solo sirve contra los demonios, y la verdad, no me caen bien y no les dejo subir aquí. ¿Qué clase de gratitud es esa?
- Perdone – se disculpó – estoy bastante nerviosa, no por usted, sino por él – dijo señalando el hueco por el que había caído el hombre.
- Ah, vaya. No se preocupe, no volverá a molestarla, se lo puedo asegurar. Le he visto marcharse.
Durante unos segundos, los ojos traslúcidos del Fantasma del Campanario parecieron brillar un poco más, como si estuviesen llenos de lágrimas de la misma sustancia de la que estaba hecho él. Esto tuvo la virtud de intrigar a Julia, y a calmar un poco sus ánimos.
Se levantó en silencio, alisándose la falda y la blusa descompuestas, y tendió la mano hacia su salvador.
- Me llamo Julia y creo que no le he dado las gracias por salvarme la vida.
El fantasma se inclino suavemente, y besó su mano. Su tacto era…inexistente, por decirlo de alguna forma. Sí que pudo, sin embargo, sentir el frío que surgía de donde debían estar sus pulmones. Al parecer los que hacían las películas de fantasmas también habían tenido encuentros como este.
- Mi nombre es Claudio Temperus, monje guerrero de la Sagrada Orden de los caballeros hospitalarios.
- Templarios – dijo una vocecita dentro de la cabeza de Julia.
- Asesinado en este mismo lugar por mi hermano, – continuó su interlocutor – con la terrible daga de Astorus, y condenado a padecer la eternidad encerrado en estos muros.
Otra vez la expresión de sus ojos mostró dolor. Y una vez más, el verle expresar sentimientos que Julia podía catalogar como de humanos, contribuyó a calmarla.
- ¿Qué edad tienes? – otra vez esta imprudente curiosidad, parecía escuchar la voz de su madre. Algún día te va a causar problemas.
- Ochocientos cincuenta y tres años, – dijo la voz del campanario – ¿o te referías a qué edad morí?
Julia asintió.
- Tenía cincuenta cuando mi hermano me mató para quedarse con mis tierras y riquezas. La noche de mi cumpleaños.
>>OH, querida niña, borra esa expresión de pena de tu cara. No le hecho la culpa a él, es esa horrible daga que los enloquece a todos. ¿Las has visto ya? La tienen los monjes en el pequeño museo del ala noreste.
- ¿Y por qué te has quedado? – preguntó ella, intentando decir las cosas que había visto en las películas. Tal vez era cierto que quienes las guionizaron habían visto fantasmas y esas eran as preguntas acertadas.
- Como si lo hubiese elegido yo. – La voz del campanario pareció enfurecerse durante una fracción de segundo, pero enseguida volvió a su tono normal, indefinido como el del viento que se mete en un laberinto de callejas y que sopla desde todos lados a la vez.
>> En realidad me temo que ni el Cielo ni el Infierno tienen nada que ver con esto. Cualquiera de los dos me querría, unos, por mi virtud en vida, otros, por mi brazo armado que tanta gente asesinó en Tierra Santa.
- ¿Estuviste en las cruzadas?, debió ser una época dura. En la universidad, uno de mis profesores de Economía, Bernardo, me dijo que fue una auténtica lucha por el dominio del Mediterráneo con al excusa de la Guerra Santa.
El fantasma parecía un poco molesto por las continuas interrupciones, pero también parecía ansioso por hablar con alguien, así que su expresión se relajo de nuevo y contestó a su pregunta.
- Tal vez eso fuese así a nivel de reyes, obispos y sultanes. Pero en mi caso era simplemente la posibilidad de conseguir riquezas y obtener un territorio al regreso a casa. Algo que llamar hogar, en esta tierra en disputa por entonces.
El encanecido fantasma se acercó a la barandilla y abrió os brazos, abarcando el horizonte.
- Xatafi iba a ser mi tierra, cuando fuese limpiada de enemigos. Durante una de las celebraciones que coincidía con mi quincuagésimo cumpleaños, mi hermano decidió heredar lo que no se había atrevido a conquistar con sus brazos.
- Lo siento, vaya. – Dijo Julia intentando no ofender al fantasma. El viejo hombre debía haberlo pasado mal en vida, y la muerte tampoco lo había tratado muy bien. – ¿Qué le pasó a tu hermano? Supongo que te vengarías.
- ¿Cómo podía hacerlo? No creas que es fácil vengarse de alguien que habita en un castillo lejano cuando uno no puede abandonar el lugar de su muerte, y encima apenas puedes ni tocar nada sólido. Aunque le tuviese delante lo más que podría haber hecho era tocar la campana.
- ¿Eras tú el que la tocaba cada noche?
- ¿Cada noche? – bufó con ironía en anciano – eso decían los que le quitaron el badajo. ¡Cada noche! En realidad sólo sonaba una vez cada año, el aniversario de mi muerte. Diablos, era lo único que se me ocurría para que alguien recordase esa fecha y no caer en el olvido. He pasado tanto tiempo aquí que soy uno con estas piedras. La campana era mi propia voz.
- Y también te quitaron eso – respondió ella.
Julia se había sentado en el alfeizar del campanario. Más relajada y tranquila, empezaba disfrutar de la conversación. No en el sentido de divertirse, no. En realidad disfrutaba conociendo la historia de aquel hombre que en vida debió de ser singular, y en la muerte, había pasado a ser único.
- Sí, ya no me queda nada. Durante un tiempo otros fantasmas y espectros que podía moverse me visitaban y me contaban cómo le iban las cosas a mi hermano. Se casó con mi hija, treinta años menor que él. Por lo que sé la hizo terriblemente desgraciada. Se aprovechó de todas la riquezas que yo había traído del Este, construyó su castillo desde el que gobernó con mano de hierro. Al final, fue asesinado por alguien y sus herederos se pelearon. Alguno cayó incluso bajo la misma daga que yo, ironías del destino, supongo. Ese fue el fin de mi estirpe.
El campanario suspiró, y la campana se movió ligeramente como si hubiese sido azotada por el viento. Ningún sonido escapó de su enmudecida masa metálica.
- ¿Hay algo más triste que una magnífica campana incapaz de sonar? – cambió de tema el fantasma. Pero Julia no estaba interesada en las metáforas de la vida ni en ese tipo de cosas. No cuando un ser tan magnífico podía contarle tanto.
- ¿No escapó nadie?
- Durante algún tiempo albergué la esperanza de que mi bisnieta hubiese escapado a la lucha entre hermanos. Algunos árboles dijeron que la vieron partir hacia el norte, con lo poco que pudo coger tras escapar del intento de asesinato de su tío, mi nieto.
- ¿No se supo más de ella?
- Sí, dos noches más tarde apareció uno de los brazaletes que mi hija le había regalado, era su nieta preferida. Tan parecida a ella. Los lobos no debieron dejar más rastro de ella y de la sirvienta que un reguero de sangre y el brazalete. El herrero lo fundió y con él hizo el collar de plata que luce la Virgen del Cerro de los Ángeles cada año cuando baja a la ciudad en la procesión.
Las luces amarillas del patio iluminaban a los monjes y a las novicias que lo recorrían apresuradamente bajo los vientos del otoño acudiendo, sin duda a las últimas oraciones que debían conducirles al sueño, y a los sagrados paisajes vedados para almas menos castas.
Estuvieron hablando durante horas y más horas, tantas, que el albor del sol les sorprendió charlando como dos viejos amigos. Claudio había encontrado en Julia una persona a la que narrar sus aventuras, sus vivencias, su tragedia y su muerte. Ella, veía en él un compañero capaz de hacerla olvidar el miedo de la situación que les había obligado a conocerse. Pero también una persona buena, desesperada pero con una vida y una historia que dejaría helado al escritor con la imaginación más fogosa.
- Entonces, – completó Julia su frase – todos los asesinados por esa daga deben permanecer en la Tierra hasta que la Daga redima los males que ha causado. ¿Cómo puede un pedazo de metal, un objeto, redimir nada?
- Hay muchas cosas increíbles en este mundo, niña. Cosas que no creerías. Y este punto, el Cerro de los Ángeles, no sé porqué, parece reunir todas las energías especiales de los alrededores. A lo largo de la historia he sido testigo de poetas que componían canciones bajo mis muros, canciones que nunca serían escuchadas más que por los oídos de sus amadas. Canciones que harían llorar al mundo, de pena, amor o alegría.
Julia estaba cansada, sus ojos se entrecerraban, pero luchaba con fuerza para no perderse ni un detalle de todo lo que aconteciese en esta mágica noche.
- ¿Sabías que la Biblioteca está viva? Es increíble, no sé como, pero me cuenta historias. Las historias de los libros que habitan en ella. Me las trae el viento. Creo que le caigo bien. Además, aquí no estoy solo. Bajo estos muros, en las criptas que excavaron los romanos vive, por decirlo de alguna forma, Vitorio. No te recomiendo que le conozcas Julia, no es mal tipo, para los muertos. Pero no congenia muy bien con los vivos.
Claudio calló.
- A veces lo olvido – dijo. – Ya no me acuerdo de lo que es el cansancio. – Y se acercó a ella para contemplar una última vez su rostro.
Era preciosa. Su tez pálida y su pelo rubio formaban un conjunto que le confería una belleza especial.
- Eres una chica lista, una chica especial. Con suerte para ti, creerás que esto ha sido un sueño, y no volverás. Y aunque vuelvas, no sé si volveremos a hablar. Debes seguir tu vida.
Un ruido atrajo su atención hacia la iglesia. Los monjes habían descubierto el cuerpo y estaban haciendo mucho alboroto. Al parecer, docenas de ellos estaban alrededor del siniestro hombre que, al fin y al cabo, les había presentado.
Claudio se volvió hacia Julia, y se acercó para despedirse con un beso en la frente, quería volver a sentir su calidez. Algo que nunca le había pasado con ninguno de los otros seres vivos con los que había tenido la oportunidad de alternar.
Sin embargo, se detuvo al contemplar algo en lo que no se había fijado hasta ahora. La chaqueta de lana que Julia llevaba había cado sobre su hombro, dejando parte de su brazo al descubierto. Allí, pálido como su piel, un brazalete de plata adornaba sus músculos de gimnasio. En el centro del mismo, un escudo que representaba a un león enfrentado a una manada de lobos. Un escudo que Claudio conocía muy bien. Las lágrimas llenaron esta vez sí sus ojos cuando compendió.
Los monjes llegaron a la cima del campanario, y nada más ver la escena de una chica acurrucada en una esquina, completamente sola y abatida, llegaron a la conclusión de lo que había pasado con el hombre de abajo.
Julia despertó agotada, tras sólo unos minutos de sueño, con su mente totalmente confusa, por la experiencia, y por la noche.
Los buenos monjes la acompañaron hacia la puerta, para llevarla a un lugar más confortable, y Julia miró un instante hacia atrás. El campanario se quedaba vacío, y el sol salía por uno de sus lados, llenándolo de un color amarillo intenso. El viento se había calmado y la mañana de otoño era preciosa.
Ella, sonrió, y asintió cuando los sacerdotes le dijeron que bajase. Un último vistazo atrás volvió a sacar una sonrisa de sus labios.
Tras ella, la campana muda se mecía en una silenciosa y solemne despedida.
La Virgen de las Lágrimas
La Virgen de las Lágrimas
Maribel estaba desesperada.
Ya no sabía a quien acudir. En las últimas semanas su vida se había tornado en desesperación y todo lo bueno era ahora un recuerdo.
Su marido la había abandonado, los médicos le habían descubierto un problema de esterilidad y su familia le daba la espalda. En poco tiempo había perdido su trabajo, su familia…todo lo que amaba.
Había acudido al psicólogo, a sus amigas de la infancia, a echarse las cartas. Todo le había fallado.
Sin embargo, había encontrado alguien que la había escuchado, que veía más allá de su desesperación. Era una vidente, una gitana. Llevaba en la ciudad sólo unas semanas, había venido para el Rocío gitano que iba a tener lugar en el Cerro, y había instalado su caseta en una de las plazas de la ciudad.
Al principio ella temía acercarse a ella. Cuando pasaba a su lado camino del trabajo, la gitana se le quedaba mirando. Maribel apretaba su bolso contra su cuerpo y aceleraba el paso bajo el sol del verano.
Un día, intrigada más que asustada se le acercó, y la gitana le habló de lo que le estaba pasando como si la conociese de primera mano.
Esmeralda, que así decía llamarse ella, le echó las cartas. Vio que su vida estaba entrando en un círculo vicioso del que no lograría escapar sola. Le habló de su marido, de la chica de quince años con la que se había fugado, de su incapacidad de tener hijos.
Al final, las cartas hablaron y su futuro pintó tan negro como la tormenta que ahora se cernía sobre la iglesia del Cerro.
Estaba allí por consejo de la Gitana. Tu vida está perdida si un mensajero de Dios no intercede por ti. Alguien te ha echado un mal de ojo. Una compañera de trabajo. Le dijo.
La gitana dijo que su compañera era bruja, y que no podía quitárselo ella. Le dio aceite de romero y unas ramas de olivo para que pudiese combatirlo, pero le dijo que antes de que las ramas se secasen debía acudir a la Virgen de los Ángeles y rezarle una plegaria.
Tras terminar sus rezos, Maribel se levantó y se dirigió hacia la Virgen. La iglesia estaba bien iluminada, con infinidad de velas y cirios. Ella puso el que había traído a los pies de la Virgen, y se inclinó para besar el Manto.
- Virgen Santísima, – dijo con una voz casi inaudible – en tus manos está mi vida, y en tus manos dejo mi felicidad. Acudo a ti desesperada, a la espera de que oigas mis súplicas e intercedas por mí. Quiero que mi marido vuelva, que seamos felices como antes, que mi familia no me abandone y que termine este sufrimiento.
La Virgen estaba espléndida, acababan de subirla desde la Iglesia Grande de Getafe, donde pasaba dos semanas al año en las fiestas patronales de la ciudad. Llevaba puesta sus mejores joyas, sus mejores ropajes, antes de que los monjes y sacerdotes del Cerro la vistiesen con la ropa habitual y le quitasen el Manto de las Lágrimas.
El Manto de las Lágrimas era una túnica negra que la cubría durante las procesiones y que estaba engarzada con centenares de piedras de cristal.
Maribel depositó el cirio en el pedestal e hizo la señal de la cruz por última vez. Lanzó una última mirada hacia el rostro moreno de la Virgen y volvió sobre sus pasos para salir por la puerta.
A sus espaldas la iglesia quedó vacía, con el único ruido del sacristán que barría los suelos antes de cerrarla para el descanso nocturno.
El hombre, mayor, de unos cincuenta y muchos años, se paró delante de la Virgen, viendo marcharse a Maribel. Después, cuando ésta se hubo marchado se arrodilló ante ella y la contempló.
Por el rostro angelical de la imagen, una gota transparente resbalaba, mejilla abajo. Recorrió sus pómulos y su mandíbula, describiendo una curva hasta su barbilla. Permaneció allí unos sendos, la Lágrima de la Virgen. Y luego cayó sobre el manto.
Nada más tocarlo, la líquida gota comenzó a resbalar sobre él, solidificándose. Al final, recorriendo el manto de terciopelo negro y cayendo al suelo, una cuenca de cristal brilló bajo la luz del cirio que se apagaba a sus pies.
El sacristán dijo un último Ave María y se puso en pie. Recogió la cuenca de cristal de los pies de la Virgen de los Ángeles y la colocó en el manto. Junto a las demás.
- Gracias, Virgen de los Ángeles, por darle esperanza a esa pobre mujer.
Y tras decir esto, apagó las luces de la iglesia, dejando sólo las velas lanzando sobre el manto de la Virgen su luz, que era reflejada por una miríada de cuentas de cristal.
Sol y Luna
Sol y Luna
La pareja contrastaba con el sobrio paisaje invernal del Cerro.
El cielo había permanecido nublado todo el día, presagiando una noche oscura y tormentosa. El Sol no se había asomado en ningún momento para iluminar le bosque a los pies de ellos, y esa noche habría Luna Nueva.
Él era alto, fuerte, rubio, y en su manera de andar, lenta y pausada se podía contemplar un aplomo como era difícil encontrar en una persona de su edad. Aparentaba treinta y pocos, pero a su lado, la mujer parecía mucho más joven. No debía llegar a los veinte.
Ella era pequeña, morena de piel pálida como el armiño, y ojos grises. Sin embargo, a pesar de no tener una presencia tan imponente como su acompañante, cualquiera que la mirase sentía que su seguridad en si misma no era menor a la de él.
De hecho, durante un segundo sus miradas se cruzaron, la de él, brillante y luminosa, repleta e energía y luz, y la de ella, gris, serena y melancólica, reflejando el fuego de la mirada de él, como si fuese un millar de estrellas.
- ¿Qué tal está tu hijo? – preguntó el hombre con una voz ronca, segura. – Hace mucho que no le veo.
- Muy bien, Lorenzo. Está estudiando por las noches, no sale mucho de día, ha salido a su madre.
- Sí, por lo que sé es tan listo he inteligente como tú. ¿Qué edad tiene ya, Selena? Diecisiete.
- Dieciocho.
- Los humanos dirían que ya es mayor de edad, pero tú y yo sabemos que él ya nació mayor. Y sabio.
- Sí, es lo menos que podía regalarle, dado que ha crecido sin padre, y con su madre tan distante.
- ¿Cuándo se lo vas a decir? ¿Cuándo le vas a dar la oportunidad de que sepa quien es su madre?
- Adoptiva.
- Yo creo que no, tuviste tanto que ver en su concepción como su madre biológica.
Selena suspiró un poco melancólica, soñando despierta con aquella noche. El pinar del Cerro, donde la pareja gitana se había escapado en pleno Rocío, repleto de los sonidos del bosque, casi como si fuese un lugar mágico, iluminado por la luna llena, que lo contemplaba todo casi ansiosa.
El amor de ellos desbordando su piel, tocando las cortezas de los árboles, derramándose por el bosque, sobre la hierba, entre la neblina. Los gemidos de ella, triunfante, apagando los ruidos de los animales nocturnos, arrancados por las caricias que su amado le regalaba.
Y en el último momento, de plena felicidad y abandono, los ojos de ella encontrándose con el astro nocturno que la miraba directamente, reflejando en ellos y en su alma su luz blanca.
- Fuiste muy valiente, no sé ni cómo te dejaron hacerlo.
- Fue por este lugar – ella señaló en todas direcciones con sus brazos. – Aquí todo es posible, lo sabes tan bien como yo. Nada de lo que ocurra aquí ocurre realmente, y al tiempo nada es tan real como lo que aquí pase.
- Sí, este sitio es mágico. El día que se pierda será una lástima.
- No se perderá – respondió ella.
- Me temo que sí. Todo se pierde, todo se destruye. Ningún defensor podrá evitarlo, lo he visto pasar en innumerables ocasiones.
- Esto no. El Cerro y su Biblioteca no.
- Hasta nosotros desapareceremos, Selena. El Olvido no perdona a nadie, y la Muerte a todos nos alcanza.
- No creo que la Muerte tenga especial interés en destruir este lugar, más bien al contrario.
- Tal vez, pero créeme, llegado el momento, nadie podrá hacer nada. Ya sabes que el destino de cada uno nos lleva a donde nosotros digamos, y siempre, tarde o temprano, elegimos la muerte y el reposo.
- Ya se verá, Lorenzo. – Selena se caminó por la plaza en dirección opuesta a donde se encontraban en ese momento.
- Oye, ¿sigues jugando a ese jueguecito anual con los espíritus? – preguntó él cambiando de tema.
- Por supuesto.
- ¿Por qué entonces les torturas? Les ofreces la salvación, con esa roca negra en forma de huevo, les das la posibilidad de pasar al otro lado y al tiempo envías a tus siervos de la Noche Sin Luna para impedirles llegar.
- Los regalos hay que ganárselos, Lorenzo. No es una dádiva lo que les entrego, sino una posibilidad de lograr algo que anhelan. Además, yo no puedo saltarme las reglas del Destino.
- Es bonito verles recuperar la esperanza una vez al año. Además, les hace mejores el resto del tiempo.
Frente a ellos, una pequeña iglesia, menor que la principal pero con un campanario que destacaba sobre los tejados del convento.
- ¿Por qué querías verme? – preguntó ella – no creo que sea para preguntarme por mi hijo, ni para hablarme de la muerte y la eternidad. Su sonrisa creció ensanchándose en su rostro.
- Tienes razón. Vengo a renovar mi propuesta. La que te hice hace tanto tiempo.
- Sabes mi respuesta, – le cortó ella.
- Sí, pero sigo sin entenderla.
- ¿Cuánto hace que nos conocemos, Lorenzo?
- Mucho, tanto que a veces ni lo recuerdo – dijo él pensativo.
- ¿Y todavía no sabes que mi destino es estar sola para toda la eternidad? Ya me arriesgué una vez a luchar contra mi destino, y me salió bien, tanto, que no quiero tentar a la suerte.
- Los dos juntos podríamos luchar contra todo, Selena. Nada impediría nuestro amor.
- Habla como un hombre joven, a pesar de tu edad. ¿Sabes cuántas veces he escuchado esas palabras pronunciadas en mi nombre? ¿Sabes cuántos hombres me han jurado fidelidad si les concedía sus deseos? ¿Sabes cuantos corazones se han partido cuando han comprendido lo imposible de su amor?
- Esos hombres eran distintos a mí. Mi voluntad es de hierro, mi fuerza interior supera todo lo que hayas visto, puedo conseguir todo lo que me proponga.
- Lorenzo – ella apoyó su mano cariñosamente sobre su mejilla, y su tacto frío se mezcló con la calidez que emanaba la piel de él. – Eres muy especial, pero ni tú ni yo podemos hacer nada contra lo que nos separa. Ni siquiera en este lugar mágico de olvido y esperanza.
- Me niego a creerlo, Selena.
- Pues así es, me temo. No podemos hacer nada, salvo esperar a que cambien las tornas de nuestras vidas, y que nuestros caminos no estén destinados a ser opuestos.
Lorenzo se quedó pensativo durante unos segundos. Meditó durante un buen rato, mientras que Selena le contemplaba en silencio, y el viento arreciaba sobre ellos.
- ¿Por qué todo es tan difícil? – rompió la voz masculina al fin.
- Esa pregunta también la he escuchado muchas veces. La gente se pregunta, porqué soy infeliz, porqué no puedo hacer lo que quiero, porqué.
- ¿Y que respuesta encuentran?
- Algunos logran romper el círculo, otros eligen, como has dicho, el olvido, los más rehacen sus heridas y buscan una nueva meta, con el tiempo, y nuevas promesas que cumplir o incumplir.
- Yo nunca incumpliría una promesa que te diese, – le dijo él. – Aunque acarrease mi fin.
- Lo sé, Lorenzo – de nuevo ella sonreía, pero esta vez de sus labios rosas expresaban melancolía y resignación. – Por eso mismo es imposible que nos arriesguemos a amarnos abiertamente. Demasiados dependen de nosotros, de nuestros actos.
- ¿Y debo sacrificar mi felicidad y mis esperanzas por ellos?
- Es el papel que nos ha tocado en esta vida. No podemos elegir el papel que tenemos.
- ¿Tu Biblioteca sí y nosotros no?
- Sí, ella es distinta asintió Selena.
- ¿Y el resto de los hombres? ¿Es justo que con tanta responsabilidad sobre nuestros hombros sean ellos los que disfruten?
- Sí, es justo. Porque es nuestro papel, como el suyo es hacer su vida.
- Como siempre, tienes razón, – se rindió Lorenzo. Ella podía ser muy persuasiva cuando quería. De hecho, desde que recordaba él no la había conseguido convencer de nada nunca. Más bien era él quien terminaba por adoptar su postura en los temas de los que hablaban las escasas veces que se veían.
Ambos se miraron. Los dos sabían lo que significaban el uno para el otro, que atesoraban esos encuentros, a la espera de que se repitiese en el futuro. Condenados a verse sólo de lejos, separados por sus diferentes estatus.
Lorenzo miró alrededor.
- Tenías razón – dijo, rompiendo de nuevo el silencio. Con Selena, le costaba mantenerse callado, y era la única mujer con la que perdía su aplomo – este lugar es especial.
- Sí, cuando nos dejen nuestras responsabilidades tendremos que volver aquí.
- De acuerdo, esperemos que esté aquí cuando volvamos – dijo él con una mirada de preocupación en el rostro.
- ¿Tú también lo has sentido? – era más una afirmación que una pregunta.
- Nada más llegar. Pronto, él estará aquí. Y eso podría suponer el fin de este lugar, y de toda su magia.
- Esperemos que no – terminó ella – el tiempo lo dirá. Tengo que marcharme.
- Yo también.
- Pues hasta otra, Sol.
- Hasta siempre, Luna.
Y dicho esto, se separaron volviendo a los cielos y dejando atrás sus tristezas, para que los árboles las meciesen entre sus ramas y se mezclasen con los sueños de los hombres.

Vitorio
Vitorio
La alcantarilla olía como nada que hubiese olido antes Marcos, mezclando su aroma con el olor de los pinos y las barbacoas que en ese momento estaban teniendo lugar cerca de allí.
Depositó la tapa en el suelo con delicadeza, intentando no hacer ningún ruido, aunque con todo el jaleo que estaba montando la gente que había acudido a las fiestas locales, no creía que nadie de los alrededores prestase atención.
Lo que le preocupaba era que alguien de dentro pudiese escucharle. Por ese motivo había elegido ese día para entrar. Las fiestas del Rocío del Cerro de los Ángeles habían empezado a las doce de la mañana, y continuarían todo el día y toda la noche, formando tal escándalo que cubriría su entrada en las catacumbas.
Marcos echó un último vistazo sobre su hombro al coche que había dejado aparcado entre los matorrales, cubierto con la lona de camuflaje. Después, se arrastró al interior, hacia la oscuridad.
A pesar de su enorme tamaño y de la bolsa de lona que llevaba con él, se deslizó ágilmente sobre la tierra seca que cubría el suelo de la alcantarilla. El olor debía provenir de más al fondo, seguramente de alguna de las pocas cañerías que descendían del monasterio y que todavía estaban en uso.
Minutos después había llegado a su objetivo. Tal y como le había dicho su confidente, tras unos pocos cientos de metros adentrándose en la roca había llegado a una pequeña caverna cuyas paredes parecían haber sido hacía tiempo ladrillos de adobe y arcilla.
De esa sala surgían varios pasadizos también recubiertos con los restos de ladrillos antiguos, ramificándose hacia todas partes, excavando y horadando en la roca.
- El de la derecha que desciendo hacia abajo – le había dicho su confidente, un hombrecillo pequeño que trabajaba n la biblioteca de la Universidad.
No había mucha luz en las catacumbas de origen romano, pero los tubos de neón que llevaba con él proyectaban la suficiente como para que no se perdiese, pero él intentaba mitigarlo para no delatarse demasiado pronto.
Su enemigo, la persona que venía a buscar era demasiado peligroso como para darle la más mínima oportunidad. Ya se había enfrentado antes a tipos como ese, y la verdad, lo había pasado lo suficientemente mal como para no querer correr el más mínimo riesgo en esto.
Su vida y algo más estaban en juego.
Al doblar el recodo toda la luz azulada se difuminó en el ambiente, siendo sustituida por un leve resplandor amarillo. Era como si la luz que llevaba no era lo suficientemente fuerte como para abarcar por completo la totalidad de la cueva a la que acababa de llegar, y por extraño que pudiese parecer, alguien hubiese instalado una pequeña red de iluminación eléctrica. Arcaica, sí, pero bastaba para abarcar toda la gruta.
Era grande, tanto, que Marcos se preguntó cómo no se derrumbaba todo el puñetero cerro sobre si mismo con ese agujero en sus entrañas. En el interior de la gruta, nos diez metros debajo del saliente por el que había surgido, alguien había erigido una construcción de un estilo que Marcos reconoció como romano.
Dos plantas, cuadrada, con un patio interior repleto de columnas y estatuas. No había plantas, lo cual dada la ausencia de luz era lógico. Debía de tener unos dos mil años de antigüedad, y en sus tiempos tal vez fuese la excentricidad de algún noble romano, o tal vez hubiese sido edificada por mandato de su objetivo.
Sin decir nada, Marcos emprendió el descenso de la caverna. En completo silencio, echó mano del contenido de la bolsa de lona, y se aprestó para bajar.
No fue fácil, cargado como iba y a pesar de la luz, pero en poco tiempo estaba en una de las puertas laterales de la casa. Echó un rápido vistazo en su interior, y cuando comprobó que su camino estaba completamente despejado corrió hacia dentro del atrio rectangular.
Las estatuas del patio le observaban mudas, calladas, pero dando la completa impresión de que eran seres vivos, conscientes de todo lo que pasaba a su alrededor. Eran representaciones de dioses y diosas romanos, de héroes y monstruos por igual. Surgían aquí y allí, en un gran número, sustituyendo sin duda las plantas que nunca lograrían brotar en aquel lugar maldito.
El jardín de piedra dejó paso a un paseo que lo rodeaba, y este a una serie de habitaciones. Todas ellas abandonadas, lo cual probaba que estaba muy cerca de su objetivo.
- El último de los habitáculos, cerca de la pared sur de la casa, ahí es donde vive Vitorio – con estas palabras había terminado la confesión del librero que le había conducido hasta allí.
Con mucho cuidado decorrió la tela que servía de puerta y un estrecho y oscuro pasillo en el que no había ninguna bombilla ni antorcha le mostró una puerta de madera de fuerte roble.
Rápidamente, Marcos entreabrió la puerta y se coló en el interior de la habitación. No había ningún mueble en ella, sólo un solitario y enorme sarcófago reposando en el centro de la habitación. Iluminado por la luz que se colaba desde fuera a través de la ventana enrejada.
Las rejas proyectaban sobre el ataúd de piedra la imagen de una cruz, lo cual preocupó seriamente a Marcos. Fuera, ahora serían las siete de la tarde, y el sol todavía brillaba, pero no sabía su en este lugar impío su influjo tendría la fuerza suficiente como para impedir que la criatura se despertase ante su llegada.
Marcos agarró la estaca y la ametralladora y se acercó al ataúd. Después de colocar parte del contenido de la lona de forma mecánica y precisa se dispuso a esperar. No podía hacer nada más que aguardar entre las sombras a que la criatura se despertase, hambrienta y débil, moviese la pesada tapa de roca del sarcófago y en ese momento detonar las minas incendiarias que acababa de colocar entorno a él y vomitarle todas las balas trazadoras que llevaba el cargador.
Las balas trazadoras delatarían su posición, pero la bestia le vería en la oscuridad tan claramente como a plena luz del día, así que eso no era una ventaja.
Si lograba herirle lo suficiente y dejarle incapacitado podría terminar con él con la estaca, si no, tendría que inmolarse y detonar la mochila, derrumbando todo el edificio, y dios no quisiese que la gruta sobre su cabeza.
Antes de que pudiese terminar de pensar en ello, una voz le sobresaltó.
- No está mal toda la parafernalia que has montado aquí, pero la verdad, es que hace muchos años que no duermo ahí. De hecho, hace muchos años que no duermo.
Sobresaltado, Marcos intentó girarse y abrir fuego sobre la delgada figura que le contemplaba divertida. No le dio tiempo, de un manotazo le arrebató el arma y la estaca, y todo lo que pudo hace fue contemplar como se acercaba a toda velocidad una boca repleta de afilados dientes.
***
Un olor dulzón le reanimó, y poco a poco la oscuridad fue dejando paso a una tenue luz.
Marcos levantó la cabeza, la tenía gacha, apoyada sobre el pecho, y mientras había estado inconsciente alguien le había llevado hasta una biblioteca de aspecto arcano y le había sentado en una silla.
- Menos mal que despiertas ya, mi joven amigo. Por lo que he podido averiguar de tus pesadillas debes de ser uno de esos cazadores de vampiros que tan de monda se han puesto entre mi especie.
- ¿Por qué no me has matado? – preguntó Mario mientras su cabeza se centraba en analizar su situación. No estaba atado ni drogado, pero todavía le dolían los músculos. Aquella criatura le había dado una buena paliza. Tomó nota mental de ello mientras se centraba en la enjuta forma del hombre.
Iba vestido con una elaborada túnica romana, y su edad aparente debía estar entorno a los cincuenta años.
Estaba de pie, cerca de una estantería repleta de volúmenes al otro lado de la mesa en cuya cabecera esta sentado Marcos. Ojeaba un libro de tapas doradas que colocó en su sitio cuidadosamente.
- Antes las presentaciones – dijo. – Me llamo Vitorio, aunque no sé si ya conocerás mi nombre. Por lo que veo, has realizado una buena labor de investigación. Y tú eres marcos.
>> En cuanto a porqué no te he matado, no tengo costumbre de matar a mis invitados. Especialmente a los que son tan interesantes.
- ¿Quién eres? Hasta ahora no me había encontrado a ninguno de tu clase que presentase la más mínima emoción que yo pudiese catalogar como humana. Excepto quizás el ansia asesina. – Poco a poco Marcos conseguía despejar sus sentidos y su cabeza.
- Lamentablemente tienes razón, querido. Los jóvenes de ahora son tan burdos y absurdos como ninguna de nuestras generaciones lo ha sido hasta ahora. Creo que la culpa es de la televisión. Les ha metido cosas raras en la cabeza, somos una raza de depredadores, los amos de los hombres y esas cosas tan raras. Por suerte para ti yo nunca veo la tele.
Una sonrisa se asomó a los arrugados labios del hombre, y mientras se acercaba, Marcos pudo ver que se movía con cierta dificultad, cojeando de la pierna izquierda, como si le hubiesen herido antes de convertirse en la cosa que ahora era.
>> Respondiendo a tu primera pregunta, mi nombre es Vitorio. Vitorio Adriano, cónsul de la Antigua y esplendorosa Roma, hijo secreto de Cayo Julio César.
- Perdona si no me sorprendo. Me cuesta expresar admiración por una criatura bebedora de sangre que sólo Dios sabe cuántos seres humanos ha matado.
- Menos de los que se lo merecen, te lo puedo asegurar. La prueba viviente de que no soy un asesino eres tú. No niego que, como el resto de mi “especie”, necesito alimentarme de la sangre de quienes fueron antes mis semejantes, y que aunque lo hemos probado todo, sólo vuestro cálido icor consigue aplacar nuestra ansia.
Ahora el vampiro estaba tan cerca que casi podía sentir el olor de su piel. Olía a pergaminos viejos, a absenta y a vino.
- Créeme si te digo que beber un poco de sangre es un precio demasiado pobre para evitar el monstruo que se desencadenaría de no hacerlo regularmente. Pero si lo que te pesa en la conciencia son las posibles víctimas futuras que este viejo pueda causar no temas, hace ya muchos siglos que no mato a nadie.
Marcos no pudo evitar que una expresión de desconcierto asomase en su rostro.
- Ahora sólo me alimento de voluntarios que quieren acceder a mis bastos recursos literarios. Ellos me donan un poco de sangre a cambio de poder ojear el manuscrito de algún escritor antiguo, o a veces, los más mundanos, a cambio de oro y riquezas.
>> De hecho, sospecho que tu presencia en este lugar se debe a que uno de ellos, quizás Alberto, me ha traicionado. ¿Sabes que me negué a regalarle un ejemplar autografiado de La Celestina? Sin duda un hombre culto como tú sabe lo que significaría ese descubrimiento para la comunidad académica. También me imagino que quería volver una vez yo estuviese muerto y saquear mi amada biblioteca. Pobre iluso, no sabe lo que le esperaría si yo no estuviese aquí para protegerle. El castigo irá en proporción a su osadía, lo lamento, pero con eso no puedo hacer excepciones.
- Diablos, jamás me había encontrado con ningún vampiro que hablase tanto como tú. Normalmente todo se reduce a gritos, disparos, siseos y algún gemido sorprendido cuando le clavo la puta estaca en el jodido corazón.
- Qué lenguaje utilizáis los jóvenes de ahora – le recriminó Vitorio – en mis tiempos, si alguien hubiese hablado así delante de su anfitrión, le hubiesen repudiado en todas las fiestas. Es la segunda vez que me comparas con los niñatos que campan por le mundo intentando comportarse como creen que debe hacerlo un vampiro. ¿Qué te hace pensar que soy como ellos?
- Todos bebéis y matáis seres humanos.
- Sí a la primera parte, sin duda, ya te lo he dicho. Pero matar. En mi caso no más que lo que pueda matar cualquier otro ser humano en mis circunstancias, sólo en autodefensa.
- Pero has matado.
- Sí, demonios, y tu especie. ¡Qué cabezota eres! Tienes tantos prejuicios que me estoy arrepintiendo de no haberte matado.
Ese repentino ataque de ira le recordó a Marcos donde estaba, y en qué situación. Era muy fácil olvidarlo con aquella criatura educada y de actitud amistosa.
- He matado como lo ha hecho tu especie durante los últimos cinco mil años, o incluso antes. Sin embargo, no sigo vivo por ser un carnicero, esos no duran mucho, se encuentran con gente como tú.
Marcos no dijo nada, sólo le miraba con suspicacia, sopesando cada palabra, desconfiando de cada gesto como lo haría un ratón ante un gato que le mirase fijamente.
- Por suerte para mí, y para muchos hombres y mujeres, hace mil años descubrí algo que cambió completamente mi vida. Los libros.
- Llegué a este lugar en el año 1080 d. C. bajo dominio morisco, justo cuando se comenzaba a disputar el territorio por parte del Rey Alfonso VI. Me asenté en estas catacumbas que mi pueblo había erigido y edifiqué este palacete con los recursos de la gente que logré dominar antes de que se marchasen, o fuesen expulsados.
>> Esa decisión cambió mi vida. Cada día, cuando el resto de mi especie se marchaba a dormir, yo permanecía despierto, sin poder salir de mi sarcófago, sí, pero en vela. Algo que jamás se había visto entre los míos. Intrigado, comencé a explorar las catacumbas, en busca de la causa.
Vitorio se levantó y se dirigió hacia el extremo de la sala, cogió una copa de fino cristal y la llenó con agua. Acto seguido se cercó a él mientras seguía hablando y se la ofreció. Marcos la tomó, no sin dificultad, y bebió. Si hubiese querido matarle ya lo hubiese hecho.
- Después de semanas de indagaciones nocturnas descubrí la verdadera causa de mi inquietud. La Biblioteca era la fuente de la misma. Había sido reconstruida hacía un siglo por los árabes que habían colonizado la meseta, en el mismo sitio que había ocupado la biblioteca romana hacía un milenio, y donde un milenio después llegaría la actual Biblioteca.
A Marcos le sonaba todo extraño, incomprensible. No sabía qué tenía que ver eso con él, ni con la decisión del vampiro, pero no podía hacer otra cosa que escuchar y esperar.
- Verás, la población sobre la que está edificada la biblioteca es muy antigua, varias aldeas, entre ellas Alarnes y Perales fundaron el municipio de Getafe allá por el año 1326. Entonces ni siquiera se llamaba así. Pero la Biblioteca, la Biblioteca querido – enfatizó Vitorio – es mucho más antigua. No la han construido los romanos, ni los visigodos, ni los árabes. Ella lleva aquí mucho tiempo, impregnando este lugar con su esencia.
>> No sé como pero ella me ganó para su causa. En poco tiempo de exploraciones nocturnas consiguió que olvidase toda mi vida anterior. Las batallas políticas y militares, mi conversión en criatura de la noche, todo. Me abrió sus secretos.
- Hablas de ella como si fuese un ser vivo – preguntó Marcos.
- En cierta forma lo es, amigo mío. Uno muy antiguo, que lleva aquí mucho tiempo y con un objetivo.
- ¿Qué objetivo?
- Eso no lo sé, nadie lo sabe. La Biblioteca es enigmática, mágica. Puede ser que sea mantener viva la cultura del mundo, o la magia, o los sueños. El caso es que tras ojear todos sus secretos, poco a poco me fui introduciendo en sus misterios. Como el amante que paso a paso va descubriendo la personalidad, los secretos, la vida interior de su amada.
- Creo que estás loco.
- No, al contrario, querido. Ahora es cuando estoy verdaderamente cuerdo. Llevo mil años leyendo, velando por los libros que se guardan aquí, y en la biblioteca de arriba. ¿Sabes que cuando Alfonso VI conquistó este lugar le prendió fuego? Apenas me dio tiempo a sacar los libros más valiosos, los imprescindibles, pero la Biblioteca sobrevivió, como lo hizo antes, y volvió a resurgir. Casi pierdo la vida, pero valió la pena.
- Conozco la leyenda del Fénix, por si me la ibas a citar.
- No soy tan vulgar, amigo mío, pero gracias por ahorrarme el tiempo. Te decía, que en estos mil años he estudiado la Biblioteca y los alrededores, el Cerro de los Ángeles está impregnado de magia y sueños. Es increíble la de cosas extrañas que ocurrían aquí, en un solo lugar.
- ¿Y eso que tiene que ver contigo?
- Pues ni más ni menos que eso. No mato porque he encontrado algo que le da un sentido a mi vida, defender el Cerro de los Ángeles y la Biblioteca. No como un guerrero, que si llegase el caso lo haría, sino como un bibliotecario, un guardián arcano.
- No está mal, desde luego, yo y mi orden lo preferimos a que seas un asesino de gente, pero comprenderás que no me fíe de ti completamente.
- Por su puesto, pero si me lo permites, te enseñaré lo que he visto aquí, te aseguro que me creerás. Si me prometes que no vas a hacer ninguna tontería te liberaré para que puedas moverte con un poco más de facilidad. Ah, sabré si mientes, y no me gusta que me mientan.
- Lo prometo – aseguró Marcos.
Nada más pronunciar estas palabras, Marcos sintió cómo la debilidad que hasta entonces había atenazado sus músculos desaparecía en gran parte. Se levantó y siguió a Vitorio que salía por la puerta sin decir nada.
Cuando le alcanzó el Vampiro continuó hablando, como un viejo maestro que impartía una lección a un joven y torpe aprendiz.
- Como te decía, el Cerro de los Ángeles es muy antiguo, de hecho, bajo estas catacumbas obra de mi pueblo, hay cuevas y cavernas, un auténtico laberinto de ellas, que conducen a más grutas y más misterios. No he podido catalogarlas todas, en parte porque creo que alguna fuerza extraña cambia el paisaje. O tal vez éste cambie por si sólo, en función de quien y cuando lo visites.
- ¿Me estás diciendo que las cavernas cambian de sitio?
- Sí, tal vez, o de sitio o de función, o de forma. Para entenderlo tienes que dejar e pensar en este sitio como en un monte normal. La función de este lugar es existir, por el mero hecho de hacerlo. Y existir mágicamente. Nada del estilo de esos libros en los que hay magos con bolas de fuego y dragones, aunque entre tú y yo, creo que en algún sitio vive alguno dormitando.
- ¿Entonces que es este lugar?
- Pues precisamente no eso, no es un lugar. Es tal vez un cuándo, o un qué, o un porqué, pero no algo físico. Los pasadizos por los que vamos caminando no existen realmente en el mundo físico. Bajo mis catacumbas sólo hay una enorme caverna en la que no he podido entrar, y en la que me temo que habita un gran mal, pero esa es otra historia.
- Mi trabajo es exterminar el mal.
- Yo que tú me mantendría alejado de allí. Céntrate en esto. Hemos pasado, caminando, desde el mundo físico al mundo de la inspiración, querido.
- ¿Qué?
- Pues eso, ya no estamos caminando, o tal vez sí, pero no me extrañaría descubrir que nuestros cuerpos están ante la oscura boca de una gruta, parados e inmóviles a la espera de que nuestras mentes regresen. O tal vez de verdad nuestros cuerpos se introduzcan en los sueños y las pesadillas de la gente de los alrededores. Nunca he podido confirmarlo.
El pasadizo había cambiado. De una larga galería de cuevas y cavernas se había convertido en un corredor claramente excavado por una mano desconocida, a cuyo lado había varias puertas de diferentes tipos.
- ¿Estamos en los sueños de alguien?
- No, estamos en el laberinto de sueños, esperanzas, inspiraciones y pesadillas de la gente que vive en los pueblos y ciudades de los alrededores. Este lugar es el sitio donde nacen y mueren los sueños. No sé si la Biblioteca lo ha creado, o él a la Biblioteca, pero no me importa. Yo sólo observo, miro y callo.
-¿Y qué hay en estas habitaciones?
Como si hubiesen escuchado su pregunta, las dos puertas más cercanas se abrieron, mostrando su interior a los dos visitantes.
Una de ellas era de acero forjado, lo que antes era una puerta opaca, ahora era una verja entre abierta. En el otro lado, dos niños corrían de un lado a otro, jugando con una pelota. Uno de ellos se calló, y cuando su compañero fue a acercarse, cambió. Lo que había sido un inocente niño era ahora un terrible gato negro del tamaño de un pastor alemán. El otro niño salió corriendo. A medida que pasaba, gimoteando, el paisaje iba cambiando, los árboles se volvían oscuros, casi vivientes, y extraños artefactos surgían aquí y allí con formas irreconocibles para todo el mundo, excepto tal vez, para el torturado infante.
Mientras tanto, el gato caminaba tras él, lentamente, sabiendo que con toda seguridad, le alcanzaría.
Marcos se volvió hacia Vitorio, quien se encogió de hombros y se giró a su vez hacia la otra puerta.
En ella una mujer esperaba tumbada al borde de una cama. Era rubia de ojos verdes, y miraba hacia las sombras. De ellas surgieron dos hombres, uno delgado, flaco casi, de pelo negro, y el otro rubio y musculoso. Ambos se acercaron a ella y empezaron a besarla y acariciarla.
Antes de que nadie pudiese decir nada, un crujido de cristales proveniente de una ventana que segundos antes no estaba allí les alarmó. En el alfeizar, agazapada como una depredadora, una mujer de pelo y ojos negros esperaba con su silueta recortada por la luna llena.
Siseando, la mujer se abalanzó sobre los tres, y bebió la sangre de los dos hombres ante la verde mirada de pavor de la mujer.
Después, justo cuando la recién llegada se volvía hacia la mujer con las fauces teñidas de rojo, todo se volvió negro. Sólo quedó en la habitación los ecos de un jadeo lejano, que anunciaba el despertar.
- Este sueño se acabó, curioso. La Biblioteca actúa de formas extrañas, Marcos. Creo que sabe porqué te he llamado, sí, no me mires así, lo he hecho.
Marcos estaba todavía demasiado impresionado como para darse cuenta de que estaban volviendo por donde volvían, cuando se dio cuenta, estaban de nuevo en la Biblioteca de Vitorio.
- Te decía, ahora que me prestas atención, que te he hecho venir sin que lo supieses porque la Biblioteca está de nuevo en peligro. Otro miembro de mi especie se ha asentado en los alrededores, y éste no es como yo. Ha matado ya, y mucho, y está empezando a poner en peligro todo lo sobrenatural que hay en la zona con sus imprudencias.
- Y quieres que le cace.
- Así es.
- Pero que te perdone a ti.
- Que me perdones no, que no intentes cazarme. No podrías aunque quisieses, y no me apetece matar a alguien intrigante e inteligente.
- ¿Y cómo sé que no vas a matar a nadie más en el futuro?
- Es que voy a matar, Marcos, eso dalo por hecho. Pero te prometo que sólo será en defensa propia y de la Biblioteca. Nunca por alimentarme ¿puedes decir tú lo mismo que yo?
- No, supongo que no. Muy bien, acepto, cazaré al otro y me marcharé de aquí. Sé que no tendré que volver a por ti.
- Y yo sé que no le contarás a nadie lo que has visto. Sabes que todo lo que hay aquí es necesario para que la gente sueñe y viva.
- Me marcharé, tengo mucho que hacer. No diré que ha sido un placer…
- En cambio, para mí sí que ha sido muy provechoso, y creo que aunque te cueste admitirlo, para ti también.
- No negaré que me has abierto los ojos en muchas cosas que creía a pies juntillas. Que me has demostrado que hay grises, y tonalidades entre el blanco y el negro, pero sigo pensando que tu estirpe es peligrosa y en su mayoría está compuesta de asesinos.
- Y yo no me molestaré en negarlo, como tampoco niego que tu raza es también peligrosa y loca. Deberías ver los sueños y los deseos que tienen, querido.
- Por suerte, eso te lo dejo a ti.
Tras decir esto, Marcos se levantó y recogió su bolsa de lona.
- Está todo, creo que lo vas a necesitar – dijo Vitorio.
Marcos sopesó distraídamente la bolsa. Efectivamente, estaba todo. Luego se encaminó hacia la puerta.
- Ah, una cosa más, amigo mío –le detuvo la voz del vampiro a sus espaldas. – Querría pedirte un favor. Si alguna vez puedes, me gustaría que volvieses. Y que me trajeses algún libro raro o extraño que te encuentres y que pertenezca a alguna de tus presas, pero ten cuidado, los libros son peligrosos.
Marcos frunció una ceja ante la petición. De nuevo, el anciano le desconcertaba.
- Una vez le hice una promesa a la Virgen de los Ángeles – mientras decía esto sacaba un collar de plata de debajo de su túnica.
Engarzado en él, una gema de cristal con aspecto de lágrima brillaba con la luz amarilla de las bombillas.
- Le prometí que me leería todos los libros del mundo. Y ella me dijo que si lo lograba, volvería a ser humano.
Vitorio estaba muy serio, casi emocionado, y Marcos sonrió comprensivo, con una media sonrisa que era más un asentimiento.
Mientras se marchaba, Vitorio susurró algo. Algo que Marcos no pudo escuchar.
***
Mientras Marcos escalaba la pared norte que le llevaría al exterior del Cerro, Vitorio se despidió con la mano.
- Después de todo, tengo toda la eternidad por delante para leerlos – dijo.
A continuación, se dio la vuelta y se dirigió hacia el interior de su casa. Atravesó el jardín de estatuas y entró en su biblioteca, una extensión más de la que se encontraba en lo alto del Cerro.
Sin decir nada, cogió un enorme volumen cuyas páginas estaban en blanco, y se encaminó hacia las catacumbas.
- Ven viejo amigo – se dirigió a las sombras que le rodeaban – vamos a seguir con nuestro trabajo.
Y así se adentró en la oscuridad, seguido, de cerca, por una sombra pensativa, un pensamiento de alguien que está ahora mismo leyendo un libro, y adentrándose en el Laberinto de los Sueños con él.
Siete Jinetes
Siete jinetes cabalgaban en la noche hacia el horizonte. Ni la oscuridad ni el frío les amedrentaban. Sus monturas estaban extenuadas, pero debían llegar a la vieja mina antes de que diesen las doce de la noche. Su patrón les había mandado allí para detener al supuesto fantasma que aterrorizaba a los contratados para trabajar en la mina.
El señor Corrait no consentía que nada ni nadie se opusiese a sus planes. Era uno de los hombres más ricos de la región. Ganado, pastos, minas de plata, herrerías, madera. Ponía sus manos en todo.
Ahora había comprado las escrituras de propiedad de una mina de oro en la montaña del indio rojo, al Norte del Estado. Durante semanas diversos grupos de personas habían corrido la misma suerte, abandonaban su puesto en el campamento a los pies de la montaña sin haber empezado a instalar las vigas de sujeción.
Todos los que los hombres de Corrait habían encontrado hablaban de un fantasma que se aparecía a las doce de la noche y expulsaba a los mineros del lugar. Nadie podía resistir el terror sobrenatural que inspiraba.
Por eso les había mandado a ellos. Hacía años que trabajaban para él. Eran los hombres sin escrúpulos más duros de la región. El desde el primer trabajito que hicieron para él no les habían faltado trabajos y encargos de diversa índole. Extorsión, palizas y algún que otro asesinato. Nada como el primero, pero sí lucrativos.
Los coyotes aullaban con su sonido característico en la lejanía. Y la luna llena daba al paisaje nocturno una apariencia fantasmal. La silueta de la montaña se recortaba a lo lejos, a varias millas de distancia. Las nubes, iluminadas por la luna, coronaban la cumbre. Ellos no llegarían tan alto. La mina supuestamente encantada se encontraba a mitad de camino del pico más alto.
John Québec volvió a sumirse en sus pensamientos, al abrigo de su chaqueta de cuero forrada de piel de cordero. Volvió a recordar la juerga de la noche anterior, en casa de Angie. Angie ya no atendía a los clientes en persona, pero sus chicas tenían carnes prietas y buenos pechos. La juerga, pagada con un anticipo del trabajo de hoy, había sido de las que debían agradecer al señor Corrait.
El pensar en el viejo gordo le dio un escalofrío. Era una persona ambiciosa, pero a sobre todo, era malvado. Su andar bamboleante parecía provenir de toda la ambición que llevaba dentro. Sus pensamientos, como otras tantas veces, volaron a su primer encuentro. El traje negro y el chaleco beige a raya le llamaron la atención a John a primera vista. Pero su elegante apariencia escondía tras ella un ofrecimiento nada propio de alguien de su talla.
En sus tiempos jóvenes el señor Corrait recorrió el Río Bravo en busca de oro y traficando con armas. Violó y saqueó, pero también se enamoró de una nativa india con la que con el tiempo tuvo un hijo ilegítimo.
Ahora, tras mucho tiempo, el chico de quince años pretendía arruinar su reputación al exigirle que sacase a su madre de la reserva y les mantuviese.
Corrait fue al grano, quería que muriese, y de forma dolorosa. Ellos lo hicieron, todavía recuerda los gritos, las uñas arrancadas y los ojos quemados. La imagen de la tortura, que seguía unas instrucciones precisas de su patrón, para escarmentar a su antigua amante, le acompañaría siempre. Al final el chico murió de un balazo en el pecho sin que ninguno de ellos tuviese el valor de terminar las instrucciones que seguían.
Sus pensamientos volvieron a la realidad. Estaban al pie de la montaña y los caballos no podían subir. Continuarían a pie, a buen paso, pues sólo quedaban minutos para la media noche. El camino era escarpado, pero lo recorrieron deprisa. La maleza era espinosa, y alguien en algún momento, acuciado por los nervios, disparó a una serpiente de cascabel que les salió al paso. No temían que les oyesen, pues ningún indio, granjero o bandido podría oponerse a sus siete revólveres.
Pronto terminarían con quien quisiese arrebatar el negocio a Corrait, y estarían de regreso en casa para visitar a Lucy y las chicas en Casa de Angie.
La niebla cubrió el camino a esas alturas, y los sonidos parecían retumbar por el efecto de las montañas y el clima. En lo alto, la luna llena se veía como un halo fantasmal y blanco como la muerte. A lo lejos, a unos metros por encima de sus cabezas, la boca de la mina se abría negra y lúgubre. Dieron las doce de la noche.
A la mañana siguiente, ninguno de los caballos había sido recogido por sus dueños. Cansado de esperar Corrait fue en persona a ver que había pasado acompañado por el sheriff y diez de sus hombres.
A los pies de la montaña del Indio Rojo sólo encontraron a los caballos y John Québec, enloquecido y con todo el cuerpo cubierto de arañazos que no cicatrizaban. No dejaba de repetir una y otra vez, que un fantasma de niño, ciego y sin uñas, les había atacado. De sus compañeros no se encontró ningún cuerpo, y nadie se atrevió a bajar a la mina.
John, extenuado se derrumbó en el suelo, y Corrait dio un paso atrás aterrorizado. En las espaldas de John, escrito con un cuchillo, aparecían las siguientes palabras: Vendrás conmigo, Padre.
CHAKRON
(Xin Wong y Shuan-Yih soñaban)
Xin Wong y Shuan-Yih corrían seguidos de cerca de los sabuesos infernales. Estas bestias, que llegaron poco después de la llegada de los Ichar, eran enormes seres con forma de perros musculosos, de más de dos metros de largo, achatados y con cortas patas, pero de una ferocidad inigualable.
Ambos amantes habían abandonado los refugios de la periferia de Pekín para buscar algo de comida, pero durante el regreso, las bestias Ichar les habían olfateado y ahora corrían por sus vidas.
El sudor caía por la frente de Xin Wong, y su compañera corría tras él tropezándose con los escombros y resbalando en los cristales rotos de la desierta avenida. A lo lejos, podía oír los aullidos de los animales de caza, que más asemejaban gruñidos. No reconocía las calles, por lo que se detuvo y echó un vistazo a su alrededor, para orientarse.
En un segundo, Shuan Yih estaba a su lado, con los botes de comida y las bolsas en sus brazos. Shuan Yih le hacía sentirse orgulloso, no solo se jugaba la vida en estas salidas, buscando comida con la que alimentar a los niños del refugio, y a los sin mente, sino que no se quejaba ni demostraba temor. Ella corría en silencio, y sólo se oía su respiración entrecortada, casi jadeante.
La calle al completo estaba cubierta de coches destrozados, trozos de edificios y cristales rotos que cubrían el suelo como una alfombra. Los esclavos de los Ichar habían arrasado las abandonadas calles, buscando presas, y alimentándose de los cuerpos de los sin mente que no habían podido ser llevados a lugar seguro por sus familias.
A lo lejos, entre los colosales edificios del distrito centro, las calles silenciosas les llevarían hasta su refugio, dentro de un antiguo bunker de pruebas del ejército. Allí, les esperaban sus familias, amigos y compañeros, junto a otros cientos de familias más. Todos ellos tenían a su cuidado niños y ancianos, pero lo peor era el cuidado de los sin mente, como les llamaban los más jóvenes. Éstos, no eran otros que los desgraciados miembros de sus familias que habían corrido el más triste de los destinos a manos de los dioses. Habían perdido la mente en sus encuentros con…
- Chakron… – dijo Shuan Yih. Asustada.
Sorprendido, Xin Wong escuchó en silencio. Efectivamente los perros infernales se habían alejado de ellos, y sus aullidos se escuchaban lamentando el banquete que habían perdido. Eso sólo podía significar una cosa. Él estaba cerca.
Soltando los alimentos, se subió en un coche quemado, y pudo ver al más odiado de los demonios que su pueblo reverenciaba y temía, Chakron.
Lo primero que pudo observar, allí, lejos, a cientos de metros calle abajo, fue cómo las calles parecían cambiar como si una oleada de maldad infernal se estuviese extendiendo en su dirección. Los edificios primero, y tras ellos todos los objetos y las calles, estaban adquiriendo una tonalidad macilenta, ocre, como si todas las cosas estuviesen ardiendo por dentro con fuego y negrura.
En pocos minutos, en los que ninguno de los dos pudo dar un solo paso por el terror, la oleada de maldad llegó hasta ellos, extendiéndose como un cáncer, voraz y maligna. Todo alrededor de la pareja parecía haberse convertido en un reverso oscuro, en una copia maligna e infernal de la ciudad. Los edificios relucían ocres a la luz de las farolas que vomitaban una luz impía. El fuego parecía arder sin llama calle abajo, el cielo se había tornado también ocre, como si la contaminación reflejase la luz amarillenta e insana de la ciudad.
Xin Wong reaccionó, dando un tirón del brazo de Shuan Yih, pudo arrastrarla fuera de la calle, tras un muro abandonado en una antigua tienda devastada por la guerra. Las latas sonaron secas al caer al suelo, pero ellos pudieron buscar un refugio.
Ambos sabían lo que vendría después. Todo comenzó como un pequeño susurro, casi un aullido apagado que venía en la distancia. Poco a poco, el rumor se fue convirtiendo en un aullido espectral, y las infernales calles se vieron inundadas por lamentos y gemidos. Entonces los vieron. Ante ellos, caminando por las calles, pasando a través de las paredes de los edificios e incluso a través de los cuerpos de ambos, una legión de espíritus, que habían bautizado como la Corte Doliente, les rodeó sin verlos.
Miles, decenas de miles de figuras fantasmales llegaron gritando, gimiendo, y llorando por sus cuerpos perdidos, siguiendo la estela de la maldad infernal que les precedía. El viento comenzó a aullar en sus oídos, y los gemidos de los espíritus se unían a él en una cacofonía ensordecedora.
Las figuras fantasma, a través de la cuales Xin Wong podía ver, pasaron de largo, sin verlos. Había de todas las edades y condiciones, mendigos ancianos, jóvenes ejecutivos, niños que flotaban en el aire, envueltos en harapos, mujeres con vestido de novia que arrastraban los pies llevando una condena eterna, lamentando todos ellos la vida y la dicha que les habían sido arrebatadas.
Tan rápido como llegó la ola penitente, pasó. Los aullidos dejaron en un suspiro paso a un silencio sepulcral, y donde antes las calles estaban llenas de una luz infernal, u ocupadas por doquier por espíritus dolientes, ahora sólo se percibía una nada silenciosa. Tan silenciosa, que el vacío parecía zumbar n los oídos de ambos.
El suelo, el cielo, los edificios, todo, adquirió un tono gris ceniciento, como si un volcán hubiese estallado, llenando de cenizas toda la ciudad, y cubriendo todo con una capa color hueso gris.
Xin Wong miró a su amada a los ojos, y pudo ver su imagen casi en blanco y negro, como si el color no se atreviese a permanecer en presencia de Chakron, a medida que Éste se acercaba.
Ella, el tomó las manos, y él la abrazó, atrayéndola hacia su cuerpo, al tiempo que se apoyaba contra el muro que les protegía, pero que ambos sabían que no podría para lo inevitable. Una lágrima resbaló por el rostro de Shuan Yih, mientras besaba a su amado, y ocultaba la cabeza bajo el pecho de él.
Xin Wong, sin embargo, prefería ver al Ichar. Y so hizo.
Plantado en el centro de la calle, caminando a un palmo del suelo, como apoyado en un camino invisible, una figura solitaria caminaba calle arriba sin prestar atención a nada ni a nadie a su alrededor.
Chakron poseía un aspecto delgado y fibroso, su piel era completamente negra como la obsidiana, y sus ojos completamente azul oscuros sin pupila. Su cuerpo sólo poseía pelo en la larga barba, atada en apelmazadas trenzas, como los antiguos mongoles. Sus dientes, también negros y afilados, parecían sonreír con una sonrisa resignada, como un padre que ve a sus díscolos hijos equivocarse. La Muerte del Año Nuevo, bautizado así por el día de su llegada, ni siquiera les prestó atención, parecía muy triste y muy cansado, y continuó su camino.
La misma secuencia que habían contemplado antes se repitió en orden inverso. Primero, el gris hueso dio paso a los aullantes muertos que seguían al semidiós, y después el infierno volvió a encarnarse en la tierra para dejar, por último, paso a las silenciosas calles devastadas.
No fue hasta minutos después que Xin Wong pudo moverse. Asombrado de conservar su vida, o mejor dicho, su espíritu, se quedó perplejo. No podía ser mentira, Chakron robaba las almas de todos aquellos que permanecían en su presencia, lo había visto cientos de veces en las cámaras abandonadas. Allí donde Él pasaba, sólo quedaban los cuerpos inertes de los desgraciados que perdían sus almas, las cueles se unían al séquito del ser.
- Shuan Yih, despierta, tenemos que movernos- susurró a la chica que continuaba abrazada a él. – Vamos, pueden volver.
Sin embargo, ella no contestó. Temeros de mirar, Xin Wong le alzó la cabeza, y pudo ver como la piel de ella se había vuelto pálida, y sus ojos abiertos no reflejaban ningún síntoma de comprender las palabras de él.
¡Era cierto!, ella se ha marchado – fue lo primero que pensó. Sin embargo, un susurro no le permitió continuar. Levantó la cabeza para contemplar, allí a escasos metros de él, la figura transparente de su amada Shuan Yih, mirándole en silencio.
Con un leve ademán, ella se despidió de él, y partió tras la estela de su nuevo amo para unirse a la legión de espíritus. No sin antes echar un vistazo tras ella para contemplar las lágrimas de Xin Wong.
En los brazos del joven, el cuerpo sin mente de su amada seguía respirando, y sin poder perder un segundo en pensar en lo sucedido, ni porqué a él no le había sido arrebatada su alma, se echó el cuerpo de ella sobre los hombros y cogió un paquete de comida con su otro brazo.
Así, Xin Wong continuó en silencio el camino, un camino que dos amantes emprendieron, y por el que sólo un regresaba completo. Aunque con el corazón destrozado.
Corazón Espinado
La habitación era claustrofóbica, las paredes caían sobre si mismas como si fuesen carne y hueso. Eran de un color amarillento, macilento que en algunos lugares alcanzaba tintes rojizos.
No había ningún mueble en toda la siniestra sala. Pero no David no estaba solo. En el centro de la habitación, flotando en el aire, había un corazón. David se acercó, alargando la mano hacia él, sin embargo, retiró la mano cuando un súbito pinchazo le hizo gritar.
El corazón al completo estaba cubierto de espinas, espinas que antes no estaban ahí.
- No temas, yo te curaré – escuchó decir a una voz femenina a sus espaldas que no pudo reconocer. Sin embargo, al volverse, un rostro y un paisaje familiares le dieron la bienvenida.
Estaba en el patio del instituto, y quien así le hablaba era Carolina, la chica más atractiva de su clase. Sus ojos azules, su perfecto rostro ovalado y su corta melena rubia y rizada eran inconfundibles.
Ella se inclinó sobre él, cogiendo sus manos entre las suyas. Después, mirándole a los ojos, le dijo: “Te he querido siempre, siempre lo haré”
David sonrió, y cuando miró su mano, la herida había desaparecido.
Sin saber cómo se encontró corriendo por los pasillos del instituto, intentando buscar a sus amigos y profesores para contárselo.
Abrió todas las puertas, todos los despachos, hasta que llegó a su aula.
Traspasó la puerta sin abrirla, tal era su ímpetu, y a hacerlo vio a Carolina tumbada sobre la mesa del profesor y a su mejor amigo, Ricardo, encima de ella, desnudos y mirándole
Un súbito dolor se apoderó de su pecho, y al bajar de nuevo la vista vio que su camiseta estaba cubierta de sangre. Asustado y perplejo se la quitó, dejando su pecho al descubierto. De él, rasgando su piel pero pegado a ella, un corazón repleto de espinas ocupaba el lugar que donde hacía un segundo debía estar el suyo.
Las risas de la pareja le hicieron caer de rodillas mientras ellos volvían a hacer el amor sin preocuparse de su presencia, y todo comenzó a volverse a oscuras. Sólo un cuervo posado en la ventana rompió la negrura, con sus ojos brillando amarillos. En el pico llevaba un brazalete de oro.
Lago Salin
La vidente cantaba un cántico a la luz de la hoguera. El campamento al completo estaba cubierto por una niebla fría que hacía que todos los presentes, menos quienes se encontraban de guardia, se acercasen al fuego a calentarse.
La noche había caído sobre la caravana de improviso, como si se hubiese saltado el atardecer, y las montañas pronto se habían tornado oscuras y amenazadoras. Ahora, refugiados en el interior del círculo de carruajes, la veintena de viajeros escuchaban a la anciana contar las leyendas del pasado, y los hechos que habían transcurrido en ese lugar, mucho antes de que ninguno de ellos hubiese pisado la hierba.
- … esa luna, las aguas del Lago Salin se oscurecieron. Treinta días y treinta noche el agua estuvo completamente negra, y varias personas desaparecieron de las comarcas y de las aldeas de los alrededores – la vieja vidente aspiró un poco más de humo de su pipa tallada de roble, antes de
continuar con su relato, y paseó su mirada por cada uno de los presentes, en busca de cualquier emoción.
Los cielos se cubrían de bandadas de extraños pájaros, y ningún pez picó en toda esa maldita temporada. Los pescadores pasaron hambre, y las cosechas, días antes lustrosas y doradas, ennegrecieron como el trigo quemado.
- ¿Quién hizo eso, vieja Vali? – preguntó una niña de ojos azules.
- No se sabe, cariño, – respondió la anciana acercándose más al fuego. – Unos dicen que fue una bruja, otros que fueron los dioses, o los diablos, obedeciendo algún aquelarre impío. Pero tan misteriosamente como llegó, la Maldición Negra se marchó.
- ¿Y eso cuando fue, Vali? – preguntó uno de los hombres de la caravana.
- Hace cinco veces mil lunas. Cien años, más o menos. Y no se ha vuelto a saber nada de ese fenómeno.
- No asustes a los niños, – dijo un fornido hombre que entraba en el círculo alrededor del fuego – ni a los mayores – se burló mientras calentaba sus manos en las llamas. Iba vestido con una cota de malla y unos pantalones de cuero. Su cinto, sostenía una espada y todos le conocían como Armal, el
líder del grupo.
- Yo no les asusto, Armal, sólo les cuento lo que pasó en estas tierras hace cien años. Y tú deberías saber que yo nunca miento.
- No te enfades, vieja Vali. No sé si esa historia será cierta o no, pero acabo de revisar las guardias y no hay ningún peligro.
- Muchas veces, jovencito, los peligros vienen de donde no se les espera. Por eso son peligrosos. – sentenció la anciana, mientras le daba otra chupada a la pipa. El aroma del homo dulce se extendió por el campamento, mezclándose con la humedad del aire y con los olores de la sierra en invierno. Olor a frío, y oscuridad, olor a soledad.
Horas después, todo el campamento estaba durmiendo, sólo tres hombres permanecían de guardia, uno en cada extremo del campamento.
Armal se despertó al oír un murmullo lejano, traído por el viento y la niebla. La niebla, pensó, cubre todo el campamento. Arriba, la bruma ocultaba las estrellas del cielo, en esa noche de luna nueva, y sólo la lánguida llama iluminaba tenuemente el círculo de carros.
Nuevamente, Armal oyó ese sonido en la niebla, como si de una risa lejana se tratase. Una risa demente, que cada vez sentía más cerca. Armal se acercó a sus compañeros durmientes, sólo para comprobar que ninguno de ellos, ni los guardias estaban en su sitio. Rápidamente registró el campamento, que parecía haberse teñido de un color azul pardo, casi gris, como si todo en las montañas se hubiese vuelto fantasmal.
Las risas estaban cada vez más cerca, se oían cada vez más claras, más profundas dentro de su alma. Un escalofrío recorrió su espalda, erizando el vello de todo su cuerpo.
El viento, que no parecía poder dispersar la niebla, sí que agitaba las copas de los árboles, moviendo sus ramas sin hojas como espectrales manos esqueléticas que intentaban rodear todo el campamento.
El frío se hacía cada vez más intenso, calando hasta sus huesos, más allá de la cota de mayas, de sus ropas y las pieles con las que se abrigaba.
Por el fondo del camino, las risas se hacían más audibles, como si los dementes que las proferían estuviesen recorriendo el camino seguido por la caravana. Pronto, el murmullo creció, para convertirse en chillidos y gorjeos de alborozo, chirriantes voces hablaban unas con otras, burlándose de alguna cosa que Armal no podía alcanzar a oír. Nervioso, aterrorizado, aferró su arma y se acercó al fuego en el centro del campamento. La hoguera se estaban apagando, y ninguna llama ardía ya por más que Armal añadía
maderas y ramas a las ascuas agotadas.
De repente, se hizo el silencio. El bosque al completo calló, y las voces, las risas y el siniestro alborozo dejó paso a algo mucho más aterrador, el completo vacío de la nada.
Armal apenas se atrevía a levantar la vista de las llamas. Apretó más la empuñadura de su espada, hasta que los nudillos se le volvieron blancos, y lentamente alzó la cabeza para mirar alrededor.
Allí estaban. Sobre los carros, bajo las ruedas, entre los huecos vacíos dejados por los caballos desaparecidos, unas oscuras figuras, semejantes a mujeres de piel oscura, azul verdosa, y rasgos afilados como duendes malditos. Debía haber al menos un centenar, calladas, mirándole. Sonriendo
con unos dientes amarillos, afilados y con unos ojos profundos, que parecían verle desde todos los ángulos. Unos ojos completamente negros, sin pupila.
De repente, Armal oyó un ruido tras él, y se volvió aprestando su espada. A pocos metros de él, una anciana mujer, que debía tener más de cien años, cuya piel era de color negro, o azul parduzco, le miraba divertida. Él levantó su espada, pero ella, cubierta, al igual que el resto de sus compañeras, con harapos, no se asustó.
Lentamente, ella dejó caer sus ropas sobre el frío suelo. Armal pudo ver sus pies arrugados, cuyas uñas negras parecían aferrarse a la tierra, una piel y unos órganos femeninos, arrugados como no era posible en una mujer mortal. Su cuerpo esquelético, casi famélico, parecía llamarle, dispuesto a devorarle.
Sin saber cómo, Armal se encontró dando un primer paso hacia ella, arrojando al espada al suelo, y acercándose en silencio presa de un deseo que no era el suyo.
Segundos después, Armal estaba haciendo el amor con aquel espectro con forma de bruja, presa de una febril pasión, al tiempo que el asco le embargaba cada vez que besaba aquel cuerpo putrefacto.
Los aullidos de las compañeras de la mujer llenaron el cielo, como un rítmico aullido orgiástico que acompañaba los movimientos bruscos y salvajes de ambos. Armal sintió las unas de ella clavadas en su espalda, hasta que, sin poder evitarlo, la mujer consiguió de él lo que quería. Lentamente, se cubrió con sus harapos, dejando a Armal desnudo en el suelo.
A continuación, otro de los espectros se le acercó, y los aullidos volvieron a empezar cuando ella se subió sobre él, y sin que pudiese evitarlo, el negro ritual volvió a comenzar. La respiración de Armal apenas podía oírse, entre los gritos de júbilo que las infernales mujeres proferían cada vez que
una de ellas poseía el cuerpo y el alma del guerrero. Una tras otras, sosteniendo la vitalidad de éste con el diablo sabe qué magia negra, todas ellas se aparearon con Armal, el cual apenas podía sentir nada entre un arrebato de lujuria y otro.
A la mañana siguiente, cuando los miembros de la caravana acudieron a despertar a Armal, con el frescor de la mañana, pudieron ver que su cuerpo estaba totalmente desnudo, en el centro del campamento, cubierto de cicatrices y heridas profundas. Y que su mente no estaba en ese lugar, sino
que parecía encontrarse muy, muy lejos.
Ese día, el Lago Salin se volvió negro, y las nubes cubrieron durante un mes las montañas y los valles, las cosechas se secaron, como si toda la fertilidad de la tierra hubiese ido a parar a algún impío lugar. Cerca del infierno.
Puertas
Eva dio un paso al frente, las tablas de madera crujieron bajo el peso de su cuerpo.
Sin decir nada, detuvo su vacilante avance hasta que comprobó que el crujido no había atraído la atención de nadie. Tras ella, el bosque quedaba oculto por la niebla.
Apenas recordaba cómo había llegado allí, sólo algún ligero recuerdo de los árboles esqueléticos y moribundos, que a veces parecían tener rostro propio. Pero nada del camino, ni del porqué se encontraba frente a la enorme mansión abandonada.
Sólo sabía que tenía que entrar. Sentía un dolor en el pecho cada vez que se decía a si misma que debía alejarse de la entrada, y correr de nuevo hacia el bosque, perdiéndose en la niebla. Era como si, a pesar de no querer entrar en ella, la casa la llamase y la esperase.
Se sentía como el amante que no quiere llamar al objeto de su amor, y que espera que éste le llame. Pero la llamada nunca llega, y al final, más pronto que tarde, descuelga el teléfono para volver a escuchar su voz. A sabiendas de que ese gesto, ese simple gesto, que era el único que aliviaba el peso de su corazón, irritaría más a su pareja, y le alejaría de ella definitivamente.
Ahora estaba allí, lejos de cualquier sitio que conocía, y el tablón volvió a crujir llamando su atención. Santiguándose, tomó la decisión de avanzar hasta la puerta de madera y cristal. Lentamente levantó la mano acercándola al picaporte de la puerta. Por un segundo, una ráfaga de aire frío le recorrió el cuerpo, poniéndole los pelos de punta, y haciendo que un escalofrío recorriese toda su espina dorsal.
Arriba, la Luna llena apenas se veía a través de la capa de brumas. Su halo blanco iluminaba la niebla dándole a la negra casa de madera un aspecto fantasmal, y al cielo nocturno un aire sobrenatural.
Una luz mortecina proveniente del interior salía a través de la extraña cristalera grabada, cuya textura traslúcida no dejaba ver nada del interior de la mansión. Los ojos de Eva reflejaron un segundo la luz amarillenta, antes de bajar su atención hacia el picaporte que acababa de asir con sus blancas manos.
A pesar del frío de la noche, y de ir con un vestido negro sin mangas, Eva no tenía frío. Sólo la sensación de encontrarse, por primera vez en su vida, lejos del mundo de moda y lujo en el que trabajaba como modelo.
La puerta se abrió sin ruido, mientras el vaho que salía de sus labios pintados de carmín oscuro se diluía contra su pálida piel.
Entró en la sala de entrada, y notó que la textura de la luz había cambiado, el amarillo vacilante que surgía del interior cuando la puerta estaba cerrada había sido cambiado por un blanco similar al que refleja el polvo de siglos cuando la luz le atraviesa. Todo en la casa parecía ser muy antiguo. Los muebles, las paredes, el polvo asentado en el suelo y en todas partes.
Se dirigió directamente al salón desde la pequeña entrada, y el espectáculo la sobrecogió. Una enorme escalera central ascendía hasta el segundo piso. En su parte superior, un enorme ventanal se abría al cielo, y Eva pudo notar que la niebla se había despejado, y que la Luna aparecía en todo su esplendor iluminando toda la habitación de una luz blanca y serena. A ambos lados de la enorme cristalera, dos gárgolas erguidas se miraban una a otra, con los brazos alzados hacia el techo, sin llegara tocarlo.
Eva caminó hacia la puerta más cercana, e intentó abrirla. Sin embargo, debía estar cerrada por dentro, pues a pesar de que el tacto de la madera era suave, no puedo girar el pomo.
Frustrada por no entender lo que debía hacer, caminó hacia las escaleras, volviendo sobre sus pasos. Al principio no se dio cuenta, pero al cabo cayó en un hecho extraño. El camino por donde había venido estaba completamente virgen, sin huellas de su paso sobre el polvo.
Eva se giró mirando hacia atrás, y vio que las huellas que acababa de dejar con sus zapatos negros de tacón estaban ahí. Extrañada siguió caminando, hasta llegar al pie de la madera de roble que ascendía hasta el rellano del segundo piso, la cristalera, y las extrañas estatuas de cabeza de halcón.
Un gemido gélido la hizo paralizarse, y de nuevo, inquieta, se giró sobre sus pasos. Atemorizada contempló como las huellas habían desaparecido de nuevo. El gemido parecía descender del techo, y derramarse por las paredes como una cascada de agua vaporosa hasta el centro mismo del enorme y abandonado salón.
Toda la mansión, por dentro, parecía un enorme mausoleo en el que el polvo de los huesos de generaciones se acumulaba en espera de que el viento limpiase de su presencia el pasado. Pero el viento parecía no ser capaz de entrar en la casa.
El extraño ambiente, los ruidos, y la sensación de pérdida casi la hacen perder los nervios, y en su rostro se dibujó de nuevo la expresión contradictoria que llevaba sintiendo horas. Primero, el deseo y la decisión de huir, y después, la necesidad imperiosa y dolorosa de quedarse.
Con esta expresión en su rostro, se giró desesperada y comenzó a subir las escaleras.
Veinte escalones, contó, hasta llegar al rellano donde las estatuas vigilaban la luz de la Luna que entraba por los cristales. Fuera, parecía que la oscuridad había llegado, pues mirando por ellos, Eva no pudo ver nada de lo que había contemplado antes de llegar allí. Ni los árboles fantasmales, ni el camino serpenteante y moribundo entre ellos, ni la niebla, sólo el cielo sin estrellas y la omnipresente Luna, que le devolvía la mirada pálida.
Dio un paso atrás, y al hacerlo, le apreció ver un rostro familiar reflejado en el cristal. Rápidamente se volvió, pero no encontró a quien buscaba. La casa seguía silenciosa y callada, cubierta de polvo, como esperando al mismo tiempo.
El rostro de Ricardo, su novio y fotógrafo de moda había desaparecido. Lo que más le asustó no fue esto, sino la expresión de su amado, con el que se había peleado la noche anterior al verle marcharse de la fiesta a la que ambos habían acudido del brazo de otra modelo. Lo peor era la mirada fría que el cristal le había devuelto. Casi parecía que Ricardo la culpaba de algo, y que sus ojos negros miraban directamente a su alma, en lugar de hacerlo al reflejo de sus propios ojos azul claro.
Al pasar tras ella, con la cabeza girada mirándola, Ricardo pareció dirigirse hacia el ala de la derecha de la casa. Así que Eva se encaminó hacia allí. Al pasar cerca de la estatua de cabeza de halcón, pudo ver que los ojos de la criatura no parecían ser los de un animal, sino los de una persona. Quietos como estaba, inmóviles, reflejaban la desesperación y al tiempo la comprensión como si compartiesen su sentimiento de pérdida.
Al pasar por el pasillo de madera por el que Eva creía que debía haberse dirigido Ricardo, el ambiente se hizo un poco más acogedor. Un par de candiles iluminaban los muebles de madera rústica y el techo del pasillo, mientras que una raída alfombra anaranjada lo cubría completamente desde donde se encontraba hasta la puerta negra del fondo del pasillo.
Sus pies se movieron lentamente, temerosos, en dirección al dintel de madera negra. Sin embargo, ante de cubrir todo el trecho, se paró enfrente de un aparador encimad el cual había colgado un cuadro.
El cuadro representaba una escena en la que dos ángeles, uno con alas blancas y una enorme espada de fuego, y otro con muñones sangrantes en lugar de alas y una expresión desafiante en el rostro, se enfrentaban con la mirada. A los pies de ambas enormes figuras, una legión de personas se agrupaba, conformando lo que parecía su horda de seguidores. Bajo el ángel de alas de cisne, guerreros ataviados con armadura y espadas refulgentes, bajo los pies del ser de rostro duro y ojos decididos un sin fin de hombres desnudos cuya piel parecía refulgir con tonos rojizos.
No reparó hasta entonces en una tercera figura, situada en una esquina del cuadro, un hombre pálido, de ropajes negros y ojos del mismo color, que parecía mirar hacia fuera, ignorante del desafío que acaparaba la atención de todos. Esa figura negra parecía contemplar el pasillo en el que estaba, y en concreto, parecía mirarla a ella.
El cuadro el recordó la historia de un tercer Ángel, uno que se negó a luchar en favor del cielo o del infierno, un ángel llamado Sebadiel, que fue condenado a vagar por los territorios que ni Dios ni el Diablo reclamaban.
No sabía donde la había escuchado, sólo que había sido recientemente, hacía muy poco. Resonaba en su cerebro como los ecos de un recuerdo que no quiere marcharse, y que se va a quedar ahí hasta el mismo momento en que quieras recordar lo que te producía la inquietud, y será entonces cuando se haya ido.
La historia la hizo sonreír, a pesar de las extrañas circunstancias todavía tenía tiempo para recordar historias. Se sintió un poco más segura, y emprendió de nuevo el camino que ya se le antojaba eterno de llegar al final del pasillo.
La luz que acababa de sobrepasar se apagó a sus espaldas, y de nuevo el sentimiento de pérdida y desesperación asomó a su rostro. Tras ella, la luz de la luna iluminaba el rellano de la escalera, pero el pasillo estaba casi completamente a oscuras, iluminado sólo por un candil situado al fondo, cuya luz iba muriendo a medida que avanzaba por él. Tal era la penumbra, que apenas reparó en la puerta que estaba a su derecha. No la había visto hasta ese momento, por un segundo, hubiese jurado que no estaba ahí hace un segundo.
Los gemidos volvieron a llenar la casa, viniendo esta vez del salón que acababa de dejar atrás, y sintió una presencia extraña, invisible como un sueño, que se acercaba.
Rápidamente agarró el picaporte de la puerta y se introdujo dentro.
Más polvo y más luz tenue pálida llegaron hasta sus ojos.
La habitación estaba vacía, salvo por una estatua en su centro que representaba un hombre crucificado en una cruz de mármol con forma de X.
La estatua era perfecta, tan real y tan cercana, que Eva tuvo que acercarse a tocar los músculos de mármol del hombre. Al hacerlo, de nuevo, se dio cuenta de que las huellas a su paso desaparecían y que el omnipresente polvo de osario reposaba como si jamás hubiese sido turbado.
Inquieta, levantó la mano pálida y la luz iluminó durante un segundo su escote, también pálido y delicado, que tantos hombres habían deseado, y tantos vestidos lucido en las pasarelas.
Al tocar la estatua, el frío llegó hasta sus yemas, pero la piel que ella creía de mármol se hundió bajo la presión. No se trataba de una estatua, sino que era un hombre muerto, crucificado hace mucho y que el polvo había cubierto, dándole la apariencia inmaculada de una escultura inerte.
El respingo inicial de Eva se convirtió en terror cuando el rostro de él, caído sobre su pecho quedó a la altura de los ojos de ella. Era el rostro, blanco y fosilizado, de Ricardo.
Eva salió de la habitación asustada, sin comprender ya qué estaba pasando.
Nada más salir, casi tropieza con la puerta negra que ahora estaba mucho más cerca. A su izquierda, el candil se apagaba poco a poco, y la puerta se abría sin que ella la tocase. Eva entró en su interior.
La luz era casi inexistente, y la penumbra lo dominaba todo de una forma mucho más absoluta que en las anteriores habitaciones. Enormes cuadros y muebles aparecían cubiertos por telas negras, y el polvo apenas se podía ver por la ausencia de luz.
En la pared del fondo de la habitación, cabizbajo, una figura oscura familiar estaba sentada en un trono negro de obsidiana.
Eva sintió la necesidad de acercarse a él, aunque todo su ser le gritaba que no debía hacerlo.
El hombre de negro alzó sus ojos, que no tenían pupila y que eran completamente oscuros como el ébano, y la miró.
- ¿Quién eres? – preguntó ella – ¿dónde estoy?
Su propia voz le sonó lejana, discordante con su cuerpo, como si no se reconociese.
- ¿Hace falta que te lo diga? – respondió una voz cavernosa que provenía del hombre oscuro, a pesar de que no había movido los labios.
Eva intentó hacer memoria, los terrible sucesos de la noche anterior, la llamada a su novio, el cual dejó el teléfono descolgado mientras le hacía el amor a su mayor rival en las pasarelas, los gritos y jadeos de ambos, el vestido azul que Eva había lucido en su último pase y que no había devuelto, la botella de champagne rota.
Por un segundo, todo se hizo muy claro para ella. Con los ojos serenos, levantó ambas muñecas, y de la piel pálida de sus antebrazos comenzaron a gotear rojos hilos de sangres, que cayeron, mezclándose con el polvo de huesos del suelo. Varias gotas dejaron su marca entre el mismo, mientras Eva levantaba la mirada y miraba una pequeña ventana que no había visto hasta ahora.
La niebla había desaparecido de nuevo, y en el cielo sólo brillaba una extraña y tranquilizante Luna Negra.
- Bienvenida a casa – fue lo último que oyó del hombre oscuro – aquí estarás en paz.
Sshhhhhhh
Silencio, ningún sonido llegaba desde fuera, él no podía ni escuchar su propia respiración. Abrió los ojos, en plena noche, intentando saber qué hora era. La oscuridad era total.
Alargó la mano hacia la mesilla, manoteando, y dio la luz. Sin embargo, ningún brillo le cegó, como en otras ocasiones.
Asustado, se levantó, intentando mirar hacia la persiana, desesperado por ver las rendijas que vendrían de las farolas de fuera. Nada, ni una luz, ni un sonido.
Un grito inexistente escapó de su garganta, y un mareo le embargó, llevándole muy hacia abajo. Como si cayese durante mucho tiempo. Para siempre.
Anticristo
Anticristo
- No entiendo porqué tienes que hacerlo – le dijo su único amigo al diablo – dicen que tu hijo te matará.
- A veces ni siquiera un ángel caído puede elegir – respondió Éste. – Si no lo hago yo, otro tomará mi lugar y será peor.
- ¿Peor que el fin del mundo?
- No exageremos, aunque sea hijo mío, las profecías tienden a exagerar las cosas un poco.
- Demonios – sonrió el hombre – por lo menos podrías haber escogido a otra. Pero no, has tenido que elegir a la puñetera reina de los traficantes.
- ¿Tú has visto a las demás mujeres de por aquí? – dijo el diablo. – He visto a alguna monja de este lugar – añadió señalando el convento que se alzaba sobre el risco del Cerro, – que me pone los pelos de punta hasta a mí.
- ¿Y por qué has elegido este lugar?
- Eso amigo mío, lo contestará el tiempo. Digamos, que aquí todo es posible, hasta que el anticristo y su padre hagan algo bueno.
Y su risa se perdió en el viento, hasta llegar a la luna llena.
***
Lucía había cumplido dieciocho años ese mismo día. Como premio de fin de curso, los profesores del prestigioso y caro colegio privado les habían llevado, a ella y al resto de sus compañeros, a una excursión al Cerro de los Ángeles.
Todos ellos estaba ahora admirando las maravillosas esculturas y tesoros religiosos en el interior de la capilla principal, pero ella se había quedado fuera. Nunca le habían gustado las iglesias, le producían sarpullido.
Minutos después, el autobús salía en dirección a Getafe, pero ella decidía quedarse allí. Uno de los alumnos, uno que no conocía su mala reputación, la había llamado tía rara.
El resto le había callado la boca y metido en el autobús.
Lucía no sabía qué pensar, varias imágenes le pasaron por la mente. El autobús estrellado en la cuneta contra un camión que transportaba combustible, todos, alumnos y profesores, horriblemente calcinados, y el bocazas muriendo en una lenta agonía.
Lucía miró hacia la Biblioteca a la que había acudido tantas veces, y descartó aquellas visiones. Últimamente tenía que concentrarse más en expulsarlas. Ella no quería tenerlas, pero las tenía.
Cada vez que alguien se metía con ella, o la amenazaba, las imágenes de su muerte le venían a la cabeza, y si se concentraba en ellas, y se dejaba llevar por la experiencia, siempre sucedía lo que ella imaginaba.
Al principio lo tomó como si fuese alguna habilidad extrasensorial, creyéndose una vidente como las que consultaba su madre, poseedora de la habilidad de ver el futuro de aquellos que despertaban fuertes emociones en ella. Pero pronto descubrió que la causante de las muertes, y que si eliminaba el pensamiento antes de que se aferrase a su mente, podía evitar que sucediese.
No siempre lo evitaba, a veces, ni si quiera lo deseaba, aunque lo intentaba siempre. Pero poseía un elevado número de éxitos, y eso justificaba el esfuerzo y que siguiese haciéndolo.
Desde la muerte de su madre, ella había heredado el fabuloso imperio financiero que la convertía en una de las mujeres más ricas del mundo. Su fama la había transformado en una leyenda mayor de lo que fue su madre. La heredera menor de edad que siempre estaba rodeada de muerte y sufrimiento.
La mujer solitaria, de una belleza sin igual.
Cuando se miraba al espejo, ella no reconocía su hermosura. Pelo largo hasta la cintura, piel morena, ojos negros, rasgos de mezcla cultural, facciones duras y perfectas.
Sin embargo, ella contemplaba algo que los demás no veían, o no querían ver. El mal convertido en carne, la destrucción definitiva e irresistible para todo aquel que se le acercase lo suficiente.
- ¿Otra vez a leer? – dijo una voz a su derecha cuando estaba apunto de abrir la puerta de la Biblioteca.
- Lárgate, – le dijo secamente.
- Nooo, te he estado observando. Cada noche vienes aquí a leer.
- En esta época del año la Biblioteca está abierta a todo el mundo las veinticuatro horas del día, por los exámenes. Así que déjame en paz.
- ¿No te has fijado que sólo cierran cuando hay niebla? Es curioso – dijo el desconocido de piel pálida y pelo oscuro.
- Qué coño quieres – era más una aseveración que una pregunta. Más un intento de echar al hombre que la incordiaba que el de buscar una respuesta.
- Hablar contigo, Lucía. Nada más.
- Y nada menos, ¿sabes que la gente que me rodea sufre extraños accidentes si me molesta?
- Pero yo no te molesto ¿no?
- A veces no depende de mí decidir eso… – un repentino dolor presionó su cabeza. Lucía se llevó las manos a la sien, mientras las imágenes volvían a ella.
El desconocido estaba frente a ella, y un rayo fulgurante hendía el cielo nocturno, alcanzando uno de los árboles cercanos, que caía sobre él y lo aplastaba.
El dolor pasó de repente, y Lucía gritó para advertir al extraño.
El rayo cayó tal y como había imaginado. El árbol centenario se partió y golpeó el suelo al lado del hombre.
Éste sonreía sin inmutarse pese a haber estado a punto de morir.
- Bueno, ahora quieres hablar ¿no?
¿Quien eres?, ¿qué ha pasado? Yo no lo he detenido.
- Digamos, que me protege alguien allí arriba, – señaló el chico, que debía tener su misma edad.
- ¿Dios? – preguntó, y la boca le escoció al pronunciarlo.
- Nada tan exagerado. Ven hablemos – y se marcharon a dar una vuelta por el bosque.
Arriba la Luna llena mezclaba su luz con el aroma de la primavera que terminaba, y con el calor del verano que llegaba.
***
- No me puedo creer lo que me estás diciendo – su voz resonó en el paraje nocturno, repitiendo un eco de árbol en árbol, mientras el aroma de la jara les asaltaba con un sensual recordatorio de que todavía la Primavera daba sus últimos coletazos.
- Pues es cierto, e imagino que ya lo sospechabas.
- Pero qué diablos te has creído, me estás diciendo que soy hija del Diablo y no sólo esperas que te crea sino que me dices que ya me lo imaginaba.
- Pues claro, reconócelo. Vamos a ver. No vas a la iglesia porque te enfermas, eres alérgica a las cruces y los medallones de la Virgen sean de plata de oro, pero llevas pulseras de plata sin problema. Tienes visiones terribles en las que la gente que te trata mal se muere, y suelen ocurrir a menos que tú las detengas. ¿Cómo has dicho que se llamaba tu perro?
- No lo he dicho…Cerbero, – reconoció Lucía con desgana. – Pero no tiene nada que ver.
- No claro, ahora me dirás que los sueños no significan nada.
- ¿Qué sabes de mis sueños?
- Lo que todo el mundo, que son pistas sobre lo que llevamos dentro – dijo él.
- Yo sueño con fuego, con llamas que queman a la gente, a mi madre y a la gente a la que he querido – dijo casi para sus adentros Lucía. – ¿Con quién sueñas tú?
- Yo solía soñar con claros de luna, con mareas tranquilas y vientos lejanos y nocturnos que traían historias y canciones – le respondió él con una sonrisa en los labios. Era una sonrisa serena, de las que invitaban a sumarse a ella pero que al mismo tiempo no obligaban a nada si no querías.
- Bonitos sueños, yo daría lo que fuese por soñar eso.
- Bueno, cada uno tenemos lo nuestro, Lucía.
- Lucian.
- ¿Cómo?
- Mi verdadero nombre es Lucian. Mi madre me lo puso porque una echadora de cartas le dijo que ese era mi nombre, y que sería chico. Luego, cuando nací, no se atrevió a cambiarlo.
- Así que también nombre de demonio, ummmm… – pensó en voz alta.
- Ah, cállate ya, ni siquiera sé como te llamas.
- Perdona – el chico se plantó solemnemente delante de ella y extendió su mano. – Jose Luis Montoya.
Ella la estrechó un poco sorprendida.
- Lucian Ajenjo.
- Vaya, como la estrella de la destrucción del Apocalipsis – dijo el chico.
- Sí, mi madre siempre fue muy supersticiosa, pero a mi me hace gracia tener un apellido que destruirá la tercera parte de las aguas y esas cosas…o mejor dicho, me lo hacía. Últimamente han pasado demasiadas tragedias.
- Creo que estás despertando. Que pronto cambiarás y todo será distinto para todo el mundo.
- ¿Y qué se supone que va a pasar? – preguntó ella, que sabía que a pesar de lo extraño de la conversación el hombre estaba en lo cierto. Lo sabía en lo más profundo de sus entrañas, lo sabía desde hacía mucho tiempo. Quizás antes de nacer.
- Bueno, si has leído en la Biblioteca sabrás que las profecías no son muy alagüeñas para la Humanidad. Es curioso la cantidad de libros esotéricos y arcanos que tiene esa Biblioteca. Sobre todo, siendo gestionada por religiosos – añadió Jose Luis mientras miraba en dirección a la Biblioteca, cuyos ventanales estaban encendidos, y se veían entre las ramas del bosque, a lo lejos.
>> Casi se diría que la misma Biblioteca ha decidido guardar todos los secretos del mundo en su interior, y que nadie puede imponer su voluntad sobre ella. A veces parece que respira.
- Paso mucho tiempo allí – aseguró Lucia- sé a lo que te refieres. Allí puedo encontrar paz. Las visiones nunca me han venido entre sus estantes.
- Entonces me crees, y sabrás que si no hacemos algo, Lucía, el mundo entero sufrirá. Por lo que he visto no eres como decían las profecías. Según los textos arcanos a la edad de dieciocho años debías ser un mocetón terrible, investido de toda tu magnífica y terrible gloria. Con una legión de seguidores paganos y herejes, dispuestos a arrancarse la lengua por ti. Ya sabes como son esos textos bíblicos no reconocidos, exagerados como pocos – otra vez la sonrisa.
Llegaron a un claro en el que la Luna Llena iluminaba el césped y las flores, haciendo que el paisaje fuese un poco más maravilloso de lo que lo recordaba. El arroyo descendía sobre las rocas, llenando de destellos plateados la piedra y los troncos de los árboles.
- Sin embargo, no veo por ningún lado signo alguno de tu maldad extrema – continuó él – y aunque estoy seguro que más de un chico se cortaría la lengua por ti, no creo que lo hiciese con afán de desencadenar el Apocalipsis. Como mucho, querría desencadenar en ti otro tipo de respuesta no menos majestuosa pero mucho menos inocua para el mundo.
- Comparas el fin de los hombres con un polvo. No sé si eres un loco o es que no le tienes miedo a nada.
- Bueno, no le tengo miedo a nada, es cierto, pero la verdad es que sospecho que mi propia madre es la inspiración de todos los locos del mundo.
- ¿Quién?
- La Luna. Sí, sí, no me mires así. Crecí en una familia gitana, pero nunca conocí a mi madre ni a mi padre. Dicen que él la mató por celos, y luego se echó al monte. Pero creo que mi verdadera madre, quien me cuida, es la Luna.
- Definitivamente estás loco.
- Sí, pero no menos que tú, bueno. Acepta lo que te propongo y vámonos.
- ¿Qué propuesta me tienes que hacer? – dijo ella anticipando la respuesta.
- Que huyamos, que no le tengamos miedo al futuro, y nos enfrentemos juntos a lo que venga.
- La hija del Diablo y el hijo de la Luna juntos. No suena mal.
- No, – añadió él cogiéndola de la mano. – Y hasta a lo mejor podemos enseñarle a los hombres lo que es la libertad.
Ella le miró a los ojos color aceituna y por primera vez en años se permitió el lujo de sonreír. Tal vez el vivir aquí, el ser hija de su madre, una gran mujer, y el pasar tanto tiempo en la Biblioteca la habían preparado para este momento.
El momento de renunciar a su destino y decidir en libertad.
***
Minutos después el claro de luna estaba vacío. Una pareja de hombres entró en él y se escuchó una profunda voz que decía: “¿ves?, al final no ha hecho falta hacer nada. A veces, la libertad, hace más por una persona que todas las enseñanzas del mundo.”
Y después, los dos se sumieron en las sombras.
Matrimonio en las sombras
Matrimonio en las sombras
Luís era completamente feliz. La boda había salido a pedir de boca, la ceremonia en la iglesia grande del Cerro de los Ángeles, el banquete en los salones cercanos. Tanto el como su mujer, Naiara, estaban terminado de despedir a los muchos invitados que habían acudido de todas partes del mundo.
Naiara era lo más parecido a una princesa en su tierra natal, Kenia, de piel color canela, la mezcolanza de sangres en sus venas le daba un aspecto exótico, inusual. Según decía, su madre llegó caminando por la sabana hacía veinte años hasta la aldea que les acogió. Allí, no tardó en encontrar marido, y se convirtió en la reina de los Kimbasas.
Su padre les abandonó, y a la tribu, antes de nacer ella, pero la madre de Naiara siguió gobernando a su gente con sabiduría.
Naiara se despidió con un beso de sus hermanas, siete mujeres que diferían en sus rasgos. Algunas, tenían los ojos verdes, como su madre, otras el pelo corto y rizado. Una incluso poseía rasgos orientales.
Riendo, las siete hermanas abandonaron el local de la ceremonia, con sus respectivas parejas, y se marcharon cada una a los países donde vivían.
La familia de Naiara era extraña, pero tremendamente interesante. Viajaba mucho, de hecho, el que la Madre de Naiara se hubiese asentado en un solo lugar era un caso excepcional. Ella viajaba, decía que le gustaba conocer otros lugares, otras personas. Y casi siempre que volvía de uno de sus largos viajes, lo hacía embarazada.
Nadie en la tribu discutía sus costumbres errantes, pues desde su llegada, los kimbasas habían prosperado y casi doblado su número. Algunos representantes de la nobleza de la tribu se marchaban ahora mismo. Con sus ropas ceremoniales lujosamente adornadas. Seda y joyas pagadas con los diamantes que la reina había descubierto, y el dinero que afluía gracias a ella y sus tratos con una gran compañía minera.
- Me marcho, hija – dijo una voz a sus espaldas. Al girarse, Luís pudo ver la impresionante figura de su suegra. Era alta. Más que él, como Naiara. Sus rasgos eran claramente árabes, y sus ojos almendrados parecían mirar el mundo con un aire de superioridad que sus gestos traslucían. – Tengo que llegar a nuestro pueblo antes de la fiesta anual.
- Gracias por venir, madre – la voz de Naiara sonaba agradecida. Desde luego, era una familia extraña.
Su suegra se giró hacia él.
- Cuídala bien, Luís. Es una mujer muy especial.
- Lo haré, Fátima.
- Caro. Hija – se dirigió a ella – ven a vernos cuando terminéis la luna de miel.
- Lo celebraremos con la tribu, madre.
Ella asintió, y después se marchó, no sin antes sonreír y desear lo mejor a la joven pareja.
- Bueno, vámonos, – dijo Luís – nos espera el hotel y mañana un largo viaje.
Precisamente así la había conocido. Durante un crucero por el mar Egeo. Ella iba acompañada de un rico heredero de una familia naviera, propietaria del barco, pero enseguida se había fijado en él.
La noche siguiente, hicieron el amor en el camarote de lujo, durante horas, y al día siguiente, ella había dejado a su novio para marcharse con él.
Fue amor a primera vista.
***
El hotel era precioso. Enclavado a la sombra del Cerro de los Ángeles y rodeado de árboles, era pequeño y acogedor.
Sin embargo, algo de él le llamaba la atención. No se veía un solo huésped. Las únicas personas que había allí eran el conserje de recepción, y una camarera.
Ni en el hall de entrada, ni en los pasillos silenciosos pudieron ver absolutamente a nadie. El silencio era tal, que Luís se sentía incómodo, y la joven pareja hizo todo el camino en silencio.
- ¿Dónde están los demás huéspedes? – preguntó justo antes de que la camarera que les había acompañado cerrase la puerta.
- Ahora es época baja, – dijo – las fiestas locales ya pasaron, y en pleno verano aquí no hay mucha gente.
- Gracias – respondió Luís, sacando del bolsillo un billete de diez euros y dándoselo a la mujer.
Después, la puerta se cerró.
- Es muy extraño, Naiara – le dijo a su mujer, que estaba examinado detenidamente la habitación. – En verano debería haber más gente en un hotel ¿no? Además, escuché que había una convención en Getafe este fin de semana. ¡Y no hay nadie!
- No te preocupes, amor mío – le tranquilizó su ahora mujer, al parecer satisfecha con la habitación – nosotros tenemos cosas más importantes que hacer y en qué pensar.
Luís se volvió, y allí estaba Naiara, completamente desnuda. Por más veces que la viese, Luís jamás creía que iba a poder acostumbrarse a su belleza. Su piel morena, sus ojos negros penetrantes, su figura perfecta, casi de atleta, atraían la atención de cualquier hombre.
Pero le había elegido a él.
Hicieron el amor una y otra vez. Con ella siempre era lo mismo, una completa noche de pasión desenfrenada. Su piel olía a canela y a especias, y el olor era no sólo profundamente atrayente, sino embriagador.
Luís no se consideraba un semental, ni el típico macho. De hecho, no recordaba ni una sola vez antes de Naiara en la que en la misma noche hubiese hecho el amor más de una vez. Pero con ella era distinto. Era tan hermosa y sensual, que no podían parar. Se complementaban perfectamente. Y Luís no sabía lo que haría si la perdiese.
Terminaron agotados, extenuados, y sin apenas fuerzas, Luís se levantó de la cama de matrimonio. Naiara se incorporó, sentándose en la cama, y mirándole profundamente mientras él se dirigía a la ventana.
Fuera hacía un tiempo extraño para esa época del año. La niebla se había levantado, y rodeaba el hotel, dándole un aspecto tenebroso, con las ramas de los árboles azotando sus ventanas. Diablos, Luís casi podía escuchar el sonido lejano de gruñidos en la noche.
Abrió las ventanas para cerrar las contraventanas de madera, y un frío sobrenatural le caló hasta los huesos. Fuera, la niebla traía extraños sonidos y sobrecogedores silencios por igual. Luís cerró raudo y echó el pestillo.
- Cariño, esto es muy extraño, no se ni un coche pasar por la carretera – dijo recordando el continuo trasiego de la tarde anterior.
- Ya esta tarde, es normal, – sonrió Naiara, pícara.
- Pero es una carretera nacional…
- Shhhh – no le dejó terminar su mujer. Ella abrió los brazos, invitándole a uniese a ella una vez más. – Hoy es un día de alegría, de vida, no te procupes con cosas sin importancia. Mañana saldrá el sol de nuevo, ya lo verás.
- Eres insaciable – sonrió Luís, mientras se encaminaba a la cama.
Naiara le tumbó en ella, y se sentó a horcajadas sobre él. Después, poco a poco, con una serie de movimientos rítmicos, le llevó al sitio donde tantas veces antes le había conducido. Cuando hacía el amor con ella, Luís se sentía completo, feliz, como si no existiese nada más, y una vez más, allí estaba esa sensación de absoluta entrega mutua.
Con un gemido, los dos concluyeron, y Luís se levantó, incorporándose para abrazarla mientras ella seguía sentada sobre él.
- Si te ocurriese algo, Naiara, me moriría.
Con todas sus fuerzas, el recién casado la abrazó, recordando la niebla y el frío sobrenatural de fuera. Sin embargo, notó algo raro. En la espalda de ella, una serie de bultos le daban un tacto áspero, rugoso.
Luís retiró la mano asustado. Se la miró, y vio un líquido viscoso, gelatinoso, cubriéndole los dedos.
- ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? – preguntó sin saber lo que ocurría de repente.
- No te asustes, amor mío, – le tranquilizó su mujer, quien le miraba con los ojos fijos en los suyos.
>> Son tus hijas.
Luís vio horrorizado, cómo la boca de Naiara se desencajaba, y de su interior, surgían dos mandíbulas verdes, comos las de un insecto, y cómo se abalanzaban sobre su cabeza.
Lo último que sintió, en su médula espinal, fueron las feromonas de ella penetrando por sus poros, a un nivel ya inconsciente, y cómo su cuerpo experimentaba de nuevo el deseo de fecundar a su hembra.
Fuera, la niebla seguía envolviendo todo el Cerro.
Pasión
Pasión
Hay libros que desde siempre han expresado las emociones humanas. Estos libros, más que contar historias, relatos, o vidas, transmiten sentimientos y pasiones.
En sus páginas las palabras se alinean una tras otra para enseñarnos lo que el corazón humano puede llegar a sentir. En nuestra biblioteca, sin embargo, los libros hacen algo más que transmitir su saber y sus sentimientos. Lo contagian.
Esta es la historia de Bernardo, esperamos que os ayude a comprender la magia que se transpira en sus muros.
“Bernardo llegó una tarde. Estaba cansado, exhausto después de un duro día de trabajo. Por las mañanas era profesor en la universidad, mientras que por las tardes trabajaba en su propia empresa de selección.
Hoy acudía allí por consejo de un amigo. En los últimos años se encontraba perdido, agotado. Su vida, que hasta ahora había girado alrededor del trabajo y el éxito profesional, había perdido todo el sentido.
Llevaba diez años dedicado a trabajar, a levantar su empresa, a construir lo que en círculos económicos era una leyenda como analista. Y sin embargo, en la actualidad, el dinero, el prestigio y la fama se le estaban atragantando.
Cuando antes llegaba casa, a pesar de estar cansado, todavía tenía fuerzas para ponerse a escribir con el portátil o analizar casos o corregir exámenes. Ahora, por el contrario, cuando más tiempo dedicaba al trabajo, más asqueado de vivir se encontraba. Era curioso cómo la vida cambiaba sin que te dieses cuenta, dejando atrás tus deseos para sumergirte de pleno en las necesidades de quienes te rodean.
Al final, como le pasa casi todo el mundo, a Bernardo le había tocado lidiar con las necesidades que la sociedad había implantado en su mente desde muy joven. El triunfo por el triunfo, el éxito como meta, no como herramienta para ser feliz.
Y qué vacío se había sentido todos estos años. Y qué solo, sólo hasta llegar a ser insultante, aunque no se había dado cuenta hasta ahora.
Bernardo había tendido muchas amantes, sin duda, pero en ninguna de ellas había puesto un ápice de implicación emocional. Eran simples polvos de una o dos noches, muchas de ellas, sólo quería de él lo mismo que él de ellas, compañeras de trabajo, tan vacías como él, queriendo encontrar en su cuerpo un sentido a una vida a la que habían perdido el paso hacía años. Otras, sin embargo, buscan sólo éxito, como lo buscó él en el pasado. Buscaban un aprobado, buscaban un ascenso, o un buen empleo.
Durante mucho tiempo Bernardo se había aprovechado de su posición para meterse entre las piernas de toda aquella mujer que le atraía o que poseía buen cuerpo, o que simplemente necesitaba un favor por su parte para dar de comer a su familia.
Pero eso era el pasado, ahora estaba allí. Intentando encontrar lo que había perdido n su juventud. La pasión por vivir, el deseo de seguir adelante, sin que tu único motivo para ello fuese acumular más vienes y dinero.
Un compañero de la universidad, un profesor de literatura, le había hablado de esta Biblioteca, a la que no había venido nunca, pesa de tener derecho como profesor de la universidad. Le había recomendado que se diese una vuelta por sus salas de madera, y la verdad era que Bernardo sentía que ese lugar era algo especial.
En sus salas se respiraban sensaciones, como si todo el ambiente estuviese preñado de cultura, sentimientos y de la búsqueda de conocimiento.
Caminó entre sus estanterías repletas, pasando la mano sobre los lomos de los libros que esperaba en ellas. Aquí y allí se detenía para leer algún título, como hacía en su juventud. Sólo los más especiales le llamaban la atención como para que mereciese leer su contraportada, el resumen de su contenido.
Bernardo se detuvo de repente enfrente de la sección de poesía. Acababa de ver un antiguo ejemplar, ajado ya, de “Rimas y Leyendas” de Bécquer. Lo que le llamó la atención no fue que ese libro fuese su preferido durante su juventud, sino que era ese mismo ejemplar el que había creído perdido hacía mucho tiempo ya.
Sus portadas ajadas, sus páginas teñidas de amarillo, el aroma que salía de sus páginas que ahora mismo él estaba oliendo. La cita escrita a mano por su propio puño, años más joven, le sacó de dudas, si es que todavía quedaba un ápice de ella en su corazón: El arte de amar es el arte de vivir.
Una lágrima resbaló por su mejilla, solitaria, y Bernardo se fue a sentar en una de las mesas de madera antigua que estaban desperdigadas aquí y allí, cerca de una ventana desde la que se podían ver los olmos del Cerro. Esos mismos olmos que por alguna maravilla de la naturaleza jamás habían sido tocados por la grafiosis que prácticamente había exterminado a sus hermanos en toda España.
Ávido y conmocionado, Bernardo leyó hasta casi caer la tarde. Dos y tres veces, paso sus páginas, cayendo un y otra vez en la magistral trampa que Bécquer había tendido con sus palabras. En ellas, la magia, el amor, la desesperación se asomaban al alma de quien las leía, como ya apenas recordaba que le había pasado a él en su juventud.
Cuando cerraba la biblioteca, estuvo a punto de preguntar al bibliotecario, un hombre tosco de edad avanzada, si el libro se vendía. Sin embargo, en su interior algo le hizo cambiar de idea. Depositó el libro en su lugar, esperando que alguien más sintiese lo que él había sentido y sabiendo, que en ese lugar mágico, el libro siempre estaría ahí cuando volviese a necesitarlo.
Cuando Bernardo salió de la Biblioteca era un hombre nuevo, o mejor dicho, era de nuevo el antiguo hombre que fue.
Esa noche sueños incómodos le asaltaron en las horas nocturnas. Soñaba con sus antiguas novias y amantes, a las que incluso creyó haber amado, y de quienes, se sorprendió, a pesar de los años todavía recordaba su cara.
Esa misma mañana agarró sus libros y apuntes y salió por la puerta sin afeitarse. Por primera vez en diez años.
Cogió el coche pero no puso la cadena de debate económico que siempre escuchaba. En su lugar sintonizó, se tomó su tiempo, una emisora de música. Y así, acompañado por los compases y las letras que expresaban sentimientos rotos o correspondidos, llegó casi sin darse cuenta a la universidad. El atasco, el mal humor de los conductores, todo había dejado de existir.
Al entrar en su despacho reparó en su compañera, Hellen, con la que compartía el mismo durante un traslado temporal.
Se fijó en ella por primera vez. Siempre, al conocer a una persona, Bernardo la analizaba y la despiezaba para saber lo que podía sacar de ella. Hellen era bióloga evolucionaria, pero estaba haciendo una tesis sobre la evolución de la empresa. Sin embargo, en la primera impresión, Bernardo la había descartado como fuente de dinero, y la había encasillado en el cajón de posibles polvos.
Ahora, por el contrario, después de saludarla se paró contemplarla. Tenía unos ojos inteligentes, verdes. Y eran esos ojos los que ahora le contemplaban a él, intrigados por el cambio de actitud, curiosos.
Bernardo se disculpó y le ofreció ir a por un café. Sabía que Hellen estaba casada, pero no importaba. No quería de ella nada más que conocerla mejor. En realidad, quería conocer mejor los sentimientos de todas aquellas personas que le habían rodeado todos estos años. Saber qué les movía, qué querían de la vida y que esperaban de ella.
Paseó un rato por el patio de armas de la universidad, un antiguo cuartel militar, y llegó hasta la cafetería. Allí, al entrar quedó conmocionado. De improviso, era como si todo a su alrededor hubiese cobrado vida, como si lo que antes no era más que un lugar, ahora fuese un hervidero de personas y vidas a su alrededor.
Reparó, como si estuviese predestinado a ello, en una mujer que estaba tras la barra. Era impresionante, pelirroja, alta, de increíbles ojos verdes.
La misma mujer a la que había intentado seducir en numerosas ocasiones, la misma que le había rechazado amablemente todos esos años.
Su corazón dio un vuelco. Su pecho casi se le sale del dolor, y la sangre pareció detenerse un momento, dejándole si palabras cuando ella clavó sus ojos en él. En el fondo de ellos, Bernardo pudo ver una historia, una lucha por seguir adelante a pesar de las rupturas y de los hombres. Dejó de ser un cuerpo, para convertirse en una vida que él necesitaba descubrir.
Sin decir nada se acercó a ella.
- Buenos días, María – le dijo sin llegar a pedir nada.
- ¿Qué va a ser, Doctor Claraval? – preguntó ella, como si hubiese notado el cambio de actitud.
- Pues tú decides, María, lo que quieras. Pero yo preferiría que fueses tú, para siempre.
- Eso no se vende, ya se lo dije – sonrió ella.
- Y yo no quiero comprarlo, quiero que tú me lo des – Bernardo dijo estas palabras sin ironía, sin la típica prepotencia con la que siempre había hablado a los suyos.
- Vamos hoy un poco deprisa, profesor.
- No tengo toda la eternidad por delante, sólo tengo mi vida, y no quiero que pase un minuto más sin ti.
- Bonita frase, seguro que liga mucho con ella.
Se lo merecía, la verdad es que a lo largo de su vida se lo había ganado a pulso. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse ante la mujer que ahora le analizaba de arriba abajo.
- Nunca le he dicho esto a una mujer – desnudó su alma ante ella – normalmente me bastaba con enseñar mi coche, mi piso o insinuarles cualquier posible favor que pudiesen estar buscando ellas.
>> A ti te voy a pedir más que a ninguna mujer con la que haya estado. A ti quiero conocerte, a cambio, dejaré que entres en la muralla que durante tantos años he ido levantando a mi alrededor. Eso es lo que te ofrezco, María, te doy y te pido más que a nadie, pero dejo la elección en tus manos.
Las palabras salían de su interior a borbotones, no sabía porqué, pero Bernardo sentía la necesidad de amar, de ser amado, y sin saber cómo, se había enamorado de esa mujer, de esos ojos, de esa vida.
Todavía, después de tanto tiempo, podía sentir amor. Ese descubrimiento le chocó tanto que por un segundo se quedó sin palabras. Fue María quien le sacó de su ensimismamiento.
- Voy a tener que arriesgarme con usted, profesor. – La sonrisa de ella le iluminó la cara. – Creo que no me deja más remedio. Podemos quedar esta tarde. ¿Dónde vamos?
- Podíamos empezar por un lugar muy especial, iremos a la Biblioteca, créeme que no te arrepentirás.
Incendio Provocado
Incendio Provocado
Tomás se lo había montado bien, no podía negarlo. A la diestra de Arturo Galindo, el mayor constructor de la zona sur, se había convertido en parte indispensable para sus negocios. O eso le gustaba pensar a él.
Ese día, por ejemplo, le había encomendado a él que llevase en persona el comienzo de la operación urbanística más importante de los últimos treinta años. Los beneficios se contarían por decenas de millones. Para él, muchos ceros en su cuenta corriente que le llegarían como siempre, bajo el epígrafe de asesoramiento inmobiliario.
Menuda forma de llamar a lo que estaba haciendo.
El Cerro de los Ángeles era el terreno más goloso de toda la comarca. Centenares de hectáreas sin urbanizar a escasos kilómetros de algunas de las ciudades más importantes de la zona. Eso sin contar, las impresionantes vistas y la calidad del terreno.
Sin embargo, había un problema, el Ayuntamiento de Getafe, ciudad al que pertenecía no quería abrir su explotación, y los religiosos que detentaban su usufructo tampoco parecían muy predispuestos a ello.
Por ese motivo, Arturo y un par de constructores amigos suyos habían decidido tomar cartas en el asunto y forzar un poco la balanza a su favor. Eso incluía un pavoroso incendio, muchos fuegos artificiales y dejar el terreno como el culito de un niño. Es decir, pelado. Si de paso, la evacuación obligaba a abandonar el monasterio y éste resultaba destruido, pues mucho mejor.
Por experiencia, Tomás sabía que los ayuntamientos, siempre terminaban cediendo ante la lógica aplastante de un buen incendio que terminase con toda la riqueza de la zona. Una vez destruido todo, y aprovechados los troncos calcinados, la única forma de recuperar la riqueza de un lugar así era esperar cincuenta años a que los árboles creciesen de nuevo o urbanizar.
La proximidad de las elecciones garantizaba esta segunda opción.
Tomás arrojó el bidón de gasolina vacío al suelo. Seguramente los bomberos descubrirían que había sido provocado, pero para cuando ellos llegasen aquí el fuego ya haría borrado todas las huellas de su presencia, y las especulaciones de los ecologistas no tenían ninguna posibilidad de relegar en la parrilla televisiva al último romance del torero de moda.
Era gracioso cómo había llegado hasta aquí el. Gracioso porque si se lo contase a alguien no le creería. Toda su fortuna, su chalet en la sierra, sus inversiones en Ibiza y en la Costa del Sol y sus cuentas en Suiza, pálido reflejo del de su jefe, pero un buen pellizco al cabo. Todo. Se lo debía a una mujer, Ela. No es que fuese su amante, desde luego que no. Nada tan vulgar, y desde luego, mucho más exótico.
Ela era su vidente. Desde los veinte años él la visitaba en el ruinoso edificio en el que vivía. Ella le había aconsejado que aceptase la oferta para trabajar como guardaespaldas en una discoteca propiedad de Arturo Galindo, y así, paso a paso y con su ayuda, había ascendido en la jerarquía de la “empresa”.
Ahora tenía un sueldo legal, una nómina que le ayudaba a justificar su nivel de vida, y a tapar sus otros muchos ingresos menos legales.
Ela le había aconsejado qué hacer en cada disyuntiva de su vida, cuando le ofrecieron irse a trabajar a la Costa como enlace con los rusos, cuando la hija de Arturo intentó seducirle. Había sido duro rechazarla y decírselo a su padre, pero peor hubiese sido estropear la boda que él le tenía reservada a su adorable hijita de ojos azules. Peor par a Tomás, desde luego.
A raíz de esta muestra de lealtad, Arturo le puso como segundo al mando de sus negocios menos legales, y tampoco preguntó mucho cuando Sebastian, un inglesito pomposo que hasta ese momento había sido su primero, sufrió un accidente que le costó la vida al caerse de unas obras. Tomás había ido días antes, intentando persuadir a los obreros de que no hiciesen huelga, y cuando Sebastian fue a rematar la faena, bueno, digamos que los accidentes laborales están a la orden del día.
Ela le había dicho que hiciese todas esas cosas, y hasta ahora nunca se había equivocado. Tomás sabía que ahora tampoco. Había sido la vidente quien le había indicado a Tomás la necesidad de que propusiese a su jefe ese negocio. Le había dicho que Arturo valoraría su iniciativa, y quien sabía si no le haría socio suyo si las cosas salían bien.
Tomás lo planeó todo durante semanas, cómo hacerlo, cómo asegurarse los contratos, los títulos de propiedad, etc. Había comprado las pólizas de seguro de la zona, con el fin de presionar a los monjes en su venta.
Cuando todo estuvo atado, le presentó a Arturo la operación completamente organizada. Los ojos de su jefe brillaban, y el corazón de Tomás supo que Ela había acertado.
Después de hablarlo con sus socios en una cacería de negocios, Arturo aceptó la propuesta, y le encargó que se ocupase personalmente de todo.
Y en ello estaba. A punto de encender el mechero que llevaría directamente a la fortuna. La fama, decía él, para los mindundis. A él sólo le importaba el dinero.
Un gélido viento se levantó de improviso, trayendo sus pensamientos de vuelta al Cerro de los Ángeles.
Le había costado poco llegar hasta allí. A pesar de ser una zona boscosa, estaba cerca del camino que rodeaba el cerro, y la maleza se mantenía bajo control por las podas periódicas que hacía el Ayuntamiento.
Sin embargo, el estar en ese sitio precisamente le ponía nervioso. Cerca, pudo ver los restos de los túmulos celtas que estaban en la parte de atrás del bosque, el sitio más inaccesible, y donde no podría llegar ningún camión de bomberos a tiempo de evitar que las llamas se propagasen.
Las leyendas, por otro lado, eran muchas, y hablaban de que el lugar estaba encantado. Tantos años viendo cómo las facultades de Ela le guiaban le habían convertido casi en supersticioso a la fuerza.
Se apresuró a tirar el encendedor justo donde había vertido la gasolina, pero extrañamente, y quizás por efecto del viento, la llama vaciló sobre las hojas mojadas de combustible antes de apagarse.
- Maldición – susurró Tomás con un gruñido, más que con una palabra.
Un poco agitado, se agachó para recogerlo y prender el fuego con el que terminaría su tarea.
Un frío helado le detuvo. Con un crujido de tierra rompiéndose y ramas secas una espectral mano había salido de la tierra y le había aferrado el antebrazo. Un frío gélido le envolvió desde los pies hasta la nuca, y fue entonces cuando se dio cuenta de la alfombra de niebla que descendía desde la parte alta del Cerro hacia él.
De un tirón se desenganchó de la presa, pero la mano huesuda no se detuvo, y continuó abriéndose camino hacia el exterior hasta que la bruma cubrió el campo, ocultando la visión que debía surgir de él. Los sonidos, sin embargo, estaban presentes, y Tomás pudo notar que no sólo procedían del lugar donde la mano le había sorprendido, sino que todo alrededor suyo parecía lleno del rasgar de la tierra, el agitar del viento contra las hojas de los pinos y el sonido de la noche que se hacía más presente a cada segundo.
Tomás se giró sobre si mismo, intentando escapar, pero se golpeó la cabeza contra una rama que, juraría, segundos antes no estaba ahí. A punto estuvo de caer al suelo, tal vez el miedo a lo que le esperaba entre la niebla le agudizó los reflejos y lo evitó, no así que se le cayese el arma que llevaba al cinto.
Era pleno verano, y Tomás miraba al cielo, pero a pesar de que segundos antes una inmensa luna dorada surgía por el sudeste y que las estrellas refulgían en el cielo, ahora ningún astro parecía estar presente para guiarle en su huida desesperada.
Se detuvo un segundo a recuperar la calma cuando se dio cuenta de que unas sombras surgían de la niebla. Al principio no reconoció las formas, pero después comprendió que se trataba de cadáveres humanos, con los huesos luciendo bajo el resplandor de la niebla, que extrañamente sí parecía reflejar la luz de la luna que sus ojos no encontraban.
Docenas de figuras esqueléticas se alzaban desde el manto de bruma, con sus cuencas vacías mirando en su dirección, y sus dientes, en muchos casos podridos, expresando una burla y una rabia que se dejaba notar incluso en la semioscuridad.
Tomás no se paró a pensar. Salió corriendo, desesperado, sorteando las torpes figuras. Tardó unos minutos en darse cuenta que el Cerro de los Ángeles no era tan grande como para tardar tanto en salir de allí. Perdido entre la niebla y los árboles, debía haber estado andando en círculo. En todo momento podía escuchar el chasquido de los huesos acercándose, por lo que no se detuvo.
Su única esperanza, pensó, era subir colina arriba, y llegar al monasterio que estaba en la cima. No debía ser muy difícil alcanzar los cipreses que marcaban el fin del bosque y dejarían paso al cemento del patio en el que había estado la tarde antes terminando de repasar su plan de acción.
Se aprestó a correr colina arriba cuando chocó contra algo. Al principio creyó que se trataba de otro árbol, y cayó al suelo maldiciendo su suerte. Los tintineos metálicos le sacaron al instante de su error. Alzando la vista mientras se incorporaba, pudo ver a la criatura más espantosa que jamás había observado. Era un esqueleto de unos dos metros de altura, embutido en una armadura de cuero podrido con aretes de bronce que tintineaban todavía por el impacto del golpe.
Sus ojos negros, con las cuencas oculares vacías, parecían sin embrago, clavados en él, en su misma negra alma.
La cosa extendió una mano, y aferró a Tomas del cuello, atrayéndole hacia si. De cerca, era aún más aterrador. Una barba lacia y cana, y unos tendones podridos eran los únicos rasgos de piel o pelo que había en su calavera. Sus dientes, irregulares y sucios de tierra parecían rechinar de odio y un gruñido gutural salía de su cavidad torácica, reverberando en la niebla.
Ante la llamada de su compañero, las demás figuras fueron arrastrándose lentamente hacia el lugar en el que estaban.
Con andar vacilante, docenas de esqueletos les rodearon.
El que le sostenía a él, miró hacia el suelo, y el resto de los esqueletos siseó de aprobación. Tomás apenas podía girar el cuello, pero pudo ver cómo la niebla del suelo adquiría un tinte rojizo, como si estuviese cubierta de un fuego invisible.
***
En la distancia, una enjuta figura femenina observaba la escena, fuera del perímetro del bosque. Había visto a Tomás caer, dar vueltas sobre si mismo, en unos pocos metros de suelo, y al final, caer presa del esqueleto del guerrero celta.
Ahora, éste levantaba a Tomás en vilo, a dos palmos del suelo, y con un brusco giro, le sepultó en la niebla del suelo.
Un bramido aterrador recorrió las copas de los árboles, como si el viento estuviese gimiendo, y los esqueletos sisearon una última vez antes de desmoronarse y quedar sepultados de nuevo en sus tumbas milenarias.
Los espíritus de los reyezuelos de la Edad del Bronce que murieron en las laderas del Cerro requerían un sacrificio cada década. Un alma malvada, un alma podrida que llevar al infierno, y con el que pagar su estancia el él. Si no entregasen al dueño del averno un alma cada diez años, dice una de las leyendas sobre el cerro, éste les expulsaría hacia más abajo, allí donde ni los demonios se atreven a ir.
Ela se giró silenciosa, una vez terminada la tarea de los esqueletos, y mientras la niebla se disipaba, pensaba en Tomás.
- No debiste añadir a la oferta del cerro el solar donde se levanta mi casa, Tomás. No debiste hacerme eso – y ella misma, se perdió en la noche para siempre.
Locura
Locura
El pequeño saltamontes corrió detrás de la abeja, creyendo poder alcanzarla. Saltó y saltó, mientras la base del monte iba quedando cada vez más atrás. Ignorante de su destino en la cumbre, la juguetona criatura de color verde siguió saltando y saltando hasta que de repente, la maleza y el follaje dieron paso a una gris llanura de piedra.
El pequeño saltamontes no había estado nunca en aquella parte del cerro, tampoco tenía mucha vida, un par de semanas nada más desde que salió del huevo. Ya había aprendido a evitar a los pájaros y a los demás insectos. Sin embargo, aquella planicie sin vida y sin color repleta de esos terroríficos seres inmensos de dos patas le asustó. Se dispuso a volver camino abajo, olvidada ya la abeja a la que perseguía.
No se percató de la sombra que surgía tras él hasta que fue demasiado tarde. Ocho peludas patas cayeron sobre él, y dos quelíceros batientes terminaron con sus dos semanas de vida en un abrir y cerrar de los ocho ojos que le había observado.
La araña volvió a su escondite bajo el escalón de cemento. Allí, se reunió con sus invitadas.
- Desde luego, Cloe, – dijo Amneris la araña de jardín de franjas amarillas y negras – menudo hueco te has hecho aquí. La comida casi te cae sola a las mandíbulas.
A su derecha, la delgada Tecla rió con su peculiar estridencia.
- Sí, creo que algún día deberías bajar a mis dominios en la base. Allí no hay tanta comida, pero tampoco se está mal. El Viejo Roble me cuenta unas historias preciosaza sobre este lugar.
- Yo tampoco ando mal de historias, amigas – añadió precipitadamente Anneris, que odiaba dejar de ser el centro de atención. – El fantasma de mi torre me cuenta todo lo que le dice la Biblioteca. Dice que en las noches de viento, escucha la voz de ella susurrándole las historias que guardan los libros que cobija entre sus páginas.
- Y tú, Cloe, ¿cómo te entretienes aquí al borde del mirador?
Cloe suspiró, hoy no le apetecía tener visita, pero sus dos amigas habían hecho un largo viaje para verla, y no podía defraudarlas.
- Yo miro, – dijo
- ¿Miras?
- Sí, presto atención a lo que pasa. Desde aquí se puede ver todo lo importante que pasa en el Cerro. Veo cómo por las noches sin luna la Biblioteca abre sus ventanas y captura las historias que trae el viento.
- Dicen que esas historias luego son soñadas por la gente de la ciudad y escriben libros con ellas, y cuentos, que la biblioteca se los susurra en sueños. Y luego esos libros viene aquí y Ella les recibe como si fuesen sus hijos.
- Sí, eso dicen, – continuó Cloe ante la mirada estupefacta de sus dos compañeras. – También veo cómo los árboles se mecen en el viento, y veo a tu Viejo Roble reunir a sus fantasmas para cantar canciones.
>> También me dedico a mirar el cielo. ¿Queréis que os cuente un secreto? Ayer estuvieron aquí Luna y Sol y se sentaron muy cerca de este sitio.
- A mí me da miedo el cielo, – dijo Tecla. – Prefiero ver sólo el verde de las hojas cuando miro hacia arriba. Si me fijo en el cielo, me mareo.
- Yo en cambio, no puedo vivir sin el viento que corre en mi hogar, allí arriba – señaló con dos de sus ocho patas la torre de la iglesia en la que vivía. Sin embargo, sí que envidio tu posición, Cloe. Aquí, cerca de la Biblioteca se pueden ver muchas cosas.
- Incluso esos asquerosos humanos parecen tratarla con el respeto que se merecen.
- La aman – señaló Cloe – pero no lo saben. Igual que a nosotras puede hacernos sentir especiales, a ellos les hace volver a creer en lo que llaman “magia”.
- ¿Magia? – preguntó Tecla.
- Sí, “magia”. Es algo que según ellos les permite escapar de la tiranía de la Naturaleza.
- Que horror – dijo Amneris – ¿para que querría nadie escapar de nuestras leyes?
- No lo sé, pero parece que los humanos valoran mucho esa magia, y los sueños. Pero por lo que dice la Biblioteca, cada vez menos, así que ella es uno de los pocos guardianes que quedan de es “magia” y debe velar por ella.
- Sigo sin entender porqué es tan importante esa “magia”.
Cloe sonrió mientras fijaba su atención en la abeja que parecía desandar el camino que la había llevado al patio que había en el otro extremo de la explanada. Sus patas estaban impregnadas de un polen negro brillante, y el cielo comenzó a nublarse.
Minutos después sus dos amigas se habían marchado y Cloe volvía bajo la baldosa que le servía de hogar y cobijo frente a las lluvias. Las palabras de su amiga resonaban en su cabeza. “Sigo sin entender porqué es tan importante esa magia”.
- Porque sin ella, querida amiga, nosotras nunca podríamos hablar.
La Daga de Astarod
La Daga de Astarod
El guía había pasado de largo ya por varias de las vitrinas de cristal explicando al grupo que le seguía la historia y leyenda de cada uno de los objetos que contenían.
El Brazalete de la Torrecilla, decía uno de los carteles frente a una vitrina cuadrada que se encontraba vacía. “Brazalete de oro de la edad de Bronce, una de las primeras joyas encontradas en España”.
- Fue robado hace unos meses de esta misma sala sin que nadie se explique cómo pudo pasar – añadió distraídamente el guía mientras pasaba a la siguiente sala.
La verdad es que la visita guiada al pequeño museo del convento del Cerro no estaba resultando tan aburrida como Teresa esperaba. Desde que habían entrado en el pequeño conjunto de siete salas anexo al convento, y abierto al público, Teresa no había dejado de preguntarse como una congregación como las Carmelitas del Cerro de los Ángeles habían logrado reunir tal cantidad de objetos valiosos.
El grupo se detuvo de nuevo frente a un cartel que decía: La Daga de Astarod. Teresa se fijó entonces en un hombre que no había entrado con ellos, pero que se había unido posteriormente al grupo. Era gordo, con el pelo grasiento, y sus ojos no dejaban de observar a su alrededor como si buscasen desesperadamente algo. Decidió no acercarse mucho al él e ignorarle.
- La Daga de Astarod – volvía a la carga el guía con su voz monótona – nadie sabe cuál es su origen. Las pruebas que se han hecho con Carbono catorce datan su edad en varios miles de años, por lo que debe de ser uno de los objetos más antiguos que existen. Se dice incluso que llegó aquí desde la primitiva Babilonia, pues por los caracteres grabados en su mango debió ser una daga ritual. En sus tiempos – los ojos del guía paladearon el momento – debió usarse en el sacrificio que los sacerdotes babilónicos ofrecían a sus dioses paganos y milenarios.
Algunas mujeres pegaron sus caras al cristal, mientras los niños intentaban ver por los huecos el siniestro instrumento que tantas vidas, suponían dejando volar su imaginación sedienta de falsas sensaciones, había arrebatado y enviado a los infiernos.
- El caso es que nadie sabe cómo fue, pero el primer registro de ella ligado al cerro de los Ángeles data del año mil de nuestra era. Su historia siempre ha estado ligada a asesinatos y hechos macabros a lo largo de todos los tiempos.
>> Muchas son las historias que podríamos contar de ella.
Las notas de la voz del hombre parecían embriagarla, sumirla en un leve sopor al que sin duda ayudaba el destello de luz que la Daga reflejaba y del que Teresa no podía apartar la mirada.
***
Año doscientos D.C.
El Patricio Arcum Galus era el hombre más feliz de la comarca. Acababa de terminar su hogar, en lo alto del cerro desde el que se podía ver toda la región, y la Biblioteca que estaba restaurando ya comenzaba a recibir visitas de pensadores y hombres ilustres.
La Villa Nova Roma pronto sería la envidia de todos los habitantes de la comarca.
Además, Arcum estaba esperando esa misma noche el nacimiento de su primer hijo. La vidente de runas de la aldea le había asegurado que sería un varón, y que el parto saldría bien. Adoraba a su mujer, y el hecho de perderla le volvería loco.
Arcum entró en la sala que usaba como despensa, y observó todos los regalos que amigos y familiares le habían enviado como presente por su próxima paternidad. Un carro de oro del tamaño de un pequeño cerdo, ropas para el bebe de las sedas más delicadas. Su madre incluso le había enviado un par de esclavas para que cuidasen del niño y ayudasen a la madre.
Estaba realmente satisfecho, pronto, podría acudir a Roma para recibir su nombramiento, un nombramiento que le llevaría directamente al Senado, y que supondría alcanzar sus metas personales más deseadas.
Estaba a punto de salir, cuando reparó en un regalo que había llegado a última hora. Una elaborada daga dorada que había enviado, de ahí su sorpresa, su máximo rival en política.
Éste, haciendo gala de una deportividad olímpica, le había felicitado por el nacimiento de su hijo y deseado lo mejor. La daga reposaba ahora en un rincón, pero algo en ella atrajo su atención.
Segundos después, Arcum empuñaba el arma ceremonial. Un sonido le sobresaltó. Estaba solo en la habitación, y sin embargo había escuchado, juraría, un susurro en sus oídos. Fue a depositar el alma en su sitio, pero un nuevo susurro le sobresaltó, esta vez más fuerte y amenazador. La puerta, de improvisó se cerró, dejándole aislado.
Los susurros continuaron durante minutos, seguidos después de gemidos y lamentos que le taladraban el cerebro. Unas voces ultraterrenas le amenazaban con arrebatar la vida de su mujer e hijo, y con llevárselos a los infiernos de Plutón para pagar por los pecados de él.
Desde fuera, una de las esclavas observaba a su señor, con la puerta abierta de par en par, girar sobre si mismo, nervioso y agitado, como si hablase con alguien. Las palabras dieron paso a gritos amenazadores, y durante varios minutos, los sirvientes se agolparon para ver a su señor gritar amenazando con una daga al aire.
Por último, el Patricio Arcum cayó de rodillas al suelo, llevándose las manos a la cabeza, y llorando. Después, se levantó, con el rostro desencajado y una expresión infernal en él. Salió por la puerta sin prestar atención a nada ni a nadie y se dirigió a los aposentos privados donde estaba dando a luz su mujer.
La mañana siguiente, los sirvientes les enterraban a ambos, mujer y marido en la parte de atrás de la villa.
El hombre, la había matado en un acceso de locura, y al recuperar la cordura, y darse cuenta de lo que había hecho, se quitó su propia vida.
La daga con la que se había cometido el crimen, fue vendida y enviada muy lejos de allí. No volvería hasta ochocientos años más tarde.
***
El guía seguía contando la historia. Las palabras resonaban en la cabeza de Teresa, rompiendo la hipnótica presencia de la daga a ratos. Sin embargo, cada vez escuchaba más y más lejos la voz.
***
Año 1075 d. C. – Aldea de Perales
El último de los regentes musulmanes que habían dominado la región centro de la península dormía sobre su cama. Su palacio, al norte de Toledo quedaba todavía a un día de viaje, y su expedición había parado a descansar e las tierras más al norte de su dominio.
La sombra del Cerro de las Letras, como los sabios de su pueblo llamaban al promontorio sobre el que habían edificado una Biblioteca y una mezquita, se proyectaba al atardecer sobre sus tiendas acampadas en las afueras de la aldea.
La Jata, o Camino Largo les llevaría pronto hacia el corazón de sus dominios, pero el encuentro del día anterior y la presencia del siniestro cerro le habían producido una intranquilidad extraña.
Abdouleiman, el Justo, acudió a la llamada de su rival, el rey cristiano Alfonso VI con sus mejores hombres y sus mejores galas. Tal era su porte y su maestría en el dominio de hombres y bestias, que durante las jornadas de caza que compartieron él y el rey cristiano este quedó impresionado por su voluntad.
Durante las últimas décadas su pueblo había sido abandonado por sus hermanos del norte de África, y la presión de los reyes del norte se hacía cada vez más intensa. Sin embargo, ahora había una esperanza para la paz, un resquicio para que las taifas conviviesen con las aldeas cristianas.
Ambos reyes se respetaban, y por añadidura, deseaban lo mejor para sus respectivos pueblos. Por ese motivo, sabedores de que la guerra entre ellos no arrearía más que sufrimiento había llegado al acuerdo de que fuese este lugar el que marcase la frontera entre ambos reinos.
El Cerro de las letras era considerado el centro de la península y dividía en dos partes iguales la misma. Abdouleiman retiraría a sus hombres al sur del cerro, entregando fértiles tierras a los colonos cristianos, y a cambio, Alfonso VI pagaría un rescate por ellas y dejaría de incitar expediciones contra territorio musulmán. Era un acuerdo por el que ganaban todos.
El Cerro de las Letras quedaría como centro del saber al que todas las religiones podrían acudir en paz para aprender y enseñar. Al ver la impresionante silueta del Cerro, dominando la meseta repleta de bosques, el califa reconoció la idoneidad del enclave como punto simbólico de lo que sería una larga época de paz y prosperidad.
Esa misma tarde Abdouleiman había recibido la visita de su hermana y el marido de ella. Ambos le habían pedido primero, y exigido después, que no respetase el trato, y que declarase la guerra a los infieles.
Hace unos años tal vez lo hubiese hecho, guiado por su desconocimiento de los preceptos del Corán y de las necesidades reales de su pueblo. Sus gentes no necesitaban más tierras o riquezas, sólo paz para poder prosperar.
Su cuñado llegó incluso a amenazarle, dejando entrever la daga dorada que penía de su cinturón. La daga había sido conseguida hacía mucho tiempo por una expedición pirata que saqueó las costas de Europa, donde se alzó una vez la orgullosa Roma. Tan adentro había llegado el poder musulman en su atrevimiento. Pero Abduleiman ya había escuchado bastante y les ordenó salir de su tienda y dejar el campamento.
Desde luego que conocía las ansias de poder de su cuñado, cómo esperaba que la guerra terminase con su vida para poder acceder al gobierno. Otro hombre tal vez hubiese intentado retarle, o socavar su posición de poder, pero era demasiado cobarde como para retar al Califa abiertamente.
Por suerte para todos, él era el califa y con la ayuda de Dios reinaría durante mucho más años, los suficientes como para asentar la paz y evitar que nadie la rompiese.
Un soplo de aire removió los velos que cubrían su lecho protegiéndole de los muchos mosquitos de la zona. Y una sombra se proyectó sobre él.
Aboulemian despertó un segundo, alerta por sus años de combates, pero no pudo evitar que el asesino conpletase su misión. Sólo pudo ver la siniestra daga dorada acercándose a su corazón.
Su último pensamiento se dirigió a sus esposas y a sus hijos, rogando a Dios que pudiesen huir a tiempo a las tierras de su familia en Argel.
***
Teresa se distrajo un segundo, lo justo para mirar por una de las ventanas u contemplar una extraña figura. Al otro borde del patio, justo en el límite del borde del monasterio, una figura extraña, fantasmal, y ataviada con ropajes de hace muchos siglos la observaba.
Un soplo de aire le llegó a la cara, y en el instante de un parpadeo, la figura había desaparecido de su vista.
***
1808 – Getafe
Sor Rocío recogía flores para el convento. El aroma del Cerro de los Ángeles se extendía ese día de primavera por todos los alrededores. Pero ella tenía otros motivos para estar radiante.
Hoy le iba a ver. Sabía en lo más profundo de sus entrañas que su condición de novicia le impedía encontrarse con un hombre, pero él había acudido a ella con palabras hermosas, que habían abierto su corazón como jamás había creído que nada excepto el amor a Cristo hubiese podido hacer. Su acento francés, su porte militar y su largo bigote la habían cautivado desde el primer momento en que le vio. A la cabeza de su regimiento, el mismo que meses antes había establecido su cuartel general en Getafe, altivo sobre su caballo, el Mariscal Sould había llegado.
Ella le había visto varias veces, era un hombre pío, religioso, que acudía a las iglesias del Cerro al no poder ir directamente a las del pueblo, debido a los levantamientos y la hostilidad cada vez más abierta hacia las tropas francesas.
Era en una de las misas que el sacerdote de la iglesia principal ofrecía en honor a mariscal donde le había conocido. A la salida, Patric Sould se había dirigido a las novicias alabando su entrega a Dios y su trabajo en favor de la paz que él también ansiaba.
Como gracia a la abadesa había solicitado que una novicia le enseñase el idioma castellano, a leerlo y a escribirlo. La había elegido a ella.
Su primer beso no tardó en llegar. Empapándola los labios Patric posó los suyos sobre los de ella y le confesó lo que sentía. Los meses siguientes habían sido como un sueño para ella. Resistiéndose al principio, totalmente entregada a continuación, Rocío había hecho caso omiso a las habladurías que llegaban al convento. Ella esperaba ansiosa la llegada del hombre de sus sueños cada semana, y se sentía muy abatida cuando no podía ir, y enviaba un mensajero disculpándose por tener que atender sus deberes como enviado del Emperador.
Tampoco escuchaba las palabras de su compañera de celda, cuando ésta, en las noches oscuras susurraba las atrocidades que según ella los franceses estaban cometiendo en el pueblo contra sus compatriotas. En su lugar, sus pensamientos vagaban hacia las dos lunas oscuras que eran los ojos del hombre. Hacia su carne cálida que tantas veces había acogido dentro de ella. Hacia el padre de su hijo que nacería dentro de unos meses.
Nada la importaba, excepto amarle y que él la viniese a ver, y que cuando terminasen de imponer la paz en el país la llevase muy lejos. A las tierras en las que su hijo y ella vivirían como el hijo y la esposa legítimos de él.
Un brillo en el suelo atrajo su atención. Sor Rocío reconoció el cuerpo decapitado de un capitán francés. En su cinto, brillaba la hoja de una daga.
El brillo era hermoso, hipnótico, y el canto de los pájaros se alejaba cada vez más, dejando hueco en su mete nada más para los susurro de voces lejanas que la impulsaban a recogerla.
Esa noche el Mariscal Sould acudió, como siempre, a escondidas, a los túmulos celtas semiderruidos que había detrás del bosque del Cerro. Allí, esperándole, Rocío contemplaba el cielo sin estrellas de la noche.
Cuando se acercó a ella Sould pudo ver su mirada perdida, como una babilla resbalaba de su boca hasta su barbilla. Ella lanzó una sonrisa enloquecida cuando le reconoció, y se abalanzó a sus brazos. En su mano, a pesar de la ausencia de luna, brillaba una siniestra daga de oro.
***
Teresa se fijó, al hilo de la narración, que la hoja de la daga estaba impoluta. Tanta sangre derramada, tantas cosas extrañas ocurridas a su alrededor, y su aspecto no podía ser más inocente.
***
1950 – Prisión del Cerro de los Ángeles.
Francisco levantó la piedra sobre su cabeza. Pesaba como el mismo diablo, pero la presencia del soldado de las brigadas nacionales no le dejaba un segundo de descanso.
Su compañero Jose levantó la piedra y la alzó hasta el siguiente, Alfonso, el cantante. Le llamaban así porque tocaba la guitarra, y lo hacía bien. Tanto, que los guardias le habían permitido conservarla para que en las noches les cantase a todos alguna canción de Andalucía.
A veces, los guardias se comportaban como seres humanos, pero nunca cuando el Halcón estaba cerca. El Halcón era el jefe del campo de prisioneros que estaba levantando la prisión del cerro de los Ángeles, y el monumento a Cristo que se vería desde todos los puntos de la meseta.

Era un auténtico bastardo. Y todos, presos y guardias esperaban su muerte y la deseaban. Pero ninguno se atrevía a contradecir ninguna de sus órdenes. Hacerlo significaba, en el mejor de los casos la muerte, y en el peor, sufrir el destino de Juan Ibáñez, emparedado vivo entre los muros de la iglesia que estaba edificando.
Una piedra cayó a su lado, y el Pato de Burgos, se disculpó por su torpeza. El Pato, ya nadie le llamaba por su verdadero nombre, Arturo, era el hombre más bueno y más torpe del campamento. Todos le protegían, incluidos los guardias, cuando el Halcón no estaba cerca.
El guardia que le vio, al que todos llamaban Pepe le dijo en un claro acento andaluz. Mañana vuelvo a mi tierra, cacho cabrón, intenta no matar a nadie ni hacer que te maten hasta entonces. No quiero llevarme de ti el recuerdo de tu mortaja.
A su derecha Rafael sonrió antes de volver al trabajo. Como todos, Rafael, el Pato, Jose, Alfonso, Francisco había tenido la mala suerte en la guerra civil de encontrarse en el lado equivocado del levantamiento. Es decir, en el bando perdedor.
Pocos de los que le rodeaban se habían alistado sólo por compartir el ideal de la república, o de las tropas nacionales. En su bando, los que lo habían hecho, estaban ya muertos y enterrados en el cementerio que se podía ver al oeste de allí. Se habían hecho matar al negarse a trabajar y al intentar seguir luchando por sus ideales incluso en prisión.
Pero ellos cuatro hoy estaban contentos, esa noche se iban a largar. Él, Jose, Alfonso y el Pato habían hablado con un guardia nacional que les iba a dejar salir para que se escabullesen y volviesen a sus tierras. A cambio debían hacer algo por él, aquí nadie daba nada por nada.
El Halcón había violado hacía años a la hermana del guardia, y él quería venganza. Esa noche, antes de largarse, debían hacer una visita al barracón donde dormía el Halcón. Los guardias alargarían el cambio de guardia más de lo normal para dejarles paso. Después, el correr sería su única preocupación.
Les habían proporcionado una daga antigua, encontrada entre las excavaciones de las obras, al limpiar el muro de escombros de la antigua iglesia. El Pato la guardaba, nadie miraría en sus pantalones.
El día transcurrió muy lentamente para todos, pero al final, la noche cayó sobre ellos y los barracones quedaron en silencio.
Francisco se dirigió hacia la puerta, que encontró abierta tal y como habían acordado. Los cuatro se escabulleron en silencio entre las sombras, directamente hacia el solitario barracón de El Halcón. El Pato abrió la puerta y entró en su interior acompañado de Alfonso, él y Jose se quedarían fuera vigilando.
Los gritos apagados no duraron mucho.
Arriba, las nubes cubrían la luna menguante, y un extraño frío le hizo estremecerse de un escalofrío. Intentó calentarse pensando en su casa, en la que estaría en pocas semanas.
A su espalda, la puerta se abrió de par en par, por el umbral asomó el pato, cubierto de sangre. Parecía seriamente conmocionado, y venía solo.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Jose. – ¿Dónde está Alfonso?
El Pato no respondió, en su lugar, una sonrisa sádica ocupó su inocente rostro, y se abalanzó sobre ellos.
Arriba, las nubes cubrían la luna por completo, y el cerro de los Ángeles permanecía oscuro y silencioso, con la excepción de los gritos enloquecidos que rompían la noche.
***
Teresa despertó del sopor en el que había entrado mientras escuchaba las historias del guía. El resto de la gente abandonaba ya la sala, terminada la visita. Sin embargo, un susurro en su mente la retenía allí. Algo la impulsaba a alargar la mano, abrir la vitrina y recoger la daga. Sentía la imperiosa necesidad de tomarla, de usarla, de poseerla.
Un ruido la alertó. A pocos metros de ella, el hombre gordo la contemplaba ávido y sinuoso. Apretaba las manos contra su cuerpo, como si fuese a abalanzarse sobre ella en cualquier momento.
Asustada, Teresa dejó a tras la urna y salió por la puerta para reunirse con el grupo y alejarse del hombre que, frustrado, salía por la otra puerta, en pos sin duda, de otro grupo al que unirse.

