Sol y Luna

Julio 11, 2007 at 2:41 pm (Sueños)

Sol y Luna

La pareja contrastaba con el sobrio paisaje invernal del Cerro.

El cielo había permanecido nublado todo el día, presagiando una noche oscura y tormentosa. El Sol no se había asomado en ningún momento para iluminar le bosque a los pies de ellos, y esa noche habría Luna Nueva.

Él era alto, fuerte, rubio, y en su manera de andar, lenta y pausada se podía contemplar un aplomo como era difícil encontrar en una persona de su edad. Aparentaba treinta y pocos, pero a su lado, la mujer parecía mucho más joven. No debía llegar a los veinte.

Ella era pequeña, morena de piel pálida como el armiño, y ojos grises. Sin embargo, a pesar de no tener una presencia tan imponente como su acompañante, cualquiera que la mirase sentía que su seguridad en si misma no era menor a la de él.

De hecho, durante un segundo sus miradas se cruzaron, la de él, brillante y luminosa, repleta e energía y luz, y la de ella, gris, serena y melancólica, reflejando el fuego de la mirada de él, como si fuese un millar de estrellas.

- ¿Qué tal está tu hijo? – preguntó el hombre con una voz ronca, segura. – Hace mucho que no le veo.

- Muy bien, Lorenzo. Está estudiando por las noches, no sale mucho de día, ha salido a su madre.

- Sí, por lo que sé es tan listo he inteligente como tú. ¿Qué edad tiene ya, Selena? Diecisiete.

- Dieciocho.

- Los humanos dirían que ya es mayor de edad, pero tú y yo sabemos que él ya nació mayor. Y sabio.

- Sí, es lo menos que podía regalarle, dado que ha crecido sin padre, y con su madre tan distante.

- ¿Cuándo se lo vas a decir? ¿Cuándo le vas a dar la oportunidad de que sepa quien es su madre?

- Adoptiva.

- Yo creo que no, tuviste tanto que ver en su concepción como su madre biológica.

Selena suspiró un poco melancólica, soñando despierta con aquella noche. El pinar del Cerro, donde la pareja gitana se había escapado en pleno Rocío, repleto de los sonidos del bosque, casi como si fuese un lugar mágico, iluminado por la luna llena, que lo contemplaba todo casi ansiosa.

El amor de ellos desbordando su piel, tocando las cortezas de los árboles, derramándose por el bosque, sobre la hierba, entre la neblina. Los gemidos de ella, triunfante, apagando los ruidos de los animales nocturnos, arrancados por las caricias que su amado le regalaba.

Y en el último momento, de plena felicidad y abandono, los ojos de ella encontrándose con el astro nocturno que la miraba directamente, reflejando en ellos y en su alma su luz blanca.

- Fuiste muy valiente, no sé ni cómo te dejaron hacerlo.

- Fue por este lugar – ella señaló en todas direcciones con sus brazos. – Aquí todo es posible, lo sabes tan bien como yo. Nada de lo que ocurra aquí ocurre realmente, y al tiempo nada es tan real como lo que aquí pase.

- Sí, este sitio es mágico. El día que se pierda será una lástima.

- No se perderá – respondió ella.

- Me temo que sí. Todo se pierde, todo se destruye. Ningún defensor podrá evitarlo, lo he visto pasar en innumerables ocasiones.

- Esto no. El Cerro y su Biblioteca no.

- Hasta nosotros desapareceremos, Selena. El Olvido no perdona a nadie, y la Muerte a todos nos alcanza.

- No creo que la Muerte tenga especial interés en destruir este lugar, más bien al contrario.

- Tal vez, pero créeme, llegado el momento, nadie podrá hacer nada. Ya sabes que el destino de cada uno nos lleva a donde nosotros digamos, y siempre, tarde o temprano, elegimos la muerte y el reposo.

- Ya se verá, Lorenzo. – Selena se caminó por la plaza en dirección opuesta a donde se encontraban en ese momento.

- Oye, ¿sigues jugando a ese jueguecito anual con los espíritus? – preguntó él cambiando de tema.

- Por supuesto.

- ¿Por qué entonces les torturas? Les ofreces la salvación, con esa roca negra en forma de huevo, les das la posibilidad de pasar al otro lado y al tiempo envías a tus siervos de la Noche Sin Luna para impedirles llegar.

- Los regalos hay que ganárselos, Lorenzo. No es una dádiva lo que les entrego, sino una posibilidad de lograr algo que anhelan. Además, yo no puedo saltarme las reglas del Destino.

- Es bonito verles recuperar la esperanza una vez al año. Además, les hace mejores el resto del tiempo.

Frente a ellos, una pequeña iglesia, menor que la principal pero con un campanario que destacaba sobre los tejados del convento.

- ¿Por qué querías verme? – preguntó ella – no creo que sea para preguntarme por mi hijo, ni para hablarme de la muerte y la eternidad. Su sonrisa creció ensanchándose en su rostro.

- Tienes razón. Vengo a renovar mi propuesta. La que te hice hace tanto tiempo.

- Sabes mi respuesta, – le cortó ella.

- Sí, pero sigo sin entenderla.

- ¿Cuánto hace que nos conocemos, Lorenzo?

- Mucho, tanto que a veces ni lo recuerdo – dijo él pensativo.

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- ¿Y todavía no sabes que mi destino es estar sola para toda la eternidad? Ya me arriesgué una vez a luchar contra mi destino, y me salió bien, tanto, que no quiero tentar a la suerte.

- Los dos juntos podríamos luchar contra todo, Selena. Nada impediría nuestro amor.

- Habla como un hombre joven, a pesar de tu edad. ¿Sabes cuántas veces he escuchado esas palabras pronunciadas en mi nombre? ¿Sabes cuántos hombres me han jurado fidelidad si les concedía sus deseos? ¿Sabes cuantos corazones se han partido cuando han comprendido lo imposible de su amor?

- Esos hombres eran distintos a mí. Mi voluntad es de hierro, mi fuerza interior supera todo lo que hayas visto, puedo conseguir todo lo que me proponga.

- Lorenzo – ella apoyó su mano cariñosamente sobre su mejilla, y su tacto frío se mezcló con la calidez que emanaba la piel de él. – Eres muy especial, pero ni tú ni yo podemos hacer nada contra lo que nos separa. Ni siquiera en este lugar mágico de olvido y esperanza.

- Me niego a creerlo, Selena.

- Pues así es, me temo. No podemos hacer nada, salvo esperar a que cambien las tornas de nuestras vidas, y que nuestros caminos no estén destinados a ser opuestos.

Lorenzo se quedó pensativo durante unos segundos. Meditó durante un buen rato, mientras que Selena le contemplaba en silencio, y el viento arreciaba sobre ellos.

- ¿Por qué todo es tan difícil? – rompió la voz masculina al fin.

- Esa pregunta también la he escuchado muchas veces. La gente se pregunta, porqué soy infeliz, porqué no puedo hacer lo que quiero, porqué.

- ¿Y que respuesta encuentran?

- Algunos logran romper el círculo, otros eligen, como has dicho, el olvido, los más rehacen sus heridas y buscan una nueva meta, con el tiempo, y nuevas promesas que cumplir o incumplir.

- Yo nunca incumpliría una promesa que te diese, – le dijo él. – Aunque acarrease mi fin.

- Lo sé, Lorenzo – de nuevo ella sonreía, pero esta vez de sus labios rosas expresaban melancolía y resignación. – Por eso mismo es imposible que nos arriesguemos a amarnos abiertamente. Demasiados dependen de nosotros, de nuestros actos.

- ¿Y debo sacrificar mi felicidad y mis esperanzas por ellos?

- Es el papel que nos ha tocado en esta vida. No podemos elegir el papel que tenemos.

- ¿Tu Biblioteca sí y nosotros no?

- Sí, ella es distinta asintió Selena.

- ¿Y el resto de los hombres? ¿Es justo que con tanta responsabilidad sobre nuestros hombros sean ellos los que disfruten?

- Sí, es justo. Porque es nuestro papel, como el suyo es hacer su vida.

- Como siempre, tienes razón, – se rindió Lorenzo. Ella podía ser muy persuasiva cuando quería. De hecho, desde que recordaba él no la había conseguido convencer de nada nunca. Más bien era él quien terminaba por adoptar su postura en los temas de los que hablaban las escasas veces que se veían.

Ambos se miraron. Los dos sabían lo que significaban el uno para el otro, que atesoraban esos encuentros, a la espera de que se repitiese en el futuro. Condenados a verse sólo de lejos, separados por sus diferentes estatus.

Lorenzo miró alrededor.

- Tenías razón – dijo, rompiendo de nuevo el silencio. Con Selena, le costaba mantenerse callado, y era la única mujer con la que perdía su aplomo – este lugar es especial.

- Sí, cuando nos dejen nuestras responsabilidades tendremos que volver aquí.

- De acuerdo, esperemos que esté aquí cuando volvamos – dijo él con una mirada de preocupación en el rostro.

- ¿Tú también lo has sentido? – era más una afirmación que una pregunta.

- Nada más llegar. Pronto, él estará aquí. Y eso podría suponer el fin de este lugar, y de toda su magia.

- Esperemos que no – terminó ella – el tiempo lo dirá. Tengo que marcharme.

- Yo también.

- Pues hasta otra, Sol.

- Hasta siempre, Luna.

Y dicho esto, se separaron volviendo a los cielos y dejando atrás sus tristezas, para que los árboles las meciesen entre sus ramas y se mezclasen con los sueños de los hombres.

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