La Daga de Astarod

Julio 11, 2007 at 2:38 pm (Sueños)

La Daga de Astarod

El guía había pasado de largo ya por varias de las vitrinas de cristal explicando al grupo que le seguía la historia y leyenda de cada uno de los objetos que contenían.

El Brazalete de la Torrecilla, decía uno de los carteles frente a una vitrina cuadrada que se encontraba vacía. “Brazalete de oro de la edad de Bronce, una de las primeras joyas encontradas en España”.

- Fue robado hace unos meses de esta misma sala sin que nadie se explique cómo pudo pasar – añadió distraídamente el guía mientras pasaba a la siguiente sala.

La verdad es que la visita guiada al pequeño museo del convento del Cerro no estaba resultando tan aburrida como Teresa esperaba. Desde que habían entrado en el pequeño conjunto de siete salas anexo al convento, y abierto al público, Teresa no había dejado de preguntarse como una congregación como las Carmelitas del Cerro de los Ángeles habían logrado reunir tal cantidad de objetos valiosos.

El grupo se detuvo de nuevo frente a un cartel que decía: La Daga de Astarod. Teresa se fijó entonces en un hombre que no había entrado con ellos, pero que se había unido posteriormente al grupo. Era gordo, con el pelo grasiento, y sus ojos no dejaban de observar a su alrededor como si buscasen desesperadamente algo. Decidió no acercarse mucho al él e ignorarle.

- La Daga de Astarod – volvía a la carga el guía con su voz monótona – nadie sabe cuál es su origen. Las pruebas que se han hecho con Carbono catorce datan su edad en varios miles de años, por lo que debe de ser uno de los objetos más antiguos que existen. Se dice incluso que llegó aquí desde la primitiva Babilonia, pues por los caracteres grabados en su mango debió ser una daga ritual. En sus tiempos – los ojos del guía paladearon el momento – debió usarse en el sacrificio que los sacerdotes babilónicos ofrecían a sus dioses paganos y milenarios.

Algunas mujeres pegaron sus caras al cristal, mientras los niños intentaban ver por los huecos el siniestro instrumento que tantas vidas, suponían dejando volar su imaginación sedienta de falsas sensaciones, había arrebatado y enviado a los infiernos.

- El caso es que nadie sabe cómo fue, pero el primer registro de ella ligado al cerro de los Ángeles data del año mil de nuestra era. Su historia siempre ha estado ligada a asesinatos y hechos macabros a lo largo de todos los tiempos.

>> Muchas son las historias que podríamos contar de ella.

Las notas de la voz del hombre parecían embriagarla, sumirla en un leve sopor al que sin duda ayudaba el destello de luz que la Daga reflejaba y del que Teresa no podía apartar la mirada.

***

Año doscientos D.C.

El Patricio Arcum Galus era el hombre más feliz de la comarca. Acababa de terminar su hogar, en lo alto del cerro desde el que se podía ver toda la región, y la Biblioteca que estaba restaurando ya comenzaba a recibir visitas de pensadores y hombres ilustres.

La Villa Nova Roma pronto sería la envidia de todos los habitantes de la comarca.

Además, Arcum estaba esperando esa misma noche el nacimiento de su primer hijo. La vidente de runas de la aldea le había asegurado que sería un varón, y que el parto saldría bien. Adoraba a su mujer, y el hecho de perderla le volvería loco.

Arcum entró en la sala que usaba como despensa, y observó todos los regalos que amigos y familiares le habían enviado como presente por su próxima paternidad. Un carro de oro del tamaño de un pequeño cerdo, ropas para el bebe de las sedas más delicadas. Su madre incluso le había enviado un par de esclavas para que cuidasen del niño y ayudasen a la madre.

Estaba realmente satisfecho, pronto, podría acudir a Roma para recibir su nombramiento, un nombramiento que le llevaría directamente al Senado, y que supondría alcanzar sus metas personales más deseadas.

Estaba a punto de salir, cuando reparó en un regalo que había llegado a última hora. Una elaborada daga dorada que había enviado, de ahí su sorpresa, su máximo rival en política.

Éste, haciendo gala de una deportividad olímpica, le había felicitado por el nacimiento de su hijo y deseado lo mejor. La daga reposaba ahora en un rincón, pero algo en ella atrajo su atención.

Segundos después, Arcum empuñaba el arma ceremonial. Un sonido le sobresaltó. Estaba solo en la habitación, y sin embargo había escuchado, juraría, un susurro en sus oídos. Fue a depositar el alma en su sitio, pero un nuevo susurro le sobresaltó, esta vez más fuerte y amenazador. La puerta, de improvisó se cerró, dejándole aislado.

Los susurros continuaron durante minutos, seguidos después de gemidos y lamentos que le taladraban el cerebro. Unas voces ultraterrenas le amenazaban con arrebatar la vida de su mujer e hijo, y con llevárselos a los infiernos de Plutón para pagar por los pecados de él.

Desde fuera, una de las esclavas observaba a su señor, con la puerta abierta de par en par, girar sobre si mismo, nervioso y agitado, como si hablase con alguien. Las palabras dieron paso a gritos amenazadores, y durante varios minutos, los sirvientes se agolparon para ver a su señor gritar amenazando con una daga al aire.

Por último, el Patricio Arcum cayó de rodillas al suelo, llevándose las manos a la cabeza, y llorando. Después, se levantó, con el rostro desencajado y una expresión infernal en él. Salió por la puerta sin prestar atención a nada ni a nadie y se dirigió a los aposentos privados donde estaba dando a luz su mujer.

La mañana siguiente, los sirvientes les enterraban a ambos, mujer y marido en la parte de atrás de la villa.

El hombre, la había matado en un acceso de locura, y al recuperar la cordura, y darse cuenta de lo que había hecho, se quitó su propia vida.

La daga con la que se había cometido el crimen, fue vendida y enviada muy lejos de allí. No volvería hasta ochocientos años más tarde.

***

El guía seguía contando la historia. Las palabras resonaban en la cabeza de Teresa, rompiendo la hipnótica presencia de la daga a ratos. Sin embargo, cada vez escuchaba más y más lejos la voz.

***

Año 1075 d. C. – Aldea de Perales

El último de los regentes musulmanes que habían dominado la región centro de la península dormía sobre su cama. Su palacio, al norte de Toledo quedaba todavía a un día de viaje, y su expedición había parado a descansar e las tierras más al norte de su dominio.

La sombra del Cerro de las Letras, como los sabios de su pueblo llamaban al promontorio sobre el que habían edificado una Biblioteca y una mezquita, se proyectaba al atardecer sobre sus tiendas acampadas en las afueras de la aldea.

La Jata, o Camino Largo les llevaría pronto hacia el corazón de sus dominios, pero el encuentro del día anterior y la presencia del siniestro cerro le habían producido una intranquilidad extraña.

Abdouleiman, el Justo, acudió a la llamada de su rival, el rey cristiano Alfonso VI con sus mejores hombres y sus mejores galas. Tal era su porte y su maestría en el dominio de hombres y bestias, que durante las jornadas de caza que compartieron él y el rey cristiano este quedó impresionado por su voluntad.

Durante las últimas décadas su pueblo había sido abandonado por sus hermanos del norte de África, y la presión de los reyes del norte se hacía cada vez más intensa. Sin embargo, ahora había una esperanza para la paz, un resquicio para que las taifas conviviesen con las aldeas cristianas.

Ambos reyes se respetaban, y por añadidura, deseaban lo mejor para sus respectivos pueblos. Por ese motivo, sabedores de que la guerra entre ellos no arrearía más que sufrimiento había llegado al acuerdo de que fuese este lugar el que marcase la frontera entre ambos reinos.

El Cerro de las letras era considerado el centro de la península y dividía en dos partes iguales la misma. Abdouleiman retiraría a sus hombres al sur del cerro, entregando fértiles tierras a los colonos cristianos, y a cambio, Alfonso VI pagaría un rescate por ellas y dejaría de incitar expediciones contra territorio musulmán. Era un acuerdo por el que ganaban todos.

El Cerro de las Letras quedaría como centro del saber al que todas las religiones podrían acudir en paz para aprender y enseñar. Al ver la impresionante silueta del Cerro, dominando la meseta repleta de bosques, el califa reconoció la idoneidad del enclave como punto simbólico de lo que sería una larga época de paz y prosperidad.

Esa misma tarde Abdouleiman había recibido la visita de su hermana y el marido de ella. Ambos le habían pedido primero, y exigido después, que no respetase el trato, y que declarase la guerra a los infieles.

Hace unos años tal vez lo hubiese hecho, guiado por su desconocimiento de los preceptos del Corán y de las necesidades reales de su pueblo. Sus gentes no necesitaban más tierras o riquezas, sólo paz para poder prosperar.

Su cuñado llegó incluso a amenazarle, dejando entrever la daga dorada que penía de su cinturón. La daga había sido conseguida hacía mucho tiempo por una expedición pirata que saqueó las costas de Europa, donde se alzó una vez la orgullosa Roma. Tan adentro había llegado el poder musulman en su atrevimiento. Pero Abduleiman ya había escuchado bastante y les ordenó salir de su tienda y dejar el campamento.

Desde luego que conocía las ansias de poder de su cuñado, cómo esperaba que la guerra terminase con su vida para poder acceder al gobierno. Otro hombre tal vez hubiese intentado retarle, o socavar su posición de poder, pero era demasiado cobarde como para retar al Califa abiertamente.

Por suerte para todos, él era el califa y con la ayuda de Dios reinaría durante mucho más años, los suficientes como para asentar la paz y evitar que nadie la rompiese.

Un soplo de aire removió los velos que cubrían su lecho protegiéndole de los muchos mosquitos de la zona. Y una sombra se proyectó sobre él.

Aboulemian despertó un segundo, alerta por sus años de combates, pero no pudo evitar que el asesino conpletase su misión. Sólo pudo ver la siniestra daga dorada acercándose a su corazón.

Su último pensamiento se dirigió a sus esposas y a sus hijos, rogando a Dios que pudiesen huir a tiempo a las tierras de su familia en Argel.

***

Teresa se distrajo un segundo, lo justo para mirar por una de las ventanas u contemplar una extraña figura. Al otro borde del patio, justo en el límite del borde del monasterio, una figura extraña, fantasmal, y ataviada con ropajes de hace muchos siglos la observaba.

Un soplo de aire le llegó a la cara, y en el instante de un parpadeo, la figura había desaparecido de su vista.

***

1808 – Getafe

Sor Rocío recogía flores para el convento. El aroma del Cerro de los Ángeles se extendía ese día de primavera por todos los alrededores. Pero ella tenía otros motivos para estar radiante.

Hoy le iba a ver. Sabía en lo más profundo de sus entrañas que su condición de novicia le impedía encontrarse con un hombre, pero él había acudido a ella con palabras hermosas, que habían abierto su corazón como jamás había creído que nada excepto el amor a Cristo hubiese podido hacer. Su acento francés, su porte militar y su largo bigote la habían cautivado desde el primer momento en que le vio. A la cabeza de su regimiento, el mismo que meses antes había establecido su cuartel general en Getafe, altivo sobre su caballo, el Mariscal Sould había llegado.

Ella le había visto varias veces, era un hombre pío, religioso, que acudía a las iglesias del Cerro al no poder ir directamente a las del pueblo, debido a los levantamientos y la hostilidad cada vez más abierta hacia las tropas francesas.

Era en una de las misas que el sacerdote de la iglesia principal ofrecía en honor a mariscal donde le había conocido. A la salida, Patric Sould se había dirigido a las novicias alabando su entrega a Dios y su trabajo en favor de la paz que él también ansiaba.

Como gracia a la abadesa había solicitado que una novicia le enseñase el idioma castellano, a leerlo y a escribirlo. La había elegido a ella.

Su primer beso no tardó en llegar. Empapándola los labios Patric posó los suyos sobre los de ella y le confesó lo que sentía. Los meses siguientes habían sido como un sueño para ella. Resistiéndose al principio, totalmente entregada a continuación, Rocío había hecho caso omiso a las habladurías que llegaban al convento. Ella esperaba ansiosa la llegada del hombre de sus sueños cada semana, y se sentía muy abatida cuando no podía ir, y enviaba un mensajero disculpándose por tener que atender sus deberes como enviado del Emperador.

Tampoco escuchaba las palabras de su compañera de celda, cuando ésta, en las noches oscuras susurraba las atrocidades que según ella los franceses estaban cometiendo en el pueblo contra sus compatriotas. En su lugar, sus pensamientos vagaban hacia las dos lunas oscuras que eran los ojos del hombre. Hacia su carne cálida que tantas veces había acogido dentro de ella. Hacia el padre de su hijo que nacería dentro de unos meses.

Nada la importaba, excepto amarle y que él la viniese a ver, y que cuando terminasen de imponer la paz en el país la llevase muy lejos. A las tierras en las que su hijo y ella vivirían como el hijo y la esposa legítimos de él.

Un brillo en el suelo atrajo su atención. Sor Rocío reconoció el cuerpo decapitado de un capitán francés. En su cinto, brillaba la hoja de una daga.

El brillo era hermoso, hipnótico, y el canto de los pájaros se alejaba cada vez más, dejando hueco en su mete nada más para los susurro de voces lejanas que la impulsaban a recogerla.

Esa noche el Mariscal Sould acudió, como siempre, a escondidas, a los túmulos celtas semiderruidos que había detrás del bosque del Cerro. Allí, esperándole, Rocío contemplaba el cielo sin estrellas de la noche.

Cuando se acercó a ella Sould pudo ver su mirada perdida, como una babilla resbalaba de su boca hasta su barbilla. Ella lanzó una sonrisa enloquecida cuando le reconoció, y se abalanzó a sus brazos. En su mano, a pesar de la ausencia de luna, brillaba una siniestra daga de oro.

***

Teresa se fijó, al hilo de la narración, que la hoja de la daga estaba impoluta. Tanta sangre derramada, tantas cosas extrañas ocurridas a su alrededor, y su aspecto no podía ser más inocente.

***

1950 – Prisión del Cerro de los Ángeles.

Francisco levantó la piedra sobre su cabeza. Pesaba como el mismo diablo, pero la presencia del soldado de las brigadas nacionales no le dejaba un segundo de descanso.

Su compañero Jose levantó la piedra y la alzó hasta el siguiente, Alfonso, el cantante. Le llamaban así porque tocaba la guitarra, y lo hacía bien. Tanto, que los guardias le habían permitido conservarla para que en las noches les cantase a todos alguna canción de Andalucía.

A veces, los guardias se comportaban como seres humanos, pero nunca cuando el Halcón estaba cerca. El Halcón era el jefe del campo de prisioneros que estaba levantando la prisión del cerro de los Ángeles, y el monumento a Cristo que se vería desde todos los puntos de la meseta.

 

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Era un auténtico bastardo. Y todos, presos y guardias esperaban su muerte y la deseaban. Pero ninguno se atrevía a contradecir ninguna de sus órdenes. Hacerlo significaba, en el mejor de los casos la muerte, y en el peor, sufrir el destino de Juan Ibáñez, emparedado vivo entre los muros de la iglesia que estaba edificando.

Una piedra cayó a su lado, y el Pato de Burgos, se disculpó por su torpeza. El Pato, ya nadie le llamaba por su verdadero nombre, Arturo, era el hombre más bueno y más torpe del campamento. Todos le protegían, incluidos los guardias, cuando el Halcón no estaba cerca.

El guardia que le vio, al que todos llamaban Pepe le dijo en un claro acento andaluz. Mañana vuelvo a mi tierra, cacho cabrón, intenta no matar a nadie ni hacer que te maten hasta entonces. No quiero llevarme de ti el recuerdo de tu mortaja.

A su derecha Rafael sonrió antes de volver al trabajo. Como todos, Rafael, el Pato, Jose, Alfonso, Francisco había tenido la mala suerte en la guerra civil de encontrarse en el lado equivocado del levantamiento. Es decir, en el bando perdedor.

Pocos de los que le rodeaban se habían alistado sólo por compartir el ideal de la república, o de las tropas nacionales. En su bando, los que lo habían hecho, estaban ya muertos y enterrados en el cementerio que se podía ver al oeste de allí. Se habían hecho matar al negarse a trabajar y al intentar seguir luchando por sus ideales incluso en prisión.

Pero ellos cuatro hoy estaban contentos, esa noche se iban a largar. Él, Jose, Alfonso y el Pato habían hablado con un guardia nacional que les iba a dejar salir para que se escabullesen y volviesen a sus tierras. A cambio debían hacer algo por él, aquí nadie daba nada por nada.

El Halcón había violado hacía años a la hermana del guardia, y él quería venganza. Esa noche, antes de largarse, debían hacer una visita al barracón donde dormía el Halcón. Los guardias alargarían el cambio de guardia más de lo normal para dejarles paso. Después, el correr sería su única preocupación.

Les habían proporcionado una daga antigua, encontrada entre las excavaciones de las obras, al limpiar el muro de escombros de la antigua iglesia. El Pato la guardaba, nadie miraría en sus pantalones.

El día transcurrió muy lentamente para todos, pero al final, la noche cayó sobre ellos y los barracones quedaron en silencio.

Francisco se dirigió hacia la puerta, que encontró abierta tal y como habían acordado. Los cuatro se escabulleron en silencio entre las sombras, directamente hacia el solitario barracón de El Halcón. El Pato abrió la puerta y entró en su interior acompañado de Alfonso, él y Jose se quedarían fuera vigilando.

Los gritos apagados no duraron mucho.

Arriba, las nubes cubrían la luna menguante, y un extraño frío le hizo estremecerse de un escalofrío. Intentó calentarse pensando en su casa, en la que estaría en pocas semanas.

A su espalda, la puerta se abrió de par en par, por el umbral asomó el pato, cubierto de sangre. Parecía seriamente conmocionado, y venía solo.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó Jose. – ¿Dónde está Alfonso?

El Pato no respondió, en su lugar, una sonrisa sádica ocupó su inocente rostro, y se abalanzó sobre ellos.

Arriba, las nubes cubrían la luna por completo, y el cerro de los Ángeles permanecía oscuro y silencioso, con la excepción de los gritos enloquecidos que rompían la noche.

***

Teresa despertó del sopor en el que había entrado mientras escuchaba las historias del guía. El resto de la gente abandonaba ya la sala, terminada la visita. Sin embargo, un susurro en su mente la retenía allí. Algo la impulsaba a alargar la mano, abrir la vitrina y recoger la daga. Sentía la imperiosa necesidad de tomarla, de usarla, de poseerla.

Un ruido la alertó. A pocos metros de ella, el hombre gordo la contemplaba ávido y sinuoso. Apretaba las manos contra su cuerpo, como si fuese a abalanzarse sobre ella en cualquier momento.

Asustada, Teresa dejó a tras la urna y salió por la puerta para reunirse con el grupo y alejarse del hombre que, frustrado, salía por la otra puerta, en pos sin duda, de otro grupo al que unirse.

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