El Viejo Árbol

Julio 11, 2007 at 2:44 pm (Sueños)

El Viejo Árbol

Está pasando ahora mismo, en este mismo instante.

Sé que no me creerías, pero te puedo asegurar que lo noto en cada una de mis células. Pronto estará aquí. Pero eso es otra historia, para otro lugar y otro tiempo.

De momento, quiero que me conozcas, pues no he tenido la oportunidad de hablar con nadie que estuviese vivo desde hacía dos mil quinientos años por lo menos.

Se llamaban a sí mismo “romanos”, y llegaron como soléis llegar siempre los hombres. Como apisonadoras que no respetan ni siquiera a los suyos. Antes, cuando vuestra especie era ya antigua y sabia en los misterios del mundo. Antes de que ese dios que llamáis ciencia borrase el verdadero conocimiento de lo natural y de lo misterioso, cada diez años, justo coincidiendo con el solsticio de verano, llegaban mis amigos. De todas partes, del norte de esta tierra, el oeste, de tierras lejanas más allá de los mares. La Biblioteca me ha dicho que los llamáis druidas, pero ellos se referían a sí mismos como Siervos de Gaia, o por lo menos creo que esta es la traducción más ajustada a vuestro idioma.

Aquí se hacían grandes hogueras, y docenas de ellos, acompañados por sus fieles compañeros animales, y por los que iban recogiendo en su camino hacia aquí, contaban historias y cantaban en lenguas ya muertas a su diosa.

Todos la adoraban, como lo hago yo. Es algo más que la Tierra, o la Naturaleza, o Gaia. Nuestro dios es el todo natural, el orden del universo, y el caos primigenio. Yo adoro al Cosmos.

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Tal vez fueron sus canciones lo que me dieron vida, o tal vez ellos mismo me trajeron al mundo, como símbolo de las reuniones que cada diez años mantendrían bajo la sombra de mis hojas y el frescor de mi rocío. Tal vez fueron sus pociones, o la magia primigenia que también dominaban la que me dio consciencia. Sólo recuerdo que cuando yo era joven, tan joven que el regalo de la memoria me es negado, ellos ya estaban aquí.

Durante siglos, que para mí fueron un suspiro, y pasaron raudos a la luz de las maravillas que en este cerro podía contemplar, se contaron historias, historias de las que aprendí todo lo que sabía hasta entonces. Fue una época mágica, en la que las criaturas naturales de Europa parecían estar unidas en una Pax que sólo excluía a los seres humanos. Porque ellos querían.

Fue precisamente el alejamiento de ese orden lo que hizo que todo terminase. Poco a poco, con miedo creciente, mis amigos comenzaron a hablar de una peligrosa amenaza que había surgido al este. Con el paso del tiempo, la amenaza tomó nombre, “La Roma” y en cada reunión eran menos los amigos que venían, o de los que se tenía noticia.

Al final, hará casi dos mil años, cuando yo ya era un viejo árbol centenario, la amenaza terminó por llegar. Como una marea de hormigas el viento me trajo noticias de su llegada. Al principio se asentaron cerca, en el cauce del río, pero respetaron el cerro debido a la majestuosidad que su mole negra transpiraba.

En pocos años perdieron el miedo y se atrevieron a derruir la mayoría de los viejos edificios, construyendo los suyos. Excavando las catacumbas que ahora mismo están tocando mis raíces, en este mismo momento, casi abandonadas y secretas. Trayendo el agua hasta los edificios del cerro, y ahogando con su ingeniería la magia que cada árbol poseía.

Yo me salvé por suerte, pero muchos de mis hermanos cayeron bajo sus hachas. Fue el principio del fin, poco a poco, mis hermanos fueron muriendo. Unas veces para servir para cosas tan inútiles como alimentar el fuego, o daros cobijo de lo natural, del viento susurrante o para construir las máquinas de guerra con las que os matáis mutuamente.

Al cabo, tal vez por mi tamaño, o por que sentíais que era especial, sólo yo sobreviví a vuestra hambre devoradora. No dudo que con el tiempo yo también hubiese terminado por caer ante vuestra ansia, pero la muerte de “La Roma” y las guerras que manteníais entre vosotros de forma despiadada me liberaron, y al tiempo volví a estar rodeado de hermanos e hijos.

“La Roma se fue”, dejando sólo a uno de sus hijos como testimonio imperecedero de su presencia en este lugar, recorriendo cada noche las catacumbas y las ruinas de los edificios que construyeron “los romanos”.

Fueron tiempos raros, en los que la ciencia de la naturaleza y las ciencias de los hombres parecían convivir. Fue una época, hasta hacía cien o dos cientos años, en los que Gaia pareció coexistir con los dioses que fueron pasando por vuestra imaginería.

Después llegó aquí el cristianismo, apabullándolo todo, ahogando lo diferente. Como “La Roma”, el Cristianismo coexistió con el cerro manteniéndose a distancia, pues una vez más la magia que esta loma y su historia exudan, impone respeto y miedo a sus enemigos.

A lo largo de los siglos, las historias se han sucedido en sus laderas, en el interior de sus entrañas, en los edificios construidos por la mano del hombre. Poco a poco la magia volvió al Cerro. Y con ella, los temores de la Iglesia Cristiana resurgieron. Al final fue ese mismo miedo el que obligó a ésta, hará ya casi ochocientos años, a edificar uno de sus edificios de culto. Un monasterio dedicado a San Juan – qué apropiado.

Con su presencia en el Cerro todo volvió a ocurrir, como un ciclo. La magia volvió a ser ahogada por la fe ciega y asfixiante, y la lucha de creencias volvió a rugir silenciosa entre las criaturas que aquí habitan. Aunque yo sabía qué pasaría.

El paso del tiempo me dio la razón. Fueron muchos los que terminaron por olvidar el motivo por el que el monasterio había sido alzado aquí. Y poco a poco, sus habitantes, sus edificios y sus relaciones, fueron integrándose en el conjunto mágico que es el Cerro. Historias mágicas, secretas, que se repiten desde siempre, o que se unieron nuevas a la fábula mítica que es este lugar en el mundo.

Ahora la magia vuelve a rugir. Ha sido ahogada en otras dos ocasiones, primero por los reyes humanos que volvieron a talar los árboles, y a cambiar el uso de los edificios del cerro, después por la llegada masiva de vuestro nuevo dios “la Ciencia” que volvió a sacrificar a mis hijos y sobrinos, orgullosos robles, suplantándolos en gran parte por los pinos bastardos que ocupan ahora casi dos tercios del bosque. Pero mejor esa compañía que nada, y todos somos hijos del Cosmos.

El tiempo ha vuelto a traer sus ciclos, y la historia del despertar mágico se repite. Hasta la próxima vez que vuelva a ser ahogada, por vosotros o por otros. Un gran peligro os acecha, pues la magia está harta de ser aplastada, y está llegando, pero confío en que al final, todos podamos coexistir.

Pero de momento, disfrutar con las historias que os contamos los habitantes del Cerro de los Ángeles. La historia de lo que no veis. La historia secreta del mundo.

No os asustéis, la simple existencia del Cerro, de su magia y de la Biblioteca de los Sueños hacen el mundo mejor.

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