El fantasma del campanario
El fantasma del campanario
Julia corría escaleras arriba. Su perseguidor la debía haber estado acechando desde hace tiempo, siguiéndola desde que llegó a los pies del cerro esa misma tarde. El bastardo debía haberla elegido entre todas las mujeres presentes.
O tal vez no, tal vez sólo había estado esperando, como un predador a aquella víctima que pareciese más indefensa, o que se separase del grupo. Por desgracia, eso había hecho ella al caer la tarde. Su insaciable curiosidad, alentada por el maravilloso complejo arquitectónico formado por los claustros del monasterio y las iglesias que se erguían, casi desconocidas, para el turista corriente, la habían incitado a salirse de grupo de excursionistas.
El monólogo del guía era insoportable, casi tanto como él. Un tipo bajo con gafas, que no dejaba de mirarla a ella y al resto de las integrantes de la excursión. Su voz nasal la exasperaba tanto que se apartó un rato para dejar que los vientos que azotaban la cumbre la refrescasen y le devolviesen la energía, mientras la tarde caía con sorprendente rapidez.
El cielo se oscureció, y nadie pareció darse cuenta de su ausencia. Los monjes se recogían para la cena, y mientras sus compañeros, a los que había conocido el día antes, bajaban hacia el autocar que les llevaría, sanos y salvos, pensó con ironía, hacia el hotel cercano, ella decidió que no se conformaría con ver esa maravilla pasada por el tamiz censor del insoportable guía.
Silenciosamente, más por temor reverente que por verdadera necesidad, Julia recorrió el patio de armas del complejo, dejando a su derecha la Biblioteca y la iglesia sobre la cual se asentaba la enorme estatua de Cristo.
Frente a ella el monasterio estaba en silencio, acogiendo en su seno la serenidad de la noche, y el viento del otoño parecía susurrar canciones perdidas a sus muros. Anduvo de aquí para allá, asomándose a los miradores desde los cuales se podía ver toda la meseta en más de treinta kilómetros a la redonda, el río, las ciudades que rodeaban ese remanso de paz e historia, el bosque cercano a los pies de la ladera.
Su destino se alzó frente a ella como una mole negra erguida sobre la piedra. La iglesia secundaria del Cerro. Allí, en las iglesias perdidas e ignoradas, solían encontrarse los tesoros artísticos más sorprendentes y curiosos. Si la gente supiese lo que tiene bajo sus pies, o en la ermita de al lado, o en la vieja casa abandonada…
Fue entonces, mientras pensaba en esto, cuando le vio. Sus manos sudorosas se mesaban el pelo grasiento. Tenía el aspecto de no haberse afeitado, ni lavado, ni cambiado de ropa, en días. Pero lo peor era su rostro Totalmente deformado por su expresión de lujuria, por su sonrisa ávida, por sus ojos desorbitados que no le quitaban ojo a medida que sus piernas acortaban el camino que les separaba a ambos.
A Julia no le hizo falta preguntarse cuáles eran sus intenciones, su expresión lo gritaba claramente al viento, que parecía haberse embravecido. Corrió al interior de la iglesia. A su espalda la puerta golpeó ferozmente contra la pared cuando su perseguidor la abrió sin contemplaciones.
Un leve giro de cabeza le permitió ver el destello que la luz de las velas lanzaba sobre el cuchillo. En su desesperación, Julia no reparó en ninguna de las maravillosas obras de arte que jalonaban las paredes y columnas de la iglesia. Su angustia, cada vez más agarrada a su pecho, sólo se permitía el lujo de mirar a su alrededor para buscar una posible salida.
Los gritos de socorro reverberaban en el inmenso espacio vacío, y su aliento congestionado emanaba de su pecho en halos de vapor que parecían excitar más al hombre, si es que esa cosa babeante que la seguía podía llamarse así. Nadie atendía a sus desesperadas súplicas, pues todos los religiosos del templo debían estar cenando a esas horas.
En ese momento Julia corría escaleras arriba, única salida que había encontrado cuando descartó la idea de esconderse en uno de los confesionarios. El campanario no tendría salida, pero al menos podría tocar las campanas y pedir ayuda, ahora que había perdido el bolso con el teléfono móvil en su desesperada huida.
Los pasos de su perseguidor sonaron sobre la piedra, estaba cerca, muy cerca de ella. Tanto, que su sombra se proyectó sobre la pared de roca que ascendía hacia ella escalera abajo. Julia aceleró su paso todo lo que pudo, en algún rincón de su mente se preguntaba si aquella persecución, el olor a miedo y el terror en sus ojos excitarían más a su perseguidor, pero su mente consciente no tenía ni tiempo ni ánimos para responder a una pregunta de la que sin duda descubriría pronto la respuesta.
Llegó a lo alto del campanario, y el aire fresco sustituyó al viciado ambiente de la escalera. Las estrellas se abrieron ante ella, y el maravilloso paisaje del Cerro de los Ángeles la hubiese dejado extasiada en otras circunstancias.
Con un grito de desesperación se abalanzó sobre la pesada campana, de la que pendía una cuerda que descendía hacia la planta baja de la iglesia por el hueco abierto en el suelo.
Jaló la cuerda y tiró con todas sus fuerzas, sin embargo, ningún sonido surgió del metal.
- La caparon hace años, – una voz sibilina y jadeante la hizo volverse. Su perseguidor había llegado. El cuchillo brillaba en una de sus manos, la otra, desabrochaba torpemente el cinturón de sus pantalones de pana. – Al parecer – continuó mientras se afanaba trabajosamente en su labor, – tenía la mala costumbre de sonar a horas intempestivas. Despertando a todo el mundo en varios kilómetros a la redonda. El viento decía, pero tú misma has podido comprobar lo que pesa la campana.
Una brutal sonrisa se ensanchó en su grasiento rostro cuando por fin consiguió liberar sus pantalones. Sus dientes amarillos mostraban una torpe lengua que relamía sus labios y su barba dispersa, a medida que se acercaba a donde se encontraba Julia.
Una ráfaga de viento distrajo su atención un instante, y una sombra pareció cernirse de improviso sobre él. Asustado, el hombre dio un traspié, y la expresión de lujuria en su cara dio paso a una de incredulidad primero, y terror después.
El hombre que la había acosado se precipitó por el hueco de la cuerda del campanario, llenando en su caída todo el claustro de la iglesia de un grito agónico y desgarrado que reverberaba en las paredes huecas.
A pesar de la horrible muerte que acababa de presenciar, Julia apenas pudo hacer o decir nada durante unos instantes. La sombra que se había precipitado sobre su perseguidor, oculta a la vista de Julia por la enorme campana, pareció moverse despacio, sin hacer ningún ruido, y por un instante ella temió que hubiese cambiado un destino malo por otro peor.
Cuando la luz amarillenta de las escasas farolas que iluminaban el patio de armas alcanzó la oscura figura de su salvador, los temores de Julia se vieron extrañamente superados.
La imagen de un hombre mayor, de unos cincuenta años y rostro demacrado se plantó frente a ella. A través suyo, la luz de las farolas de abajo reflejaba en la gran campana una forma gaseosa de aspecto fantasmagórico.

La imagen rielante del hombre andó, o mejor dicho, flotó sobre el suelo en su dirección. A través suyo, Julia podía ver la pared del campanario tras él, las estrellas del cielo enmarcadas por la piedra del mismo, y las luces de la ciudad de Getafe a lo lejos.
- ¿Quién demonios eres? – cuando estaba nerviosa le salía una fea faceta que utilizaba uno o dos tacos e insultos en cada frase que pronunciaba. Era algo que su madre había intentado quitarle, una manía muy molesta, decía, pero a ella le gustaba. Le ayudaba a sentirse fuerte en momentos de debilidad.
- El fantasma del campanario, creía que era evidente. Oye, no serás ciega ¿no?- respondió una voz que parecía venir de todos los lugares y de ninguno al tiempo. El rostro del anciano cambió su expresión y alargó una mano hacia ella, como incitándola a levantase. Ella sin embargo, y desaparecido ya el efecto de la adrenalina en su sangre, prefirió quedarse donde estaba.
No es que fuese una desagradecida, pero tenía la asentada costumbre de no fiarse de cosas que no debían existir, entre las que incluía a los fantasmas de campanario. Su reciente encuentro con su aspirante a violador, que ahora debía estar intentando explicarle al diablo lo que iba a hacer con el cuchillo, no había contribuido a calmar su desconfianza hacia ese tipo de cosas sobrenaturales.
- ¿Qué me vas a hacer? Te aseguro que sé donde encontrar un exorcista.
- Señorita – volvió a responder la voz que salía del campanario, – antes de amenazar asegúrese de que va a hacerlo bien. Eso solo sirve contra los demonios, y la verdad, no me caen bien y no les dejo subir aquí. ¿Qué clase de gratitud es esa?
- Perdone – se disculpó – estoy bastante nerviosa, no por usted, sino por él – dijo señalando el hueco por el que había caído el hombre.
- Ah, vaya. No se preocupe, no volverá a molestarla, se lo puedo asegurar. Le he visto marcharse.
Durante unos segundos, los ojos traslúcidos del Fantasma del Campanario parecieron brillar un poco más, como si estuviesen llenos de lágrimas de la misma sustancia de la que estaba hecho él. Esto tuvo la virtud de intrigar a Julia, y a calmar un poco sus ánimos.
Se levantó en silencio, alisándose la falda y la blusa descompuestas, y tendió la mano hacia su salvador.
- Me llamo Julia y creo que no le he dado las gracias por salvarme la vida.
El fantasma se inclino suavemente, y besó su mano. Su tacto era…inexistente, por decirlo de alguna forma. Sí que pudo, sin embargo, sentir el frío que surgía de donde debían estar sus pulmones. Al parecer los que hacían las películas de fantasmas también habían tenido encuentros como este.
- Mi nombre es Claudio Temperus, monje guerrero de la Sagrada Orden de los caballeros hospitalarios.
- Templarios – dijo una vocecita dentro de la cabeza de Julia.
- Asesinado en este mismo lugar por mi hermano, – continuó su interlocutor – con la terrible daga de Astorus, y condenado a padecer la eternidad encerrado en estos muros.
Otra vez la expresión de sus ojos mostró dolor. Y una vez más, el verle expresar sentimientos que Julia podía catalogar como de humanos, contribuyó a calmarla.
- ¿Qué edad tienes? – otra vez esta imprudente curiosidad, parecía escuchar la voz de su madre. Algún día te va a causar problemas.
- Ochocientos cincuenta y tres años, – dijo la voz del campanario – ¿o te referías a qué edad morí?
Julia asintió.
- Tenía cincuenta cuando mi hermano me mató para quedarse con mis tierras y riquezas. La noche de mi cumpleaños.
>>OH, querida niña, borra esa expresión de pena de tu cara. No le hecho la culpa a él, es esa horrible daga que los enloquece a todos. ¿Las has visto ya? La tienen los monjes en el pequeño museo del ala noreste.
- ¿Y por qué te has quedado? – preguntó ella, intentando decir las cosas que había visto en las películas. Tal vez era cierto que quienes las guionizaron habían visto fantasmas y esas eran as preguntas acertadas.
- Como si lo hubiese elegido yo. – La voz del campanario pareció enfurecerse durante una fracción de segundo, pero enseguida volvió a su tono normal, indefinido como el del viento que se mete en un laberinto de callejas y que sopla desde todos lados a la vez.
>> En realidad me temo que ni el Cielo ni el Infierno tienen nada que ver con esto. Cualquiera de los dos me querría, unos, por mi virtud en vida, otros, por mi brazo armado que tanta gente asesinó en Tierra Santa.
- ¿Estuviste en las cruzadas?, debió ser una época dura. En la universidad, uno de mis profesores de Economía, Bernardo, me dijo que fue una auténtica lucha por el dominio del Mediterráneo con al excusa de la Guerra Santa.
El fantasma parecía un poco molesto por las continuas interrupciones, pero también parecía ansioso por hablar con alguien, así que su expresión se relajo de nuevo y contestó a su pregunta.
- Tal vez eso fuese así a nivel de reyes, obispos y sultanes. Pero en mi caso era simplemente la posibilidad de conseguir riquezas y obtener un territorio al regreso a casa. Algo que llamar hogar, en esta tierra en disputa por entonces.
El encanecido fantasma se acercó a la barandilla y abrió os brazos, abarcando el horizonte.
- Xatafi iba a ser mi tierra, cuando fuese limpiada de enemigos. Durante una de las celebraciones que coincidía con mi quincuagésimo cumpleaños, mi hermano decidió heredar lo que no se había atrevido a conquistar con sus brazos.
- Lo siento, vaya. – Dijo Julia intentando no ofender al fantasma. El viejo hombre debía haberlo pasado mal en vida, y la muerte tampoco lo había tratado muy bien. – ¿Qué le pasó a tu hermano? Supongo que te vengarías.
- ¿Cómo podía hacerlo? No creas que es fácil vengarse de alguien que habita en un castillo lejano cuando uno no puede abandonar el lugar de su muerte, y encima apenas puedes ni tocar nada sólido. Aunque le tuviese delante lo más que podría haber hecho era tocar la campana.
- ¿Eras tú el que la tocaba cada noche?
- ¿Cada noche? – bufó con ironía en anciano – eso decían los que le quitaron el badajo. ¡Cada noche! En realidad sólo sonaba una vez cada año, el aniversario de mi muerte. Diablos, era lo único que se me ocurría para que alguien recordase esa fecha y no caer en el olvido. He pasado tanto tiempo aquí que soy uno con estas piedras. La campana era mi propia voz.
- Y también te quitaron eso – respondió ella.
Julia se había sentado en el alfeizar del campanario. Más relajada y tranquila, empezaba disfrutar de la conversación. No en el sentido de divertirse, no. En realidad disfrutaba conociendo la historia de aquel hombre que en vida debió de ser singular, y en la muerte, había pasado a ser único.
- Sí, ya no me queda nada. Durante un tiempo otros fantasmas y espectros que podía moverse me visitaban y me contaban cómo le iban las cosas a mi hermano. Se casó con mi hija, treinta años menor que él. Por lo que sé la hizo terriblemente desgraciada. Se aprovechó de todas la riquezas que yo había traído del Este, construyó su castillo desde el que gobernó con mano de hierro. Al final, fue asesinado por alguien y sus herederos se pelearon. Alguno cayó incluso bajo la misma daga que yo, ironías del destino, supongo. Ese fue el fin de mi estirpe.
El campanario suspiró, y la campana se movió ligeramente como si hubiese sido azotada por el viento. Ningún sonido escapó de su enmudecida masa metálica.
- ¿Hay algo más triste que una magnífica campana incapaz de sonar? – cambió de tema el fantasma. Pero Julia no estaba interesada en las metáforas de la vida ni en ese tipo de cosas. No cuando un ser tan magnífico podía contarle tanto.
- ¿No escapó nadie?
- Durante algún tiempo albergué la esperanza de que mi bisnieta hubiese escapado a la lucha entre hermanos. Algunos árboles dijeron que la vieron partir hacia el norte, con lo poco que pudo coger tras escapar del intento de asesinato de su tío, mi nieto.
- ¿No se supo más de ella?
- Sí, dos noches más tarde apareció uno de los brazaletes que mi hija le había regalado, era su nieta preferida. Tan parecida a ella. Los lobos no debieron dejar más rastro de ella y de la sirvienta que un reguero de sangre y el brazalete. El herrero lo fundió y con él hizo el collar de plata que luce la Virgen del Cerro de los Ángeles cada año cuando baja a la ciudad en la procesión.
Las luces amarillas del patio iluminaban a los monjes y a las novicias que lo recorrían apresuradamente bajo los vientos del otoño acudiendo, sin duda a las últimas oraciones que debían conducirles al sueño, y a los sagrados paisajes vedados para almas menos castas.
Estuvieron hablando durante horas y más horas, tantas, que el albor del sol les sorprendió charlando como dos viejos amigos. Claudio había encontrado en Julia una persona a la que narrar sus aventuras, sus vivencias, su tragedia y su muerte. Ella, veía en él un compañero capaz de hacerla olvidar el miedo de la situación que les había obligado a conocerse. Pero también una persona buena, desesperada pero con una vida y una historia que dejaría helado al escritor con la imaginación más fogosa.
- Entonces, – completó Julia su frase – todos los asesinados por esa daga deben permanecer en la Tierra hasta que la Daga redima los males que ha causado. ¿Cómo puede un pedazo de metal, un objeto, redimir nada?
- Hay muchas cosas increíbles en este mundo, niña. Cosas que no creerías. Y este punto, el Cerro de los Ángeles, no sé porqué, parece reunir todas las energías especiales de los alrededores. A lo largo de la historia he sido testigo de poetas que componían canciones bajo mis muros, canciones que nunca serían escuchadas más que por los oídos de sus amadas. Canciones que harían llorar al mundo, de pena, amor o alegría.
Julia estaba cansada, sus ojos se entrecerraban, pero luchaba con fuerza para no perderse ni un detalle de todo lo que aconteciese en esta mágica noche.
- ¿Sabías que la Biblioteca está viva? Es increíble, no sé como, pero me cuenta historias. Las historias de los libros que habitan en ella. Me las trae el viento. Creo que le caigo bien. Además, aquí no estoy solo. Bajo estos muros, en las criptas que excavaron los romanos vive, por decirlo de alguna forma, Vitorio. No te recomiendo que le conozcas Julia, no es mal tipo, para los muertos. Pero no congenia muy bien con los vivos.
Claudio calló.
- A veces lo olvido – dijo. – Ya no me acuerdo de lo que es el cansancio. – Y se acercó a ella para contemplar una última vez su rostro.
Era preciosa. Su tez pálida y su pelo rubio formaban un conjunto que le confería una belleza especial.
- Eres una chica lista, una chica especial. Con suerte para ti, creerás que esto ha sido un sueño, y no volverás. Y aunque vuelvas, no sé si volveremos a hablar. Debes seguir tu vida.
Un ruido atrajo su atención hacia la iglesia. Los monjes habían descubierto el cuerpo y estaban haciendo mucho alboroto. Al parecer, docenas de ellos estaban alrededor del siniestro hombre que, al fin y al cabo, les había presentado.
Claudio se volvió hacia Julia, y se acercó para despedirse con un beso en la frente, quería volver a sentir su calidez. Algo que nunca le había pasado con ninguno de los otros seres vivos con los que había tenido la oportunidad de alternar.
Sin embargo, se detuvo al contemplar algo en lo que no se había fijado hasta ahora. La chaqueta de lana que Julia llevaba había cado sobre su hombro, dejando parte de su brazo al descubierto. Allí, pálido como su piel, un brazalete de plata adornaba sus músculos de gimnasio. En el centro del mismo, un escudo que representaba a un león enfrentado a una manada de lobos. Un escudo que Claudio conocía muy bien. Las lágrimas llenaron esta vez sí sus ojos cuando compendió.
Los monjes llegaron a la cima del campanario, y nada más ver la escena de una chica acurrucada en una esquina, completamente sola y abatida, llegaron a la conclusión de lo que había pasado con el hombre de abajo.
Julia despertó agotada, tras sólo unos minutos de sueño, con su mente totalmente confusa, por la experiencia, y por la noche.
Los buenos monjes la acompañaron hacia la puerta, para llevarla a un lugar más confortable, y Julia miró un instante hacia atrás. El campanario se quedaba vacío, y el sol salía por uno de sus lados, llenándolo de un color amarillo intenso. El viento se había calmado y la mañana de otoño era preciosa.
Ella, sonrió, y asintió cuando los sacerdotes le dijeron que bajase. Un último vistazo atrás volvió a sacar una sonrisa de sus labios.
Tras ella, la campana muda se mecía en una silenciosa y solemne despedida.