El eterno retorno
El Cerro de los Ángeles es quizás una de las estructuras más misteriosas de la historia humana. Un libro apócrifo que curiosamente fue encontrado en su biblioteca lo describía como una de las siete maravillas del mundo oculto. Junto con Stonehenge, el Templo de la Cima de los Vientos, Shangri-Laa, las pirámides Aztecas, la Atlántida, etc.
La niebla que todo lo oculta a la vista y todo lo muestra al ojo del corazón recubre gran parte del año sus iglesias y monasterios, esa misma niebla que, según cuentan, fue la responsable de la llegada de la Virgen de Nuestra Señora de los Ángeles. Sí, dicen que la Virgen apareció en el Cerro hace ya doscientos años, envuelta en niebla, y que fue encontrada por un pastor que llevaba a sus ovejas de vuelta a su granja.
La Virgen se quedó como la más preciada posesión de la orden religiosa que habita el Cerro, una comunidad de franciscanos. Pero su leyenda no está exenta de polémica y misterio, más allá de su extraña aparición.
De ello da cuenta esta historia.
***
Roberto caminaba en su paseo nocturno por la explanada central del Cerro de los Ángeles. En la cena de esa noche no había repicado la campana de aviso de niebla, por lo que estaba permitido pasear por las estribaciones del Cerro hasta las diez de la noche.
Nunca estaba permitido salir cuando se ponía el sol en las noches de niebla.
El frío era intenso, y el aliento de Roberto denotaba este hecho, lanzando volutas de vaho al aire nocturno, mientras él se estremecía en el interior de su hábito de monje.
Ya iba a retirarse al calor del monasterio, que en esa época del año era escaso, pero al menos ofrecía protección contra el viento, cuando Roberto se sobresaltó al verán movimiento a lo lejos.
Cerca de la mole negra que era ahora la iglesia central un grupo de personas parecía enfrascado en alguna tarea. En la noche, a pesar de la amarillenta luz de las farolas, Roberto no podía distinguir ni lo que hacían ni quienes eran. Desde luego, era algo inusual, pues la iglesia debía de llevar cerrada dos horas y el encargado de vigilarla, el único fraile no franciscano del Cerro, debía haberse retirado ya a dormir.
Su sobresalto aumentó cuando pudo distinguir miles de destellos fugaces que relampaguearon al pasar bajo un farol. Esas personas, fuesen quienes fuesen, cargaban a hombros el paso de la Virgen del Cerro, y la subían a un camión que les esperaba en una esquina con el motor encendido.
Alarmado por lo que parecía un expolio, Roberto comenzó a gritar y correr, intentando llamar la atención de sus hermanos. Éstos, salieron al patio siguiendo los gritos, mientras las oscuras figuras se apresuraban y arrancaban el camión, perdiéndose en la noche por el camino que descendía serpenteando entre los bosques.
- Hermano Roberto, – sonó la vos del Prior a sus espaldas – ¿qué ocurre?
- Se están llevando la Virgen del Cerro, padre. Un grupo de personas.
- Tranquilo, – sonrió su superior – no hay razón para alarmarse.
- Pero tenemos que avisar a la Policía, antes de que consigan escapar – arguyó.
- Créame, hermano, no hace falta. Vayámonos a dormir, y dejemos que el Señor se ocupe de los suyos y de sus asuntos.
Y sin decir nada más, el padre prior se dio la vuelta y se atravesó la puerta del monasterio, con una extraña sonrisa en el rostro.
***
Getafe, año 1853
Un golpe seco resonó sobre la mesa, y el representante de la delegación de Pinto se incorporó airado mientras la golpeaba con su puño.
- Debéis entender que la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles es propiedad del término municipal de Pinto. Nuestra iglesia es el lugar adecuado para la talla.
- ¿Y en qué os basáis para reclamar su posesión? – dijo el obispo de Madrid que
se había trasladado desde la capital para dilucidad la posesión de la imagen, que había a parecido una noche en la ladera del cerro, entre los árboles y la niebla.
- Nosotros pagamos al artesano Pío de Rivera para que realizase la talla. Fueron nuestras arcas las que tuvieron que desembolsar los quinientos reales de oro que costó la figura, destinada al altar mayor de nuestra iglesia.
- En eso basáis vuestra fe – aseveró el padre prior de la congregación religiosa de Getafe. – en el sonido de las monedas y los reales.
- Desde luego, nosotros no nos dedicamos a robar a nuestros vecinos – dijo el representante del pueblo de Pinto elevando la voz.
- Nosotros no hemos robado nada, – respondió claramente enojado el apdre Prior de Getafe. Simplemente alguien la dejó a nuestras puertas. Es claramente un designio de Nuestra Señora.
- No os elevéis como intérprete de los deseos de Nuestra Señora tan pronto – medió el Obispo de Madrid. – Sr. De Rivera ¿es cierto lo que dice el representante del pueblo de Pinto?
- Sí, señor Obispo, ellos encargaron y pagaron la imagen a mi taller. Hace ya tres años – comentó un hombre mayor y regordete de pelo cano y cuyos ojos cansados apenas podían mirar por encima de los anteojos.
- Entonces sea. La imagen pertenece al pueblo de Pinto, y les será devuelta a finales de esta semana.
Y así fue como la talla de Nuestra Señora de los Ángeles viajó desde el cerro de los Ángeles en Getafe hasta el pueblo de Pinto.
Madrid, en la actualidad
- Buen trabajo, Van Tiers, muy buen trabajo. ¿Se ha pagado y despedido a los intermediarios?
- Sí, – dijo una voz con claro acento belga – ninguno de ellos puede relacionarle con la operación.
- ¿Hubo alguna dificultad? – preguntó la voz de quien parecía el superior de la operación.
- Uno de los monjes nos vio y dio la voz de alarma, pero salimos de allí rápido. No creo que con la escasa luz alguien viese la matrícula, pero como el camión era robado, a fin de cuentas, no será ninguna diferencia. Hemos borrado todas las huellas.
- Estupendo no quiero problemas. – Tras un momento de reflexión, el patrón habló de nuevo – quiero verla, los compradores están esperando para ver su nueva talla del siglo XIX. Mañana debe salir para Sevilla.
- Por aquí – dijo el belga, y le condujo por un pasillo y una escalerilla metálica que bajaba hasta lo que parecía un oscuro almacén. Allí, en una esquina, una caja de madera esperaba con uno de sus lados abierto. En su interior, una hermosa imagen religiosa que representaba a a Virgen María esperaba en calma. Su manto de terciopelo negro resaltaba contra los engarces de oro de la corona y las joyas de su collar, y cientos de gemas que despedían miles de reflejos a la luz del almacén estaban cosidas a él.
- Hermosa ¿verdad?
- Y muy valiosa, rió el hombre que había organizado la operación.
***
Pinto, 1853
- ¡Alcalde, Alcalde!, – entró gritando alguien en el Ayuntamiento – la talla ha desaparecido.
- ¿Cómo? – preguntó sorprendido una figura alta y espigada, de rostro aguileño.
- La talla de la Virgen, ha desaparecido esta noche del altar de la iglesia.
- ¡Malditos! – Exclamó furioso – la han vuelto a robar. Llame al alguacil. – Dijo mientras salía corriendo del pleno.
Esa misma noche la puerta de la iglesia del Cerro de los Ángeles fue forzada por un grupo de personas, y en su interior hallaron la imagen de la Virgen.
Los asaltantes, miembros de las fuerzas de seguridad del pueblo de pinto, encabezados por el alguacil y varios de sus ayudantes, se llevaron la imagen de vuelta a la iglesia del pueblo, ante la mirada atónica y los gritos de protesta de los monjes que vivían en el cerro.
Al llegar a Pinto, cerraron las puertas de la Iglesia con llave, y apostaron varios hombres en puertas y ventanas para que nadie pudiese entrar.
La sorpresa fue mayúscula, por tanto, cuando el alcalde del pueblo de Pinto acudió esa mañana a la iglesia y al abrir las puertas encontraron el altar mayor vacío.
***
Afueras de Sevilla, en la actualidad
El camión dio marcha atrás lentamente, introduciendo la parte trasera de su remolque por el portalón del cortijo. El motor se paró, y la rampa descendió lentamente, levantando una fina nube de polvo.
Les esperaban hombre de unos cincuenta años, con claro acento sevillano, y la que debía ser su mujer.
Del asiento derecho del camión bajo el belga, con una amplia sonrisa en su rostro.
- Tal y como le prometimos, Sr. Castillo – su talla de Nuestra Señora del siglo Diecinueve. – Mientras decía esto, el belga subió a la parte trasera del avión, ante los ojos de la pareja, que se frotaba las manos con un gesto ávido y nervioso.
- Cogió una palanca y con un tirón seco, la puerta de madera del cajón cayó al suelo.
Una expresión de perplejidad asomó a los ojos del matrimonio, pero no era nada con la sorpresa que reflejaba el rostro del belga.
El cajón se encontraba vacío.
***
Getafe, 1853
La congregación al completo se encontraba reunida en la iglesia del cerro, mientras el campanario repicaba marcando las horas.
Todos ellos se habían reunido para contemplar lo que parecía un completo milagro. La imagen de la Virgen había aparecido de nuevo en el altar de la iglesia románica en lo alto del Cerro.
Desde entonces, la Virgen permaneció ahí, y ni Pinto ni Getafe volvieron a pleitear por la propiedad de la imagen.
***
Getafe, en la Actualidad
…porque Nuestra Señora había elegido este lugar para permanecer, y ninguna fuerza de los hombres puede separarla de aquí – terminó el padre Prior de contar su historia.
Esa misma tarde, Roberto acudió a la iglesia donde esa misma mañana había reaparecido la imagen de la Virgen, y rezó una plegaria ante ella.
Ciertamente, parecía que ella estaba satisfecha con el culto que la orden, y la Ciudad de Getafe, le profesaban año tras año, y con el lugar mágico en el que parecía querer permanecer mientras exista este mundo, o incluso más allá.
El Cerro de los Ángeles.
