Cuando la noche acecha

Julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Cuando la noche acecha

Las polvorientas habitaciones de madera estaban silenciosas en esa Noche de Difuntos. La luz de la luna llena se filtraba por los ventanales, dibujando en el suelo de tablones las nubes que en ocasiones cubrían el círculo luminoso sobre el bosque.

Las rejas de hierro que en tiempos frustraron tantos sueños de libertad no impedían que el viento del norte estremeciese las contraventanas de madera, golpeando ocasionalmente los cercos de roble que las cobijaban.

Entre los alineados estantes, que durante el día eran revisados por estudiantes, profesores y curiosos lectores, en busca de la sabiduría que guardaban entre las páginas de sus libros, las sombras parecían moverse de un lado a otro. Buscaban, sin duda, los renglones de conocimiento que se derramaban cada vez que alguien ojeaba descuidadamente, aquí y allí, las páginas. Tal vez para seguir subsistiendo como sueños, tal vez para volver a ponerlas en su sitio, amablemente, en espera de que el lector idóneo tocase las tapas del libro, y volviese a producirse de nuevo la magia que sólo conocen aquellos que sienten que un libro ha sido escrito para ellos.

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Sin embargo, en uno de los pasillos anexos, en los que se apilaban los libros menos consultados, allí donde la luz de la luna llena no llegaba, o no se atrevía a llegar, un susurro nos llama a nosotros, intrusos que ha traído el viento para conocer estas historias. Es un lamento lejano, como el de un perro abandonado por sus amos en casa, que los llama lastimeramente, mientras su aullido se apaga en la distancia a medida que pierde fuerza. Más sorprendente es descubrir, al acercarnos a comprobar su fuente, que los lamentos provienen de uno de los estantes. A pesar de que nos encontramos a poca distancia, casi ni pegando la oreja al libro escuchamos lo que dice.

Ojeemos por un momento la cubierta, de cuero negro, no muy antigua, pero sí bastante estropeada, de textura rugosa. El título de letras doradas, “Drácula”, seguro trae al recuerdo del viajero de los sueños los olores de una época de pesadillas mezcladas con evocaciones de sensualidad, terror y misterio.

Durante años, el título ha viajado de aquí para allá, de casa en casa, por los bancos de los parques, bajo la sombra de los árboles, en las camas iluminadas por luces apagadas de lámparas de noche, buscando, siempre buscando.

¿Qué anhela el espíritu que habita en el libro? Proveniente tal vez de alguno de los cuerpos que yacieron aquí en épocas de prisión y tormento, o tal vez del alma no nata de alguno de los hijos bastardos de una curia que los arrojaba a las alcantarillas como secretos que no debían ver la luz.

Tal vez el deseo de venganza sea lo que mueve el alma que habita entre las ajadas páginas, o tal vez la incomprensión de la vida y lo que esta significa. Como en tantas ocasiones, tal vez sea locura, llevada al extremo de la incomprensión humana, y empeorada por la reclusión de un espíritu atormentado entre las palabras que tanto miedo y terror han traído a este mundo desde que se escribió este libro.

Tal vez podría ser el hambre de llenar un vacío, tal vez la compulsión de satisfacer un oscuro deseo de sangre.

Sea cual sea el motivo, sólo con tocar el libro podemos sentir la soledad de su residente, quien lleva tiempo tras su infructuosa labor. Centenares de personas recogieron sus páginas con el fin de disfrutar con ellas, y a cada contacto, la mente que habita el libro sondeaba las de aquellos que se estremecían a cada párrafo que leían.

Tras las primeras tentativas, el anhelo dio paso al ansia, a medida que más y más candidatos eran rechazado por sabe dios que impías reglas. Cada vez más, el libro sentía que su misión, su objeto de existir estaba más lejos, más distante a cada paso que se acercaba a él.

A principio, cada día, el espíritu de sangre saludaba la llegada el nuevo sol, con la esperanza antinatural de que ese día llegase a él el anfitrión elegido, aquel que al leer sus páginas se conmoviese de tal forma ante la melodía sangrienta que trascendía el mero uso de las palabras. Aquel que abriese su mente, y su alma, a la oscuridad que él necesitaba derramar sobre el mundo.

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Poco a poco, a medida que las tentativas eran frustradas y el flujo de viajeros de los sueños disminuía, y su anfitrión de negras tapas era relegado a los más recónditos rincones de la librería, la ansiedad se transformó en impaciencia, la impaciencia en desesperación, y cuando el libro descubrió que su destino estaba lejos de cumplirse, la desesperación en sabia resignación, y en eterna paciencia.

Tal vez algún día próximo, tal vez en una era lejana, el mundo entero sabría de nuevo lo que era el terror, un terror que empezó lejos, en una isla al norte, con un médico que pasó por casualidad una noche en este monasterio, cuando su ansia se hospedaba en otro libro. Así empezó el siglo veinte, y ahora, el ansia que aguardaba bajo las tapas negras, esperaba paciente la llegada de una nueva era de liberación, pues sabía, que como los libros, el mal es eterno.

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