Portada

octubre 4, 2008 at 9:09 am (Uncategorized)

Permalink 2 comentarios

Ha muerto Gary Gygax

marzo 4, 2008 at 8:17 pm (Uncategorized)

El padre de los juegos de rol ha muerto hoy día 4 de marzo.

http://www.templodehecate.com/noticia/1683/ha_muerto_gary_gygax.html

No sé qué más decir de la muerte de alguien que inventó algo tan importante en mi vida.

Permalink 2 comentarios

Ha muerto Gary Gygax

marzo 4, 2008 at 8:16 pm (Uncategorized)

El padre de los juegos de rol ha muerto hoy día 4 de marzo.

http://www.templodehecate.com/noticia/1683/ha_muerto_gary_gygax.html

No sé qué más decir de la muerte de alguien que inventó algo tan importante en mi vida.

Permalink Dejar un comentario

Biblioteca de los Sueños

julio 11, 2007 at 2:46 pm (Sueños)

Biblioteca de los Sueños

En una ciudad, a orillas de un río que surge enfangado desde los campos imperecederos, hay una biblioteca cuya estructura de madera se pierde en las nieblas de la montaña sobre la que se asienta.

niebla1.jpg

 

A pesar de estar relativamente cerca de la ciudad y la Universidad, envuelve la biblioteca un aire de mito y misterio que es engrandecido por su pasado como convento, cárcel y bunker durante la guerra.

250px-cerro-angeles.jpg

La decisión de los monjes y la abadesa de transformar uno de los edificios de la antigua estructura en una biblioteca, con el fin de conseguir dinero para restaurar la enorme estatua del Cristo del Cerro de Los Ángeles, fue muy bien recibida por la comunidad.

La antigua estructura de la fortaleza comparte un puesto destacado en la cima del cerro, junto a una antigua Iglesia, un convento, un monasterio, un pequeño museo y una iglesia escavada en la roca, cuyo principal punto de interés es la enorme estatua de Jesucristo que domina toda la comarca desde una atalaya privilegiada.

A los pies del Cerro de los Ángeles, como se llama al montículo sobre el que se asienta, se celebran cada año las fiestas del Rocío, así como la procesión de la Virgen de los Ángeles. Eso, unido a las continuas brumas que suben por sus boscosas laderas cada noche, y su inmensa y fría mole negra que se erige solitaria en la noche de la meseta, han convertido a la llamada Biblioteca de los Sueños en un centro de estudio envuelto en mito y misterio.

Los oscuros bosques, que guardan por la noche la sombría forma del Cerro de los Ángeles, contribuyen a engrandecer la leyenda mágica de este lugar. Leyenda, que ha ido pasando de generación en generación con el paso de los siglos. Creciendo con cada acontecimiento que tenía lugar entre sus muros, aumentando con cada personaje que ha habitado o paseado por sus jardines y pasillos.

Historias de amores desafortunados, de presos políticos, asesinos y leyendas se pierden entre sus salas y escaleras de madera.

Estas son las historias de la Biblioteca de los Sueños, en el Cerro de los Ángeles.

biblioteca.jpg

Permalink 1 Comentario

Cerro de Magia

julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Cerro de Magia

Nieblas eternas que cubren un cerro

Perdido entre ríos y bosques siniestros

Guardan calladas un mudo secreto.

Campanas que suenan en noches cerradas

Redoblan contando historias pasadas

De sueños narrados, de héroes y magia.

¿Qué guardan sus muros eternos,

qué ocultan sus bosques de pinos y brezos?

La historia no escrita repleta de cuentos.

 

 dsc_0167.jpg

 

Permalink Dejar un comentario

Prólogo

julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Prólogo

 

Arturo investigaba en la extraña biblioteca. La gente del lugar le había guiado durante su investigación periodística a este lugar.

Estaba realizando una investigación seria sobre un conjunto de hechos extraños que habían tenido lugar en el Cerro de los Ángeles en el último siglo. Cosas inexplicables.

Le había llamado la atención sobre el mismo una carta que le llegó de un amigo de la infancia. Esa nota le había puesto sobre aviso, y había convencido a su editor para hacer un reportaje sobre la zona.

El Cerro era un conjunto monumental erigido en lo alto de una colina que dominaba toda la meseta y rodeados de bosques y brumas. La tradición decía que era el centro geográfico de España, y su historia había sido interesante e intensa. Había albergado una prisión, una biblioteca musulmana, varios templos, una aldea romana y muchos edificios que ahora eran pasto del olvido.

Su estructura actual se componía de dos grandes conjuntos de edificios, algunos de ellos al borde del acantilado este, la parte más escarpada. Cada conjunto albergaba una orden religiosa. Uno, un convento carmelita, el otro, un monasterio franciscano. Extrañamente la iglesia principal era mantenida por un Jesuita y sus ayudantes y sobre ella se erigía una estatua de Cristo que se podía ver desde toda la comarca.

En realidad todo el cerro dominaba la región, y desde las calles de las principales ciudades y pueblos que lo rodeaban su silueta se podía ver tanto de día, como las noches de luna con sus luces iluminando los campanarios y las habitaciones de los religiosos.

Otros edificios menores compartían el lugar con las dos órdenes y la iglesia nueva. Una iglesia más antigua, con un esbelto campanario que repicaba los días festivos, una biblioteca, un pequeño cementerio para los religiosos. En definitiva, un cúmulo de estructuras de mayor o menor antigüedad que le daban un aspecto pintoresco, ecléctico.

El cerro era fuente de leyendas, de rumores, de fiestas. Era el epicentro de numerosos festejos que se celebraban en la localidad vecina de Getafe durante todo el año, y sus procesiones nocturnas eran famosas en el lugar.

Ahora, Arturo estaba en la biblioteca del Cerro, donde se suponía que se guardaba una relación de todos los hechos acaecidos, e incluso, copia de las investigaciones que la policía había archivado.

Sin embargo, en sus investigaciones, siempre se topaba con la misma barrera. A pesar de que la información al alcance del público era variada y rica, los textos siempre hacían referencia a otros, en apariencia mucho más prometedores.

Por alguna circunstancia esos textos estaban guardados bajo llave en una sala a la que sólo podían acceder los miembros de las dos órdenes religiosas que habitaban y mantenían el Cerro.

Era verdaderamente frustrante, se dijo.

En su mente comenzaba a trazarse un plan, que en los próximos meses daría sus frutos. Dejó el libro que estaba ojeando en la mesa y salió corriendo. Tenía que hacer un par de llamadas.

Permalink Dejar un comentario

Cuando la noche acecha

julio 11, 2007 at 2:45 pm (Sueños)

Cuando la noche acecha

Las polvorientas habitaciones de madera estaban silenciosas en esa Noche de Difuntos. La luz de la luna llena se filtraba por los ventanales, dibujando en el suelo de tablones las nubes que en ocasiones cubrían el círculo luminoso sobre el bosque.

Las rejas de hierro que en tiempos frustraron tantos sueños de libertad no impedían que el viento del norte estremeciese las contraventanas de madera, golpeando ocasionalmente los cercos de roble que las cobijaban.

Entre los alineados estantes, que durante el día eran revisados por estudiantes, profesores y curiosos lectores, en busca de la sabiduría que guardaban entre las páginas de sus libros, las sombras parecían moverse de un lado a otro. Buscaban, sin duda, los renglones de conocimiento que se derramaban cada vez que alguien ojeaba descuidadamente, aquí y allí, las páginas. Tal vez para seguir subsistiendo como sueños, tal vez para volver a ponerlas en su sitio, amablemente, en espera de que el lector idóneo tocase las tapas del libro, y volviese a producirse de nuevo la magia que sólo conocen aquellos que sienten que un libro ha sido escrito para ellos.

libros.jpg

Sin embargo, en uno de los pasillos anexos, en los que se apilaban los libros menos consultados, allí donde la luz de la luna llena no llegaba, o no se atrevía a llegar, un susurro nos llama a nosotros, intrusos que ha traído el viento para conocer estas historias. Es un lamento lejano, como el de un perro abandonado por sus amos en casa, que los llama lastimeramente, mientras su aullido se apaga en la distancia a medida que pierde fuerza. Más sorprendente es descubrir, al acercarnos a comprobar su fuente, que los lamentos provienen de uno de los estantes. A pesar de que nos encontramos a poca distancia, casi ni pegando la oreja al libro escuchamos lo que dice.

Ojeemos por un momento la cubierta, de cuero negro, no muy antigua, pero sí bastante estropeada, de textura rugosa. El título de letras doradas, “Drácula”, seguro trae al recuerdo del viajero de los sueños los olores de una época de pesadillas mezcladas con evocaciones de sensualidad, terror y misterio.

Durante años, el título ha viajado de aquí para allá, de casa en casa, por los bancos de los parques, bajo la sombra de los árboles, en las camas iluminadas por luces apagadas de lámparas de noche, buscando, siempre buscando.

¿Qué anhela el espíritu que habita en el libro? Proveniente tal vez de alguno de los cuerpos que yacieron aquí en épocas de prisión y tormento, o tal vez del alma no nata de alguno de los hijos bastardos de una curia que los arrojaba a las alcantarillas como secretos que no debían ver la luz.

Tal vez el deseo de venganza sea lo que mueve el alma que habita entre las ajadas páginas, o tal vez la incomprensión de la vida y lo que esta significa. Como en tantas ocasiones, tal vez sea locura, llevada al extremo de la incomprensión humana, y empeorada por la reclusión de un espíritu atormentado entre las palabras que tanto miedo y terror han traído a este mundo desde que se escribió este libro.

Tal vez podría ser el hambre de llenar un vacío, tal vez la compulsión de satisfacer un oscuro deseo de sangre.

Sea cual sea el motivo, sólo con tocar el libro podemos sentir la soledad de su residente, quien lleva tiempo tras su infructuosa labor. Centenares de personas recogieron sus páginas con el fin de disfrutar con ellas, y a cada contacto, la mente que habita el libro sondeaba las de aquellos que se estremecían a cada párrafo que leían.

Tras las primeras tentativas, el anhelo dio paso al ansia, a medida que más y más candidatos eran rechazado por sabe dios que impías reglas. Cada vez más, el libro sentía que su misión, su objeto de existir estaba más lejos, más distante a cada paso que se acercaba a él.

A principio, cada día, el espíritu de sangre saludaba la llegada el nuevo sol, con la esperanza antinatural de que ese día llegase a él el anfitrión elegido, aquel que al leer sus páginas se conmoviese de tal forma ante la melodía sangrienta que trascendía el mero uso de las palabras. Aquel que abriese su mente, y su alma, a la oscuridad que él necesitaba derramar sobre el mundo.

libro1.jpg

Poco a poco, a medida que las tentativas eran frustradas y el flujo de viajeros de los sueños disminuía, y su anfitrión de negras tapas era relegado a los más recónditos rincones de la librería, la ansiedad se transformó en impaciencia, la impaciencia en desesperación, y cuando el libro descubrió que su destino estaba lejos de cumplirse, la desesperación en sabia resignación, y en eterna paciencia.

Tal vez algún día próximo, tal vez en una era lejana, el mundo entero sabría de nuevo lo que era el terror, un terror que empezó lejos, en una isla al norte, con un médico que pasó por casualidad una noche en este monasterio, cuando su ansia se hospedaba en otro libro. Así empezó el siglo veinte, y ahora, el ansia que aguardaba bajo las tapas negras, esperaba paciente la llegada de una nueva era de liberación, pues sabía, que como los libros, el mal es eterno.

Permalink Dejar un comentario

Rosa Negra

julio 11, 2007 at 2:44 pm (Sueños)

Rosa Negra

El ruido rítmico de las tijeras de podar rompía la paz de la tarde primaveral. Aquí y allí las ramas más débiles de los arbustos caían bajo la diestra mano de su cuidador, con el fin de dejar espacio para que otras más jóvenes y fuertes surgiesen en su lugar y ocupasen el sitio que les correspondía por herencia. Era el ritmo de la vida. Cada estación se sucedía, y los hombres, lo más que podían hacer eran pequeños arreglos en el gran esquema de las cosas que había dispuesto el Señor.

Fraimundo se detuvo un momento en su labor diaria. Alzando la cabeza hacia el sol que se ponía sobre la Biblioteca en el lado Oeste del Monasterio, se secó el sudor de su frente con la manga del hábito gris.

El astro rey se ocultaba en ese momento, pero todavía quedaba tarde por delante, antes de que la noche cayese sobre el Cerro de los Ángeles y llamasen a la cena de la congregación. Fraimundo no sentía especial atracción por la comida, por lo que no caer en el pecado de la gula no le suponía ningún esfuerzo extra.

El descanso duró poco, el tiempo suficiente para contemplar las anaranjadas nubes del horizonte iluminadas por las últimas líneas del sol, y para sentir un poco el viento primaveral sobre el rostro.

Con ánimos refrescados, Fraimundo retomó su labor, sin embargo, no pudo continuar donde lo había dejado. Allí, bajo la luz dorada de la tarde que caía, una hermosa rosa de color negro se erguía, hermosa y altiva entre los matorrales.

Su lánguido y estilizado tallo surgía directamente de la tierra que días antes Fraimundo había abonado con sus propias manos, y su belleza hizo que inmediatamente se arrodillase dejando las tijeras en el suelo a su lado, para contemplarla más de cerca. A su alrededor, el resto de los seres vivos parecían gravitar en torno suyo, enmarcándola como un cortejo vegetal que estaba adorando a su nueva reina.

Sus pétalos eran increíblemente hermosos, de un negro azabache como él no había visto nunca. La luz que la iluminaba los hacía brillar, oscuros, confiriendo al capullo que se acababa de abrir un aspecto único como si toda la flor hubiese estado tallada en mármol negro u obsidiana.

Tal era la sobrenatural hermosura de la rosa negra que Fraimundo perdió la noción del tiempo especulando cual era su origen, admirando la sobrenatural magnificencia de algo tan sencillo y a la vez imposible. Tuvieron que ser las campanas que llamaban a la cena las que consiguieran sacarle de sus pensamientos y arrebatarle del lado de la flor.

Su primer impulso fue cortar la rosa para llevársela en ofrenda a la Virgen del Cerro, pero se arrepintió enseguida. Una belleza única como esa no debía segarla la mano de ningún hombre, si Dios la había puesto ahí.

Durante la cena reinaba el optimismo y el buen humor. Al parecer, el nuevo Obispo iba a hacer una visita próximamente al monasterio, y para celebrarlo, se sirvió algo de vino y bollo recién hecho en lugar del pan y el agua que acostumbraban a acompañar las cenas.

Desde un púlpito, uno de sus hermanos rezaba en voz alta las oraciones nocturnas, imbuyendo el comedor del espíritu sagrado que tal ocasión necesitaba.

Esa misma noche, después de la cena y los rezos, regresó a su habitación. En la soledad de la celda, los dos novicios acostados en sus catres se habían hecho amigos. Fernando era mucho más alegre que él, y le contaba cosas de las mujeres que había conocido antes de entrar en el seminario, y de hacer los votos. De su familia y sus estudios. Fraimundo sólo podía hablarle de las tardes contemplando los bosques de su pueblo, de su trabajo en la huerta de su padre, de cómo el Ayuntamiento les expropió las tierras para construir una urbanización y de cómo su padre, viudo desde hacía seis años murió de pena y dejadez.

Cuando le contó a su compañero y amigo lo que había visto la tarde anterior, Fernando pareció mostrarse un poco inquieto. Sin decir nada se dio la vuelta en el catre y se durmió, lo cual le extrañó mucho, dado el carácter afable de Fernando.

En la oscuridad de la celda, y el silencio del convento, Fraimundo podía sentir como se apoderaba de los solitarios pasillos una desazón, una inquietud que los recorría como un viento gélido y descorazonador.

Esa noche Fraimundo soñó con la rosa negra, fue un sueño intranquilo, en el que él se encontraba al borde de un precipicio. A sus pies, un río de oscuridad ocultaba todo a su vista, el fondo del barranco, las paredes de la montaña, incluso el mismo aire. El aroma de la madera quemada atrajo su mirada a sus espaldas, donde la ladera de la montaña, cubierta de árboles ya calcinados, ardía acercando el fuego abrasador cada vez más a donde estaba. El cielo, sin embargo, aparecía azul y sereno, y Fraimundo alargaba los brazos en una desesperada plegaria. Sin embargo, sus pies estaban enredados en un matorral de rosas negras que arañaban sus piernas y le impedían moverse.

Intentó gritar, pero sólo el crepitar del fuego se escuchó, el crepitar del fuego, y un susurro proveniente de la nada oscura que le llamaba a su interior.

***

La mañana siguiente se levantó fresca, y Fraimundo se levantó antes que su compañero.

Salió al patio después de asearse y rezar y dio un paseo por los jardines. La brisa era fresca, sin embargo, en lugar de despertar la vitalidad en los habitantes del monasterio, se dio cuenta de que un mal humor general se había apoderado de todos.

En contraste con la noche anterior, el pesimismo campaba por el lugar, y varios monjes apenas si le dirigieron la palabra.

Más sorprendido se quedó cuando fue a ver la rosa negra, y se dio cuenta de quealrededor de la flor, todas las plantas se habían marchitado. De hecho, parecía que llevaban semanas pudriéndose y secándose, cuando él mismo las había regado la tarde anterior.

Extrañado e inquieto, acudió al refectorio donde se sentó al lado de Fernando. El malestar era evidente, pero no podía achacarse a nada concreto. Cuando le preguntaba a alguien, no sabía explicarle la causa del mismo. Sin embargo estaba ahí. Una sensación de desasosiego, de desesperanza.

Para su sorpresa, cuando se fue a servir la leche a su hermano, un fuerte olor agrio inundó sus fosas nasales. Toda la leche se había cuajado, y los grumos caían en el vaso, rebosándolo.

Un rumor le hizo levantar la cabeza, y cuando miró a su alrededor se dio cuenta de que todas las jarras de leche se habían estropeado al mismo tiempo.

Los más viejos entre ellos hacían la señal de la cruz, otros rezaban aferrados al rosario de sus cruces, y el resto se contemplaban atónitos sin llegar a entender lo que había podido ocurrir.

***

Minutos después, Fraimundo paseaba por el patio de nuevo, y no pudo evitar el dirigirse a su superior para contarle lo que había pasado con las plantas.

Éste, sereno, le tranquilizó, y le dijo que no se preocupase. Recordaba, sin embargo, que una vez alguien le comentó que en el convento hermano de las Carmelitas, que compartía el Cerro con ellos en el otro extremo, alguien había hablado de una rosa negra.

Siguiendo sus recomendaciones, se dirigió a la madre superiora, quien le concedió unos minutos.

Fraimundo apenas podía verla, oculta como estaba por la rejilla de madera que les impedía verse, pero su voz se notaba mayor, serena y firme.

Ambos hablaron de lo que había pasado, y lo que él había presenciado en el jardín. Hablaron también del corte de la leche, y del malestar general, y ella le confirmó que también en el convento había pasado lo mismo.

Justo cuando se iba a ir, la madre superiora le detuvo. Era como si hubiese tomado una decisión que llevase un rato meditando. Las sombras se proyectaban en todas direcciones, y la silla de madera oscura, así como la sobriedad del cuarto le daban un aspecto tétrico.

La Hermana Carmelita le contó una historia que había ocurrido allí mismo. Hacía veinticinco años, una monja de la orden se había suicidado. Sus hermanas la encontraron colgando de una de las ventanas del convento que ocupaba el ala nordeste del cerro, sobre el acantilado. A los pies de su cama, una rosa negra recién cortada encima de la nota de suicidio.

“Termino bajo el manto de la noche con la pesadilla en que mi vida se ha convertido, pues sólo así salvaré mi alma y la de los míos. Dios me perdone”

Para nadie en el convento tenía el más mínimo sentido, pues el suicidio era, a ojos de todos, motivo de condenación eterna y la Hermana Saura lo sabía.

***

A la mañana siguiente Fraimundo pidió que le relevasen de sus servicios diarios no indispensables, pues quería acudir a la Biblioteca para averiguar cuanto pudiese del accidente de la Hermana Saura y de la rosa Negra.

La Biblioteca era hermosa, había sido restaurada hacía diez años, y ahora, abierta al público, sustres plantas principales, construidas en piedra y madera bullían de vida.

Menos transitada estaba la entreplanta reservada a los docentes de la universidad e investigadores. Él, como miembro del monasterio, tenía acceso a cualquier punto de la biblioteca.

La entreplanta que albergaba las tres salas dedicadas a los libros más raros e importantes era similar a las de las otras plantas. Suelo, techo y paredes cubiertas de madera, con ventanas sencillas cubiertas de rejas, herencia del pasado carcelario del edificio. La luz era, sin embargo, menos fuerte, y el ambiente más silencioso. Como si llamase a la meditación.

A Fraimundo le gustaba esta parte de la biblioteca. Desde luego, mucho más que las otras dos plantas que conformaban el edificio de cinco plantas. Arriba, en la buhardilla, se ocultaban los libros de ocultismo, los libros dedicados al diablo y a las ciencias ocultas, a los espíritus y leyendas. Por expreso deseo del Obispo de Getafe, recientemente fallecido, en esa planta habían sido confinados para que nadie pudiese acceder a ellos. En el sótano en cambio, un sitio repleto de pasillos, galerías y salas minúsculas que fueron las cámaras de tortura y aislamiento de la antigua cárcel, se almacenaban, apilados unos encima de otros, los libros olvidados, los que nadie leía ya. Esa parte de la Biblioteca, no sabía por qué, también le daba escalofríos.

Tal vez fuesen los susurros de los libros, que en el silencio casi podría decirse que se escuchaban. Pidiendo auxilio, solicitando desesperados unas manos diestras que volviesen a pasar sus páginas olvidadas llenas de polvo, unos ojos inteligentes que reconociesen la belleza y el saber que ocultaban sus tapas.

Tres horas le llevó localizar alguna referencia a lo que había pasado la noche anterior. No encontró nada que hablase sobre la hermana Saura, pero sí que vio un libro de silvicultura que hablaba de varios tipos de rosas. De pasada, mencionaba una extraña variedad negra, pero al contemplar el dibujo vio que no se trataba de la que había florecido en el jardín del claustro. Estas rosas negras, de pétalos color negro apagado, salían de un rosal como las demás variedades de su especie, no directamente del suelo, en un único y altivo tallo.

No pudo encontrar más referencias a rosas negras ni al incidente de hacía veinticinco años, ni siquiera en los periódicos de la época. Cansado salió a tomar el aire y sin darse cuenta, encaminó sus pasos hacia el jardín del claustro.

Cuando llegó al lugar donde había contemplado la maravilla oscura, pudo darse cuenta de que nadie más había reparado en su presencia entre esas paredes, y que la rosa negra seguía allí, esperando.

Tomó entonces Fraimundo la decisión de cortarla. Debía reconocer que la historia de la hermana Saura el había dejado un poco intranquilo, y que ahora, cada vez que mirabala hermosa rosa, sentía una desazón interior como no había sentido nunca.

Delicadamente, con sus tijeras, cortó el tallo en diagonal, y lo envolvió en un paño húmedo. Se dirigió entonces a la Iglesia principal del Cerro de los Ángeles, situada bajo los pies de la enorme estatua Cristo que dominaba con su mirada toda la meseta sobre la que se elevaba el Cerro.

Pensaba ofrecerle la rosa a la Virgen de los Ángeles, pero cuando llegó a la iglesia, cuyos pasillos estaban iluminados por una miríada de velas y cirios, y abrió el paño para depositar su contenido a los pies del manto de la Virgen, pudo comprobar que la rosa yacía marchita, sus pétalos desgajados y grises, y de su tallo salía una sabia roja que le daba el aspecto de la sangre.

Saliendo desesperado, Fraimundo arrojó el paño manchado de rojo y cenizas a una papelera cercana del enorme patio central. El viento había arreciado, y un frío mortal se había asentado esa misma mañana en toda la zona, trayendo incuso una feroz nevada a pesar de encontrarse en pleno mes de abril. Los cielos grises pudieron contemplar la pequeña figura de un hombre con hábito gris corriendo de un extremo a otro de la plaza para refugiarse en las paredes del monasterio.

Al llegar de nuevo al claustro, cogió sus tijeras y se dispuso a sumergirse en su trabajo diario con el fin de olvidar tan siniestro y extraño acontecimiento. Si alguien hubiese podido ver su cara se hubiese asustado, pues allí, en el mismo sitio donde había dejado el tallo cortado hacía unos minutos, estaba de nuevo la rosa negra.

***

Fraimundo abrió los ojos al oír un ruido en su celda. Era tarde, las tres de la mañana, y al abrir los párpados pudo ver a Fernando en pie en el centro de la habitación mirándole con los ojos completamente abiertos.

Sin pronunciar palabra, levantó su mano, y en ella, firmemente aferrada por el tallo, estaba la rosa negra. De ella, goteando hasta el suelo, un reguero de gotas de sangre manchaba aquí y allí donde caía.

Fraimundo despertó empapado en un sudor frío que le calaba hasta la ropa. Los pasillos del monasterio estaban en silencio, recorridos nada más por el gélido viento frío.

***

dsc_00312.jpg

Tres veces más intentó cortarla Fraimundo, y tres veces más la rosa volvía a estar en su lugar cuando él volvía allí. Al principio, creyó que podía tratarse de una broma pesada de Fernando, o de los demás hermanos, pero la tierra no había sido removida, y las raíces de la flor estaban firmemente arraigadas. Tanto, que a Fraimundo le costaba arrancarlas cada vez que quería terminar con la fuente de su inquietud.

Cual no sería su horror, la primera vez que las extrajo, cuando vio que las raíces poseían una tonalidad roja, y que al ser arrancadas goteaban el mismo licor carmesí que ahora manchaba sus manos.

Las noches comenzaron a hacerse insoportables, no sólo para él. Toda la comunidad religiosa sentía el desasosiego cuyo origen sólo él presentía. Los pasillos se quedaban vacíos cada día, a pesar de que todavía había claridad en el exterior, y los hermanos se refugiaban en sus celdas y en la Biblia sin saber el motivo.

Esa noche, Fraimundo salió al claustro de nuevo, dispuesto a repetir lo que ya iba convirtiéndose en una siniestra costumbre. No se sorprendió de ver de nuevo la rosa negra en su lugar, ni de que ésta hubiese resistido el frío de la tarde, un frío casi podría decirse que sobre natural.

Ahora, las nubes grises tapaban casi por completo la luz de la luna llena, y sólo se podía ver, a través de ellas, el halo majestuoso del astro nocturno.

Sin decir nada, volvió a arrancar la rosa de raíz, envolviendo sus raíces y su tallo en un paño. Después rellenó el agujero con los productos químicos que traía, y roció de agua salada todo alrededor con la vana esperanza de que la mañana siguiente no le trajese de nuevo la siniestra presencia profética de la rosa negra.

Tras quemar el paño con la rosa negra salió hacia el patio dirigiendo su destino hacia la Biblioteca.

Fraimundo se había hecho amigo de un novicio que servía de asistente al director del monasterio. El único que tenía copia de la llave de la buhardilla de la Biblioteca. Éste le había hecho una copia de la llave, y ahora esperaba con todas sus fuerzas encontrar solución al enigma.

La Biblioteca estaba en silencio. Sólo el crujido de sus pasos sobre la envejecida madera delataba la presencia de alguien. Subió con el candil en la mano los tres pisos de las salas comunes, y llegó a la puerta de madera que cerraba el acceso a la parte oculta de la biblioteca.

Con cuidado, introdujo la llave en la cerradura de metal oxidado, mientras la amarillenta luz de a lámpara danzaba escaleras abajo, proyectando su sombra alargada sobre los peldaños de madera.

Abajo, todo estaba oscuro, y Fraimundo casi pudo jurar que sentía una presencia que lo miraba callada desde la oscuridad de debajo de la escalera, donde la luz del candil no llegaba.

Apresurándose, giró la llave, que para susto suyo se resistió un poco al principio por la falta de uso. Rápidamente, abrió la puerta y la cerró tras él, imaginándose sin duda que la presencia pretendía alcanzarle entes de que la cerrase.

Sin embargo, la hoja de la puerta se cerró sin problemas, y Fraimundo corrió el cerrojo para que nadie le molestase. Alzó el candil para ver donde se encontraba, y contempló las estanterías repletas de libros que el Obispo había ocultado o querido ocultar.

En el centro de la sala, un par de mesas dispuestas una frente a otra y cuatro o cinco sillas, esperaban llenas de polvo.

A su alrededor, las estanterías formaban un círculo que las envolvía, y Fraimundo podía imaginarse todos esos libros de ocultismo y brujería, que el Alcalde de Getafe había prohibido que fuesen destruidos como era la intención inicial del Obispo, observando y llamando a quienes en las sillas se encontraban.

Con un suspiro, Fraimundo puso coto a su imaginación, y se dedicó a la tarea que había venido a realizar. Ojeó el diario de archivos, donde se encontraba la bibliografía de todo lo que en esa sala se ocultaba.

La luz del candil no duraría toda la noche, y en esa sala no había luz eléctrica, así que se apresuró mientras el viento azotaba las contraventanas de madera y se filtraba por el tejado de tejo haciendo vacilar la luz de las llamas, y dándole a la habitación un aspecto helado, y nada acogedor.

El aliento de Fraimundo, condensado por el frío reinante, se alargaba sobre las tapas de los libros que hojeaba. Al fin, entre tratados sobre el diablo y los espíritus, Fraimundo encontró un texto medieval. Sus apergaminadas hojas crujieron al ser pasadas tras tantas décadas cerradas. El libro se llamaba, Historia negra de Getafe.

Al parecer, por lo que pudo leer Fraimundo del texto en latín, Xatafi, como se llamaba entonces la aldea que se convertiría en la ciudad de Getafe, era un asentamiento en el que musulmanes, judíos y cristianos convivían. El cerro era un centro de estudio, y textos en latín, griego, castellano antiguo, árabe y otros idiomas eran traducidos y enviados a Toledo, y otros lugares del mundo.

Sobre el antiguo asentamiento romano, encima de sus catacumbas, se edificaron monasterios, mequitas y otros edificios, que las guerras destruirían y renovarían con el paso del tiempo.

Uno de los libros que se habían escrito en esa época era éste, un compendio de leyendas medievales.

Entre ellas, una llamada La Maldición de la Rosa Negra hablaba de cómo allá por el 1405 todos habitantes de un convento habían sido asesinados por lo que se suponía que era una partida de guerra escapada de uno de los reinos de taifas.

La partida de guerra fue capturada semanas más tarde al sur, y aunque ellos lo negaron todo, fueron ajusticiados por sus crímenes.

A lo que nadie pudo dar explicación es a la forma en la que murieron todos los habitantes del convento, ningún signo de violencia en sus cuerpos, y a sus pies, una rosa negra en cada uno de los catres donde habían sido encontrados los cuerpos.

Al llegar al final de relato, Fraimundo reparó en una entrada escrita a mano en los bordes del libro. Al parecer era una advertencia para quien lo leyese.

“Volverá a ocurrir” y la firma, a pesar del tiempo, podía reconocerse como la de la Hermana Saura.

***

Las horas pasaron, y el candil iba perdiendo el combustible que le quedaba. El frío iba calando en sus huesos, hasta el punto de que Fraimundo ya comenzaba a sentir escalofríos. El sonido del viento golpeando las contraventanas tampoco ayudaba en lo más mínimo a serenar sus ánimos.

Otras referencias al diablo y a hechos sobrenaturales no le dieron ninguna pista del origen de la Rosa Negra ni de los hechos referentes a la Hermana Saura.

Sin embargo, sí encontró una entrada en un texto, escrita a mano por lo que parecía la letra de un hombre, que hacía hincapié en un cubículo oculto tras una estantería. Más picado por la curiosidad que por poder descubrir algo, Fraimundo corrió lo más silenciosamente que pudo la estantería cargada de libros y dejó al descubierto un mapa antiguo de Xatafi de aspecto medieval.

Tras él, un hueco en la pared ocultaba varios pergaminos y misivas de los monjes y hermanas del Cerro. Algunos libros compartían el oscuro espacio con ellos, ero la mayor sorpresa fue encontrar una carta de la hermana Saura enviada al prior de la orden.

En ella decía que había descubierto una extraña rosa negra que, leyendo algunos textos antiguos, parecía estar relacionada con asesinatos y hechos misteriosos durante varios períodos a lo largo de la historia del Cerro de los Ángeles.

Detrás de esta carta, unidas por un clip, había otra de respuesta del prior que decía que semejante muestra de temor sobrenatural y antirreligioso no debía repetirse, y la reprendía por dejarse llevar por miedos impuros.

Por último, también dentro del paquete, había una segunda carta de la Hermana Saura. El texto que en ella había escrito le puso los pelos de punta.

“He seguido investigando. A quien lea esto, espero que le sirva de justificación por lo que voy a hacer, aunque ahora mismo sólo espero poder librar a mis hermanas del fin que el destino les ha impuesto.

No he podido encontrar referencias al Diablo en ninguno de los textos que he consultado, sólo a poderes que van más allá de lo humano, lo divino o lo demoníaco. La oscuridad misma parece haber puesto un pie aquí, y cada cierto tiempo, reclama el precio del peaje que todos pagamos en la vida.

Creo que todos hemos perdido ya nuestra alma, y la única forma de que mis hermanas la recuperen es que yo entregue mi vida por ellas. La primera persona que la vio.

Maldigo con fuerza y con fe en el Señor la Rosa Negra, y sé que me espera sólo la negrura y el vacío peores que el Infierno. Pero me entrego gustosa a los poderes oscuros para rechazar el destino deparado a mis hermanas y los únicos seres cercanos.

El Señor nos guarde a todos, y a mí en mi viaje.”

Fraimundo guardó la carta en su sitio, y volvió a dejarlo todo en su lugar. Lo único que hizo fue escribir una pequeña reseña detrás de la carta de la Hermana Saura.

“Todo es verdad, lo sé, y tú también lo sabes si estás leyendo esto. Ahora voy a cumplir con mi destino. Espero que tengas valor para hacerlo tú también, pues el precio es el alma de todos tus seres queridos.

El Hermano Fraimundo de Ugena”

***

 

Esa misma mañana, Fernando acudió a su celda después de la misa de maitines, corriendo para darle la noticia aamigo de que la Rosa Negra había desaparecido. Al entrar abrió de un portazo la puerta y encontró el cuerpo de Fraimundo tendido en su catre. En su mano, un frasco de somníferos vacío.

A sus pies, contempló con horror una rosa negra, iluminada por un rayo de sol que entraba por la pequeña ventana de la habitación.

Permalink 16 comentarios

El Viejo Árbol

julio 11, 2007 at 2:44 pm (Sueños)

El Viejo Árbol

Está pasando ahora mismo, en este mismo instante.

Sé que no me creerías, pero te puedo asegurar que lo noto en cada una de mis células. Pronto estará aquí. Pero eso es otra historia, para otro lugar y otro tiempo.

De momento, quiero que me conozcas, pues no he tenido la oportunidad de hablar con nadie que estuviese vivo desde hacía dos mil quinientos años por lo menos.

Se llamaban a sí mismo “romanos”, y llegaron como soléis llegar siempre los hombres. Como apisonadoras que no respetan ni siquiera a los suyos. Antes, cuando vuestra especie era ya antigua y sabia en los misterios del mundo. Antes de que ese dios que llamáis ciencia borrase el verdadero conocimiento de lo natural y de lo misterioso, cada diez años, justo coincidiendo con el solsticio de verano, llegaban mis amigos. De todas partes, del norte de esta tierra, el oeste, de tierras lejanas más allá de los mares. La Biblioteca me ha dicho que los llamáis druidas, pero ellos se referían a sí mismos como Siervos de Gaia, o por lo menos creo que esta es la traducción más ajustada a vuestro idioma.

Aquí se hacían grandes hogueras, y docenas de ellos, acompañados por sus fieles compañeros animales, y por los que iban recogiendo en su camino hacia aquí, contaban historias y cantaban en lenguas ya muertas a su diosa.

Todos la adoraban, como lo hago yo. Es algo más que la Tierra, o la Naturaleza, o Gaia. Nuestro dios es el todo natural, el orden del universo, y el caos primigenio. Yo adoro al Cosmos.

dsc_0314.jpg

 

Tal vez fueron sus canciones lo que me dieron vida, o tal vez ellos mismo me trajeron al mundo, como símbolo de las reuniones que cada diez años mantendrían bajo la sombra de mis hojas y el frescor de mi rocío. Tal vez fueron sus pociones, o la magia primigenia que también dominaban la que me dio consciencia. Sólo recuerdo que cuando yo era joven, tan joven que el regalo de la memoria me es negado, ellos ya estaban aquí.

Durante siglos, que para mí fueron un suspiro, y pasaron raudos a la luz de las maravillas que en este cerro podía contemplar, se contaron historias, historias de las que aprendí todo lo que sabía hasta entonces. Fue una época mágica, en la que las criaturas naturales de Europa parecían estar unidas en una Pax que sólo excluía a los seres humanos. Porque ellos querían.

Fue precisamente el alejamiento de ese orden lo que hizo que todo terminase. Poco a poco, con miedo creciente, mis amigos comenzaron a hablar de una peligrosa amenaza que había surgido al este. Con el paso del tiempo, la amenaza tomó nombre, “La Roma” y en cada reunión eran menos los amigos que venían, o de los que se tenía noticia.

Al final, hará casi dos mil años, cuando yo ya era un viejo árbol centenario, la amenaza terminó por llegar. Como una marea de hormigas el viento me trajo noticias de su llegada. Al principio se asentaron cerca, en el cauce del río, pero respetaron el cerro debido a la majestuosidad que su mole negra transpiraba.

En pocos años perdieron el miedo y se atrevieron a derruir la mayoría de los viejos edificios, construyendo los suyos. Excavando las catacumbas que ahora mismo están tocando mis raíces, en este mismo momento, casi abandonadas y secretas. Trayendo el agua hasta los edificios del cerro, y ahogando con su ingeniería la magia que cada árbol poseía.

Yo me salvé por suerte, pero muchos de mis hermanos cayeron bajo sus hachas. Fue el principio del fin, poco a poco, mis hermanos fueron muriendo. Unas veces para servir para cosas tan inútiles como alimentar el fuego, o daros cobijo de lo natural, del viento susurrante o para construir las máquinas de guerra con las que os matáis mutuamente.

Al cabo, tal vez por mi tamaño, o por que sentíais que era especial, sólo yo sobreviví a vuestra hambre devoradora. No dudo que con el tiempo yo también hubiese terminado por caer ante vuestra ansia, pero la muerte de “La Roma” y las guerras que manteníais entre vosotros de forma despiadada me liberaron, y al tiempo volví a estar rodeado de hermanos e hijos.

“La Roma se fue”, dejando sólo a uno de sus hijos como testimonio imperecedero de su presencia en este lugar, recorriendo cada noche las catacumbas y las ruinas de los edificios que construyeron “los romanos”.

Fueron tiempos raros, en los que la ciencia de la naturaleza y las ciencias de los hombres parecían convivir. Fue una época, hasta hacía cien o dos cientos años, en los que Gaia pareció coexistir con los dioses que fueron pasando por vuestra imaginería.

Después llegó aquí el cristianismo, apabullándolo todo, ahogando lo diferente. Como “La Roma”, el Cristianismo coexistió con el cerro manteniéndose a distancia, pues una vez más la magia que esta loma y su historia exudan, impone respeto y miedo a sus enemigos.

A lo largo de los siglos, las historias se han sucedido en sus laderas, en el interior de sus entrañas, en los edificios construidos por la mano del hombre. Poco a poco la magia volvió al Cerro. Y con ella, los temores de la Iglesia Cristiana resurgieron. Al final fue ese mismo miedo el que obligó a ésta, hará ya casi ochocientos años, a edificar uno de sus edificios de culto. Un monasterio dedicado a San Juan – qué apropiado.

Con su presencia en el Cerro todo volvió a ocurrir, como un ciclo. La magia volvió a ser ahogada por la fe ciega y asfixiante, y la lucha de creencias volvió a rugir silenciosa entre las criaturas que aquí habitan. Aunque yo sabía qué pasaría.

El paso del tiempo me dio la razón. Fueron muchos los que terminaron por olvidar el motivo por el que el monasterio había sido alzado aquí. Y poco a poco, sus habitantes, sus edificios y sus relaciones, fueron integrándose en el conjunto mágico que es el Cerro. Historias mágicas, secretas, que se repiten desde siempre, o que se unieron nuevas a la fábula mítica que es este lugar en el mundo.

Ahora la magia vuelve a rugir. Ha sido ahogada en otras dos ocasiones, primero por los reyes humanos que volvieron a talar los árboles, y a cambiar el uso de los edificios del cerro, después por la llegada masiva de vuestro nuevo dios “la Ciencia” que volvió a sacrificar a mis hijos y sobrinos, orgullosos robles, suplantándolos en gran parte por los pinos bastardos que ocupan ahora casi dos tercios del bosque. Pero mejor esa compañía que nada, y todos somos hijos del Cosmos.

El tiempo ha vuelto a traer sus ciclos, y la historia del despertar mágico se repite. Hasta la próxima vez que vuelva a ser ahogada, por vosotros o por otros. Un gran peligro os acecha, pues la magia está harta de ser aplastada, y está llegando, pero confío en que al final, todos podamos coexistir.

Pero de momento, disfrutar con las historias que os contamos los habitantes del Cerro de los Ángeles. La historia de lo que no veis. La historia secreta del mundo.

No os asustéis, la simple existencia del Cerro, de su magia y de la Biblioteca de los Sueños hacen el mundo mejor.

arbol.jpg

 

Permalink Dejar un comentario

Procesión de Fantasmas

julio 11, 2007 at 2:43 pm (Sueños)

Procesión de Fantasmas

 

 

- “Dejarían de existir las flores” – esa frase se le había quedado grabada en su mente. La había pronunciado, a modo de despedida y al mismo tiempo, como respuesta a su pregunta, una vieja adivina de la zona.

Juan Olmedo miró a su alrededor y contempló el paisaje que le rodeaba. Frente a él, al otro lado de la carretera, la tapia blanca del cuartel militar estaba casi tapada por cientos de personas que se agolpaban, igual que en su lado de la calzada, a la espera de ver el paso de la Virgen del Cerro.

Una vez al año, la gente del pueblo subía al Cerro de los Ángeles, pasaba el día en sus laderas, comiendo, bebiendo y entregándose a la cosa más parecida a una bacanal romana que Juan había visto.

Las rojas amapolas competían con vigor contra las espigas de trigo que surgían salvajes a ambos lados del camino que conducía desde el cerro hasta la población de Getafe. Era

Este camino el que la tradición decía que la Virgen debía recorrer para pasar tres semanas, ni un día más, bendiciendo a los habitantes de la ciudad.

Como todas las tradiciones de pueblos y ciudades, su origen se había perdido en el principio de los tiempos de la ciudad, y eso le había traído aquí. Juan era escritor, o quería serlo. Había dejado su puesto como jefe de documentación en un periódico para intentar escribir un libro, su libro.

Juan intentaba comprender, describir y ahondar en cada tradición importante de la geografía española. Las fiestas de sus pueblos tenían un origen, y él era experto en descubrirlo, en hurgar en las bibliotecas y la historia local como lo haría un cirujano en busca de un tumor que extirpar.

Su libro estaba terminado, casi. Le faltaba el toque final, algo que lo hiciese mágico, especial. Que lo convirtiese en algo más que un libro de geografía que contaba la historia de fiestas de todo el país.

dsc_0177.jpg

Esperaba encontrarlo aquí, en Getafe, y había leído a tiempo el artículo sobre las peculiares fiestas locales. A tiempo para venir, a tiempo antes de que se agotase el anticipo de su editor.

Las nubes amenazaban lluvia, y el sol no se había asomado en todo el día. “Es la tradición, siempre llueve el jueves que bajan a la Virgen” – le había dicho una señora de unos cincuenta y muchos años que esperaba a su lado el paso de la carroza de la Virgen. Carroza, curiosa forma de llamar al paso ceremonial de la Virgen.

Siempre en Jueves, – pensó. – Siempre la bajan en jueves. Siempre. Y siempre llueve. O eso dicen. Por lo menos parecía que la tradición se iba a cumplir ese año también.

Había estado investigando durante una semana en barias bibliotecas de Getafe y los alrededores, incluso en la curiosa Biblioteca del Cerro de los Ángeles. Ésta estaba justo al lado de la iglesia donde la Virgen pasaba la mayor parte del año y era un sitio, por lo menos, curioso. Por no decir extraño.

Un día, salía tarde de la Biblioteca, de madrugada, pues en esa época sus puertas permanecían abiertas todo el día y toda la noche, y los estudiantes se afanaban en retener los jirones de conocimiento entre los crujidos nocturnos de la estructura de madera.

Al salir al patio del monasterio, todo se quedó en silencio. Sólo el viento parecía hacer algo de ruido, y entre las cosas que contaba parecía haber palabras tejidas con el susurro de los árboles.

Al día siguiente, con el extraño recuerdo del cerro que parecía hablarle comió con un amigo suyo de la infancia, el ayudante de un constructor local que le recomendó que visitase a una vieja pitonisa.

Después de pagarle la vista, ella le echó las cartas, e quitó el mal de ojo y le aseguró que debía ir a la procesión de la Virgen, pues en ella vería el verdadero sentido de esa fiesta.

También le dijo que esa tradición se repetiría cada año durante los próximos siglos, pues así la ciudad prosperaría.

- ¿Y si la tradición no se cumple un año?

- Dejarían de existir las flores.

Al principio esta frase le dejó descolocado, sin comprender qué quería decir. De todos es sabida la fama de los videntes y adivinadores de hablar con acertijos, pero ahora, allí, en la procesión, comprendió a qué se refería.

Era primavera, y las amapolas cubrían todo el camino, entre los árboles y en las laderas, llenando de brillo y color todo el paisaje.

Las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer ya, y Juan anotó este hecho en su libreta para incluirlo en su crónica. Esto le daría un toque especial. Casi mágico, sonrió para sus adentros.

Un sonido lejano sonó. A pesar de la distancia, Juan pudo sentir como si una ola de electricidad estática recorriese ladera abajo toda la zona. Las campanas del cerro habían sonado y la gente comenzó a mirar en la dirección en la que vendría la Virgen

- Ya viene – dijo la mujer con una emoción en la voz que parecía haber sido despertada por el repicar de las campanas, mientras se aupaba sobre las puntas de sus pies para intentar ver un poco más lejos.

La emoción duró casi una hora. La Virgen salía al caer la tarde ese jueves, y llegaría al llegar la noche a la Iglesia de la Magdalena, la catedral de más de quinientos años de antigüedad, símbolo del obispado de Getafe.

El paso lento de los costaleros se sentía incluso a cientos de metros, los tambores acompasaban su ritmo al de la procesión, repiqueteando como lamentos lanzados al aire. Ninguna figura de autoridad acompañaba el paso, sólo aquellos que hubiesen sido elegidos como costaleros podían ir a su vera hasta la llegada al pueblo. La Virgen debía recorrer la primera etapa de su camino sola. Guiada por la Cruz que llevaba el monje más joven del monasterio.

La mujer, y la mayoría de las personas que estaba a su alrededor rompieron a llorar cuando la imagen llegó frente a ellos.

Era pequeña, pero a su paso despertaba una emoción y un sobrecogimiento contagiosos. Su atuendo era sencillo, estaba cubierta con una corona dorada, subida en un paso de procesión repleto de flores, pero lo que más llamó la atención de Juan fue el manto de terciopelo negro que lucía. Engastado en su negra y tersa tela, cientos de gemas de cristal que por la luz gris del cielo parecían apagadas y tristes.

La banda de música que la seguía pasó de largo, en pos de ella, y tras ella continuaron su camino los penitentes y los peticionarios. Docenas de personas que la seguían descalzas, en cumplimiento de una promesa hecha a la Virgen.

- La bendición de la Virgen cae siempre sobre quien cumple sus promesas – le había dicho un cura al que entrevistó. Otra frase para su libro.

La procesión terminaba ya, y la gente iba sumándose a la larga hilera de personas que seguían la carroza a medida que ésta les iba dejando atrás. Jun metió su libreta en su bolsillo, y bajó a la alzada para unirse a la procesión. Sin embargo, una mano le detuvo.

Sobresaltado, se giró y lo que vio fue lo más extraño que se hubiese esperado contemplar en una procesión cristiana.

Un hombre alto, de rostro moreno y ojos negros, con bigote y una delgada perilla de aspecto arcaico le miraba mientras sujetaba su hombro. Lo que más le chocó fue su forma de vestir. Iba ataviado con ropas musulmanas antiguas. A ojo, él calculó que tendrían más de setecientos años. Eran muy lujosas, ricas, como si fuese un sultán, o algo parecido.

- ¿Qué quieres? – exclamó sorprendido mientras la gente que le rodeaba pasaba a su lado.

- Soy tu guía, – respondió el hombre con un acento extraño, antiguo y al tiempo lejano. – sólo quiero guiarte. No debes asustarte.

- No necesito guía, sé muy bien donde estoy y a donde quiero ir.

- No, no lo sabes, Juan. Crees saber lo que buscas de este sitio, de esta fiesta para tu libro, pero te equivocas. No miras donde deberías, o mejor dicho. No miras como deberías.

- He visto cientos de fiestas como ésta, sé lo que necesito. ¿Y cómo sabes que estoy escribiendo un libro? – hasta un segundo después no cayó en la cuenta de que le había llamado por su nombre.

>> ¿Cómo sabes cómo me llamo? – le preguntó extrañado.

- Las preguntas de una en una. Sé que estás escribiendo un libro porque sé muchas cosas y porque lo he leído. Sé cómo te llamas porque me lo ha dicho tu madre, Montse…

- Mi madre está muerta – le cortó Juan entre asustado y molesto porque alguien utilizase el nombre de su madre para dios sabe qué fines.

- También yo.

Esas palabras sonaron en su cabeza como un martillazo. Nada más pronunciarlas, todo a su alrededor pareció cambiar de tonalidad. Del color vivo de la primavera, a un apagado juego de grises. Era como si una televisión en color se hubiese estropeado, y todo hubiese vuelto al blanco y negro. Los sonidos se hicieron más lejanos, y el ruido de la gente a su lado sonaba apagado.

Juan miró sus manos, lo único de color a su acreedor seguía siendo él. Sobrecogido, alzó la mirada hacia su interlocutor, y lo que vio le aterró. Mientras el resto de la gente seguía pareciendo normal, a pesar de la ausencia de colorido, éste había perdido sustancia, y la figura que se presentaba ante él no podía describirse de otra forma que como un fantasma.

Todo él era translúcido, sus ropajes, grises y harapientos, contrastaban con la anterior imagen de esplendor.

- ¿Qué…qué está pasando aquí? – tartamudeó Juan.

- Nada, sólo estás viendo la procesión, la realidad, de dos formas, como la ven lo vivos y como la ven los muertos. No podías comprender el sentido de esta fiesta sin ver el mundo también como lo ven nuestros ojos.

- ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

- Soy el fantasma de quien fue un califa en estas tierras, y mi nombre verdadero no puedo decírtelo. Los nombres tienen poder. Pero puedes llamarme, “el Justo”.

- ¿Qué me está pasando?

- Haces muchas preguntas, Juan, ya me lo advirtió tu madre. No te pasa nada, sólo te he dado un pequeño toque, un empujón para que puedas ver el mundo que va más allá de la piel y los huesos. Es decir, nuestro mundo, el de los fantasmas.

- Querías ver el verdadero significado de estas fiestas, y un amigo me ha pedido que te lo enseñe. Ante de que me preguntes qué migo, te diré que también es un fantasma, habita en el cerro, y le caíste bien cuando dejaste un donativo en su pequeña iglesia. La mayoría de la gente se conforma con ir a la iglesia nueva, a ver a la Virgen, y no se molesta con llegar a la torre de campanario. Tú lo hiciste, y por eso mi amigo, me ha pedido que te enseñe esto.

- Un fantasma en la torre de la iglesia antigua del Cerro, ¡me estoy volviendo loco! – se lamentó en voz alta.

- Me temo que no, por desgracia para ti. Los locos ven el mundo como quieren, y ese es su mayor don y castigo. ¿Sabes? Hace mucho que no le veo, a mi amigo – puntualizó – yo no puedo entrar en el cerro, y él no puede salir. Pero tenemos formas de hablarnos, la Biblioteca nos ayuda.

- Muy bien, no sé que me pasa pero no me queda más remedio que seguirte.

- Nunca me sorprenderé lo suficiente con la gente que llega aquí. Vuestra capacidad de aceptar las cosas es increíble. Es como si el Cerro fuese un faro para toda la gente especial que hay en el mundo.

Al tiempo que decía eso, se volvía, señalando con su huesuda mano la enorme estatua de Cristo que dominaba el paisaje sobre la cima del cerro.

Juan casi podía ver el viento, como una marea gris que arrastraba la lluvia.

- ¿Siempre veis el mundo así? ¿En color gris? – Preguntó.

- Fíjate bien, Juan, no te quedes en lo superficial – le contestó mientras andaba por el borde del camino. – Intenta ver os dos mundos a la vez, los mundos de la luz y los de las sombras.

Juan intentó fijar su vista, intentando saber a qué se refería. Al cabo de unos segundos lo supo. La lluvia. La lluvia no era gris, ni transparente como la había visto hasta ahora. Las gotas de lluvia caían sobre el suelo y los árboles grises, manchando de rojo y negro allí donde se posaban.

- La lluvia es negra, y roja, como la sangre – tembló su voz.

- No siempre, sólo aquí, es el único toque de color que nuestros cansados ojos pueden ver. Por eso venimos aquí cada año. Por eso, y porque es nuestra única esperanza.

- ¿Nosotros?

- Sí, fíjate bien.

Juan volvió a mirar a su alrededor. Buscando. Y allí encontró. Entre la gente, entre los vivos, muchas veces ocupando el mismo sitio que ellos, docenas, cientos de espíritus caminaban en pos de la procesión de la Virgen. Como una procesión silenciosa.

No hacían ruido, y su aspecto variaba desde el traslúcido apenas visible, hasta un gris consistente de alguno de ellos.

Eran estos los únicos que se le quedaban mirando cuando pasaban a su lado, con caras que mezclaban cansancio y expectación. Indiferencia y un ligero brillo de esperanza.

Algunos de ellos vestían ropa harapienta, de un gris apagado, triste y viejo y sus rostros apenas traslucían excepto una triste y serena resignación.

Otros, vestían ropajes menos sobrios, más llamativos, de color gris oscuro, casi negro, y de diferentes épocas. Sus rostros altivos acompañaban su porte majestuoso. Algunos, se dio cuanta Juan, incluso venían en parejas.

Todos ellos, sin embargo, apenas eran visibles a la vista, a pesar de su estado, y él se preguntó si ellos le verían a él de la misma forma, como una sombra intrusa a la que apenas prestar atención.

- Dios mío, cuántos hay. Debe de haber cientos – no pudo evitar decir.

- Miles, seguramente. Y todos siguen a la Virgen con un objetivo.

- ¿Cuál? – preguntó.

- Por eso estás aquí, Juan. – le indicó con una mano que pasase delante de él, en dirección a la ciudad. – Ven, te lo enseñaré.

Caminaron tras la estela de la Virgen, sorteando a los vivos que se agolpaban unos contra otros. Los muertos se apartaban a su paso, la mayoría de las veces, cuando les veían o sentían. Al llegar a la altura de la carroza Juan pudo ver cómo sus dos formas de ver el mundo se mezclaban. La Carroza parecía apagada y gris, pero el manto de la Virgen lucía su negro aterciopelado, y Juan pudo ver cómo los fantasmas no dejaban de mirarlo.

- Pasará un año antes de que vuelvan a ver algo de color en su existencia – le explicó el Justo.

- ¿Pero por qué vienen aquí?

- Por la esperanza. Todos buscamos la salvación, Juan. Incluso los muertos. Cuando alguien muere, a veces, se queda aquí. Algunos no saben porqué, otros, lo averiguan tras muchos años de morar entre las sombras invisibles.

>> Sea como sea, todos queremos ir más allá. Algo nos impele a romper esa barrera que nos mantiene aquí. Pero no podemos. No habitualmente. Algunos lo logran cumpliendo su misión, pero otros, sin saber qué hicieron mal en vida, sólo tienen esta procesión.

- ¿La procesión? ¿Qué tiene que ver la procesión con ir al cielo o al infierno?

- No sabemos lo que hay más allá, Juan. – Meneó su cabeza el Justo, como si sopesase sus palabras. Nos lo imaginamos, pero no puedo decírtelo. No me preguntes.

- Muy bien, entonces ¿por qué estás aquí?

- Yo, porque no puedo evitarlo. Moro aquí. Los demás, porque uno de ellos podrá romper la barrera al caer la noche y pasar al otro lado. Es una gracia de la Virgen.

- Es increíble.

- Es más que eso, ven. Ya llegamos.

Rodearon la carroza, donde doce espíritus compartían sitio con los costaleros vivos. Alguno levantó la cabeza, y saludó silenciosamente a el Justo. La carroza se detuvo, y Juan y el Justo pudieron adelantarla.

Estos doce hombres y mujeres son los elegidos de este año. Espíritus que han realizado una contribución valiosa a las Tierras de la Luz. A tu mundo. Cuando mueres dejas de valorar muchas cosas por las que vivías antes de dar El Paso. La envidia, los odios, en la mayoría de los casos se quedan atrás. Se ve el verdadero sentido de los vivos, la importancia de la vida. Y por eso tratamos de ayudaros en lo que podemos. Por eso premiamos a quienes os ayudan.

- ¿Cómo? ¿Cómo nos ayudan y qué premio reciben?

- De muchas formas, susurran palabras de amor a los amantes tímidos, advierten de los peligros que acechan en un callejón oscuro y solitario. Leen libros y cuentos olvidados a los niños huérfanos.

>> El premio es llevar la carroza de la Virgen, como lo hacen los vivos. Y el motivo de que sea algo tan preciado lo tienes ahí delante.

***

“La llegada frente a la Base Aérea es todo un espectáculo – decían las guías de la ciudad – todas las autoridades locales, civiles, seculares y religiosas esperan la llegada de la Virgen con el alcalde a la cabeza. Allí, en la rotonda de entrada a la ciudad, le entrega las Llaves de la Ciudad, que recoge el joven guía jesuita que lleva la cruz antes de entrar en al ciudad, cuando el sol se oculta tras el horizonte”.

 

virgen1.jpg

Y allí estaban, todos parados mientras el Alcalde de Getafe entregaba al joven la llave dorada de la ciudad. Juan veía, no sabía explicar cómo, los dos mundos a la vez. El suyo, y el de los espíritus que le rodeaban agolpándose, apelotonándose para ver a sus doce elegidos dar un paso adelante frente a la carroza de la Virgen.

Uno a uno se fueron situando frente a la rotonda, que en el mundo de los espíritus no era tal, sino una roca enorme alzada en medio de un camino viejo de tierra. Los edificios que se veían enfrente de la ciudad también tenían un aspecto desolador. Casi derruidos, abandonados, superpuestos sobre los pisos donde los vivos se agolpaban para ver el paso de la Virgen.

Encima de la roca, un enorme huevo tallado en roca negra parecía emanar energía que no se podía ver, sólo sentir en cada por de la piel, en cada hueso, e cada fibra del alma.

- Ahora comienza la batalla – susurró el Justo a su oído.

Sus sentidos captaban la inquietud que se había levantado entre los fantasmas.

- ¿Qué ocurre ahora?

- ¿Ves a esos cuatro hombres vestidos con túnicas de monje negras? Son los Clavos de la Luna. No sabemos porqué, pero intentan impedir que los doce seleccionados lleguen al Huevo.

- ¿Y que es el Huevo?

- Es un símbolo. En realidad no existe, ni en tu mundo ni en el mío. Pero está ahí, no sabemos como. Los doce deben llegar a él, par pasar al otro lado, sea donde sea que lleve. Y todos están dispuestos a hacerlo, pero año tras año los Clavos intentan impedir que lleguemos. De los doce, sólo uno, o dos lo lograrán, pero para nosotros es suficiente esperanza.

- ¿Y quienes son los Clavos?

- Vienen de allí – respondió el Justo señalando a la Luna.

En lo alto, la Luna llena lucía rojiza, dorada por los últimos rayos del sol, y parecía contemplarles expectantes, como un ojo que todo lo ve, y que está juzgando lo que ocurre cada segundo.

- Son siervos de la Luna. Ella, no sabemos por qué, intenta impedir que los doce elegidos logren su salvación. Al principio los Clavos no aparecían, la primera vez que se hizo la procesión doce espíritus lograron tocar el Huevo, que apareció ese día de la nada. La fama del acontecimiento llegó a todos lados, pero al año siguiente apareció un Clavo de la Luna. Sólo ocho pudieron llegar al huevo. Tres años después había dos Clavos, y sólo cuatro de nosotros llegamos.

- Y ahora, sólo uno o dos llegan ¿no?

- Sí, y dice la leyenda que circula entre nosotros, que Getafe prosperará más cuantos más de nosotros logremos la liberación. Una motivación extra. Dejar a nuestros descendientes algo de buena suerte al tiempo que seguimos el camino.

Un rumor les distrajo de su conversación.

- Cinco, …hay cinco – decían a mayoría de las voces.

- Hacía siglos que no aparecía uno nuevo – susurraban otras.

Cinco figuras vestidas con sayos negros se adelantaron al alcalde, que en ese mismo momento daba las llaves al guía. Una desolación indescriptible se apoderó de los espíritus presentes cuando los cinco Clavos de la Luna se situaron entre los doce elegidos y la roca que sostenía el Huevo negro.

Eran altos, oscuros como si hubiesen sido paridos en una noche sin Luna, y así erguidos parecían imparables. Más altos y fuertes que los doce espíritus, cuyo aspecto famélico contrastaba con la robustez de sus rivales.

- ¿Qué pasaría si los clavos ganasen y ninguno de vosotros llegase al Huevo? – preguntó Juan temiendo la respuesta.

- Getafe sería destruida por el destino, la Flor del Sur perecería, todo se perdería. Crisis económicas, un desastre ecológico. Sólo podemos especular cómo sucedería.

Nada más decir esto, los doce rugieron un grito al unísono y se lanzaron a la carrera, por decirlo de alguna forma, hacia la roca.

Los Clavos no se movieron, sus siniestras figuras esperaron que sus insustanciales adversarios llegasen a su lado y entonces comenzaron a segarles como si fuesen trigo.

Uno de ellos, con un movimiento envió a dos espíritus al suelo, y antes de que se levantasen, se giró y agarró a un tercero proyectándolo hacia atrás varios metros.

La lucha continuó durante minutos sin que ni uno solo de los espíritus se pudiese acercar al Huevo. Los fantasmas, barridos por el suelo, lanzados por los aires como peleles, se levantaban cada vez con una expresión de decisión en sus rostros.

El resto de la comitiva fantasmal intentaba animarles, mostrando más emociones de las que podrían acumular el resto del año en su existencia entre las sombras.

Los Clavos parecían dominar la situación, pero uno de los fantasmas logró pasa entre dos de ellos que estaban distraídos vapuleando a otros elegidos.

Corrió hacia la roca a toda velocidad, con una figura negra en pos suyo. Los fantasmales espectadores se quedaron mudos, y Juan pudo notar que sin saber porqué, los vivos también guardaban silencio.

De un salto, el fantasma que se había escapado, el que parecía estar en mejor condición “física” de los doce, saltó sobre la roca y justo cuando la oscura mano del Clavo que le perseguía le aferró la pierna, rozó con las yemas de los dedos la superficie del Huevo. Una expresión de paz y alegría inundó su rostro y su figura desapareció.

Todos prorrumpieron en gritos, algunos, saltaron incluso, sobre piernas en muchos casos inexistentes u olvidadas.

Los Clavos volvieron a su faena intentando impedir que otros fantasmas llegasen a la roca antes de que el último rayo del sol se ocultase.

Cumplida su desesperada misión, los fantasmas cambiaron de estrategia. Diez de los que quedaban se lanzaron sobre los cuerpos negros, sujetándolos.

La comitiva espectral parecía ahora más alegre. Salvado el destino un año más. E incluso reía con la nueva táctica, viendo a los Clavos caer bajo la marea de ultratumba.

Una pequeña mujer, la onceava de la lista, pasó a toda prisa, cojeando, entre las apelotonadas figuras, y trepó como pudo sobre la roca. Una vez más, el fantasma desapareció, como absorbido por la roca negra.

El pelotón de fantasmas que aferraba a los Clavos emitió un rugido de esfuerzo, sin poder contener más las fuerzas de la Luna y salieron volando en todas direcciones cuando éstos se liberaron.

Rápidamente todos se volvieron a levantar, pero de improviso unos y otros se detuvieron. Se había terminado el tiempo.

Por el oeste, justo a la izquierda de las casas de la ciudad, el último rayo del sol se coló por un hueco salido de la nada entre las nubes grises.

Poco a poco, su luz se desvanecía, subiendo a medida que el Sol se escondía.

- Mirad – gritó alguien entre la multitud. Extrañamente no era un fantasma, sino un niño vivo que señalaba el Huevo.

Los vivos siguieron la dirección de su brazo, creyendo que señalaba a la Virgen. Pero los fantasmas sí que vieron lo que él veía. Detrás de la roca, una débil figura se encaramaba a la roca, trepado desesperado. En el último empujón, los clavos le habían lanzado hacia el Huevo. Y así, el tercer fantasma, llegó a su objetivo.

Al principio, nadie pudo reaccionar, pero poco a poco, comprendieron lo que había pasado.

- Tres, ¡tres! – gritaban los espíritus, algunos de ellos emocionados, con lágrimas de rojas cayendo por sus mejillas. Juan no pudo evitar que una lágrima asomase a su rostro al ver al tercer valiente lograr el anhelado premio.

El último rayo de sol culminó su último viaje, proyectando su menguante luz sobre la carroza de la Virgen. El manto repleto de gemas de cristal reflejó este tenue fulgor y lo convirtió en una miríada de luces.

Una lluvia de colores y luces roció a todos los fantasmas allí presentes. Algunos, recibían su toque arrodillados, dando gracias. Otros, más calmados, asentían solemnes porque la Flor del Sur se había salvado un año más de su destino.

Poco a poco, a medida que el espectáculo de luces dejaba paso a un tono gris sin color, todo volvió a la normalidad. Los nueve elegidos que no habían cumplido su meta eran recogidos y vitoreados, por el resto de sus congéneres. Animados en su desdicha, poco a poco se unieron a la tranquila alegría de los demás. El año que viene podrían tener más suerte, y tenían toda la eternidad por delante.

- Hoy has visto algo que no pasaba desde hacía siglos, Juan. Espero que ahora comprendas todo el significado de esta fiesta.

- Ha sido increíble – respondió todavía embriagado por la emoción. – Todavía estoy alucinando.

- Me alegro. Ahora la Virgen seguirá su camino, todavía queda claridad, y debe visitar la ciudad antes de que la luz se extinga por este día. Pero mañana volverá a brillar por estos valientes. Eso seguro.

>> Tenemos que despedirnos, – dijo el Justo.

- Sólo una pregunta. ¿Tú no participas?

- Lo hice una vez, y llegue a toar el Huevo, pero al parecer mi muerte a manos de un instrumento maldito me incapacita para viajar al otro lado de esta forma. No quiero arriesgarme y dejo mi sitio a otros más afortunados.

- ¿Tantos llevas aquí?

- Más de lo que recuerdo – le dijo entristecido. – Debo irme. Sólo una última cosa. Tu madre me dejó un recado para ti. No tengas miedo a la noche, no hay razón para tener pesadillas – sonrió el Justo.

- ¿Qué tal está mi madre? – se atrevió a preguntar a medida que el Justo se desvanecía en el aire.

Una voz traída por el viento le respondió, lejana: “Muy bien, ella lo logró el año pasado”.

***

Y así terminé mi libro. Lógicamente en mi primer libro sólo escribí sobre la fiesta que todos conocían y su simbología, el renacimiento de la ciudad y su prosperidad.

Pero no podía dejar que lo que el Justo me enseñó se perdiese. Él es uno de los hombres más nobles y valientes que he conocido, y espero que este cuento le haga justicia a él.

En tu mano está creer que es sólo eso, un cuento, o la verdad.

 

 

Permalink Dejar un comentario

Next page »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.